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La nueva gran muralla

Cientos de millones de usuarios hacen de China una potencia en la red. A pesar de la difundida idea de la censura, sus ciudadanos han creado cientos de formas para burlar el control estatal: desde animales hasta canciones de rock cifran la información.

2014/08/21

Por Guillermo Bravo* Pekín

Pekín, 6:00 a.m.: acaba de terminar el Mundial de Fútbol. Un grupo de chinos trasnochados se aproxima a la boca de la estación de metro. Llevan camisetas de los equipos de Argentina y de Alemania. Absortos en sus teléfonos inteligentes comunican su decepción o su alegría. De cuando en cuando, en algunas de sus pantallas aparece la imagen de Lionel Messi promocionando la aplicación WeChat que la mayoría de estos jóvenes emplea para enviar sus mensajes y que puede entenderse como “el WhatsApp chino”, aunque la comparación es injusta. WeChat, desarrollado por la empresa de comunicaciones china Tencent, va mucho más allá. Integra funciones que en los programas occidentales están dispersas a través de Facebook, Skype, y WhatsApp. La compañía ha escogido a Messi como su imagen para dar un salto internacional, pues pronto comenzará a competir en el mercado mundial.

“Mi teléfono está todo el tiempo en mi mano”, dice Wang Zhen, una joven traductora pekinesa. Hablo con ella vía WeChat. En su foto de perfil sale sonriendo frente a un mar interminable y bajo el sol mediterráneo. ¿Cuánto tiempo al día usa la aplicación?, le pregunto. “Lo primero que veo al despertarme es el muro de mis amigos y es lo último que veo al acostarme”, responde.

Quizás estará sonriendo al otro lado del teléfono, como lo hace en esta foto que se tomó en el parque Güell de Barcelona, y que se repite con cada una de sus respuestas. Ahora dice que su desafío actual es conseguir novio. Ya ha pasado los 30 y su familia la presiona porque no se ha casado. También confía en internet para ello. Es en la red, a través de páginas especializadas, que encuentra sus citas. Programa una a la semana. “Es más fácil hacer citas por internet porque vas directo al grano”, dice.

En su muro de WeChat hay fotos de zapatos. Unos son rojos con tacones altísimos, otros con falsa piel de cebra y de tigre, otros dorados. Algunos chinos llamarían a Wang una tuhao (una nueva palabra china que designa a una persona que favorece el estilo que podría equipararse al kitsch). Cuenta que ahora hay una empresa que confecciona invitaciones para matrimonio y que se envían a través de WeChat. “¡Espero usarla pronto!”, y cierra con un emoticon de carita sonriente.

“Tencent, Alibaba y Baidu están hoy enfrascados en una cruenta batalla”, sentenció Kaiser Kuo durante una conferencia pública el 10 de julio en la embajada de Italia. Es alto y tiene los hombros anchos, pero esta corpulencia contrasta con sus modales de princesa y su boquita fina. Tiene el pelo largo, liso y oscuro, y viste invariablemente de negro. Además de ejecutivo en una compañía de telecomunicaciones es rock star de la escena underground pekinesa.

Kaiser Kuo, un chino-estadounidense, fue nombrado director de comunicación internacional de Baidu, el motor de búsqueda más popular de China. La llegada de Kaiser Kuo a Baidu delata una intención modernizadora por parte de la compañía. Quiere dejar de ser solo un motor de búsqueda chino para volverse una potencia innovadora a nivel mundial. Baidu fue creado en el año 2000 por dos típicas “tortugas de mar” (nombre dado a aquellos chinos que estudiaron en el extranjero para luego regresar a su país): Robin Li, que estudió en la Universidad de Pekín e hizo un posgrado en la Universidad de Buffalo; y Eric Xu, que acababa de llegar de la Universidad de Berkeley, la fábrica de niños genios para Silicon Valley. Alibaba es el tercer contrincante en esta guerra a tres bandos. La plataforma conecta, de forma segura, a empresas chinas que buscan vender en el exterior con las empresas extranjeras que quieren comprarles. Su fundador, Jack Ma, tiene más perfil de académico que de emprendedor multimillonario. Se graduó de Literatura Inglesa y trabajó en el Ministerio de Comercio Exterior de China hasta el año 1999, cuando renunció para crear Alibaba.

Hasta hace poco, cada compañía se ocupaba de su especialidad. Alibaba del comercio electrónico, con sus 800 millones de productos en venta, 500 millones de usuarios y su sistema de pago, Alipay, que cuenta con 700 millones de usuarios registrados y con un récord de 105 millones de pagos realizados en 24 horas. Baidu, de su monopolio de búsquedas por internet. Tencent, a su vez, de su adictiva aplicación, WeChat, con 800 millones de usuarios.

Ahora la expansión del mercado y la llegada masiva de los teléfonos inteligentes han hecho que los gigantes se peleen. Buscando ocupar el lugar protagónico en las manos de sus usuarios: es la batalla por el futuro. La red china crece día a día y suma nuevos usuarios a los 618 millones con los que cuenta hoy.

Todos ellos representan a la nueva China, que ve en estas tecnologías su principal campo de acción y en muchos sentidos también su libertad. La que se sobrepone a la “vieja China”, la fábrica planetaria que ha escupido de inclementes líneas de producción, envueltas en escándalos de abusos laborales y trabajo infantil, los suministros de Apple y Samsung: el hardware que hace posible a la “nueva China”, o al “nuevo Mundo”.

Mientras que la vieja China estaba representada por la industria, el nuevo modelo es el de una nación volcada hacia el sector de servicios. El gobierno central quiere abrirle camino a la segunda, en parte para reducir su dependencia en la primera. El reto del Partido Comunista de la República Popular de China es incentivar la creatividad y las tecnologías de comunicación sin que la cultura se le salga de madre, y el cuervo que críe se le coma los ojos. “Me daba mucha tristeza cuando tenía que borrar mensajes que pedían libertad. Como aquellos que decían, ‘por favor, no me borren, quiero expresarme’”, murmura Qing (el nombre no es real).

China cuenta con un complejo mecanismo para controlar la red que se conoce con una metáfora irresistible pero intraducible: “The Great Firewall of China”. El estado bloquea de esta manera páginas de internet como Facebook, Twitter o YouTube. También las páginas de The Guardian, El País y la revista Times, entre otras. Un ejército de censores se dedica día y noche a leer páginas chinas para encontrar mensajes “inconvenientes” y eliminarlos. Qing era uno de ellos, hasta que renunció hace pocos meses.

Mira a los costados y se acomoda la solapa de la camisa. Ríe nerviosamente. Pide que no revelemos su nombre ni grabemos la conversación. Ordena un té. Aún hoy lleva su oficio en el cuerpo: es delgado, de mirada breve, tiene gestos repetitivos y obsesivos. Se acomoda de nuevo la solapa, que no estaba desajustada. En 2011 respondió a un aviso clasificado que buscaba a personas hábiles en internet para trabajar en la famosa compañía Sina, propietaria de Weibo, el “Twitter chino”, que tiene 300 millones de usuarios registrados y 100 millones de mensajes al día. “Al principio no había entendido que mi trabajo sería el de censor. En China no están bien vistos, pero necesitaba el salario”, dice Qing. El salario era de 3.000 yuanes al mes, unos 483 dólares. Apenas lo suficiente para que un joven chino sobreviva sin ningún lujo. El horario era de 40 horas semanales y debía cumplir turnos rotativos con otros 600 censores que trabajan en su mismo departamento. Qing solía trabajar tres jornadas en horario diurno y dos en horario nocturno. “Cada día leía 6.000 mensajes; borraba el 10 % de ellos. Desde el Ministerio de Comunicación llega una carta con los mensajes políticos que se deben borrar. Pero además borramos la violencia y la pornografía”. Esta última categoría era la que más lo cansaba. “No puedo creer que exista gente tan loca, mostrando sus partes íntimas a toda la red... no sabes lo que es pasar horas y horas borrando penes y tetas”. La mala fama de su puesto y el bajo salario hicieron que Qing, después de dos años de servicio, decidiera presentar su renuncia.

Se calcula que a diario se borran 20 millones de mensajes en Weibo, que corresponde al 20 % de los mensajes totales. Al ser Sina una empresa privada, se encuentra entre la espada y la pared. Por un lado, debe tener contentos a sus usuarios, que no quieren ser censurados y, por el otro, debe tener contento al gobierno. Es por ello que la empresa intenta mantener los mensajes inconvenientes el mayor tiempo posible: 24 horas. Para evitar la censura, los usuarios chinos deben ser imaginativos. Usar juegos de palabras, homónimos y otras astucias. Así nació el juego de la alpaca, o caonima. Los tres caracteres que conforman su nombre en chino pueden también sonar como “coger a tu madre”. La alpaca tuvo su momento de auge en el 2009: en ese entonces sus videos y fotografías se hicieron virales en internet, y no había una tienda de gadgets en la que faltara el animalito. Entonces se puso de moda una nueva canción. En el estribillo nombraba a la caonima y a los cangrejos de río, o hexie, que según otra invención de la red es sinónimo de armonía y estabilidad, que también son los valores sagrados del Partido Comunista, y su justificación (los disidentes dirían pretexto) para no hacer una reforma política. En la canción la alpaca luchaba contra los cangrejitos de río. Así parece la letra de una canción infantil, a menos que entiendas la ironía: “Vamos a cogernos la armonía”. Cada vez que alguien quiere quejarse contra la censura en la red china pone una foto del animal. “Nunca nos pidieron que borráramos mensajes con la alpaca, yo me reía cada vez que los veía aparecer”, confiesa Qing.

Además de los juegos de palabras hay otro método para saltar la censura: el imprescindible VPN (red privada virtual) que permite que una computadora presente su dirección IP como si fuera una red privada, sin pasar por los engorros que impone la censura o el espionaje. Casi no hay extranjero ni chino de “la nueva China” que no la use. Es imprescindible para luchar contra la Gran Muralla digital. Incluso el reconocido grupo de rock chino Carsick Cars tiene una canción en su último disco llamada The Best VPN.

Sorprende que el gobierno no se haya inmiscuido demasiado en esta “red privada”. Pero hay dos motivos por los que el uso de vpn es posible en China: por un lado, técnicamente es muy difícil de controlar, ya que no está en China sino en cualquier otro país. Por otro, los usuarios de vpn, en su mayoría extranjeros, no inquietan demasiado a Pekín. Hay que recordar que los usuarios de vpn no alcanzan siquiera el 5 % de la población.

En un país donde están prohibidas las manifestaciones públicas, internet se ha convertido en el único espacio donde se puede practicar una disidencia relativamente segura; donde los textos proscritos son virales antes que el Estado pueda atajarlos. Si en los años ochenta el muro de Berlín llegó a ser símbolo de opresión, pero también de expresión para una juventud que plasmaba en él mensajes de libertad, hoy en China son los muros virtuales de Weibo y WeChat, vigilados por ejércitos de censores, los que acogen al menos por 24 horas anhelos juveniles que, quizás, lleguen a hacer mella en los ladrillos más duros del sistema.

Le preguntamos a Qing que piensa de quienes eluden la censura. “Tienen razón. Yo haría lo mismo”. ¿Y entonces usted por qué no lo ha hecho? Qing se vuelve a acomodar la camisa y otra vez mira hacia los costados. Finalmente murmura: “Nunca se me había ocurrido”.

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