Detalle de “El drapeado-El Barroco #2” (1983)

La última experiencia pornográfica

Llegan al Mambo en Bogotá y al Museo de Antioquia en Medellín dos exposiciones de la artista francesa ORLAN, famosa por las cirugías plásticas a las que se ha sometido para modificar su rostro, y que ha retransmitido en directo. ¿Arte, narcisismo o puras ganas de escandalizar?

2012/05/29

Por Carlos Granés, Bogotá.

En 1999 se creó en España un programa de reportajes llamado Nosolomúsica, cuya marca distintiva era su decidido empeño por llevar las cámaras de televisión a cualquier lugar del mundo donde se estuviera manifestando algún fenómeno cultural de vanguardia: a Berlín, para ver sus antiguos edificios soviéticos reconvertidos en exuberantes discotecas; a Christiana, en Copenhague, para explorar estilos de vida alternativos basados en preceptos anarquistas; o a lugares remotos y exóticos, para ver rituales extraños condimentados con toques de ultramodernidad. El programa era un embriagador coctel de sexo, drogas, rock, exotismo, freaks, hedonismo y excentricidad, que ejercía un poderoso efecto seductor. Por eso, cuando una amiga mía entró a trabajar como reportera en este programa y me pidió ideas para posibles reportajes, no lo dudé: debía entrevistar a Orlan.

Le sugerí el nombre de Orlan no porque la considerara una gran artista o porque su obra me pareciera especialmente sugerente, sino porque ella, mejor que nadie, encarna algunos de los rasgos más salientes de lo que hoy se entiende por vanguardia. Más o menos hasta 1968, las vanguardias artísticas fueron poderosos movimientos culturales que se propusieron dinamitar la sociedad occidental promoviendo nuevos valores, nuevas actitudes y nuevas formas de vivir, todas ellas en clara oposición a las costumbres y convenciones burguesas. Esta historia empezó en 1909, cuando el italiano Filippo Tommaso Marinetti publicó su Manifiesto futurista, una exaltación del individualismo, de la fuerza y la visión utópica, y también un llamado a sepultar todo el pasado en busca de un futuro glorioso para Italia. Desde entonces los artistas de vanguardia se convirtieron en feroces revolucionarios dispuestos a subvertir el orden social y fundar sociedades inspiradas en nuevos referentes morales, bien fuera la máquina, la niñez, el primitivismo, la irracionalidad, el inconsciente, la barbarie o el tercermundismo.

Hoy en día ocurre lo contrario. Lo que se entiende por vanguardia no comprende fenómenos culturales que desafían los valores predominantes en las sociedades occidentales, sino todo lo contrario. Artistas contemporáneos como Damien Hirst, Tracey Emin, Jeff Koons o la misma Orlan —los más famosos y cotizados— producen obras que se caracterizan por incorporar elementos que encandilan al consumidor occidental: experiencias fuertes y chocantes, espectáculos truculentos y extravagantes, transgresión y rebeldía, vida real y drama amarillista, excentricidad y ausencia total de sentido del ridículo. Estos artistas ya no critican a la sociedad. Por el contrario, explotan la nueva sensibilidad y los nuevos gustos de las grandes masas para consagrarse mundialmente y llenar los museos y colecciones privadas con su arte impactante, espectacular y banal. En ese sentido, el artista de vanguardia de hoy no se diferencia de la diva pop o de las discotecas y dj’s de moda; todos buscan nuevas sensaciones y experiencias, no para subvertir, sino para seducir. Cuando le conté a mi amiga en qué consistía la obra de Orlan, le brillaron los ojos. En efecto, era un tema suculento para su programa de televisión. ¿Qué espectador contemporáneo podría resistirse a la imagen de una artista que usa la cirugía plástica para deformar su rostro?

Mireille Suzanne Francette Porte, nacida en 1947 en Saint-Étienne, Francia, y rebautizada como Orlan a los quince años, inició su carrera artística a mediados de la década de 1960. Sus primeros trabajos fueron fotografías en las que aparecía desnuda, en diferentes poses, pretendiendo ser un objeto escultórico (Corps sculpture 1964-1967), y performances en los que medía el espacio usando su cuerpo como referencia (Mesurage of Rue Châteaubriant, 1976) o convertía los libros en aparatos de tortura (Literature Straitjacket of the Body, 1976). También realizó varias exploraciones sobre la estética barroca, y especialmente en torno al Éxtasis de Santa Teresa, ese increíble despliegue de destreza e imaginación católica que realizó Bernini a mediados del siglo XVII, y que con todo su andamiaje de haces dorados cayendo del techo es el antecedente más claro de las instalaciones contemporáneas. Orlan se apropió de la imagen de Santa Teresa, y en varias ocasiones se fotografió con su recargado vestuario creando cierta ambivalencia alrededor de la imagen de la santa. En Incidental striptease, de 1974-75, Santa Teresa se quita sus ropajes para quedar convertida en Eva, y en The Draped-the Baroque 1983 se deja un pecho al aire para reunir en una sola las imágenes de la santa y la puta.

Pero la serie de obras que convirtió a Orlan en una celebridad fue muy distinta. Todo empezó en 1979, cuando tuvo que ser llevada de urgencia al quirófano debido a complicaciones en su embarazo. El feto que crecía en su interior se había desplazado fuera del útero, y aquella anomalía, conocida como embarazo ectópico, estaba poniendo en riesgo su vida. La operación quirúrgica era inapelable. A cualquier mujer le hubiera podido ocurrir, pero seguramente ninguna habría hecho lo que hizo Orlan. La artista se las ingenió para ingresar un equipo de filmación a la sala de operaciones y convencer a los médicos de que no le pusieran anestesia general. De este modo, perfectamente consciente pero sin sentir dolor, pudo ver cómo abrían su cuerpo y removían el feto. Aquel incidente desafortunado le dio una de las más truculentas y amarillistas ideas que jamás haya tenido un artista contemporáneo: usaría su cuerpo como lienzo y reemplazaría el pincel por el bisturí para reconfigurar su aspecto.

A partir de 1990, las salas de operaciones se convirtieron en su taller y las cámaras de televisión en su mayor aliado. Estaba a punto de crear el espectáculo más atroz y escandaloso jamás visto. Ya no solo íbamos a ver a Orlan sin ropa; ahora la íbamos a ver sin piel. Un equipo de camarógrafos nos permitiría observar, en directo y simultáneamente en varios museos del mundo, cómo latía la carne viva bajo su dermis; cómo el bisturí abría su mentón, sus labios, su frente; cómo tubos penetraban sus piernas para succionar grasa; cómo el instrumental quirúrgico templaba y estrujaba sus tejidos para deformar su rostro. El quirófano se convertía en escenario de un reality espeluznante, aderezado con toques fashion para darle un barniz de glamour. Issey Miyake y Paco Rabanne diseñaron trajes especiales para los médicos, y se introdujeron objetos decorativos, imágenes y hasta hombres semidesnudos para completar el montaje escenográfico. Orlan, que siempre estaba consciente durante estos “perfomances”, recitaba o leía fragmentos de libros mientras era cortada, atravesada y despellejada, remedando esa simultaneidad de actividades artísticas con la que John Cage inventó el happening en 1952.

¿Qué fin buscaba Orlan con esta serie de operaciones? Como a todos los artistas que les falta imaginación, a Orlan le sobran teorías que intentan transformar lo banal o morboso en una sesuda crítica social. En su Manifiesto del arte carnal nos lo explica. Ella no está en contra de la cirugía plástica, sino de los estándares estéticos que la orientan. Orlan se ha propuesto desafiar la genética y los modelos de belleza occidentales, mostrando que un rostro distinto puede ser hermoso o deseable. Lo curioso es que lo ha hecho tomando como modelo las obras de arte que más exaltan los cánones de belleza occidental. Una vez se operó la boca para parecerse a la Europa de François Boucher; en otra ocasión se abrió el mentón para quedar como la Venus de Boticcelli; y luego se puso unos turupes en la frente para parecerse a la Mona Lisa de Leonardo. Quienes realmente desafían los cánones de belleza estética son los adictos al tatuaje y a la modificación corporal, que se introducen piezas de metal bajo la piel, se parten la lengua en dos, se afilan los colmillos y llegan incluso a parecer lagartos, cebras o felinos. También desafían la estética las jovencitas colombianas que se ponen bultos de silicona por todo el cuerpo. Esto nada tiene que ver con el canon de belleza occidental. Esto es puro canon de belleza mafioso: protuberancias inverosímiles que desafían las leyes de la gravedad para deleitar pupilas ávidas de curvas antinatura. Y si se trata de transgresión, nadie ha ido tan lejos como Michael Jackson, que desafió la raza que llevaba en sus genes mediante ignotos tratamientos y agresivas cirugías plásticas. Pero ninguno de estos personajes se ha autoproclamado artista ni ha pretendido hacer una crítica social.

Las obras que han convertido a Orlan en vedette no van contra nada ni critican nada. Son una celebración de la excentricidad, del espectáculo y de la morbosa fascinación mediática que producen los freaks y las hazañas disparatadas. Si repasamos rápidamente la programación de cualquier televisión por cable, nos encontramos con los mismos elementos que ofrece Orlan en sus operaciones: realities que muestran la vida en directo; concursos extravagantes como Fear Factor, que somete a los participantes a pruebas ridículas y truculentas como entrar acostados y maniatados en un túnel del que caen ratas, tarántulas y cucarachas; o programas como Extreme Makeover, en el que los protagonistas, después de revelar los infortunios y padecimientos que han sufrido debido a su aspecto, se someten a una brutal cirugía plástica que pretende redimir sus sufrimientos.

Las operaciones de Orlan, así no pretendan corregir defectos físicos que reconduzcan al redil de los bellos, comparten la misma lógica. Son un espectáculo que contiene todos los elementos que hoy en día garantizan la fidelidad de un público ansioso de experiencias fuertes, sensaciones nuevas y espectáculos chocantes. Aunque la obra de Orlan ha sido un pretexto para teorizar sobre el cuerpo y motivo de ira para las feministas que aborrecen la cirugía plástica, por encima de todo ha sido una fabulosa estrategia para entrar en los museos. ¿Quién se va a perder la oportunidad de ver a un monstruo en plena transformación? ¿Quién no va a querer entrar como testigo indiscreto allí donde nadie tiene acceso?

Orlan no hace nada que miles de personas no hayan hecho. Así como ella le pide al cirujano el mentón de Venus, otras le piden los labios de Angelina Jolie. La diferencia entre ella y personajes como la duquesa de Alba —que la supera en número de operaciones, deformación estética, resonancia mediática y hasta personalidad— es que Orlan lleva cámaras allí donde cualquier otra persona exige absoluta privacidad. En ese sentido, lo que hace se parece más a la pornografía que al arte. Cruza la última frontera, el último espacio íntimo preservado de las cámaras y de la atención mediática. Ya habíamos visto cómo la gente revelaba sus sentimientos, taras, culpas y frustraciones ante las cámaras en los talk shows; ya habíamos visto cómo parejas, tríos y grupos se despojaban de prendas y en primerísimos planos mostraban su intimidad sexual; solo faltaba ver esto: un cuerpo inerme despojado de su piel. El show bufo que monta Orlan en las salas de operación supera con creces a la pornografía emocional y a la pornografía genital. Ya no hay nada más que mostrar, nada más que revelar, se ha llegado a un límite después del cual no hay nada. Orlan ofrece la última experiencia pornográfica.

Sus obras más recientes no solo son mejores, sino que demuestran lo innecesario que era revelar su cuerpo despellejado para criticar los estándares de belleza occidental. En una serie de fotomontajes y esculturas que ha venido realizando desde 1998 (Self-Hybridations), Orlan mezcla su fisionomía con rasgos físicos propios de otras culturas, como los nativos americanos, las civilizaciones prehispánicas y los pueblos negros de África. El resultado está lejos de ser revelador o novedoso, pero al menos arroja una que otra imagen intrigante. Pero esa no es la cuestión. Si hoy en día Orlan exhibe y vende estas obras no es porque sean buenas. Las exhibe y las vende porque sus operaciones la hicieron famosa. Fue un gran acierto recomendarle a mi amiga que la entrevistara. El lugar donde Orlan se mueve con más soltura no son los museos, son los medios de comunicación, que saben sacar fruto a todos los valores y actitudes encarnados en su obra. Mi amiga la entrevistó y volvió feliz a Madrid. Sabía que aquel reportaje truculento la afianzaría en el nuevo puesto. Yo le había diseñado el cuestionario, pero poco importaban sus respuestas. El público no quería oír sus teorías; el público quería ver la carne viva de la famosa Orlan.

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