Alice Munro

La vocación definitiva

El Premio Nobel a Alice Munro ha sido celebrado por miles de lectores. Sus cuentos delicados exploran la fragilidad de la memoria, así como la intimidad de las relaciones entre hombres y mujeres.

2013/10/18

Por Juan Fernando Merino. Cali.

Y de repente, a sus ochenta y dos años, la vida irrumpió como un torbellino en la cotidianidad de la escritora canadiense Alice Munro: en lo que va del 2013, de hecho en los últimos siete meses y medio, la autora anunció que después de más de seis décadas se retiraba definitivamente del oficio de la escritura, falleció su segundo esposo, el geógrafo Gerald Fremlin, con quien había compartido los pasados treinta y siete años, y recibió, finalmente, el Premio Nobel de Literatura.

Sin duda un “año de pensamiento mágico” para Munro, parafraseando el título del libro que otra gran escritora norteamericana, Joan Didion, publicó a raíz de la muerte de su marido, y unos meses de sobresaltos inusitados para una autora que hasta entonces había llevado una existencia bastante sosegada –al menos en lo externo–, con poquísimos cambios de oficio, de rutina o de residencia. De hecho, la autora, siempre digna, elegante, sutilmente vanidosa, ha sido muy poco dada a aparecer en público, ofrecer entrevistas o asistir a eventos literarios, y siempre ha preferido compartir con su familia más cercana y sus pocas amistades el poco tiempo libre que le dejaba la escritura.

De cierta manera, Munro jamás se marchó de su aldea natal, en una zona rural de Ontario; y si bien asistió algunos años a la universidad, vivió un tiempo en Vancouver y con su primer marido tuvo una librería en Victoria, la mayoría de sus relatos se enfoca en las vidas de mujeres de comunidades agrarias del suroeste de su provincia. Para cerrar el círculo, en 1972 Munro regresó a su estado natal para quedarse a vivir y desde hace una veintena de años reside a muy pocos kilómetros del sitio en que nació.

A lo largo de su prolífica trayectoria, el medio de expresión privilegiado por la escritora ha sido el relato, un género que ha llevado a una nueva dimensión, complejidad emocional y riqueza, hasta el punto de ser llamada la Chejov canadiense. La Academia destacó su posición indiscutible como maestra del relato y añadió de manera muy diciente: “Munro es conocida sobre todo como autora de relatos, pero aporta tanta profundidad, tanta sabiduría y tanta precisión en cada una de sus historias como lo harían la mayoría de los novelistas en la totalidad de su obra”.

En los inicios de su carrera, la autora también quiso ser novelista, según ha confesado en algunas entrevistas, convencida de que hasta que no publicara una novela no sería tomada en serio como escritora. Pasado un tiempo, no obstante, aquello dejó de preocuparle y se concentró en hacer lo que mejor hacía y lo que hace mejor que nadie: relatar historias fascinantes basadas en las personas de los alrededores que ha ido conociendo a lo largo de su vida y situadas en aquel rincón del mundo que conoce al dedillo.

No es de extrañar entonces que en una de las primeras declaraciones después del anuncio del Nobel, una entrevista que le hizo Radio Canadá, afirmara que esperaba que el premio sirviera para que la gente tomara conciencia de la importancia del cuento como forma artística. “No se trata ni mucho menos de algo con lo que uno se entretiene hasta que le llega el momento de escribir una novela”, explicó.

Bienvenido sea el regreso de la preeminencia del relato después de tantas décadas en que ha sido relegado a un tercer o cuarto plano por parte de lectores y editores. Si aún se encontrara con nosotros, seguramente estaría brindando a su salud con un buen gin-tonic el gran cuentista estadounidense John Cheever, el “Chejov de los suburbios”, primer escritor en ganar el Premio Pulitzer por una colección de relatos.

De la miríada de apreciaciones de su vida y obra que han aparecido o reaparecido a raíz del premio, me quedo con esta aproximación de Antonio Muñoz Molina, publicada en el 2005: “Su atención cuidadosa y escrutadora a los sentimientos es un cristal transparente que no se empaña nunca de complacencia ni de sentimentalismo... En su escritura, tan limpia, está esa claridad en las percepciones, esa capacidad de revivir los pormenores de un objeto vulgar o de una planta o del plumaje de un pájaro y de transmitir el tono de una voz y las singularidades del habla de alguien”.

También me quedo con este párrafo que me escribe mi amiga la escritora neoyorquina Rolaine Hochstein, contemporánea de Munro y seguidora de su obra: “Aunque nunca publicó, hasta donde yo sé, un solo texto políticamente ‘feminista’, Alice Munro ha hecho más por resaltar la elevación de la mujer que cualquier otro narrador contemporáneo que yo recuerde. La sola pluridimensionalidad de sus protagonistas femeninos despoja de sentido cualquier ángulo simplista o evaluación convencional de su obra. La vida que imprime a sus personajes –lo que hacen y dicen, lo que sienten, la manera en que responden, en que imaginan, recuerdan o se las arreglan para seguir adelante con su existencia– ha ampliado la definición de lo que significa ser mujer, hasta el punto que resulta imposible toda definición. Y todo ello sin que empecemos a hablar de sus relatos absorbentes, resonantes…”.

Nacida en el seno de una familia puritana y humilde de granjeros emigrados de Escocia, Alice Munro decidió a la edad de once años que sería escritora, propósito del cual no se desviaría jamás, ni siquiera en la época en que debía ocuparse del cuidado del hogar y la crianza de sus hijos. En 1950 y mientras estudiaba Inglés y Periodismo en la Universidad de Western Ontario, publicó su primer relato “Las dimensiones de una sombra”, y aunque continuaría escribiendo intermitentemente –y destruyendo cientos de páginas que no consideraba suficientemente logradas– su primer libro de cuentos, Danza de las sombras felices, solo vendría a aparecer en 1968, y recibiría un reconocimiento casi inmediato, así como el Premio Gobernador General, el galardón más importante de Canadá.

En aquel volumen se vislumbraba ya el enorme talento de Munro y con una escritura tersa, elegante y en ocasiones un humor algo melancólico, aparecían muchos de los temas que han ido consolidando su universo narrativo: las relaciones entre padres e hijos, los contrastes entre la ciudad y el campo, los secretos que jamás se comparten o solo se comparten a regañadientes, las oportunidades perdidas y las repercusiones que tienen las enfermedades, el envejecimiento y la muerte en los individuos, las parejas y las familias.

En su segunda colección de relatos, La vida de las mujeres (1971), una serie de historias interconectadas que a veces se clasifica erróneamente como novela, Munro abordaría las peripecias del crecimiento emocional y los conflictos familiares de una joven que debe elegir entre la vida que desea llevar y la que pretenden imponerle las presiones de su entorno.

La obra contaría también con una recepción entusiasta y a partir de entonces Munro continuaría publicando volúmenes de relatos, aproximadamente uno cada cuatro años, y recibiría muchos de los premios literarios más importantes del planeta, incluyendo el Prix Molson, el Premio Giller y en el 2009 el prestigioso Man Booker Prize. Solo le faltaba el Nobel, que por fin le ha llegado, para sorpresa de muy pocos y contrariedad de muchos menos. Con todo bombo y con todo merecimiento, pero también, irónicamente, de manera un poco tardía, cuando ya había decidido retirarse “para llevar una vida un poco más normal” y cuando ya no podrá celebrarlo con su compañero de media vida, Gerald, un geógrafo a quien había conocido en su época universitaria con quien se reencontró para almorzar cuatro años después de su divorcio y con quien decidió irse a vivir después de tres martinis, como contó la autora con una gran sonrisa en una de aquellas escasas entrevistas. Sería el comienzo de otra gran historia…

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