Aunque nació en Sudáfrica, Coetzee se naturalizó australiano, país en el que vive y donde es profesor universitario.
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J.M. Coetzee: Lector en fábula

John Maxwell Coetzee, premio Nobel de Literatura 2003, es quizá el escritor vivo más respetado y admirado por la constancia y tenacidad de sus libros, así como por ser un perspicaz lector y crítico que arroja luces sobre la literatura. Invitado a ULibro, la Feria del Libro de Bucaramanga, que sucederá entre el 25 y el 30 de agosto próximos, el sudafricano habló con 'Arcadia' de lectura, insistiendo en que no le interesa hablar de su propia obra.

2014/07/23

Por Juan David Correa* Bogotá

La lectura es tal vez una de las actividades más solitarias y estimulantes que puede conocer un ser humano. Lejos de los discursos sobre la bondad del acto de leer, como si fuera un remedio para el alma, según quiere el lugar común, leer es confrontarse con lo más vivo y lo más profundo gracias al lenguaje y su capacidad de echar luz y sombra sobre el mundo. Cuando se anunció que John Maxwell Coetzee visitaría por segunda vez Colombia, pensé en cuál sería la razón para que, un año y medio después quisiera volver a un país que conoció gracias a los oficios del profesor Isaías Peña, quien organizó un coloquio alrededor del premio Nobel de Literatura 2003. Aunque no lo confesó, Coetzee es un convencido de que si lo invitan a hablar de lectura y puede discernir sobre autores que han sido fundamentales para su formación como escritor, lo hace sin dudarlo. Más cómodo entre Hawthorne, Walser, Defoe, Flaubert o Von Kleist —autores que seleccionó para el proyecto editorial de publicar la Biblioteca Personal— que con sus propios libros, cuando decidió conceder esta entrevista solo puso una condición: no aceptaría preguntas relacionadas con su propia escritura. Lector y crítico, autor de casi una decena de libros que se pasean por la reflexión y el ensayo como Cosas extrañas, Mecanismos internos, Contra la censura, Truth in Autobiography [La verdad en la autobiografía] o una correspondencia con el escritor Paul Auster, Coetzee ha sido capaz de mantener a flote el difícil oficio de crítico y escritor de ficciones con igual pulso y acierto.

Nacido en Sudáfrica en 1940, Coetzee pasó su infancia en un país dividido por el apartheid. Educado en Inglaterra, matemático de profesión y escritor por convicción, Tierras de poniente, su primera novela, apareció en 1974. Ganador dos veces del Premio Booker con Vida y época de Michael K, en 1984, y Desgracia, en 1999, en el universo hispanoamericano no fue conocido sino hasta los años noventa por una serie de cultores que hablaban de un escritor capaz de contar historias con la sequedad de Beckett y la profundidad de Dostoievsky. Son precisamente ellos, dos de sus escritores tutelares, a quienes vuelve siempre: a Beckett le dedicó un estudio realizado con patrones de computador para entender su escritura y a Dostoievsky una novela, El maestro de Petesburgo, uno de sus libros más lúcidos. Coetzee se ha movido con igual maestría entre el ensayo, la autoficción —su trilogía Infancia, Juventud y Verano es un estremecimiento brutal— y la escritura, pero se confiesa un lector antes que nada. Un hombre que escribe y que espera, como ocurre en su bello discurso de aceptación del Nobel dedicado a Daniel Defoe: “Da la impresión de que la lección de aquella aventura es que todas las aflicciones, incluida la parálisis, proceden del diablo y son el mismo diablo. Que una visita de la enfermedad puede ser representada por una visita del diablo, o por un perro que represente al diablo y que, viceversa, la visitación puede representarse como una enfermedad, como en la historia del talabartero y la peste. Y, por tanto, que nadie que escriba historias sobre una cosa u otra, sobre el diablo o sobre la peste, debería por ello ser considerado un mero falsificador o un ladrón”.

Quisiera comenzar hablando de su juventud, de sus ideas sobre la lectura y los escritores que más le gustan. ¿Cómo fue la tesis en la que usted estudió la obra de Samuel Beckett a través de ciertos patrones?

Los libros que he seleccionado para mi Biblioteca Personal de doce volúmenes no son necesariamente de los escritores que me son más entrañables. Los libros que encontramos durante la niñez y la adolescencia suelen tener un lugar asegurado en nuestro corazón pero los de mi Biblioteca Personal son libros de los que he aprendido mucho como escritor. En cuanto a Beckett, llegué a su ficción en los años sesenta. Como la mayoría, descubrí sus obras de teatro antes de adentrarme en la prosa. Me cautivó, especialmente el humor idiosincrático que recuerda al gran Jonathan Swift. Cuando hice el doctorado en Estados Unidos, escribí mi tesis sobre el estilo verbal de Beckett. Más adelante, en mi carrera académica, usé computadores para rastrear patrones verbales en la prosa de Beckett.

En varios de sus libros ha escrito sobre la importancia de la lectura para su experiencia personal. ¿Cuáles fueron los primeros libros que lo impactaron, que lo convirtieron en una persona que escribe?

Los primeros libros que leí fueron cómics americanos, Mickey Mouse y el Pato Donald. Con esos aprendí a leer cuando tenía cinco años. Durante mi niñez leí una cantidad enorme, sobre todo historias de aventuras que, con muy poca sutileza, le daban expresión a la ideología del imperialismo británico.

Usted creció en un país marcado por la polarización, una realidad que también afecta a Colombia. ¿Cómo era la relación de la población que creció durante el apartheid con los libros? ¿Cómo es esa tensa relación entre los idiomas y la violencia?

El partido que gobernó en Sudáfrica entre 1948 y 1990, un periodo que comprende la mayor parte de mi vida, no tenía una buena disposición para con los intelectuales y los escritores a menos que fueran nacionalistas y celebraran a los afrikáner y su cultura. Las leyes de censura les hacían la vida muy difícil a los escritores y periodistas. Como yo escribía en inglés, esas leyes no me afectaron tanto como a otros escritores. Yo pude publicar fuera del país, en Londres o Nueva York. El Estado sudafricano justificaba el control sobre las artes argumentando que muchos artistas, blancos y negros, eran agentes del comunismo internacional utilizados por Moscú para debilitar la fibra moral de la nación blanca. Por supuesto, era una tontería.

Si un cierto idioma define a un escritor, quisiera preguntarle a usted, nativo de un país que, como el nuestro, fue colonizado, qué papel jugó el inglés en la definición de Sudáfrica, su literatura y sus autores...

El inglés es el primer idioma, la lengua madre, de solo una pequeña minoría de la población de Sudáfrica, algo así como el 10 %. Sin embargo, el inglés se ha convertido en la lingua franca de todo el país, se usa en la mayoría de las transacciones oficiales y comerciales. También se ha convertido en el idioma literario del país, es decir el idioma preferido de la clase educada. Mi propia relación con el inglés es ambivalente. Por un lado, es el idioma que uso cuando escribo. Por el otro, es un idioma con el que no siento ningún tipo de intimidad. Para mí, el idioma es propiedad de un país lejano, un pueblo extranjero. En este sentido me diferencio de la ortodoxia académica, que no habla un solo inglés sino muchos diferentes “ingleses” anclados en comunidades por todo el mundo.

Usted ha sido un ensayista y crítico literario de primera categoría, ha publicado textos que intentan lidiar profundamente con los mecanismos internos de la literatura. ¿Qué es lo que le interesa de todo eso? ¿Por qué la literatura es tan importante (o no) para una sociedad?

El valor de una educación literaria está siendo atacado en nuestros tiempos. Esto es comprensible. Solo a partir del siglo xix se empezó a aceptar una educación basada en la lectura de los clásicos seculares (primero los clásicos de Grecia y Roma, luego los clásicos en lenguas vernáculas). Es decir que una educación en la que la lectura de literatura juega un papel importante tiene raíces muy poco profundas en Occidente. Para mí, la literatura es importante porque puede abordar preguntas grandes y fundamentales de una manera no discursiva, es decir a través de la metáfora, la fábula, la narración y todos los demás recursos que tiene a su disposición. Me entristecería mucho si el estudio de los clásicos, usando el término de la manera más amplia, desapareciera de los programas de estudio.

Entiendo que no quiere hablar de sus libros, pero quisiera saber, en estos tiempos en los que los límites de género se diluyen, qué significado tienen para usted la novela, la autobiografía, el ensayo y la poesía cuando, en su obra, todas esas cosas aparecen en un mismo libro.

Los géneros no se los inventó Dios. El escritor tiene la libertad de cruzar las fronteras de género, de combinar las categorías.

Parece que el mundo académico ha tomado cierta distancia crítica respecto a la narrativa contemporánea. ¿Le parece que el mundo académico se ha demorado en incorporar la obra de autores vivos en sus estudios y  en aproximarse a ellos con la misma seriedad que les dedican a los clásicos?

En el mundo anglófono, especialmente en Estados Unidos, esa observación no es completamente correcta. La resistencia a estudiar la obra de autores vivos no es tan fuerte. La razón por la que el mundo académico sigue perdiendo contacto con los lectores ordinarios radica, en mi opinión, en el hecho de que cada vez menos académicos pueden escribir de una manera que los lectores educados ordinarios puedan entender.

Varias veces, en sus propios libros, ha puesto en duda la noción de autor. En el siglo XXI, ¿cuál es el significado de ese concepto que ha atravesado, por lo menos a partir de la modernidad, la historia de la literatura?

Había una época en la que los escritores, los autores, tenían un estatus casi de oráculo, como si estuvieran en contacto con lo divino. Pienso, por ejemplo, en cómo se trataba a Homero o a Virgilio en el siglo XVIII, a Whitman más tarde, o incluso a Neruda en tiempos más recientes. Bueno, yo soy un autor y sé muy bien cuán lejos estoy de lo divino.

Quisiera saber más sobre la importancia de un escritor como Dostoiesvky, a quien usted le dedicó una novela.

En la novela de la que habla, El maestro de Petersburgo, Dostoiesvky es importante en la medida en que se convirtió en un personaje literario dentro de la novela. Para mí, el trío de Cervantes, Dostoievsky y Tolstói establece un nivel de calidad de la novela que nosotros (por lo general en vano) tratamos de obtener.

¿Cómo transmitir la belleza y la emoción de la lectura en un mundo que evidentemente se ahoga en un exceso de información?

Cuando uno lee una obra de ficción que lo cautiva, uno vive en otro mundo durante horas, a veces, días. Se sale de uno mismo. Se siente como si uno fuese alguien más. Esa experiencia es irreemplazable.

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