Mambo negrita, Liliana Angulo, 2006.
  • Máquinas arriesgadas, Adriana Salazar, 2008.
  • La Felicidad, Kevin Mancera, Galería Vermelho, Brasil.
  • The Penguin That Dreamed of an Architecht, Alberto Lezaca, 2012.
  • Laboratorio para matar el tiempo, Daniel Santiago Salguero, 2013.
  • Felicidad clandestina, María Isabel Rueda, 2008.
  • Buenaventura, de la serie Scanners, Ana María Millán, 2011.

Los 10 nombres

Poco a poco, ha crecido el rumor de que hay una suerte de momento especial del arte colombiano en el contexto internacional. Arcadia consultó a más de una docena de expertos en el tema para establecer quiénes serían los artistas colombianos emergentes o en tránsito de alcanzar un reconocimiento que otros, de su misma edad, ya ostentan. ¿Quiénes son y qué comparten estos diez artistas?

2014/09/23

Por Jaime Cerón* Bogotá

Hace diez años, en octubre de 2004, se realizó en Zurich la exposición Cantos cuentos colombianos. Se trató de una ambiciosa muestra organizada en dos capítulos consecutivos que dejó claro que en Colombia había mucho más que Fernando Botero. En esa muestra estuvieron incluidos Doris Salcedo, Fernando Arias, José Alejandro Restrepo, Juan Manuel Echavarría, María Fernanda Cardoso, Miguel Ángel Rojas, Nadín Ospina, Oscar Muñoz, Oswaldo Macià y Rosemberg Sandoval. Todos provenían de generaciones y contextos distintos, y también tenían trayectorias diferentes que oscilaban entre una y cuatro décadas. Sin embargo, parecían compartir varias preocupaciones, entre las que se encontraban un interés peculiar en el contexto cultural y político del país y una convicción de que era fundamental realizar obras como las que hacían. Por esa razón, la exposición se acompañó de una amplia programación de foros y conferencias que involucraron, además de los artistas, a diferentes intelectuales colombianos.

No era la primera vez que se presentaba una exposición de arte colombiano fuera del país, pero sí fue una de las primeras veces en que se produjo un evidente impacto. En ese mismo momento se realizaba la primera feria ARTBO en Bogotá, se replanteaban los salones regionales de artistas colombianos y se concertaba el primer documento de políticas culturales de la ciudad de Bogotá. Un par de años después, comenzaría a gestarse la primera gran muestra de arte contemporáneo en Colombia (después de muchos años de no realizar ninguna), que fue el Encuentro de Medellín, conocido como MDE07, y comenzarían paulatinamente a multiplicarse los programas de residencia artística en diferentes ciudades del país que traerían consigo el enorme flujo de artistas de todas partes del mundo hacia Colombia. El año siguiente, se realizó el 41 Salón Nacional de Artistas en la ciudad de Cali, que contó con una importante participación de artistas internacionales que fueron invitados para que su obra entrara en diálogo con el trabajo que estaban haciendo los artistas colombianos.

¿Cuál boom?

Diez años después, parece que el arte colombiano se hubiera posicionado en otro lugar dentro del contexto internacional pero, sobre todo, parece que a más colombianos les importa un poquito más (o les produce menos apatía), lo que hacen sus artistas. La mayor parte de quienes participaron en la exposición de Zurich son ampliamente reconocidos como los grandes maestros del arte colombiano hoy en día y los han sucedido otras generaciones de artistas que ya han encontrado su lugar de validación, tanto dentro, como fuera de Colombia.

La idea de un boom del arte colombiano contemporáneo no es compartida unánimemente, ni dentro ni fuera del país, pero surgió por un crecimiento inusitado del número de artistas cuyo trabajo llama la atención, y por las exposiciones, espacios y publicaciones que intentan ponerlo a circular. Por esa razón, también han emergido curadores, críticos y gestores que se ocupan de generar nuevas oportunidades de encuentro entre el arte y los espectadores. Lo que es innegable es la presencia de artistas colombianos en exposiciones, residencias o publicaciones en los lugares del mundo más dispares, que ya no está condicionada a estereotipos culturales, sino al interés genuino en las situaciones que involucra su trabajo. También es innegable la continua circulación de personas vinculadas al campo del arte de diferentes lugares del mundo, entre curadores, gestores y coleccionistas que tienen interés en conocer de primera mano lo que está pasando en el arte colombiano actual y que visitan el país constantemente.

¿Quiénes siguen?

Algunos artistas cuyas edades rondan los 40 años, entre los que se encuentran Mateo López, Nicolás Paris, Miller Lagos y Gabriel Sierra han circulado nacional e internacionalmente de una manera que sus antecesores jamás imaginaron y han logrado vivir exclusivamente de su trabajo como artistas, sin recurrir a actividades paralelas. También han conseguido que sus obras integren las más importantes colecciones públicas y privadas en diferentes países del mundo. Sin embargo, muchos se preguntan ¿y qué artistas colombianos lograrán seguir ese camino?

Consultando a más de una docena de expertos en el arte colombiano contemporáneo hubo una coincidencia en los siguientes nombres: Liliana Angulo, Carlos Castro, Alberto Lezaca, Kevin Mancera, Ana María Millán, José Olano, Andrés Orjuela, María Isabel Rueda, Adriana Salazar y Daniel Santiago Salguero. Todos nacieron entre 1971 y 1985, y tienen al menos seis años de trayectoria en el campo artístico, aunque algunos superen ampliamente los diez. Todos tienen algún tipo de sitio web en donde se pueden conocer sus obras y los más jóvenes han expuesto al menos en cuatro países distintos a Colombia, aunque los de más trayectoria lo han hecho en más de doce. Todos han residido (o residen), fuera de Colombia o se han ausentado del país en varias ocasiones. Dejando de lado estos datos insípidos, hay algunos intereses compartidos entre ellos, a pesar de la completa heterogeneidad que caracteriza a sus respectivas obras, que podría resumirse en un abierto interés por explorar en hechos o situaciones muy reconocibles por los espectadores, que intentan develar nociones, experiencias o ideas que no son tangibles, visibles o conscientes para ellos.

Al preguntarles a todos por las expectativas que tienen con relación a la circulación internacional de su obra, mencionan que la experiencia de viaje suele ser muy importante dentro de sus procesos creativos, así como la idea misma de intercambio cultural. Suelen tener más expectativas en relación con la posibilidad de explorar lugares y establecer relaciones con personas concretas, que con el hecho de exponer fuera de Colombia (aunque ya lo han hecho). Sin embargo, les interesa la manera como sus proyectos se perciben en contextos distintos a su lugar de origen y qué tipo de lecturas producen fuera de Colombia. Algunos de ellos reconocen que es muy significativo que en este momento puedan exponer fuera del país sin tener que contar con una etiqueta de identidad cultural, de modo que su trabajo es percibido en igualdad de condiciones con los trabajos de los artistas de otros lugares del mundo. La obra de un artista colombiano puede dialogar con la de un artista de un contexto enteramente diferente, por la posibilidad de articularse desde asuntos más transversales, sin que medien jerarquías.

Estos diez personajes son apenas una muestra de lo que está ocurriendo con los artistas emergentes, pero el grupo que se encuentra en similares condiciones podría superar los treinta nombres, porque si bien han crecido en número las salas de exhibición, sobre todo las galerías y los espacios independientes, o los apoyos institucionales, el mayor aumento se generó en la oferta de formación profesional en arte. Hace unos meses informaba el Ministerio de Educación que entre 2012 y 2013, el campo de conocimiento con un mayor aumento en relación con la oferta de formación profesional no fue la ingeniería, ni la administración, ni el derecho, sino las artes visuales, creciendo cerca de un 10%. Esta situación revela los desafíos a mediano y largo plazo para las instituciones culturales, y deja entrever que muchos jóvenes consideran que el arte es una opción para realizar su vida. También encierra una paradoja porque, curiosamente, las pocas oportunidades laborales para los artistas, que lo convierten en un campo tan competitivo, hacen que una de las opciones para recibir ingresos económicos sea precisamente la de vincularse como docente a un programa de formación en arte.

La idea del boom del arte colombiano, sea acertada o no, sí llama la atención acerca de lo que ha habido en Colombia desde hace décadas, y es una rigurosa conexión entre el arte y el contexto cultural que se ha convertido en nuestra marca registrada.

Los diez elegidos

Ana María Millán ha trabajado desde una perspectiva que define como “la cultura amateur” o las “narrativas de la clase media”, que intenta localizar en un lugar concreto. Revisa las subculturas, los discursos de exclusión y las ideas de violencia que interpreta como huecos negros de la historia. Habitualmente, ha realizado sus obras en video, fotografía y dibujo, entre otros, desarrollados a partir de sus preocupaciones en busca de que involucren una dimensión de extrañeza que le devuelvan al arte su poder vital.

Adriana Salazar ha realizado su trabajo fundamentalmente en el campo de la escultura que, en su caso, suele involucrar el movimiento real. Define la inquietud de fondo de su trabajo como una duda sobre el estatuto de lo vivo que comenzó a emerger con relación a gestos, comportamientos y movimientos enlazados a una dimensión específicamente humana. A ella le interesa deshumanizarlos y activarlos de otra manera, como gestos de objetos inertes que funcionen como signos vitales.

Andrés Orjuela busca conectar en su trabajo la experiencia subjetiva y la dimensión social de lo real. Por esa razón, sigue con atención obsesiva la circulación de las noticias generadas en los más diversos rincones del mundo que, paradójicamente, lo han llevado a imaginar, una hipotética inexistencia de “los otros”. Desde que se mudó a México ha podido hacer enlaces entre las situaciones de violencia de ese país y las que se vivieron en Colombia como consecuencia del narcotráfico.Kevin Mancera es un dibujante que realiza sus imágenes a partir de lo que denomina “operaciones básicas”, que serían acciones cercanas a la idea de acumular u ordenar el mundo que lo rodea. Para esa labor es muy importante la relación con el lenguaje verbal, (la escritura es comparable con el dibujo como ejercicio), por su capacidad para hacer ver la existencia de un código tras la realidad que se posee (cuando se habla una lengua), o que no (cuando no se habla). Sus dibujos se presentan en marcos y otras veces como publicaciones e instalaciones.

José Olano ha realizado fotografías, objetos e instalaciones que exploran la inestabilidad, la fragilidad y el accidente. Le interesa trabajar con materiales y objetos que lo rodean en el día a día, como los colchones, las frutas y los globos. Suele disponer esos elementos de manera precaria dentro de los lugares en los que exhibe su trabajo, al punto que parecen estructuras inestables. El destino de sus obras, una vez instaladas, es azaroso porque pueden resistir el encuentro con los espectadores o pueden caerse para dar paso a nuevas situaciones.

Daniel Santiago Salguero suele trabajar en relación a la memoria y el tiempo, y por esa razón, considera que sus obras funcionan como documentos que se abren a otras temporalidades. Siempre está observando el contexto en donde habita, interrogándolo para extraer situaciones que enmarca dentro de narrativas y ficciones que llegan a cuestionar su propia identidad, tanto en términos subjetivos, como culturales. Suele realizar instalaciones en donde articula videos, fotografías, dibujos, objetos y acciones.

Carlos Castro ha empleado prácticamente todos los medios o procedimientos que se pueden relacionar con el arte, porque le interesa señalar en sus piezas puntos de vista, narrativas y conexiones que suelen ser ignoradas en el campo social y en el relato histórico. Sus obras más recientes se basan en objetos encontrados en Bogotá y que altera lo suficiente para cambiar su sentido.Liliana Angulo ha trabajado en contextos específicos, a veces alejados de la esfera del arte, para resistir la carga colonial y eurocéntrica del contexto cultural en que vivimos. Ha empleado medios como la fotografía, el video o los impresos para revisar las concepciones culturales que determinan la dimensión humana, y le interesan las narraciones de personas que han sido excluidas, negadas o exploradas para confrontar la comprensión de la historia.Alberto Lezaca también ha trabajado en una amplia gama de medios, pero recientemente se ha centrado en instalaciones basadas en fotografías, gráficas computacionales, esculturas y videos. Suele trabajar en torno a la idea del lenguaje como una construcción cultural que determina la comprensión material del mundo que puede llegar a funcionar como una suerte de prototipo o idea subyacente a los objetos que nos rodean. Le interesa poner en suspenso los sistemas de comunicación establecidos, por eso emplea elementos de la arquitectura y el diseño para sugerir espacios mentales que el espectador pueda reconfigurar.

María Isabel Rueda tiene una significativa trayectoria, comenzó a darse a conocer por su trabajo en fotografía, que luego dio paso al dibujo y al video. Dice que siempre ha estado interesada en encontrar maneras de documentar lo intangible, aspecto que relaciona con imágenes, voces, impulsos o formas que se resisten a ser registrados porque permanecen invisibles material o conceptualmente. Le interesa encontrar alguna fractura en el mundo por donde se pueda colar algo de esas situaciones y por donde se pueda vencer esa resistencia. A partir de ahí, su tarea es darle materialidad, lo que implica un cierto misticismo, mezclado algunas veces con horror y otras con humor.

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