Joseph Avski, Alberto Salcedo.

No es nadie, es solo el autor

La historia se convirtió en el más sonado chisme del mundillo literario en lo que va corrido del año. Alfaguara envió a los medios una novela que nunca salió al mercado. Más allá del cuchicheo, el tema plantea preguntas pertinentes sobre la propiedad intelectual y la figura del autor en la literatura. Esto fue lo que pasó.

2012/07/19

Por Marianne Ponsford, directora de Arcadia.

Los hechos

Las cosas pasaron así: el 1 de octubre del 2007 un joven veinteañero de Montería le escribió un correo al periodista Alberto Salcedo Ramos desde Austin, Texas, donde cursaba una maestría en Estudios Literarios. En él le confesaba, con la cándida admiración por los grandes escritores que se suele tener a esa edad, que había leído el artículo sobre la vida de Pambelé publicado por el periodista en Soho. Salcedo respondió con amabilidad a los elogios, y así comenzó una correspondencia entre ambos.

En los meses que siguieron, el joven monteriano le contó al periodista que si bien había estudiado Física en la Universidad de Antioquia (y había hecho su tesis sobre el ruido cuántico), se había dado cuenta de que lo que quería en realidad era escribir y por eso se había ido a hacer la maestría a Texas. Estaba escribiendo una novela. Primero había sido un cuento, basado vagamente en el Happy Lora, y luego creció hasta encontrar la forma de una novela breve. Pero tras leer El oro y la oscuridad, la deslumbrante crónica de Salcedo sobre la vida del Kid Pambelé, todo había cambiado.

El 14 de agosto del 2008 el joven le escribió otro correo a Salcedo y le contó que las cosas iban bien. Que no le había gustado el primer borrador de su novela, de doscientas cincuenta páginas, y que había vuelto a empezar. Ahora tenía solo cien, que “creo, dicen más que las doscientas cincuenta iniciales. (…)

”Hay algo de la novela que me gustaría comentarte y espero no resulte molesto para ti —continúa el correo del joven—. Uno de los personajes es un periodista que está recogiendo información sobre Milton Olivella (un álter ego de Pambelé). Es un personaje clave porque es quien revela la relación entre el ídolo y su vida pública (está su hijo que es el que narra la tragedia familiar y un amigo boxeador que narra la tragedia deportiva) y es además a través de él que escuchamos hablar al protagonista. En fin, desde el principio ha sido el personaje más difícil y con el que he intentado variantes, voces, recursos, etc. Siento que por fin funciona después de un año de batalla y aquí viene la parte peliaguda: el nombre del periodista es Alberto Salcedo Ramos y algunas páginas de la crónica que está escribiendo sobre Milton Olivella aparecen en la novela, y esas páginas son fragmentos en su mayoría literales tomados de El oro y la oscuridad, creo que en total sumarían cinco páginas. Me imagino dos reacciones tuyas ante esto: una, que lo entiendas como un homenaje y un reconocimiento al gran trabajo que hiciste y que de alguna manera es una reescritura de tus páginas porque adquieren otros significados en este contexto. Dos, que te parezca un abuso y una indelicadeza y que me obligues a encontrar otra manera para darle voz al personaje periodista y sacar los extractos de mi trabajo. Por favor déjame conocer tu opinión al respecto. Un saludo, Jose”.

Cuatro días después le contestó Salcedo: “Cuánta alegría me da tu carta, hermano. No te la respondí enseguida porque andaba por Cartagena dictando un taller de escritura y haciendo el trabajo de campo de una nueva crónica. Regresé apenas anoche. Y al llegar, me encuentro con la gratísima sorpresa que me revelas en tu carta. Entiendo tu gesto como un puente intertextual que me halaga muchísimo. Me asombra que me ocurran estas cosas tan bonitas, definitivamente (…)”.

Poco tiempo después, el joven le envió el manuscrito terminado. Salcedo acusó recibo pero le aclaró que andaba ocupado y que no lo había leído.

Un año más tarde, en agosto del 2009 y bajo el seudónimo de Joseph Avski, ese joven monteriano, José Manuel Palacios, ganó el concurso de novela organizado por la Cámara de Comercio de Medellín con esa novela. El jurado estaba conformado por el poeta Juan Gustavo Cobo Borda, el escritor peruano Iván Thaÿs y por mí. Nunca pudimos conocer al autor porque no vivía en Colombia.

Seis meses más tarde salió publicada la novela en la habitual edición de la Cámara de Comercio pero no tuvo gran repercusión mediática. Un año después, la editorial Alfaguara decidió relanzarla en una edición comercial. Tras varios ires y venires, finalmente debía salir en febrero de este año.

Una coincidencia: tras el buen comportamiento en ventas el año pasado del libro de crónicas de Alberto Salcedo La eterna parranda, publicado por la misma casa editorial, esta decidió, con muy buen juicio, relanzar El oro y la oscuridad en la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá. Pero Alberto Salcedo —quien no quiso participar en este reportaje— comenzó a sentirse incómodo cuando se enteró de que la novelita del joven escritor principiante sería publicada por Alfaguara y, según afirman las fuentes consultadas, alegaba que se sentía plagiado. Preocupada, la editorial lo convocó a una reunión para saber qué pensaba. Sí admitió sentirse incómodo y pidió que se incluyera en la novela una nota aclaratoria. El joven estuvo de acuerdo y así se hizo. (Ver recuadro).

Después, Salcedo pidió que la novela no fuera publicada antes que El oro y la oscuridad, porque podía afectar las ventas. La editorial le concedió ese capricho. Salcedo es un autor importante (y un cronista literario formidable, lo cual vale la pena agregar porque rara vez lo bueno y lo importante coinciden). Bastaba posponer el lanzamiento de la novela de Palacios dos meses para lanzarlos en simultánea en la Feria. Se podía incluso hacer algo conjunto, un juego, un diálogo entre novela y crónica, entre ficción y no ficción. Así quedaron las cosas. El libro se imprimió. Se enviaron los ejemplares a la prensa.

Pero la incomodidad de Salcedo no menguó. Fue quizás cuando gente cercana leyó la novela que cambió de opinión. Imposible saberlo. El hecho es que una mañana cualquiera lanzó un tweet alegando que había sido plagiado y que pensaba demandar. Llamó a los periodistas de los medios más importantes. Ante tanta confusión y enfrentada a la posibilidad de una demanda, la editorial tomó la decisión de posponer una vez más el lanzamiento de la novela de Palacios. Le pidió al joven escritor que retocara la novela. O que incluyera las comillas cuando citara el libro de Salcedo. Palacios, agotado, se negó. No comprendía por qué el mismo cronista que tan amable había sido con él ahora lo acusaba de plagio. Decidió entonces no retocar la novela y que no se publicara. Se le habían quitado las ganas de hacerle un homenaje a Salcedo. La novela nunca llegó a librerías. Pero era imposible pedir a los medios que devolvieran los ejemplares. Hasta aquí los hechos.

Las preguntas

Así contada la historia, Alberto Salcedo parece un mal hombre, vanidoso y mezquino, y Palacios un escritor joven bueno e ingenuo. A todos nos encanta leer historias donde quede muy claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Pero la realidad no es nunca tan maniquea.

Es muy probable que Salcedo hubiese querido ser amable y estimular al joven escritor, pero que jamás hubiera tenido tiempo ni ganas de leer la novelita (vaya uno a saber cuántos correos recibe diariamente de jóvenes que lo admiran) hasta que, ante el hecho de que este joven comenzara con tan buen pie, y fuera a ser publicado nada menos que por Alfaguara, hubiera decidido leerla. Y al leerla, ante la cantidad de citas sin cita (de fragmentos suyos sin comillas) que encontró, se hubiera indignado. Y es que más del diez por ciento de la novela de Palacios está hecha de citas de El oro y la oscuridad. Antes de juzgar a Salcedo Ramos, pongámonos por un segundo en los zapatos de alguien que lee y va descubriendo con estupefacción que sus propias frases, párrafos enteros, escritos y rescritos con paciencia de artesano, están regados, sin cita, por toda la obra en cuestión. Ya no parece tan divertida la idea de la intertextualidad.

¿Sabíamos acaso los miembros del jurado que la novela que premiamos tenía párrafos enteros tomados de Salcedo? Me temo que no. Sabíamos lo que leímos: que Salcedo era un personaje de la novela, y que ese gesto parecía un curioso y bonito homenaje al cronista. Pero entonces, ¿cómo saber si el talento que percibimos en la escritura era el del novato Palacios o el del gran cronista Salcedo? La única respuesta posible es que no premiamos ni al cronista ni al novelista: premiamos un texto. Un único texto. No un fragmento ni un autor. Un texto.

¿Quién es el autor?

Al comienzo de Shakespeare in Love hay una escena memorable: el productor (el rico capitalista que ha puesto la plata para montar una nueva obra), entra furibundo al teatro La Rosa y amenaza al dueño por los retrasos en el estreno. Al pasar, casi atropella a un pobre tipo que está pensativo en una esquina, y le grita al dueño: “¿Y este quién es?” El dueño, nerviosísimo y titubeante, le contesta con la verdad: “No es nadie, es solo el autor”. Hoy ese ninguneo produce risa: era Shakespeare.

La anécdota es perfecta para recordarnos que un autor no ha sido siempre un autor. Es decir, no siempre ha sido relevante. La pregunta “¿quién es el autor?” fue hecha por primera vez en un contexto penal: para buscar un culpable. En tiempos de libelos anónimos contra el poder monárquico, identificar a un autor era vital para poder castigarlo. Nos lo recuerda Michel Foucault en su célebre conferencia ¿Qué es el autor?, en la que también cuenta que solo hasta hace dos siglos (comienzos del XIX) el autor entró al sistema de propiedad y se creó la idea de los derechos de autor. Antes, lo que hoy entendemos como un autor (vocablo utilizado por primera vez en 1710), era asumido como un mero redactor, casi un copista, alguien que podía imitar bien el estilo de los clásicos. Lo mismo sucedió después con el concepto del intérprete: antes de Caruso, el intérprete no tenía la más mínima importancia, y es con él con quien nace, en las artes escénicas, el concepto del divo.

La figura del autor cobró una importancia inusitada. Basta un ejemplo para imaginar cuán célebre fue en el siglo XIX: cuando Víctor Hugo murió, en 1885, el número de personas que asistió a su funeral fue más grande que el número de habitantes de París.

Ese concepto de autor es el que perdura hasta nuestros días, si bien está en declive. Ya el escritor no es el oráculo de antes (como nos lo recuerda Coetzee en su más reciente novela), pero el concepto de celebridad sí sigue vigente y goza de muy buena salud. ¿Cómo no va a perdurar algo que halaga tanto la humana vanidad de nuestra condición? ¿Quién no va a querer la gloria? Más viviendo en tiempos de la cultura del espectáculo.

Un inciso: Vargas Llosa lamenta el estado de la civilización actual, pero olvida que su propia fama y las multitudes que él convoca son el resultado de ese mito alrededor de la figura del autor, de esa misma cultura del espectáculo que cada vez es necesario amplificar más (festivales, congresos, conferencias) para poder vender libros en un mundo sobrecargado de ofertas de entretenimiento.

Esa idea del autor, con sus mal contados dos siglos de existencia, es la que encarna, como la enorme mayoría de los creadores de hoy, Alberto Salcedo Ramos. El joven Palacios, en cambio, juega a otra cosa. Ha leído a Foucault, conoce la historia —que en el Renacimiento el valor de quien escribía estaba medido por su capacidad de imitar a los clásicos, por ejemplo—, y recuerda las decenas de novelas que se escribieron para continuar el Quijote en Francia y en Inglaterra. Palacios no es ningún ingenuo. Es un hombre de treinta y dos años, culto y serio, disciplinado e inteligente. Sabe muy bien lo que quiere hacer y eso queda demostrado en la nota final del libro (ver recuadro). Y le interesan particularmente los juegos intertextuales, así como el diálogo entre disciplinas. Cree que “no hay nada nuevo bajo el sol”, y que la originalidad es algo imposible. “O por lo menos, a mí no me interesa, no es mi búsqueda”, agrega. Claro, Palacios  pertenece a una generación alimentada por las nuevas tecnologías, a la que el concepto de creación colectiva no le es extraño. En Internet se hace evidente que todo acaba siendo copia, retweet, share, paste, forward. Los cadáveres exquisitos han revivido, y quizás la primacía del autor se debilite de nuevo en un futuro cercano. O más bien, conviva con nuevas formas de creación colectiva y anonimatos. “Es posible imaginar una cultura en la que los discursos circularan y fueran recibidos sin que la función autor apareciera nunca”, dijo Foucault hace más de treinta años, mucho antes los tiempos de Internet. Pero también dijo que hoy por hoy, el anonimato literario todavía no nos es soportable, excepto como un enigma que debe ser resuelto (¿quién es Banksy? ¿Quién es Thomas Pynchon?). Y eso sigue vigente: los autores todavía reclaman el derecho a ser reconocidos, celebrados y recompensados por sus ideas.

Si este fuera un burdo caso de plagio, aquí no cabría el debate. Lo que hace de este un caso interesante es que no hay, en ninguna de las partes, mala fe. El debate lo abren de un lado la consulta hecha, la admiración profesada y el malogrado homenaje. Y del otro, la legítima incomodidad de Salcedo una vez leída la novela. ¿Por qué va a tener que salir a justificarse, a defender algo que él mismo escribió? ¿Por qué ahora va y resulta que el malo es él, semejante cronista tan extraordinario?

Dos generaciones se miran a los ojos y es tan grande la distancia que las cosas acaban mal. Aquí no hay culpables. Pero sí una fractura generacional enorme. Las nuevas tecnologías abren la posibilidad de la vuelta al palimpsesto, a esa creación fruto de múltiples capas de sentido, como la trova que resulta del nomadismo del trovador, modificada de un pueblo a otro. A nadie le importaba de quién eran los versos sino lo que decían.

La autoría de la cita

En El grado cero de la escritura, Roland Barthes imaginaba un libro hecho solo de citas de otros autores. El escritor norteamericano Jonathan Lethem ya lo hizo, un brillante ensayo de sesenta páginas llamado Contra la originalidad¸ en el cual se le confiesa al estupefacto lector al final que todo el libro está hecho de citas de otros autores. Y sin embargo el libro se convierte para el lector en algo completamente nuevo.

Por supuesto, los tiempos del declive del autor todavía no están aquí. Quién sabe si llegarán. Vivimos todavía una época en que el autor es importante como mercancía pero, lentamente, la idea del anonimato o de la creación colectiva sí ha cobrado más protagonismo en las artes. El arte está lleno de proyectos colectivos. En twitter, autores que usan seudónimo son seguidos simplemente porque sus tweets son buenos, sin que a nadie le importe quiénes son en la vida real. Nadie quiere que le cuenten quiénes son los chicos o chicas del grupo Anonymous. Basta con que sepamos que representan un sector del pensamiento de la sociedad civil. Puede que no muera la figura del autor (la vanidad se resiste a morir), pero las nuevas generaciones están más dispuestas a admirar textos sin pensar quién los escribió.  

Al respecto, nadie ha sido más irónico que Borges. En Borges y yo, uno de los dos dice del otro: “Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición”.

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Nota del autor de El corazón del escorpión

El proceso de escritura de esta novela fue largo y complejo. Me tomó ocho años y casi novecientas páginas quemadas llegar a una versión final. El último detalle que adquirió forma se lo debo a Alberto Salcedo Ramos. Alberto apareció como personaje de mi novela y su crónica El oro y la oscuridad como intertexto de El corazón del escorpión. A veces es solo una oración en medio de un párrafo, en otras ocasiones varios párrafos son un pastiche de la crónica de Salcedo Ramos. Lo que parece una conexión con la realidad no lo es, es un juego intertextual y es el otro escrito, el de Alberto, el que se conecta con la vida real. Porque ni Julián, ni Ángela, ni Jhonny, ni Samir, ni Lucero, ni nadie del gimnasio tiene contraparte en el mundo real. Alberto Salcedo Ramos es el único personaje de mi novela que existe, aunque las referencias en El corazón del escorpión no son a la persona de carne y hueso sino al personaje de su propia crónica que pretende ser él mismo. A pesar de que parezca que Milton Olivella está basado en Antonio Cervantes “Kid Pambelé” —una persona real—, no es así, está basado en una de papel.

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