En la página Electrocomics.com, proyecto de la alemana Ulli Lust, se encuentran cientos de historietas digitales disponibles.
  • En la página Electrocomics.com, proyecto de la alemana Ulli Lust, se encuentran cientos de historietas digitales disponibles.

Pantallas hipnóticas

En Medellín, Manizales y Bogotá se celebra la quinta edición de Entreviñetas, un festival que ha puesto al cómic en la escena cultural. La participación de los historietistas digitales Sam Alden y Ulli Lust, entre otros artistas y editores magníficos, invita a una reflexión sobre el lugar del cómic en el entorno digital.

2014/08/21

Por Daniel Jiménez* Medellín

Hace más de una década en La revolución de los cómics, el tantas veces citado Scott McCloud —autor y divulgador de las emergencias del cómic como lenguaje y arte— propuso la necesidad del “lienzo infinito”, una postura que teoriza acerca de cómo el medio de la narrativa gráfica, al mutar del formato impreso a las plataformas de lectura en dispositivos digitales, debe estar abierto a una nueva posibilidad de fracturar la página y la lectura lineal. En lugar de incluir un diseño de página rígido a modo de calco de la experiencia impresa, se podrían incluir todos los paneles en un solo lienzo y dejar que el público controle el ritmo y el movimiento desplazándose de una viñeta a otra. “Me inclino a pensar en los cómics como una especie de mapa temporal, una manera de sustituir al espacio por el tiempo, de trazar una progresión temporal en el espacio 2D o 3D”, le decía McCloud en 1996 –otro momento, otra línea de tiempo, otra pantalla– al The Comics Journal.

Han pasado varios años desde entonces y el cómic parece debatirse entre la necesidad de conservar su forma al mudarse a los bits (la yuxtaposición de viñetas, la narración secuenciada, el dibujo como espontáneo y potente motor de ilusiones sensoriales), o bien experimentar con nuevos mecanismos que, sin traicionar su esencia de narración hecha con imágenes, le ofrecen al lector contenidos que dialoguen con la ambición digital. En todo caso, por estos días la pelea del cómic consigo mismo se ha librado casi de la misma manera que les ha sucedido a la música, el cine, la televisión y al amplio espectro del mundo editorial: buscar entender cómo pueden convivir, sin traicionarse, los formatos análogos y digitales al servicio de la difusión creativa y artística, todo sin dejar de lado un punto de vista comercial.

Pero claro, con una sutil pero trascendental diferencia que hace que el cómic, al contrario de otras artes, no se muerda tanto la lengua: tantas veces marginado, el cómic ha sabido escurrirse por las grietas de la mal llamada “alta cultura” y del mainstream trasnochado para hallar caminos de distribución alternativos (el fanzine, por citar el mejor de los casos). Internet, siguiendo el hilo, ha sido una casa natural para muchos historietistas en el mundo y, sin los temores de los que padecen muchos escritores o músicos, han aprovechado el eco de la red para transitar, sin resbalar, entre la tinta y los pixeles.

El vaivén digital ha proporcionado medios directos y asequibles de distribución para los creadores de cómics. Así, proyectos menos comerciales están disponibles en todo el mundo y han dado con sus lectores precisos. Estéticamente, un cómic no tiene que estar detrás del libro impreso, y la pantalla, tan hipnóticamente luminosa, compensa las cualidades de profundidad cromática de las que a veces carece el papel por cuenta de malas impresiones. Y claro, están las eventualidades de un modo de lectura por descubrir: en el paso de las páginas de un cómic digital, por ejemplo, un dibujo puede cambiar ligeramente con cada vuelta de la página, se puede aumentar o reducir, y por lo tanto la sensación es casi como la de una animación que puede ser controlada por el espectador a su manera. Ya el crítico de cómic Frank Santoro hablaba de eso al definir a los cómics digitales como el formato no-formato, es decir, esos cómics que no responden al marco único y exclusivo de la página tamaño carta y que deben pensarse más bien dentro de la lógica del “scroll” de la pantalla, esa lectura que se antoja múltiple e inagotable.

El cómic, con toda la potencia de un lenguaje que muchos aún están por descubrir, puede echar una mirada hacia atrás en su historia y, desde la amplitud de un arte tan flexible, jugar más con la pantalla tal y como lo hacían los primeros historietistas que sobre el papel trataban de innovar, a comienzos del siglo XX, con otras formas de lectura sin caer en el exceso de trucos. Finalmente, no es lejana la exuberancia gráfica de Winsor McCay con Little Nemo in Slumberland y esos giros narrativos que rompían el aburrimiento de la página del periódico en 1905 de los experimentos del joven autor Sam Alden que en 2014 crea webcómics a partir de algoritmos.

Quizás un buen caso para ilustrar la vitalidad que internet le imprimió al cómic es el de dos blogs, nacidos a ambos lados del Atlántico, por allá en 2005 y 2006; dos proyectos que al día de hoy siguen siendo cardinales, quizá fundacionales, para aventurarse en una cartografía posible de los llamados webcómics. Por un lado, Electrocomics, web fundada por la alemana Ulli Lust con ayuda de Kai Pfeiffer y Eric Wunder. Por el otro, Historietas reales, un proyecto de menor escala pero altamente influyente en América Latina, creado por Federico Reggiani.

Electrocomics es una insaciable plataforma que durante varios años ha publicado a autores de diversos estilos gráficos y aproximaciones narrativas; es, también, un laboratorio de experimentación sobre el lenguaje del cómic, la constancia de la publicación en medios digitales, la alternatividad de la distribución gratuita sin perder la rigurosidad editorial de los buenos contenidos. Historietas reales es un blog con sede en Argentina que invitó a autores de varios países a publicar una página un día a la semana, todas las semanas, para construir así una serie de obras de largo aliento, arriesgándose a jugar con los tiempos, la continuidad y los gustos de un público que los leía sagradamente cada día, suma que te suma, de siete en siete días. Y luego, claro, la explosión: los cómics que enamoraron al público en la pantalla supieron hacer la transición hacia lo impreso y ser exitosos en las dos vías.

En Electrocomics, Lust comenzó a publicar partes de su novela gráfica Hoy es el último día de tu vida, que como libro de papel vio la luz en 2011 y ha triunfado en todos los países donde se publica, llevándose todos los premios que puede llevarse una obra de su tipo. En Historietas reales, Powerpaola serializó durante casi tres años su cómic Virus tropical, novela gráfica que se ha hecho poco a poco con una miríada de lectores en Hispanoamérica y la cual pronto verá su reflejo en el cine. No es broma: la pantalla de la computadora, considerada un mal socio cuando se trata de la lectura de textos extensos es tanto o más adecuada como un espacio para proyectar el lenguaje pictórico de los cómics.

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