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Ruinas inmediatas

¿Podremos recordar toda la información que leemos a diario?¿En qué hemos convertido a la memoria? Un escritor y editor se pregunta por los recuerdos en tiempos en los que almacenar parece ser sinónimo de olvidar.

2014/08/21

Por Julio Paredes* Bogotá

Quienes han estudiado los múltiples sistemas de la memoria, tanto del cerebro humano como el de cualquier otro dispositivo inventado y material, portátil o fijo, encuentran que existe un proceso básico, ineludible, para que la estructura resulte funcional: el sistema debe contar con la capacidad de obtener, almacenar, catalogar, grabar y permitir el acceso futuro, inmediato o lejano, a esta misma información y en distintos niveles de efectividad. Cuando alguna de las variables falla, parte de la memoria desaparece o se extravía al interior del mismo sistema, convirtiéndose en las renombradas sombras a las que ya no podemos acceder. La alegoría de nuestro cerebro como el sistema operativo más eficaz, la interfaz más enigmática a la hora de querer repasar nuestro pasado, es quizás una de las más comunes cuando nos referirnos a los procesos digitales básicos. A este símil espacial habría que agregar otras formas del proceso, aún más particulares, como la llamada memoria involuntaria, esa especie de misterio poético que acompañó varias experiencias emblemáticas sobre la escritura y la exploración del tema de las reminiscencias, como en Marcel Proust, Walter Benjamin o W.G. Sebald.

Obviamente, los datos o recuerdos almacenados en el sistema desaparecen no solo porque haya fallas en algún punto del flujo operativo (en un antiguo disco duro o en un disquete, por ejemplo), sino también porque los sujetos y los acontecimientos que les daban forma han dejado de ser útiles y la información que guardaban se ha vuelto obsoleta, superflua, inmaterial, semejante a un lastre de ruinas a las que ya ninguno necesita visitar de nuevo (un número telefónico o la voz de un amor perdido, por ejemplo). Parece ser, además, que el volumen y la magnitud de lo que no recordamos a corto, mediano y largo plazo y son infinitamente superiores al aforo de información que les da forma a nuestros recuerdos en las circunvoluciones de nuestro cerebro y sus sinapsis.

Quizás este sea al punto más problemático para continuar con el símil de la memoria y los mapas mentales innatos y los artificiales, con sus monumentos y sus ruinas, pues ahora, hoy, y en lo que nos quede como futuro imaginario, hemos entrado en la irreversible ilusión de grabar, almacenar, catalogar y acceder a toda la información generada por el universo digital. Ya no parece una simple utopía apropiarse de manera inmediata de la información necesaria y pertinente para cada uno y su campo, sino de TODA la información posible; visual, audiovisual, escrita, virtual, que pueda soportar tanto el último y más sofisticado dispositivo como ese otro espejismo que llamamos la Nube, metáfora de una criatura que, para decirlo en palabras de una poeta, en una milésima de segundo deja de ser la misma para convertirse en otra. Sí, ninguna interfaz más inestable que una nube para almacenar nuestra memoria global.

La velocidad sin pausa, cada vez más agresiva, de la producción digital, no se limita al desarrollo obvio del hardware (dispositivos celulares con capacidades de almacenamiento ilimitadas), sino a la producción de contenidos. Hace poco, leí que la producción de artículos en ciencias, en acceso abierto y en publicaciones periódicas bajo un mismo repositorio, promedió los 40 millones en 2013. Y son números que siguen creciendo en el llamado ecosistema universitario.

Sabemos que, desde sus inicios más tempranos, el mundo digital ha creado, como todos los universos en expansión, un espacio paralelo de ruinas físicas y, claro, virtuales. Uno de los casos más emocionantes fue el desarrollo de la tipografía digital en los setenta como consecuencia de las innumerables erratas que aparecían en todas las ediciones de los libros de matemáticas y física impresos en máquinas tipográficas. Cuando profesores como Donald E. Knuth empezaron a investigar y diseñar programas y, claro, soportes y terminales para leerlos y ejecutarlos, las hermosas máquinas Heidelberg se transformaron de inmediato en piezas de museo, al lado de los Intertype y las matrices fundidas en bronce.

¿Cómo dilucidar el futuro de un presente entorno digital que apenas si entendemos y abarcamos a medias? Y, por otro lado, ¿cómo determinar la naturaleza de las ruinas que nos dejarán las nuevas identidades digitales que inundan día a día este mismo presente, y que no dan señales de ningún tipo de contención? Como sucede con la mayoría de las utopías (que los gurús han dejado de llamar República de las Letras para pasar a los eufemismos del último léxico: Globalización, Galaxia Gutenberg, Google Books, Web) al final lo único permanente es el deseo inocente de aprenderlo y tenerlo todo, así después no lo recordemos. Hace unos meses encontré la imagen de un extraterrestre leyendo un libro impreso en papel, con la atención evidente de un lector hipnotizado por lo que estaría sucediendo en esas páginas. Lo curioso no se limitaba a la idea particular del alien lector, sino al escenario que lo rodeaba: un inmenso paisaje de detritus, con máquinas descompuestas, dispositivos apagados, una ruina encima de otra y en un aparente silencio total.

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