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Tecnología de cola

En una casa del barrio La Candelaria de Bogotá, un grupo interdisciplinario de artistas e ingenieros ha apostado por acercar la tecnología y el arte a comunidades que no tienen acceso. Este es un robot latinoamericano dicen.

2014/08/21

Por Lina Vargas*Periodista

En la calle décima con carrera cuarta en Bogotá queda Plataforma, el laboratorio de ciencia, arte y tecnología de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. Es una casa antigua de paredes blancas, cedida en comodato por el Banco de la República, en cuyo patio principal hay una mesa rectangular de diez puestos y algunas plantas. No mucho más, lo que podría causar algún desconcierto sobre lo que allí pasa. Al fin y al cabo, ¿qué es exactamente un laboratorio de ciencia, arte y tecnología? Entonces aparece su director, Andrés García, y de inmediato habla sobre la inauguración de Plataforma hace tres años. Aquella noche expusieron Raúl Marroquín, uno de los primeros videoartistas del planeta; Arcángel Constantini, quien además dio un taller sobre circuitos electrónicos, Carlos Trilnik, que trajo un bandoneón con un radio transmisor oculto construido durante la dictadura militar en Argentina; Hamilton Mestizo, experto en generación de energía eléctrica con microalgas, y Pilar Santamaría, quien elabora retratos familiares con hongos que ella misma cultiva. “Un buen ejemplo de la relación entre arte y ciencia”, dice García.

 Él también estudió Artes Visuales y recuerda que en los años noventa, cuando comenzó a interesarse por la construcción de robots, la academia lo rechazó y muchos le recomendaron convertirse en ingeniero. García no lo hizo porque quería tomar un camino que, según dice, tiene orígenes remotos: el del arte y la ciencia. Basta pensar en la aplicación de la biología en la obra de Da Vinci en el siglo xv o en los diseños del científico jesuita Atanasio Kircher en el XVII. Un caso reciente es el artista brasileño Eduardo Kac –su trabajo ha sido definido con palabras que aún no aparecen en el diccionario como bioarte, biorrobótica, biotelemática y arte transgenético– cuya pieza fundamental es Alba (2000), una coneja modificada genéticamente para brillar en la oscuridad. “Si los avances de la genética van a cambiar por completo nuestra sociedad –publicó el periódico El Mundo–, la única manera de reflexionar sobre estos cambios a través del arte es utilizando las mismas herramientas y técnicas de los científicos”.

 Justamente, allí está el tercer término que describe a Plataforma: tecnología. La tecnología siempre ha existido y los artistas la han utilizado: los pinceles, óleos y lienzos lo fueron en su momento. Otra cosa es hablar de las tecnologías actuales de la era digital. García explica que esa era comenzó durante la Segunda Guerra Mundial. Los científicos que trabajaban para los militares fueron los primeros en hablar de tabulación, bases de datos, infografías y códigos, y en la posguerra los artistas adaptaron los desarrollos de la industria militar a su obra.

 El crítico literario Alejandro Arturo Martínez escribió: “El arte digital es una disciplina que agrupa todas las obras artísticas creadas con medios digitales. En el arte digital la imagen no existe como tal sino es la visualización gráfica de un código invisible a nuestros ojos”. Y el historiador y crítico de arte Donald Kuspit dijo en su libro Arte digital y videoarte que el digital es un arte basado en códigos antes que en imágenes. Hasta mediados de los años sesenta ese código, generado por un computador mediante algoritmos matemáticos, tuvo fines exclusivamente científicos. Pero en enero de 1965, el profesor Georg Nees presentó los primeros dibujos creados por computador en una exposición llamada Computergrafik. Lo que ocurrió después ha sido un proceso vertiginoso en el que el arte se ha nutrido de disciplinas como la mecánica, la robótica y la electrónica.

De vuelta a Plataforma, García recuerda que a finales de los noventa llevó uno de sus robots a una muestra en la que iba a estar el crítico de arte José Hernán Aguilar. Su idea era que el robot, que estaba conectado a una toma de corriente, hiciera un saludo nazi a manera de burla, pero justo cuando Aguilar lo vio, el robot se quemó. Entonces el crítico elogió la honestidad de la pieza y dijo que era un robot latinoamericano. La historia sirve para que García diga que uno de los objetivos de Plataforma es saber dónde está localizado y trabajar con los recursos a su alcance. Les interesa aplicar la tecnología y abaratar los costos a partir de la reutilización de elementos desechados por otros y el uso de software libre, es decir, uno que se construye colectivamente. El término exacto –acuñado por Raúl Marroquín– es “tecnología de cola”, en oposición a tecnología de punta.

En Plataforma hay talleres, becas y laboratorios. El pasado 26 de julio, por ejemplo, fue la tercera sesión de Divertimonstruos Robóticos, el taller dictado por el ingeniero electrónico Carlos Andrés Pérez y el diseñador industrial Orlando Cuenca a niños entre seis y diez años. Desde hace un año, Pérez y Cuenca se unieron a Plataforma para enseñar robó-tica a niños de distintas localidades de la ciudad. Contrario a lo que pasaba hasta hace poco, la mayoría de los colegios hoy tienen formación en robótica: en tercero de primaria los estudiantes aprenden mecánica, en quinto trabajan con circuitos eléctricos básicos y en once se especializan en electrónica y programación. Desde luego, hace falta mucho, sobre todo en el tema presupuestal. Al final del taller, cuando Cuenca les pide a los niños dibujar un robot para construir en la siguiente clase, ellos preguntan: “¿Le puedo poner Godzilla? ¿Está bien combinar un tigre y un escorpión? ¿Es resistente al agua?”.

García habla de tres cosas fundamentales para Plataforma: el espacio real, el virtual y el imaginario, así como su interacción y la relación con el entorno. En el taller de robótica, los niños entran y salen todo el tiempo de los tres espacios. Y como en ese, los asistentes al resto de actividades aprenden que la tecnología no es un lujo de unos pocos, ni demasiado costosa, ni excesivamente compleja. A la pregunta de qué permiten los medios digitales a un artista frente a los tradicionales, Raúl Marroquín responde: mayor libertad. Hoy se puede construir un satélite complejo con la ayuda de tutoriales de YouTube y preguntas a Google. Si acaso se trata de una revolución, no hay duda de que Plataforma hace parte de ella.

 

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