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Para que lea

2012/07/19

Cuando en diciembre de 1928 ocurrió la Masacre de las Bananeras —uno de los episodios que prefiguraría la violencia de la década del cincuenta en Colombia— el escritor barranquillero Álvaro Cepeda Samudio tenía apenas dos años y, según escribió Gabriel García Márquez, “vivía en un caserón de madera con seis ventanas y un balcón con tiestos de flores polvorientas frente a la estación del ferrocarril donde se consumó la masacre”. El hecho marcó profundamente a Cepeda Samudio y se convirtió en la base para su injustamente no tan conocida novela La casa grande. Como homenaje a los cincuenta años de su primera publicación, en 1962, El Áncora lanzó una bellísima edición que incluye una introducción del ensayista Jacques Girald, facsímiles de algunas páginas mecanografiadas por Cepeda Samudio, fotografías con escritores, músicos, intelectuales y políticos de la época y una portada con Acuarela del pintor Alejandro Obregón, a quien está dedicada La casa grande. Vale la pena aprovechar el aniversario para volver a una novela que logra plasmar la crueldad de un hecho histórico y, al tiempo, ser experimental.

 

     

Charles Dickens, una de las voces fundamentales de la literatura universal, celebra este año el bicentenario de su nacimiento. Como parte de los homenajes, la editorial española Debolsillo lanzó una edición impecable que incluye sus novelas Grandes esperanzas, Los papeles póstumos del Club Pickwick, La casa lúgubre y Nuestro amigo común. Cuatro obras que merecen estar en la biblioteca de cualquier lector que quiera conocer el agudo virtuosismo de Dickens más allá de sus novelas más famosas Oliver Twist, David Copperfield y Tiempos difíciles. Un cadáver flotando en las aguas del Támesis de un joven que días antes había viajado a Londres para reclamar la herencia paterna, un anciano cascarrabias que preside un club de caballeros que encarna lo más absurdo de la sociedad londinense, un niño huérfano que se convierte en caballero gracias a su benefactor. Los personajes de Dickens, retratados con una dosis precisa de realismo, crítica y humor, así como su forma de narrar la cotidianidad del siglo XIX, han hecho que el genial novelista inglés sea reverenciado por escritores posteriores de la talla de Chesterton, Nabokov y Calvino.

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