Fotos:Christian Escobar Mora.

Bailar para alejarse de la violencia

Dos escuelas de baile han asumido el difícil reto de presentarle a una juventud marginada el baile como alternativa al sicariato y a la vida de pandillas. Su labor ha sembrado esperanza en algunos habitantes de los barrios más difíciles de Cali, la novena ciudad más violenta del mundo.

2015/10/23

Por Lina Uribe* Cali

Marcela vive en El Cortijo, un sector en el occidente de Cali donde las balas hacen las veces de palomas mensajeras. Aledaño al barrio Siloé y perteneciente a la amplia zona que se conoce con dicho nombre, no es extraño que allí un tiroteo interrumpa el sueño de unos cuantos vecinos. Tampoco es raro encontrarse a jóvenes vendiendo y consumiendo drogas en cada esquina. Por el contrario, quizás sea la imagen más común.

Hace unos días, Marcela tuvo que dejar de lado el café que preparaba para el desayuno y correr en busca de su hermano menor, quien había ido a la panadería minutos antes de que se escucharan cuatro disparos. A media cuadra pudo ver al difunto tendido en la mitad de la calle. Su hermano, por fortuna, estaba a salvo.

Sin embargo, esta joven nacida hace 18 años en uno de los sectores más violentos de Cali y que creció atemorizada por el inminente peligro es la misma a la que ahora se le marcan los hoyuelos de las mejillas cada vez que sonríe en medio de sus coreografías. Marcela es bailarina profesional de salsa y entre los muchos reconocimientos se le suma el que hace poco obtuvo con sus compañeros de la academia Imperio Juvenil durante el X Festival Mundial de Salsa de Cali, una competencia anual que reúne a los mejores bailarines de la región. Esa vez participó en la categoría Grupo Ensamble y el primer lugar que alcanzó vino acompañado de un premio de 20 millones de pesos.

Además de cargar siempre con el sello de haber nacido en un barrio invadido por desplazados del suroccidente colombiano, acumula otros sellos en su pasaporte: gracias a la salsa ha conocido países como Nicaragua, Turquía e Israel, y ahora se prepara para viajar a Aruba a trabajar como bailarina.

Sucede entonces que en Cali, la novena ciudad más violenta del mundo, en la que hasta el mes de mayo se fijó un promedio de 95 asesinatos mensuales, el baile surge como una alternativa para esquivar la violencia y enfocar toda esa sabrosura que ya de por sí, como si fuera regla, traen todos los nacidos en la bien llamada ‘Capital mundial de la salsa’.

 

La historia de Éder Jair es similar. Hijo de Buenaventura, el principal puerto del Pacífico colombiano, tuvo que dejar su tierra hace más de una década porque ni él ni su familia podían seguir soportando la violencia de la que eran testigos a diario. En Cali, cuenta, no encontraron un panorama muy distinto.

Ahora, en la pista junto a sus compañeros de la escuela de baile Combinación Rumbera, cada movimiento parece hacerle olvidar por un momento las desgracias que ha acarreado toda su vida. Una de ellas fue la muerte de su gran amigo Andrés, con quien, además de muchos gustos, compartía el amor por la salsa. A pesar de que tenía una prometedora carrera como bailarín, Andrés prefirió dedicarse al sicariato en el Distrito de Aguablanca y murió en medio de un tiroteo.

Éder lleva otras cicatrices en el cuerpo. La pierna izquierda y el brazo derecho conservan las marcas de dos puñaladas que recibió en su adolescencia. En aquel momento las heridas fueron las encargadas de darle a entender que lo suyo no eran las pandillas.

A sus 21 años, además de ser bailarín profesional, Éder trabaja como chef. Vivió en un hogar del Bienestar Familiar desde que llegó a Cali hasta que cumplió la mayoría de edad, pues aunque su mamá vivía también en la ciudad, él y su hermano fueron conscientes de que, al menos en ese momento, el Estado podía darles una mejor calidad de vida.

Detrás de Éder, en la pista de ensayo, baila otro joven cuyos movimientos son tan rápidos que dificultan descifrar la figura que lleva tatuada en el pecho. “Es un gorrión, que representa fidelidad, y la palabra ‘family’. Significa fidelidad a mi familia, porque eso va primero que todo”, cuenta Jhonatan, también bailarín profesional de la escuela.

Y es precisamente esa familia la que siempre lo ha apoyado para que siga bailando y no tuerza nunca su camino. En ella piensa cada vez que algún conocido le dice que deje el baile, que eso es para gais y que mejor se meta a una pandilla.

Un grito repentino de Jhon Freddy, el director de Combinación Rumbera, detiene el ensayo y los deja a todos atónitos. Se refiere a sus muchachos con palabras un tanto subidas de tono para que entiendan que deben bailar allá y no acá. Cuestiones logísticas, distribución del espacio. Todos acatan sin revirar.

Jhon Freddy, exbailarín, explicará momentos después que trabajar con tantos jóvenes no es fácil, sobre todo por las condiciones sociales en las que han crecido. Su lucha por un mejor futuro para aquellos chicos que han tomado el baile como forma de vida lo ha llevado a pensar en distintas estrategias para que no aparezcan otros caminos aparentemente más llamativos, pero con finales indeseados.

En aquel grupo de jóvenes que ahora ensayan en un nuevo espacio está Jorge Eliécer. A sus 16 años ya es instructor de la escuela y escogió el baile como su profesión. Frente a un espejo que cubre la pared, Jorge hace un solo que deja muy claro por qué sus profesores siempre le han dicho que tiene muchísimo talento.

 

Cuando tenía 5 años, su abuela le notó cierto gusto por el baile y lo inscribió en una fundación en el barrio El Rodeo, Distrito de Aguablanca. Allí hizo varios amigos a los que ahora, tristemente, se topa en las calles consumiendo droga o escarbando en las basuras, quizás en busca de algo para comer.

Hace poco más de un año, Jorge se estaba preparando para un concurso de baile al que quería llevar a su abuela como invitada de honor. La silla, sin embargo, se quedó vacía: la señora murió unos días antes y no pudo ver cómo su nieto se ganaba el trofeo. “Mi motivación era mi abuela, cuando ella murió pensé que lo iba a dejar todo tirado, pero ahora sé que desde el cielo me está viendo y se siente muy orgullosa de mí”.

Más que un arte

Adriana Molina y Florián Ávila son los directores de la Escuela de Baile Imperio Juvenil, una de las 80 academias de salsa que hay en Cali. Adriana conoce al detalle la historia de sus ‘hijos’, como se refiere a los integrantes de la escuela. Sabe que algunos han tenido problemas de drogadicción y es consciente de que con ellos se necesita un trabajo más fuerte.

“He criado a la mayoría de estos muchachos y por eso los amo. Lastimosamente muchos no cuentan con el apoyo de sus padres, que solo vienen a veces cuando ganan premios… Por eso a mí me toca estar pendiente de todos y sé que andan por muy buen camino, ¡es que no les queda tiempo para más!”, comenta.

Entre los ‘hijos’ de Adriana y Florián se encuentran César y Emely, una pareja de bailarines que además adelantan estudios universitarios para ser profesionales en deporte. Desde hace dos años iniciaron la carrera, y todos sus trabajos los han aplicado a la salsa, pues quieren que sea considerada un deporte y no simplemente un arte.

“La principal característica de un deportista es que cada día tiene entrenamientos con distinta intensidad para aumentar el rendimiento y no saturar el cuerpo. El problema con nosotros los bailarines es que no ondulamos las cargas, todos los días trabajamos al 100 % y eso no trae beneficios para la salud, por eso queremos concientizar a nuestros compañeros y hacer que la salsa se convierta en un deporte”, asegura César.

La suavidad con la que se expresan ambos se esfuma cuando regresan a dirigir una coreografía. César y Emely hacen parte del grupo representativo de Imperio Juvenil y se desempeñan también como instructores de sus compañeros. Al fondo, entre los bailarines que ya iniciaron los movimientos, está Marcela con su parejo de baile. Gritan al unísono ‘Je’, como para darle un poco más de alegría a la canción. Los hoyuelos vuelven a aparecer en sus mejillas.

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