En primer plano Henri Cartier-Vresson, el 6 de abril de 1974 durante una conmempración en honor al presidente Georges Pompidou.

El ojo que descubre el orden del mundo

Hedonista, profundo conocedor del alma humana, viajero incansable y un oportunista histórico: así se ha calificado el trabajo de uno de los testigos de excepción del siglo XX. Ahora, una exposición en París lo celebra como el inventor del “instante decisivo”. Un homenaje.

2014/05/23

Por Hernán D. Caro*

Acaso el mejor artista no sea el que crea realidades insólitas por completo distintas a la nuestra, sino el que logra transformar el modo en que percibimos nuestra propia realidad. Quien ha leído a Kafka con ardor describe la sensación que produce el mundillo insoportable de las oficinas públicas haciendo referencia al escritor. El laberinto mugriento y envuelto en neblina que los turistas japoneses esperan encontrar en Londres es una invención de Charles Dickens. Y hordas de europeos imaginan a Latinoamérica –no sin algo de razón– como el lugar hirviente, polvoriento y solo en apariencia descabellado de los libros de García Márquez.

Y qué decir de París. Nadie influyó tanto sobre la idea de que París (o Roma, o Praga) es un conjunto de plazas y callejuelas en blanco y negro, románticas y melancólicas, como tres fotógrafos del siglo pasado: Brassaï –explorador de la París nocturna de sombras largas y niebla enigmática–, Robert Doisneau –autor del montaje relamido El beso en el Hotel de Ville– y, por encima de todos, Cartier-Bresson.

Este año se conmemoran diez años de la muerte de Henri Cartier-Bresson (1908-2004) y la conmoción aumenta poco a poco: los documentales sobre su vida feliz e inquieta, los bellos tomos impagables con sus fotos representativas y, en París, el prestigioso Centre Pompidou le dedica hasta mediados de año una retrospectiva colosal. Algo ocurre cuando revisamos la obra de “HCB” –como lo dieron a conocer con sagacidad mercantil Life, Vogue y las otras revistas para las que el fotógrafo trabajaba– cuando vemos por enésima vez fotos que conocíamos pero cuyo autor desconocíamos: comprendemos que Cartier-Bresson dio forma –y sigue dándola– a muchísimo más que solo a la idea tierna de París.

Uno de sus retratos muestra a Albert Camus como siempre lo hemos imaginado: un cigarrillo entre los labios y el cuello del abrigo levantado hasta las orejas; el escritor más guapo y más justo del mundo. Otro, a Jean-Paul Sartre con una pipa entre los dientes y bizco, feo y genial: el intelectual francés por excelencia. Está Coco Chanel como la creó Dios: de espaldas a una biblioteca vetusta, en un vestido y un sombrerito cándidos y un collar de perlas, fumando como una reina; y está Marilyn Monroe frente a un espejo, bellísima y tristísima. Vemos estas fotos y nos asombramos al constatar que nos imaginamos a cualquier cantidad de personalidades tal como lo hacemos, por la sencilla razón de que Cartier-Bresson nos enseñó a hacerlo así.
 

“Dije ‘maldita sea’, agarré mi cámara y salí a la calle”

Henri Cartier-Bresson nació en 1908 en el seno de una familia adinerada. Vivió desde su infancia en París y tuvo una de las vidas intensas y cosmopolitas que solo el esquizofrénico siglo xx pudo haber producido. De niño descubrió la pintura gracias a un tío talentoso, y a los veinte años empezó a estudiar en la academia de André Lhote, un pintor y escultor cubista de cierto renombre que buscaba unir el acercamiento estrambótico a la realidad que proponían las vanguardias artísticas con el formalismo y rigor del arte clásico. Esta pretensión influyó radicalmente sobre la labor posterior del fotógrafo HCB.

En los años veinte, cuando los jóvenes europeos experimentaban con nuevas formas de expresarse después de la ruina de la antigua Europa tras la Primera Guerra Mundial, Cartier-Bresson se vio atraído por el surrealismo y su idea de la creación automática y el subconsciente como motores artísticos. Sus primeras pinturas, así como más tarde sus primeras fotografías, dan fe de esta afiliación. En 1929, durante su servicio militar en el norte de Francia, conoció a Harry y Caresse Crosby, una pareja de artistas millonarios estadounidenses que lo inició en una triple pasión: por los romances abiertos, por el intercambio intelectual trasatlántico y, lo más importante, por la fotografía. En 1931 Henri viajó a África. Solo siete fotos sobreviven de este primer gran viaje, pero en ellas se percibe ya su táctica: la preocupación puritana por la armonía de los componentes de la escena y la presencia de un elemento inusitado y algo misterioso. A su regreso de África aquel mismo año ocurrió la gran ruptura: después de ver una foto del húngaro Martin Munkacsi que muestra a tres niños negros desnudos que saltan al agua en una mezcla de liberación y delicadeza, Cartier-Bresson decidió abandonar la pintura. “Nunca pensé que algo así pudiera ser captado con una cámara”, diría más tarde. “Así que dije ‘maldita sea’, agarré mi cámara y salí a la calle”.

En los años siguientes, Cartier-Bresson realizó viajes a Berlín, Bruselas, Varsovia, Praga y Budapest, cada una de las cuales auscultó a fondo con su legendaria cámara marca “Leica”. En 1932 expuso sus fotos por primera vez en Nueva York y en Madrid, dos años después compartió una muestra en México con el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo. Las fotos mexicanas de Cartier-Bresson también muestran su genio particular. En una de ellas, un grupo de niños pobres que juegan y se ríen a carcajadas es retratado a través de un roto enorme en un muro. De repente, en primer plano, un niño en muletas capta la atención del espectador. 1934 también fue determinante por otro motivo: Henri conoció a otros dos maestros de la fotografía del siglo pasado, David Seymour y Robert Capa. De este último, Cartier-Bresson recibió más tarde un consejo que habría de tomar muy en serio: abandonar –si quería seguir siendo un fotógrafo con trabajo– la etiqueta de surrealista y ser “simplemente un fotorreportero”.

Periodista raso con una cámara

En 1937, año de su primer matrimonio con una bailarina proveniente de Java, Cartier-Bresson cubrió para la afamada revista francesa Regards la coronación en Inglaterra de Jorge VI siguiendo un método excéntrico: ninguna foto muestra al rey, todas se concentran en las reacciones de sus súbditos asistentes. Cartier-Bresson empezaba a reunir fama como fotorreportero, pero muy pronto tuvo que hacer una pausa. Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, se unió al ejército francés solo para ser capturado en 1940 por los alemanes y pasar casi tres años como prisionero de guerra en campos nazis de trabajo pesado. Después de dos intentos fallidos logró escapar y regresar a Francia con papeles falsos. Al final de la guerra registró con su cámara la liberación de París, acompañó como corresponsal el avance aliado hacia el este europeo y rodó una película sobre el regreso de desplazados a Francia.

En 1945 se enteró de que el MoMA de Nueva York, que lo daba por muerto en batalla, planeaba dedicarle una retrospectiva póstuma. Aclarado el malentendido, viajó a los Estados Unidos a preparar él mismo la exposición. La muestra se realizó con éxito enorme a inicios de 1947, tras lo cual Cartier-Bresson realizó para la revista Harper’s Bazaar –con Truman Capote– un reportaje sobre Nueva Orleans y él y su “Leica” recorrieron gran parte del país, documentando la gloria y la miseria de los Estados Unidos y retratando entre otros a William Faulkner, Henry Miller y Frank Lloyd Wright. En ese mismo año, fundó junto con Seymour, Capa y otros la cooperativa Magnum Photos, hasta hoy una de las agencias de fotografía más poderosas del mundo.

Como periodista raso con una cámara, HCB hizo verdaderas hazañas. En enero de 1948 visitó a Mahatma Gandhi en Nueva Delhi. Pocas horas después de su encuentro privado, Gandhi fue asesinado a balazos: Cartier-Bresson fue el último fotógrafo en retratarlo. En 1949 registró el final de la Guerra Civil en China y el advenimiento de la República Popular China de Mao Zedong. En 1954 cubrió en exclusiva para Life y Paris Match –como primer fotógrafo occidental de fama internacional en hacerlo– la vida en la Unión Soviética tras la muerte de Stalin un año antes. “Simplemente lograba estar siempre en el lugar correcto”, comenta el periodista y escritor francés Pierre Assouline, autor de la biografía Cartier-Bresson: el ojo del siglo (2002). “Era simplemente el más grandioso oportunista, captando los eventos históricos de la vida justo cuando ocurrían”.

En los años cincuenta, HCB ya era sin duda el fotógrafo más famoso del mundo. Hasta su retiro de la fotografía y su regreso a la pintura a comienzos de los setenta, viajó como reportero por decenas de países y produjo un legado fotográfico inestimable. Y de alguna forma, también una modesta ética para fotógrafos: detestaba ser retratado él mismo y sostenía que, para que una imagen resulte más fuerte, “debes olvidarte a ti mismo y simplemente observar”. El 3 de agosto de 2004, a sus 95 años, Henri Cartier-Bresson murió en su casa en los Alpes franceses.


En el momento perfecto

“La mayor felicidad para mí es la geometría, la estructura. Que las cosas estén en el lugar correcto es un placer sensual e intelectual”. Esto resume un aspecto de su agudeza como fotógrafo. Como comenta Clement Chéroux, historiador de la fotografía, curador del Centre Pompidou y también biógrafo de Cartier-Bresson (El disparo fotográfico, 2008), muchos teóricos han demostrado que las composiciones de HCB siguen estrictamente la proporción que establece el número áureo en geometría. Chéroux explica el método de Cartier-Bresson así: “El fotógrafo avista primero un fondo cuyo valor plástico le parece interesante. A menudo se trata de un muro paralelo al borde de la foto o un espacio en perspectiva con líneas claras. Luego espera que uno o varios elementos vivos, que se mueven –niños, un hombre, un perro– encuentren un lugar en esta estructura”. Este otro aspecto, el aspecto vital si se quiere, ha sido resumido por un lema que se vinculará eternamente a Cartier-Bresson: “el momento decisivo”.

En palabras del fotógrafo mismo, esto se refiere al “reconocimiento simultáneo, en una fracción de segundo, del significado de un evento así como de la precisa organización de formas que dan al evento su expresión adecuada”. Cualquier cantidad de fotos de Cartier-Bresson son tan perfectas –cada uno de sus elementos está en una relación tan proporcional con el resto– que parecerían montajes. Como la famosa foto de un hombre en el instante en que salta sobre un charco, su sombra reflejada sobre el agua y al fondo un anuncio con el dibujo de una bailarina, y que en opinión de Assouline “es el ícono absoluto de su obra, y muestra su genio, su talento y su concepción fotográfica”. Pero ni esta ni ninguna otra de sus fotos son un montaje. Son el resultado de un ojo sagaz, de mucha paciencia y de una sensibilidad enorme frente al momento perfecto para disparar. “Simplemente esperó –añade Assouline–, pues sabía que alguien iba a saltar sobre ese charco”.

¿Pero qué es exactamente la teoría del “momento decisivo”? La mejor explicación, la única, la narra el escritor y crítico de arte británico John Berger, quien visitó a Cartier-Bresson al final de su vida: “¿Qué indica esa fracción de segundo decisiva? Tú pareces sentir el momento en que un todo aparece frente a ti, ¡sin ni siquiera saber cuáles son sus partes! Mi pregunta es: ¿surge este sentimiento de un estado de alerta sensorial superior, una especie de sexto sentido?... Cartier-Bresson sonríe y salta a buscar algo. Regresa con una fotocopia. ‘Esta es mi respuesta: la escribió Einstein’… Leo las palabras…: ‘Siento una solidaridad tal con todo lo que vive, que no me importa saber dónde empiezan o terminan los individuos...’”.

¿Cuál es la misión de la fotografía? ¿Representar la realidad tal como ella es? ¿Embellecerla, hacerla poética? ¿Ser chocante? ¿O descubrir, como escribe Susan Sontag en su clásico Sobre la fotografía (1977), que en todo el caos de este mundo hay un orden? Todas, por supuesto, y cada fotógrafo explora una misión distinta. Solo Henri Cartier-Bresson, el gran “ojo del siglo”, parece haberlas explorado todas.

 

* Corresponsal de Arcadia en Alemania.

 


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