Fotocopias colombianas

A la pregunta “¿Qué quieres ser cuando grande?”, los creadores de fanzines responden, inequívocamente, “punk”. La estética de la autogestión, la transgresión y el “hazlo tú mismo” tienen una historia en Colombia que acaba de ser reunida en una exposición. ¿Dónde comenzó esta movida que hoy es valorada y celebrada?

2014/07/23

Por Lina vargas

La historia de los fanzines en Colombia empezó en Medellín a mediados de los años ochenta. La ciudad era violenta y muchos de sus habitantes apenas si se atrevían a salir de la casa. Todos los días había muertos y por las noches —cuentan quienes vivieron allí—solo salían prostitutas, drogadictos y travestis. Y también punks. Era gente con pocas opciones —entre 1988 y 1991, 3.000 jóvenes fueron asesinados— que andaba con camisetas rotas, botas militares y el pelo parado. Iban a conciertos en el garaje de alguna casa o se encontraban en el cerro El Volador y la Universidad de Antioquia para intercambiar casetes grabados por ellos mismos y material sobre las bandas locales que intentaban imitar el punk de afuera, pero que terminaron creando un estilo propio, potente y desgarrador, conocido como Punk Medallo. Uno de ellos es José Juan Posada, fundador de la banda IRA, quien 20 años después, señala el afiche del compilado musical: La ciudad podrida. Vol. I y dice: “Todo ese pánico lo poníamos en ruido e imágenes violentas. Explotaban bombas, había masacres y mientras tanto nosotros hacíamos ruido porque igual nos íbamos a morir”. El afiche es un collage en cuyo fondo está una foto de Medellín que, según Posada, fue tomada desde un cementerio, sobre la que se alzan edificios hechos con recortes de prensa y punks bailando en primer plano. Era un fanzine aunque ellos no lo sabían.

Los fanzines, que en teoría son publicaciones realizadas de manera independiente por aficionados a un tema específico, surgieron en los años treinta en Estados Unidos. El artista e ilustrador Boris Greiff, creador del fanzine Ficciorama, cuenta que los primeros en escribirlos fueron fanáticos de la ciencia ficción que solían enviar artículos a revistas comerciales que a duras penas aparecían en la sección de cartas. Entonces hicieron sus propias publicaciones que, como era de esperarse, no se distribuían más allá de los lectores de ciencia ficción. Varios años después el rock and roll llegó y los adolescentes, una población inexistente para el mercado, utilizaron los fanzines para divulgar sus gustos musicales. Todo esto viajó a Inglaterra, donde en los años setenta el punk adquiría su estética de taches, nodrizas y crestas y un componente contracultural que se vio reflejado en las publicaciones subterráneas. “El punk dio un valor estético al fanzine y lo convirtió en un medio de agitación —dice Greiff—. Los adolescentes los crearon como órgano de difusión de la nueva onda musical”.

Posada lo vivió en Medellín. Mientras recorre la exposición Discursos alternos: el fanzine de los años 80 y 90 y comienzos del nuevo milenio en Colombia, organizada por el grupo de investigación La Fotocopias colombianas Ramona Proyectos en la Fundación Alzate Avendaño de Bogotá, dice que en una ciudad donde la gente vivía escondida, los fanzines fueron una herramienta para hablar sobre las bandas. “Como estábamos separados y no nos podíamos sentar en un andén por-que nos mataban, nos conocimos a través de los fanzines”. Más que fanzines, para ellos eran revistas, volantes y afiches con recortes de prensa, dibujos de tipos vomitando, militares rabiosos y caricaturas de las bandas, hechos de afán, en fotocopias y sin mucha técnica, pero con la misma intensidad del punk.

La exposición Discursos alternos hizo parte del Festival C-Zine que La Ramona realizó entre el 24 de junio y el 14 de julio pasados. Sus integrantes, los artistas Andrés Frix y Viviana Cárdenas, descubrieron el fanzine como “un medio para expresar ideas sin ningún parámetro de censura estético, formal o conceptual”, en palabras de Frix, y recopilaron el material realizado en Medellín, Bogotá y Cali entre los ochenta y el 2000. Además, abrieron una convocatoria para registrar la producción actual cuyo resultado se puede ver en una fanzinoteca ubicada en Plataforma, el laboratorio de ciencia, arte y tecnología de la Alzate Avendaño.

A los fanzines Visión Roquera, Nueva Fuerza y Subterráneo de Medellín, les siguió Virus, fundado en 1988 en Bogotá. Sus creadores, que siempre han mantenido el anonimato, estudiaban Artes en la Universidad Nacional por lo que Virus tuvo una línea más elaborada y experimental, aunque continuó siendo subterráneo. “Virus no tenía temas de música, criticaba el abuso policial, la religión y la represión sexual —dice uno de sus integrantes—. Nos detenían por tener cresta y era ilegal usar botas militares”. Aunque violenta, la realidad bogotana no estuvo tan presente en Virus; hubo, en cambio, un afán por hacer reflexiones sobre el entorno familiar y la escena artística.

También estaba Chapinero, la revista que publicaron Eduardo Arias y Karl Troller en la Universidad de los Andes desde mayo de 1980 hasta 1989. En medio de periódicos políticos como el del Moir, Arias y Troller hicieron un fanzine que a través del humor y el arte pop habló sobre la Bogotá de la carrera 13 entre calles 57 y 63. “No era el Chapinero de los cachacos —dice Arias— sino una reivindicación de los letreros de las busetas, el almacén Only y la cafetería Switzerlandia”. Para muchos, Chapinero fue el origen de los fanzines en Colombia.

De vuelta a Medellín, ya en los años noventa, el punk y los fanzines sobre música dieron paso a una generación de jóvenes que creció leyendo cómics de superhéroes, pero también de la línea underground de Estados Unidos, cuyo máximo exponente era el perturbador Robert Crumb, así como la revista El Víbora de España. Incluso en el colegio, esos jóvenes empezaron a publicar fanzines. El ilustrador e historietista Wil Zapata, fundador del fanzine Gatho, recuerda los alquiladeros de historietas en los barrios Manrique y Aranjuez, donde por unas monedas se conseguían cómics de Batman; Calimán; Arandú, el príncipe de la selva, y Tamakún, el vengador errante. Cuando Zapata decidió hacer cómics, esas lecturas le sirvieron para desarrollar una identidad: “Las imágenes de angustia, la expresividad un poco mórbida de Batman, los contrastes y claroscuros, las arrugas que se formaban en la cara del héroe, las manos que señalaban algo que venía”, según dice, con-solidaron su manera de narrar. Su primer fanzine se llamó La Pirofarándula, un cómic que se burlaba de los hardcoreros que querían ser estrellas de rock. En el 2006 publicó el número uno de Gatho, titulado El aborrecible destino de una criatura atormentada, la historia de un gato y un ratón sobre “la confrontación del individuo frente a las obligaciones del mundo”.

En el intermedio, Zapata colaboró para varios fanzines como Zinema Zombie y Agente Naranja, este último fundado a mediados de los noventa por Juan Pablo Marín, conocido como el señor Juanito. Marín estuvo en un grupo de ilustradores y caricaturistas vinculados al periódico El Colombiano de Medellín que leía cómics underground, escuchaba noise y veía películas serie B. Se encontraban en el parque del Guanábano y en las Torres de Bomboná a intercambiar material que pedían a otros países en lo que él llama “el festival de la fotocopia”. De ahí salió Agente Naranja, hecha a mano, en planchas y con textos recortados, que vendió más de 2.000 ejemplares. “Era una revista inocente —dice Marín— de humor blanco y yo quería historias oscuras y transgresoras”. Entonces hizo Santa Bisagra.

Boris Greiff, cuya tesis de maestría es sobre el fanzine, dice que en los últimos años se ha vuelto un tema de estudio. Tal vez tenga que ver con que hay fanzines —incluidos algunos de la época del Punk Medallo— por los que un coleccionista puede pagar miles de dólares. Es difícil definirlo. Aquello que en un comienzo solo habló de ciencia ficción y obtuvo una estética feísta y rápida gracias al punk es hoy, simplemente, una forma de decir algo. “El fanzine es más un compromiso y una actitud frente a un tema”, dice Greiff. Tiene, sin embargo, otras características que no son obligatorias: es transgresor, se autopublica y autogestiona, es mutante, clandestino, se distribuye en pequeños círculos y tiene un mínimo de páginas con textos y dibujos pero también se puede hacer en una hoja doblada.

 El 26 de junio, el Festival C-Zine realizó el Taller de edición No New Wave a cargo del ilustrador e historietista M. a. Noregna. Sobre las mesas de trabajo había hojas de colores, revistas del corazón, historietas de Ricky Ricón, pinceles, pegante, tinta china y tijeras. Alguien dijo: “Un fanzine es una publicación para que uno diga lo que se le da la gana”. Noregna explicó que la idea del taller era trabajar con lo que estaba a la mano en el menor tiempo posible. Fernando Giraldo, colaborador de La fábrica del estrago, el fanzine creado en Cali en los años noventa por estudiantes de la Universidad del Valle, dijo que un fanzine es “un arma política que postula una cosa corrosiva frente a un sistema que engaña”.

Santa Bisagra fue un fanzine corrosivo. Su lema era “Necrofilia, sexo, depresión y diversión” y tuvo tres números. “Tenía temas pornográficos, escritos ultradepresivos y era irónico y molesto”, dice Marín. Tanto que tuvieron que retirarlo de una Feria del Libro de Bogotá cuando el cti los acusó de propiciar las sectas satánicas y el suicidio. “Fue tan chistoso como truculento”, recuerda Marín. Luego vendrían las igualmente transgresoras Cítrico Extra y Prozac, que recibió una demanda por usurpación del nombre.

Mientras tanto en Bogotá estaba Acme, creada en 1992 por el profesor de la Universidad Nacional Bernardo Rincón y el director de la Librería Francesa, Gilles Fauveau. Su editor, Diego Guerra, cuenta que era una revista —más que un fanzine— con cómics enviados desde distintas partes del mundo, reseñas de libros y artículos, que llegó al quinto número y fue distribuida por Tercer Mundo Editores. Acme se convirtió en una referencia para historietistas de Medellín como M. a. Noregna, autor de los fanzines Sudaka, Culo y Puta vida y para los bogotanos Andrés Frix e Inu Waters de Cara de perro, Estigia y Colombian Trash. El estilo de estos últimos, en apariencia sucio, hizo que Guerra los llamara la línea chunga.

Y llegó al año 2000. La fanzinoteca de Plataforma tiene 80 títulos recientes. Allí están los Cuadernos del gran jefe de Trucha-frita, Etcétera, Ectoplasma, Chalupa y Mosquita muerta. El fanzine, heredero de la filosofía de hazlo tú mismo, sigue siendo una cuestión de actitud. A los diez años le preguntaron a M. a. Noregna qué quería ser cuando fuera grande. Punk, respondió. Y de eso se trata.

 

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