Francisco González posa frente a un mapa de Armero en su casa en Bogotá.

Armero: Epitafio de la ciudad blanca

El periodista Francisco González ha trabajado durante 30 años para honrar la memoria de Armero, sepultada bajo la avalancha de barro, árboles y piedras el 13 de noviembre de 1985. Ahora que se inaugura un nuevo museo, el gestor cultural recuerda su vida cotidiana y el infausto día en que un pueblo desapareció del mapa de Colombia.

2015/10/23

Por Daniel Salamanca* Bogotá

A través de la radio un joven armerita de 23 años se entera de que su pueblo natal, donde reside su padre, un prestigioso abogado de la región, acaba de desaparecer. Son las 6:00 de la mañana del 14 de noviembre de 1985 y el estudiante quiere creer que la noticia no es más que otra exageración periodística para nombrar una inundación de baja magnitud. Incrédulo, viaja desde Bogotá a corroborar los hechos y a tomar fotografías con su cámara Pentax de aficionado. Al llegar, el olor a descomposición, el sonido sordo de los helicópteros, los gritos y la densidad del barro le hacen saber que aquello que se piensa que solo les sucede a los demás le acaba de pasar a él.

Francisco González, periodista, gestor cultural y literato, se ha dedicado los últimos 30 años a preservar, a como dé lugar, la memoria de Armero. Una ciudad pujante y estratégica que quedó sepultada, en su totalidad, por una avalancha de agua, tierra, árboles, piedras y todo lo que encontró en su camino el deshielo del Nevado del Ruiz minutos previos a la medianoche del 13 de noviembre de 1985. Ni las hermosas lluvias de ceniza que cayeron días antes o el ronquido lento y constante del volcán fueron suficiente alerta para prevenir la tragedia natural más impactante y siniestra de nuestra historia reciente: 25.000 muertos, cientos de desaparecidos y miles de damnificados, que se quedaron sin un lugar en esta tierra, son solo la punta de lanza de las escalofriantes cifras de este hecho y la razón para que González siga liderando, a pesar de la negligencia del Estado, la falta de apoyo de la empresa privada y la desidia de muchos, una cruzada contra el olvido.

En 1990 empezó a gestar la fundación Armando Armero, a través de la cual, desde 2005, impulsa una serie de proyectos para mantener vivo el rumor que alguna vez habitó este campo santo. Su casa, un apartamento modesto en el norte de Bogotá, repleto de una infinidad de documentos, libros, mapas y fotografías fruto de su investigación, son la prueba viva de la energía con la que ha asumido este proyecto, que, vale la pena recalcar, no tiene ningún ánimo de lucro.

Mientras hablábamos, Francisco contesta varias llamadas e incluso habla con una niña perdida en la tragedia y que hoy está por los 35 años. Ella vive en Sicilia, Italia, y fue adoptada por unos italianos. Sigue en busca de sus padres o parientes cercanos, y Francisco se ha convertido en el punto de contacto y el facilitador de estos posibles encuentros.

La proximidad de la conmemoración de los 30 años de la tragedia y la inauguración de un nuevo museo lo tienen sumido en un ritmo frenético de entrevistas y actividades que me hace pensar que esta tragedia es una mezcla de memoria y olvido, como muchos temas en Colombia. De moda cuando se necesita y sin importancia cuando pasa la tormenta.

Comencemos por el principio, hagamos memoria. ¿Cómo era Armero, qué recuerdos tiene de sus calles, sus casas, su paisaje y ambiente antes de la tragedia? ¿Cuáles fueron tus vivencias cuando niño y joven? ¿Qué podemos imaginar aquellos que nunca la conocimos?

Este ejercicio de memoria no es nada fácil. Juegan todos los sentidos, la escucha, el tacto, el olfato. Armero olía a tierra caliente, a mango biche, al perfume de la niña de la que uno estaba enamorado. También olía a cloro de la piscina y a pasto recién cortado. A boñiga cuando iba a la finca a presenciar un ordeño. Eso era una fiesta que se mezcla también con el sentido auditivo, con los ruidos que produce una ciudad. Si madrugaba a la plaza de mercado, oía el vaivén de la gente yendo de un lado a otro. En el club campestre se oía el cotilleo de las familias, mientras en el centro resonaban las tacadas de billar. El paisaje alrededor era rural, agropecuario, lleno de fincas con mucho verde y mucho ganado. El paseo típico era ir al río Lagunilla y después comprar tamales en Guayabal. Es una fortuna haber sido criado en un pueblo por el contacto con la gente, con los vecinos. Uno caminaba, tiraba piedras, cazaba iguanas, se botaba por el río en un neumático o montaba en cicla hasta que se le acaba el día.

¿Y en un sentido histórico, cómo era Armero?

Armero era la segunda ciudad en importancia del norte del Tolima. Le decían la ciudad blanca porque era la que más producía algodón, incluso más que toda la costa. Cuando una ciudad tiene plata pues llegan al pueblo muchas personas de diversas clases sociales en busca de nuevas oportunidades. Era el sueño armerita. Incluso llegaron muchos extranjeros, sirio-libaneses, alemanes y españoles huyendo de sus contextos políticos. Yo era amigo de los hijos de ellos, iba a comprar telas, por ejemplo, al almacén de Saulita Murat. Con la investigación vine a entender que habían llegado luego de la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil española. Era un pueblo donde el dinero fluía y por ende aparece la rumba, las putas, los clubes sociales. A su vez, hay más de 40 colegios, hay una buena sede universitaria, hay buen cine. Y buen cine me refiero a los estrenos de esa época: Cantinflas, El hombre sin dedo y otras películas del Oeste. También conseguías buenos vinos, aceitunas, y muchos otros productos extranjeros. Era un pueblo singular, geográficamente bien situado y paso obligado para ir a Ibagué, a Honda, a Bogotá.

En el 85 usted estudiaba Derecho en Bogotá y su familia estaba en Armero.

Me vine a Bogotá a los 18 años a estudiar Derecho por la influencia de mi padre y mi hermano, que eran abogados. Después me di cuenta de que era cierta obligación y que en realidad cuando me ponían a leer el Código Civil, yo prefería leer a Mario Rivero, Rimbaud, Baudelaire o Jotamario Arbeláez. Sin embargo, yo era muy alineado, juicioso y más por ser de provincia y tener que esperar el giro, pagar el apartamento, tener una cuenta en una librería para conseguir los libros.

¿Cómo vivió ese miércoles 13 de noviembre? ¿Cómo recibe la noticia y afronta los hechos?

Había estado en Armero el fin de semana anterior y fui testigo de lluvias de ceniza, pero nunca me imaginé lo que podía pasar. Para mí, de 20 años, era fantástico. Me subía al carro y ponía el limpia brisas: ¡qué chimba, la nieve! Y he ahí el profundo problema. Estudié en el colegio americano de Armero y sabía del río Misisipi, del Rin, el Sena, pero no sabía nada de mi río Lagunilla. Entonces si a mí me hubieran contado que hubo una avalancha en 1595, que después hubo otras en 1845, de pronto me habría aterrado o alarmado. Y precisamente la investigación nos ha dado para saber que no hubo una gestión de riesgo seria. No hubo rutas de evacuación. Armero era una ciudad en la que, si hubieran existido altoparlantes por los que se le hubiera dicho a la gente “los de este barrio tienen que salir a esta montaña, los de allí tienen que salir para allá”, en dos horas se hubiera podido evacuar.

Me entero acá en Bogotá a las 6:00 de la mañana por la radio. Uno en esa época no sabía con quién se acostaba, pero sí sabía que se levantaba con Yamid Amat, con la radio. Y entonces está Yamid entrevistando al piloto Fernando Rivera que dice que Armero ha desaparecido. Y no me la creí, “pero si yo estuve el fin de semana pasado, cómo así”. Esperaba como una inundación, pero cuando llegué esa misma noche…la sensación que comentaba, de olores, del sentido auditivo. Olía a muerto, a putrefacción, a soledad. No podía llegar al lugar. Hay una cantidad de sensaciones que se pierden, pero que alcancé a vivir y son las que perduran. Es imposible hacer el duelo de un territorio. Comienza una nueva vida en la que la tragedia lo marca y le enseña a quedar sin nada y volver a comenzar. Eso es una lección de vida que desafortunadamente mucha gente de Armero no tomó. Muchos se dedicaron a las drogas y otros se quedaron con ese ánimo de que les debían dar limosnas: “Soy damnificado, el Estado me debe ayudar” “¡Estado asesino!”, etc.

Salí a ver cómo estudiar, cómo comer, cómo salir adelante en la vida. Por mi formación entonces entendí que tenía que estudiar. Incluso me volví líder en el Externado. Me inventé el periódico Insomnio, el mejor periódico universitario que ha existido. Me metí en temas sociales y entendí que tenía que ser alguien en la vida y que eso se lograba estudiando. Luego di un giro porque me aburrí del derecho, no me imaginaba en un juzgado y empecé a estudiar literatura en la Javeriana. Paralelamente empecé a hacer periodismo, escribía artículos a cuanta revista apareciera, trabajando como free lance. Entré a La Prensa, un periódico de la época muy bueno dirigido por Juan Carlos Pastrana donde tenía mi propia columna: La columna invisible. Escribía sobre literatura, arte y cultura en general.

¿Ahí ya empieza a pensar en la posibilidad de dedicar su vida a un proyecto de memoria?

Creo que lo pensé inconscientemente en el momento mismo de la tragedia. Me senté en una piedra a mirar todo desolado y me dije: todo mi pueblo desapareció. Si yo tengo hijos y les quiero mostrar de dónde soy, no voy a poder. Pero la idea real de hacer algo por Armero surgió cuando hice un libro sobre epitafios junto con un trabajo de campo. Entonces descubrí cómo el armerita, en la ruina donde quedaba su casa, hacía una tumba simbólica, una tumba sin muerto. De ahí realicé un extenso registro fotográfico sumado a unas acciones plásticas que se ven materializadas en una exposición en la galería Valenzuela-Klenner, en 2003. Cuando estaba haciendo ese trabajo también vi cómo los de Armero que van a visitar recuerdan todo el tiempo: “Allá quedaba la plaza de mercado, aquí quedaba la iglesia” y así sucesivamente, peregrinando por entre las ruinas. Entonces descubrí que la gente, más que ausencia, tiene una necesidad de memoria.

¿Ahí nace la fundación?

Armando Armero, que viene de armar, se concibió en una primera etapa como un centro de interpretación de la memoria y la tragedia de Armero. Este consistió en mostrar una serie de referentes de la memoria a manera de vallas, a cielo abierto, marcando el sitio exacto en donde quedaba cada sitio emblemático. Por ejemplo, el Teatro de Bolívar, el Parque de los Fundadores, la plaza de mercado y así sucesivamente. Eso venía acompañado de unos textos en donde se cuenta la historia. Se alcanzaron a montar cerca de 30 vallas pero hace dos años, con el paro cafetero, las cogieron de barricadas. Armero es de nadie y aunque le corresponde a la Alcaldía de Armero, Guayabal, esta no se preocupa por cuidar ese patrimonio, el cual solo funciona si hay un equipo creado y capacitado en memoria histórica. Y esto, sumado, por ejemplo, a estudiantes de colegio, que no pueden tener acceso a la universidad, pero sí ser formados en turismo, empezó a generar ingresos propios. Con ese capital se crea una ruta de turismo cultural, que es la segunda etapa.

Armero es un lugar como Pompeya, como Auschwitz, que bien manejado, bien publicitado, bien divulgado, la gente querrá ir a ver e interpretar, al punto de convertirse en un destino de turismo cultural. ¿Cuál es el fondo de esto? A través de la cultura y la educación generar desarrollo social y económico en una zona deprimida por una tragedia natural. Esto puede replicarse a nivel mundial. La tercera etapa la soñamos como un gran contenedor. O sea un museo amplio, dedicado a las catástrofes naturales, que incluya el desastre de Haití o Nueva Orleans y que muestre en 3D cómo se viene la avalancha.

Esa fue precisamente mi tesis de maestría sobre políticas culturales y desarrollo en España, un museo digno. Incluso, con Carlos Betancourt, el año pasado hicimos todo el anteproyecto para un concurso y trabajamos sobre el guion museográfico de un museo de 400 metros, uno decente, para la memoria de Armero. Incluía un mapa interactivo, monitores con el registro de unas madres contando cómo perdieron a sus hijos, entre muchas otras novedades y cuya base es una investigación de diez años. No ganamos la convocatoria y luego se aprobó un museo de 47 metros que inaugurará Santos el próximo 13 de noviembre, en el parque conmemorativo Omaira Sánchez. Algo pequeño, con lo básico. No es lo que soñamos, tampoco corresponde a 30 años de investigación, pero es un inicio.

¿Cuál es la lección y el futuro de todo esto?

La lección se resume en una frase y es “que no nos vuelva a pasar”. La gente debe recordar para que las nuevas generaciones sepan lo que pasó en ese pueblo. Hacer el duelo y activar la memoria histórica, que es una herramienta para construir país, región, y evitar el manto del olvido con que Armero lleva cubierto ya por 30 años.

*Artista Visual

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