Un paramilitar de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU). Fotos de Jesús Abad Colorado

Hombres sin memoria

El poder que el conflicto armado y el esquema patriarcal –tan arraigado en nuestro medio– parecía otorgar a los hombres, los está ahorcando. El proyecto Masculinidades busca que los hombres de la guerra sean más fuertes... que su miedo a recordar y a hablar.

2014/03/21

Por Ana Cristina Restrepo J.*

Año 2002, un par de semanas antes de la Operación Orión. Los vecinos de Cuatro Esquinas, Comuna 13 de Medellín, ya habían cerrado las puertas y ventanas de sus casas, cuando a Jeison Alexander Castaño y a cuatro de sus primos se les ocurrió subir por una escalera de pintor a la terraza de la abuela. Cada vez con más frecuencia se desplegaban operaciones militares: parcharse en la noche y al aire libre era el más osado desafío adolescente. De repente, el cielo pareció rasgarse: el trayecto rojizo de las balas ‘trazadoras’ del Ejército, la Policía y los paramilitares,  dibujaba arañazos en la oscuridad. Una de cada cinco balas se convertía en una bengala mínima y fugaz. Desde La Escombrera, en la periferia de la montaña, centro occidente de la ciudad, caían ráfagas intermitentes. Abajo, los milicianos de las Farc, el ELN y el CAP (Comandos Armados del Pueblo) respondían con todo.

Hoy, en ese centro de fuego cruzado, Jeison Alexander, ‘Jeihcco’, vocalista de la agrupación C15, compone canciones de rap. Entre las doce de la noche y las dos de la mañana escribe en la terraza, iluminado por el neón del alumbrado público que se funde con el anaranjado de los adobes y el gris de los techos de zinc de las casas de invasión del barrio Nuevos Conquistadores. La suya es la evocación del panorama urbano, errante, presente en la obra de Fredy Serna, artista plástico del barrio Castilla, en la Comuna 5.

Hombres como ‘Jeihcco’ o Fredy Serna son poco frecuentes: han decidido narrar sus memorias (desde el arte, en estos dos casos). ‘Jeihcco’ conoció el hip hop a los once años y compone desde los trece. Desde su infancia presenció cómo a las niñas se les estimulaban las emociones a través de la conversación, mientras a los niños se les exigía demostrar su fuerza a través del silencio.  “Ser rapero es una hipérbole de ser hombre: te piden ser más macho que el resto, esa vaina te hace buscar ser más fuerte, menos sensible”, dice ‘Jeihcco’.

En el año 2012 dos de sus amigos raperos, ‘El Duke’ y ‘Garra’, narradores de su entorno, fueron asesinados. Él también ha sido amenazado. ¿Qué tan hondo ha calado aquel dicho popular de “los caballeros no tienen memoria”? ¿Cuál es el precio del silencio del macho? ¿Qué hacen los hombres para enfrentar y sobreponerse a los efectos del conflicto? Los guerreros, las víctimas masculinas (que, además, con frecuencia se niegan a reconocerse como tales)… ¿dónde está su memoria?

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Masculinidades es un proyecto del Museo Casa de la Memoria de Medellín, bajo la dirección de Lucía González, cuyo interés parte de la crianza diferencial, de la revisión de una conversación cotidiana: “En las casas paisas, los hijos son unos contemplados, unos malcriados. En cambio, a las mujeres siempre nos han exigido un montón”, dice González. El machismo paisa es nombrado pero nunca pensado, y se manifiesta desde la incapacidad de los niños para relacionarse y reconocerse hasta el mutismo del guerrero. “Los hombres creen que el proyecto patriarcal los salva y, por el contrario, los ahorca”, comenta la directora de este proyecto.

Masculinidades articula grupos de investigación, colectivos y redes que trabajan masculinidades, conflicto armado y memoria, para nutrir los contenidos del Museo. El mes de febrero tuvo lugar Memorias masculinas, la conversación inaugural del proyecto, a cargo de Hernando Muñoz Sánchez, vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia, y Luz María Londoño,  psicóloga, investigadora del INER (del grupo Género, Subjetividad y Sociedad del Instituto de Estudios Regionales) de la Universidad de Antioquia; con la moderación del antropólogo Aníbal Parra.

El proyecto, en plena etapa de construcción, contempla la realización de exposiciones y talleres para explorar los sentidos que tiene “ser hombre” en Medellín, en un contexto de conflicto armado y violencias relacionadas.    

Simultáneamente, adelanta la línea de investigación “Masculinidades, guerra y autoritarismo: ¿cosas de hombre?”. Según el equipo del Museo, este trabajo observa con detenimiento los orígenes de una realidad abrumadora: “Sabemos a ciencia cierta que un gran porcentaje de victimarios son hombres (89% dice el informe ¡Basta ya!), y que nuestras cárceles tienen un porcentaje muy superior de hombres y que miles de niños están, desde muy temprana edad, recluidos en centros donde pagan penas. También sabemos que el mayor porcentaje de caídos en la guerra es de hombres. Los guerreros de todos lados son hombres, incluso los que dicen defender la patria. Están condenados a entregar su vida”.    

En este contexto, ¿cuál es la conveniencia de recordar? El historiador David Reiff escribió el libro Contra la memoria, una mirada sobre el efecto devastador que puede tener el abrir heridas cuando se trata de la memoria colectiva.

Para Lucía González es imposible borrar la memoria: “No es algo que se decide. Lo mejor que puede hacerse es procesarla. Si no se procesa, se condensa y hace daño”.

El fotógrafo Jesús Abad Colorado, quien no hace parte del proyecto Masculinidades, pero lleva varios años acompañando a víctimas del conflicto, considera que cualquier proceso de reconstrucción colectiva requiere una perspectiva de género. En la actualidad realiza talleres para recuperar la memoria a través de formas distintas al diálogo, como la poesía, la música y la fotografía. Desde su ejercicio profesional ha observado que las mujeres somos capaces de despojarnos del juicio de valor y de la  ideología, mientras que los hombres lo miran todo desde el prisma político (y aclara: “Los hombres sí lloramos”).

El reportero gráfico destaca tres aspectos fundamentales del comportamiento masculino en estos procesos. En primer lugar, cuando en Justicia y Paz algunos hombres empezaron a regresar, a cuestionar, a recordar y a ejercer su liderazgo político, vinieron las amenazas, los asesinatos y  los exilios. Es decir: el liderazgo político (no solo en términos partidistas sino del ejercicio de la palabra en procesos comunitarios: maestros, sindicalistas) ha sido castigado, sobre todo por parte de la extrema derecha. Segundo: cuando la mujer se desplaza a otro lugar o país tiene mayor capacidad de adaptación al nuevo entorno cultural y espacial. El desarraigo permanente o duradero es propio del hombre. Por último, es definitiva la existencia de tipos “aceptables” de memoria: se acogen aquellos que funcionan en términos de reconstrucción del tejido social, pero si tratan de sentar posiciones políticas… se silencian.

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Desde épocas ancestrales las mujeres hemos buscado espacios para redefinir nuestro rol social, el feminismo ha abierto los espacios públicos para visibilizar y materializar esa lucha. No obstante, para el hombre ha sido más complejo escapar al modelo de civilización que lo erige como fuerza dominante, invulnerable. “Para las mujeres fue más fácil demostrar nuestra inteligencia que para los hombres su ternura: eso amenaza su condición esencial de proveedor y protector”, explica la psicóloga Luz María Londoño.

Ese modelo dominante no solo es de arraigo en Latinoamérica. Es curioso cómo en los países nórdicos, donde las mujeres han logrado conquistas importantes en términos de igualdad, los hombres se resisten de diversas formas a abandonar el modelo tradicional. Por ejemplo, quienes rechazan la licencia para asumir la licencia de paternidad.

En el mundo androcéntrico que hemos construido prevalecen valores como la racionalidad, la fuerza y el sometimiento de la naturaleza y de los demás: “Eso nos está costando la supervivencia del ser humano en el planeta: estamos pagando el costo en violencia e inequidad”, concluye Londoño.

El lugar de los hombres en la guerra es el del guerrero y del victimario. También el del silencio. Ni ellos ni la sociedad les permite ser víctimas. En algunas sesiones del Programa de Paz y Reconciliación los hombres gaguean, carraspean, se ríen, se les olvida leer o no entienden la letra. Hacen lo posible por evadir la palabra. El llanto, el abrazo, la empatía, una reacción tan “femenina”, son sancionados socialmente en los hombres.

Masculinidades busca pensar desde múltiples perspectivas un asunto cotidiano y, a la vez, incluir en la agenda pública una realidad solapada: las mujeres no somos las únicas que necesitamos liberarnos.

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