El Paque Monumento a las víctimas de Trujillo, ubicado en Trujillo, Valle del Cauca.

¿Cómo eliminar la indiferencia?

La firma del acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc todavía está a la espera, pero ante los retos de este proceso ¿qué papel puede jugar la cultura en un escenario de posconflicto? Hablan artistas, cineastas, gestores culturales y funcionarios del Ministerio de Cultura.

2016/03/23

Por Christopher Tibble* Bogotá

La hermana Maritze Trigos, aguerrida vocera de las víctimas de la masacre de Trujillo, fue la encargada de exhumar hacia finales de los años noventa los restos del cadáver del padre Tiberio Fernández. En ese entonces, el temor aún reinaba en el pueblo ubicado en el noroccidente del Valle del Cauca, así como en los municipios aledaños, a pesar de que el 31 de enero de 1995 el gobierno del presidente Ernesto Samper había reconocido la responsabilidad del Estado en la serie de desapariciones, torturas, homicidios, detenciones y masacres que asolaron a esa región entre 1986 y 1994. La violencia había sido ejecutada por una alianza entre agentes del Estado y la red narcoparamilitar de Diego Montoya, alias Don Diego, y Henry Loaiza, alias el Alacrán.

El asesinato de Tiberio Fernández, párroco de Trujillo, cristalizó el punto más álgido de la debacle. Sucedió el 17 de abril de 1990 en la hacienda Villa Paola, propiedad de Loaiza, donde los victimarios torturaron y descuartizaron al padre y a tres acompañantes —incluida su sobrina—. El cura no tardó en convertirse en un símbolo de resistencia contra la crueldad del conflicto, pero también contra el olvido. Por eso, la hermana Trigos exhumó sus restos para llevarlos al parque Monumento a las Víctimas, cuya construcción inició en 1996 y hoy alberga los 235 osarios de los fallecidos durante esos años. Edificado en la colina tutelar de Trujillo, el aún inconcluso monumento contiene, entre otras cosas, el Muro a la sombra del amor, una pared ahuecada donde descansan los objetos personales de las víctimas. Para el kurdo Hoshayar Rasheed, el escultor encargado de su elaboración, el muro significa la protección, la resistencia, y cada hueco, el vientre de una mujer.

A pesar de funcionar como un agente de la memoria —o quizá por ello— el parque Monumento ha sufrido cuatro atentados: dos incendios, una ráfaga de disparos contra la obra de Rasheed y la profanación de la tumba del padre Tiberio. Las transgresiones contra el monumento, cuyos dos ejes temáticos son la memoria y la reflexión sobre el futuro, ponen en evidencia la compleja relación de la cultura y la rememoración con el conflicto armado. De hecho, según el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) Trujillo, una tragedia que no cesa (2008), existe una discrepancia generacional: “Para los mayores de 30 años es importante el continuo reconocimiento a las víctimas”, mientras que para los jóvenes “es mejor olvidar”

“Cuando Gonzalo Sánchez (director del CNMH) me invitó a Trujillo y descubrí el tamaño del monumento, me horroricé ante el hecho de que no sabía qué había pasado —dijo el actor y antropólogo Nicolás Montero en el conversatorio de la Universidad de los Andes “Arte y reconciliación”, el 11 de febrero—. Allá, las víctimas lo atienden a uno, le dan de comer, son muy amables y uno comprueba algo horrible: que a la misma gente de Trujillo no le gusta ir al monumento. Me horrorizó lo que decía Brecht: la indiferencia de los demás. Es aterrador cuando el arte se vuelve una responsabilidad, y esta, una culpa, cuando es el resto de la sociedad la que debe construir y comprender esa memoria”.

Sin desconocer el papel reparador que ha jugado el monumento para las familias de las víctimas y la comunidad, esa indiferencia, así como la división generacional entre los habitantes de Trujillo y los atentados, abren el debate sobre el papel de la memoria y el arte en el posconflicto. ¿Cómo hacer para que el grueso del público dialogue con los testimonios de las víctimas, con su “enorme necesidad de ser escuchados”, como dice Montero? ¿Qué nuevas iniciativas pueden realizarse para consolidar “la construcción de memoria y la recuperación del relato de las víctimas como una garantía de no repetición”, como quisiera el asesor de políticas culturales Gonzalo Castellanos?

En otras palabras, ¿qué puede —o debe— hacer la cultura?

 Dialogar y representar

Cuando el gobierno y las Farc anunciaron la firma de la paz en septiembre del año pasado, la Feria del Libro de Bogotá, que se llevará a cabo del 19 de abril al 2 de mayo, decidió dedicarle su franja de charlas a explorar las ramificaciones del posconflicto y la posibilidad de un país en paz. “Esta feria reconoce que el camino hacia la paz no solo es largo sino que está lleno de disensos —dice Giuseppe Caputo, coordinador cultural de la Filbo 2016—. Y eso es lo que queremos abrazar: el disenso, pero un disenso en paz. Los autores nacionales e internacionales que participarán en el evento —narradores, poetas, sociólogos, ilustradores, biógrafos, periodistas, arquitectos, casi 200 en total— tienen posturas y estéticas muy diferentes entre sí: les damos la bienvenida a todos”.

La invitación de la Feria del Libro al disenso constructivo hace parte de la misma ola que, desde el ámbito de la cultura, se ha preocupado en los últimos años por examinar los matices del conflicto. Entre las nuevas propuestas hay obras de teatro como Labio de liebre, La secreta obscenidad o, más recientemente, Afrodita y el juicio de Paris, la pieza encargada de inaugurar el Festival Iberoamericano de Teatro y que contó en su elenco con 30 víctimas del conflicto armado. La lista incluye, además, películas al estilo de Violencia, la ópera prima de Jorge Forero, y Alias María, la cinta de José Luis Rugeles que compitió en Cannes, así como el proyecto narrativo Patología Colombia, del escritor santandereano Daniel Ferreira.

“Hice Violencia porque estaba cansado de que en Colombia estuviéramos ya acostumbrados a vivir en medio de ella. Hemos asumido como natural el hecho de agredirnos, de irrespetarnos, de pasar por encima del otro y de eliminar real o simbólicamente al otro por ser o pensar diferente —dice Forero, para quien la cultura debe ser la piedra angular del posconflicto—. Ver en una pantalla una realidad ya conocida nos permite abstraernos de la nuestra para observarla con nuevos ojos”. Rugeles, sobre Alias María, comenta: “Queríamos producir en el espectador una profunda reflexión sobre cómo contribuir a transformar una sociedad viciada por la violencia”.

Los artistas suelen coincidir en que representar el conflicto tiene valor: permite catarsis, reconstruye tejido, genera respeto por el otro. “El posconflicto será un proceso largo, inestable y constantemente inacabado —dice el artista Nicolás Paris—: la cultura, al operar bajo premisas similares, puede ser una herramienta efectiva por su carácter interdisciplinar para acompañar procesos de aprendizaje lentos y de experimentación permanente que nos permitan desarrollar capacidades y habilidades para encontrar nuevas formas de estar juntos”. Por lo general, las instituciones culturales concuerdan: “La cultura abre la posibilidad de pensar más allá del conflicto, de abrir fronteras y mundos que hasta ahora permanecían cerrados por la presencia de la guerra”, dice Claudia Hakim, la nueva directora de Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Sin embargo, para Camila Medina, de la dirección de construcción de memoria del CNMH, hay que avanzar despacio. “Sobre cuál es el aporte del arte en la reconciliación, invitaría a hacer una precisión —dijo durante la charla en la Universidad de los Andes—: ¿qué implica hablar de reconciliación? Mejor dicho, hay un camino previo que como sociedad debemos atravesar, construir e interpelar antes de comenzar. ¿Qué sucedió? ¿Quiénes son sus actores? ¿Cuál fue el contexto? Eso es lo primero. Lo segundo es que para mí reconciliar tiene sentido en términos de reconstruir lo que la guerra rompió o lo que construyó a punta de desconfianza, la negación de la diferencia, la no escucha. Creo que ahí está la invitación a las artes, a que reconstruyan lo que la guerra instauró en la cotidianidad”.

Para algunos, de todas formas, se necesita más que la producción de contenidos culturales para resanar el tejido social. “¿Cuántas obras sobre el conflicto hay en Colombia? —se pregunta Montero—. No han faltado. El problema es cómo hacer para que el resto de la sociedad civil se relacione con ellas”. La solución, o más bien la responsabilidad, pareciera estar en manos del gobierno.

El papel del Ministerio de Cultura

Con miras al posconflicto, la cartera en cabeza de Mariana Garcés, más que implementar un nuevo proyecto desde cero, ha decidido darles continuidad a las iniciativas que viene trabajando desde 2010, haciendo énfasis en la paz. Así, por ejemplo, su proyecto bandera, el Plan Nacional de Lectura y Escritura “Leer es mi Cuento”, que corresponde al 37 % del presupuesto de este ministerio, hará hincapié en clubes de lectura, talleres y fomento de espacios en torno a la reconciliación en las bibliotecas públicas. En cuanto a la infraestructura cultural, se construirá una tercera parte de las 24 obras planeadas para este año en los municipios que la Dirección Nacional de Planeación ha identificado como los más afectados por el conflicto, mientras que la radio pública y comunitaria funcionará como un actor de reconciliación mediante, entre otras iniciativas, 480 franjas dedicadas a la paz.

Pero quizás una de las mejores decisiones del Ministerio no se encuentre en sus proyectos, sino en lo que decidió no hacer: se abstuvo de imponer una línea de pensamiento o una narración ideológica desde Bogotá: “A nosotros nos interesa que las comunidades puedan narrar sus propias vivencias y sus propios contenidos con una perspectiva cultural. No solamente para evidenciarlos sino porque es una manera de sanación. Eso está absolutamente claro”, asegura Garcés. A esa línea de pensamiento pertenecen programas como Comunidad-es, que promueve la formación artística, y los de la Dirección de Poblaciones, que trabaja con víctimas en zonas como Montes de María y Chocó.

Hay quienes, de todas formas, critican la falta de proyectos nuevos del Ministerio. El gestor cultural Germán Rey, por ejemplo, considera que “no existe una política pública de cultura seria y consistente sobre la paz en el posconflicto”, pero también admite que “los ministerios no están preparados, porque tampoco lo estamos los ciudadanos ni la propia sociedad. En este tema, como en otros, lo que necesitamos es aprender colectivamente, partiendo de las buenas experiencias culturales que hemos tenido y de aquellas que han tenido otros países”.

Un tema preocupante es que el presupuesto de la cartera de cultura es de 335.438 millones de pesos, apenas un 0,2 % del Presupuesto General de la Nación. Este año, además, sufrió un recorte de 14,2 %. Garcés defiende el recorte argumentando que todos los ministerios lo padecieron y que “responde al devenir de la economía, al tema del petróleo, al del dólar. El gobierno tiene la enorme responsabilidad de tomar todas las medidas para seguir garantizando confianza”. Castellanos, en cambio, asume una postura distinta: “Si el Estado pretende dar sustancia a la reconciliación en descenso de la guerra, sería apenas coherente invertir la pirámide de prioridades. En materia presupuestal siempre hemos afirmado con resignación que el del Ministerio de Cultura equivale a un día del presupuesto del Ministerio de Defensa”.

Quizás el parque Monumento a las Víctimas de Trujillo, aún a medio hacer, ejemplifica las problemáticas que surgen a raíz de la falta de recursos culturales. En los noventa, el Estado solo aportó 100 millones para la compra del terreno, unas 6 hectáreas. Su principal propulsor ha sido la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (Afavit), que por lo general ha tenido que valérselas a solas, si bien en el último lustro recibió casi 200 millones de pesos del Ministerio de Cultura para promocionar actividades y procesos de reconciliación.

Sin embargo, ¿sería distinto ante los ojos del público si hubiera contado con más recursos estatales? ¿Hubiera podido, como propone Medina, interpelar a la sociedad de mejor manera? ¿Podría haber hecho un recuento más completo de la tragedia? ¿Llamaría más la atención del público?

“Si la reparación está a cargo de la sociedad que produjo las víctimas, pareciera evidente que la obligación de su cuidado y comprensión está justamente en esa misma sociedad —dice Montero, antes de concluir—. Sería cruel que uno mismo tuviera que construir su propia tumba y luego, además, cuidarla”.

*Editor de Arcadia.

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