Soldado en Marquetalia, en 1964.

Los turbulentos días del 64

Resulta ineludible dar una mirada al pasado cuando ya han pasado más de cincuenta años desde el bombardeo a Marquetalia. ¿Qué pasaba entonces con el arte, la literatura, el cine y el teatro? ¿Cuál era la actividad intelectual en un país que asistía, al menos de manera oficial, al nacimiento de las Farc? Reportaje.

2014/05/23

Por Lina Vargas*

El fotógrafo Alfredo Pontón escribió en El Espectador del 16 de junio de 1964: “Desde una altura que no alcanzo a calcular vimos en la hondonada tres ranchitos de donde salían insignificantes chorritos de humo, semejantes a los de las chimeneas de las casas campesinas. El mayor Gutiérrez –oficial de inteligencia de la VI Brigada– nos indicó que esa era la guarida de los bandoleros”. Un segundo después, el mayor Gutiérrez gritó desde el helicóptero donde estaban varios militares y dos periodistas que los guerrilleros habían incendiado los ranchos y huido hacia la montaña. “Los oficiales esperaban encontrar documentos de su identidad política: manifiestos, textos, propaganda y un mimeógrafo con el cual impartían sus actos de gobierno a los atemorizados habitantes”, continúa Pontón y luego, una vez en tierra, transcribe una conversación entre un grupo de soldados que cantaba rancheras: “¿Qué le decimos a Clarita si usted no vuelve? –preguntó uno. Voy a volver. ¿No ve que llevo trescientos cincuenta cartuchos para traer a Tirofijo?”. Todo esto en la primera página del periódico bajo el titular, en letras grandes y negras: “Operación final en Marquetalia”.

Los hechos habían ocurrido el domingo anterior, cuando un grupo de doscientos soldados llegó a las seis de la mañana a la región. Marquetalia, un territorio de unos ochocientos kilómetros cuadrados situado entre los departamentos de Tolima, Huila y Valle del Cauca en plena cordillera central, era noticia desde que en 1961 el senador conservador Álvaro Gómez Hurtado dijo que en el país había repúblicas independientes a las que el Ejército no podía entrar. Tras algunos intentos de “pacificación” en el gobierno de Lleras Camargo –el primero de los cuatro del Frente Nacional– hacia mediados de mayo de 1964, el presidente Guillermo León Valencia, del partido conservador, reanudó la ofensiva militar bajo el mando del general Hernando Correa Cubides. Del otro lado estaban Manuel Marulanda Vélez, entonces de 35 años y más de diez en la insurgencia, y Jacobo Arenas, enviado desde Bogotá por el Partido Comunista, quienes en 1964, durante los combates de Marquetalia, fundaron las Farc.



Orlando Fals Borda, Manuel Mejía Vallejo y Enrique Buenaventura

“La normalización de Marquetalia –se lee, sin embargo, en el editorial de El Espectador del 16 de junio de 1964–, que avanza a pasos rápidos y más con la última acción cívico militar del Ejército, es uno de los anhelos nacionales, no solamente por lo que significa por sí misma sino como símbolo del final, ahora sí definitivo como se espera, de la ominosa época de violencia que ha vivido el país por más de una década”.

No podía ser el final, desafortunadamente, porque Marquetalia tampoco había sido el comienzo. Basta leer La violencia en Colombia de Eduardo Umaña Luna, Orlando Fals Borda y Germán Guzmán Campos, publicado en 1962 en medio de una polémica que le valió la censura por varios años, para darse cuenta de que por lo menos desde su creación como república Colombia ha sido un país violento. La fecha que entrega Umaña Luna es 1930, cuando los ánimos partidistas llevaron a una barbarie entre liberales y conservadores, atizada por la eterna repartición de la tierra, que causó muertes, robos, torturas y desplazamiento y que llegó a su sangriento culmen en 1948. “Los ciclos de violencia y terror –resume Fals Borda en el prólogo de la edición del 2005– se han venido repitiendo así con autores y actores redivivos que apenas cambian de nombre o apelación, pero que siguen haciendo los mismos crímenes, desde casi los comienzos del siglo XX”.

Y aunque el Estado y gran parte de la sociedad parecieron desconocer esa realidad, los artistas no lo hicieron. Por lo menos en 1964. La década del sesenta fue una época de esplendor para las artes nacionales. Ahí están El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez en 1961, Violencia de Obregón y La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio en 1962, la obra de teatro Soldados de Carlos José Reyes en 1966 y la película El río de las tumbas de Julio Luzardo en 1964. Todas dicen algo sobre la violencia en el país.

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En junio de 1964 El Tiempo y El Espectador elogiaban la labor de las Fuerzas Militares y cuán acorralados tenían a “Tirofijo y sus compinches”. Otras noticias se referían a las manifestaciones estudiantiles en las universidades Nacional, Libre, Industrial de Santander y de Caldas, infiltradas por fuerzas comunistas extranjeras. Hay secciones como Buzón Femenino y Nosotras que sugieren a las señoras “un menú diferente y original para servir a un grupo seleccionado de amigos”, y ocasionales notas sobre las nuevas líneas telefónicas para el país que alcanzaba los quince millones de habitantes. El Tiempo del 6 de junio registra al gabinete ministerial en un oficio católico “en el que se renueva la consagración de Colombia al Sagrado Corazón” y ese mismo día “Un alto funcionario norteamericano dijo que tiene bastante confianza en que Estados Unidos podrá hacer llegar dos hombres a la luna para el 31 de enero de 1969”.

Las noticias culturales eran escasas en ambos periódicos: un grabado de Picasso fue subastado en Berna, eventos recomendados casi siempre en el Teatro Colón, Bogotá crea un fondo rotativo para la divulgación del libro, Ibagué inaugura su Feria del Libro y se publican las obras completas de teatro de Luis Enrique Osorio. Todos los días había una página de cine en Bogotá: Aladino, Almirante, Copelia, Capitol, Escorial, Granada, Faenza, Ópera, Teusaquillo y Palermo. Por lo visto, la película que todos proyectaban era Divorcio a la italiana, la comedia con Marcelo Mastroianni que ganó el Óscar a Mejor Guion Original en 1961. La revista Cromos también recomendaba programas de televisión –que cumplía diez años en el país– como Sala de redacción del Círculo de Periodistas de Bogotá, y de la Radio Nacional.

Otra cosa pasaba con los suplementos culturales Lecturas Dominicales y Magazín Dominical, que daban cuenta de una actividad cultural palpitante. El poeta Juan Gustavo Cobo Borda dice que en Lecturas Dominicales, cuyo director era Eduardo Mendoza Varela, había textos del escritor Héctor Rojas Herazo sobre el poeta cartagenero Luis Carlos López, el argentino Mujica Láinez y el brasilero Guimarães Rosa. El poeta José Umaña Bernal escribió sobre Hemingway, Rilke y Neruda, Germán Arciniegas sobre Carpentier, Negret, Botero y Nereo y el mismo Mendoza Varela dedicó varios números a Proust. La revista solía publicar traducciones del italiano, el inglés y el francés y contaba entre sus colaboradores a exiliados españoles como Salvador de Madariaga. “En el Magazín Dominical estaba Eduardo Zalamea Borda que fue un visionario –dice Cobo Borda. Publicó los primeros cuentos de García Márquez, Mutis, Mejía Vallejo y Rojas Herazo”.

Y estaba la revista Eco, de 1960, sucesora de Mito, que publicaba textos filosóficos, sobre el teatro del absurdo y el Boom latinoamericano. Varios de esos artículos fueron propuestos en reuniones en la librería de Karl Buchholz –ubicada en la avenida Jiménez con octava en Bogotá– donde se discutía sobre Heidegger, Wittgenstein, Adorno y Benjamin. “A Buchholz llegó todo –recuerda Cobo Borda. Él tenía cuentas abiertas con las más importantes editoriales europeas y pedía cinco ejemplares de cada título”. A solo unos pasos, en el callejón del parque Santander, quedaban la librería Central, la Gran Colombia y Tercer Mundo, cuya editorial lanzó La violencia en Colombia y la poesía de León de Greiff.

Manuel Marulanda Vélez y los fundadores de las Farc.

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 La revista Eco recogió el debate sobre el papel de los intelectuales colombianos frente a la realidad del país. Gonzalo Arango, que en 1963 apareció en la antología Trece poetas nadaístas y junto a Jota Mario Arbeláez, Darío Lemus y Jaime Jaramillo Escobar sentó las bases para una poesía sin la solemnidad de las décadas anteriores, escribió: “La violencia gravita sobre nuestra sensibilidad en forma perturbadora y agresiva. Está demasiado presente para ignorarla; es demasiado cruel para no sentirla; no podemos olvidarla, vivimos bajo su atmósfera de alucinación y terror. Ningún escritor que tenga sus dos pies hundidos bajo el barro de este país puede eludirla sin traicionar su realidad humana más profunda pues, directa o indirectamente, ha sufrido sus consecuencias”.

También el teatro se preo-cupó por narrar al país. Jaime Alejandro Rodríguez, director de la maestría en Literatura de la Universidad Javeriana, explica que fue en los años sesenta cuando el teatro universitario tomó fuerza. “Era un teatro muy social y de denuncia –dice Rodríguez–. El primer festival universitario fue en 1965 y unos años antes se habían fundado las escuelas de Enrique Buenaventura en Cali y Santiago Cárdenas en Bogotá”. Cobo Borda, por ejemplo, recuerda una puesta en escena de El cementerio de automóviles del español Fernando Arrabal y otra de los cuentos de El llano en llamas de Rulfo en la Universidad Nacional.

Pero fue la novela el género que se relacionó de manera más vivaz con la violencia. “Antes había una poesía solemne, de lingüismo exacerbado y poca compenetración social –dice Rodríguez. Solo después de la violencia, la novela como género empezó a tener un estatus literario en Colombia”. Tras el Bogotazo, se publicaron novelas de corte realista, casi periodístico, que relataban los hechos, pero en 1960 la producción narrativa tuvo un tratamiento simbólico y profundidad en la construcción de los personajes. Respirando el verano de Rojas Herazo, La mala hora de García Márquez (Premio Esso en 1962) y El día señalado de Manuel Mejía Vallejo (Premio Nadal en 1963), son solo tres ejemplos.

Rodríguez dice que ese cambio estético –de una escritura denotativa a una más elaborada– correspondió a una toma de conciencia social de los escritores. Sin duda el ensayo Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia que García Márquez publicó en 1959, contribuyó a esa transformación. “No es justo que cuando en Colombia ha habido 300.000 muertes atroces en diez años, los novelistas sean indiferentes a ese drama”, escribió García Márquez, quien no obstante agregó que las novelas sobre la violencia que hasta entonces se habían escrito en Colombia eran malas. “Apabullados por el material de que disponían, se los tragó la tierra en la descripción de la masacre, sin permitirse una pausa que les habría servido para preguntarse si lo más importante, humana y por tanto literariamente, eran los muertos o los vivos”. García Márquez –que para 1959 había publicado La hojarasca– concluyó su ensayo diciendo que era inevitable la aparición de la gran novela de la violencia en Colombia. Esa novela llegó en 1967, apenas tres años después de la Operación Marquetalia. Era, desde luego, Cien años de soledad.

* Periodista de Arcadia.

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