Un retrato en el centro de Medellín de un habitante de la calle.
  • Los campesinos del oriente antioqueño, entre sus temas preferidos.
  • El drama de la inundación de la represa El Peñol, hacia 1979.
  • Su interés por la infancia como tema fotográfico fue notable, pero solo retrataba niños campesinos o de la calle.

Rabia y piedad

Polemista, intelectual, editor de los primeros libros de Gabo, Alberto Aguirre guardó durante años una secreta –y brillante– afición por la fotografía. Lo recio de sus fotos puede llegar a superar a veces la contundencia de las columnas de prensa. El archivo se conserva intacto en Medellín.

2014/11/19

Por Esteban Duperly* Medellín

 


De Alberto Aguirre ya se sabe que fue abogado, periodista, cronista de fútbol, crítico de cine, editor, librero, fotógrafo y hasta campeón de ping pong. En efecto, todo lo hizo, todo lo ejerció, en todo descolló, para todo fue bueno, pero en algún momento de su vida cada oficio, cada trabajo, cada afición, cada profesión los dejó abandonados para dedicarse a otra. En la revista Cromos de octubre de 1966, Gonzalo Arango lo contó: “Posee una virtud admirable: cada que triunfa tira los laureles y se embarca en nuevas aventuras (…) le interesa más la lucha que la gloria (…) abandona la meta al conquistarla”. Y lo corrobora María Clara Calle, periodista y nieta: “La lógica en él era: me dedico a una cosa, aprendo, llego a ser bueno, y me voy”.

Como jurista, Aguirre fue magistrado de los trabajadores, como periodista fundó en Medellín la AFP (Agencia France Press), como editor publicó antes que cualquiera El coronel no tiene quien le escriba, como libero tuvo la Librería Aguirre –cerró en 1997–, como crítico de cine se inventó la revista Cuadro, como comentarista de fútbol cubrió el Mundial México 70, como tenista de mesa fue técnico de la Selección Colombia en los suramericanos de Lima 64, y como columnista escribió casi sin interrupción en los periódicos El Mundo, El Espectador, El Colombiano, y para la revista Cromos. Un hombre de matices, prolijo y brillante, sin duda. ¿Y cómo fotógrafo? Pues esa es, quizá, la faceta menos conocida, aunque en la casa de su hija Beatriz repose un archivo con una cifra cercana a 50.000 negativos, y otra vasta cantidad de copias en papel.

Aguirre era un abogado tenaz y un intelectual sólido cuando –a lo mejor fugado de alguna afición en donde ya lo había aprendido todo– decidió hacerse fotógrafo. Lo hizo como el autodidacta puro que fue: él mismo se enseñó, con libros que importaba a su propia librería. Luis Eduardo Mejía, fotógrafo, estudioso de la fotografía en Antioquia, y por décadas cliente suyo, cuenta: “En la Librería Aguirre estaban los libros de los críticos fotográficos. Traía libros de colecciones de fotos, traía a Susan Sontag, traía una revista impresa en Alemania Oriental que se llamaba International Photo Technik, en un papel de unos 300 gramos cada hoja, absolutamente perfecta en la impresión”.


Los campesinos del oriente antioqueño, entre sus temas preferidos. Foto: Alberto Aguirre.


Su período de fotógrafo a toda ley puede suscribirse entre finales de la década del sesenta y mediados de los ochenta. Irrumpió con su máquina Leica y sus Olympus durante una época cuando los llamados clubes fotográficos comenzaban a ponerse de moda entre la burguesía local de Medellín. Con un sentido de la estética bastante cándido retrataban atardeceres, paisajes, flores y bodegones. Él, en cambio, llegó a hacer lo opuesto: pobres, oprimidos y campesinos: las imágenes que a nadie le gustaba ver. En 1972 realizó una exposición en lo que entonces se llamaba Museo de Zea –hoy Museo de Antioquia–, y otra en 1975 en la Universidad de Antioquia.

Su archivo es en blanco y negro: “El color es una adulteración de la fotografía”, decía. Aunque en color existe un puñado de fotos suyas tomadas en Europa, muchas de ellas en España durante los años de exiliado. Pero son imágenes sin fuego interno; casi las de un turista común. Tiene sentido: el exilio lo afectó de manera honda. Además, para entonces, ya había abandonado la fotografía y es posible que no le interesara más. Aunque en algunas de esas fotos no pudo evitarse a sí mismo y se puede ver la vieja chispa arder. Fue lo último en su producción.

Si bien retomó una temática que ya se había visto en Benjamín de la Calle, el escritor Darío Ruiz dice que su ojo se apoyó en una tradición visual que, durante las décadas cuarenta y cincuenta, desarrollaron fotógrafos como Dorothea Lange y Walker Evans, cuyas imágenes no retrataron a los Estados Unidos glamurosos, sino eso que llamamos la “Norteamérica profunda y deprimida”. “La fotografía tiene que ser muy escueta, muy dura, directa en la expresión de la realidad, y abandonar toda obsesión de belleza pictórica”, dijo el mismo Aguirre para un reportaje en video del realizador César Augusto Montoya. En ese sentido sus imágenes fueron como su prosa: pura fibra sin nada cursi que las adornara.


El drama de la inundación de la represa El Peñol, hacia 1979. Foto: Alberto Aguirre.


Su verdadera magnitud no reposaba en lo artístico: “Si uno mira la fotografía de Alberto, técnicamente no son fotografías muy buenas, pero tienen un contenido social muy alto y son absolutamente contestatarias. Algunas, incluso, agresivas. Siempre se preocupó por la fotografía más desde la reflexión intelectual y social que desde la técnica”, argumenta Luis E. Mejía. Puede ser cierto: analizadas con detalle se descubren algunos defectos de encuadre, como líneas verticales que se inclinan más hacia lo diagonal y, él mismo lo reconocía en notas manuscritas detrás de las pruebas de copiado, deficiencias en el contraste entre las luces y las sombras. Después de todo era una especie de fotógrafo que a menudo disparaba incógnito, así que posiblemente tenía que hacerlo con prisa y desde una posición incómoda. Por lo general solo usaba un objetivo de 50mm. Pocas veces un telezoom de 300mm. Su obsesión no era la luz sino los comportamientos espontáneos y, sobre todo, las expresiones del rostro. Aura López, su compañera durante años, cuenta que a veces actuaba como distractora para que el personaje se concentrara en otra cosa, no notara la presencia de Aguirre, y él pudiera lograr las fotos. Sean buenas o no tan buenas, una cosa es cierta: la hondura moral de sus fotografías nadie la discute. Eduardo Serrano bien lo incluyó entre los mejores fotógrafos colombianos de la segunda mitad del siglo xx.

Sin embargo, Aguirre poco se preció de ser fotógrafo. Su personalidad tendía hacia la modestia y la austeridad, y por lo general desdeñó títulos y homenajes. A lo sumo lo reducía a un pasatiempo, aunque es claro que lo hizo en serio. Un fotógrafo se diferencia de un entusiasta porque toma series, y en su archivo hay varias poderosas, entre ellas el registro que hizo en El Peñol cuando lo sepultaron bajo agua. Esa es una tragedia: entre 1972 y 1979 el Estado decidió embalsar las cañadas que rodeaban un enorme monolito cerca al cual se asentaba, desde 1774, un pueblo. La obra se necesitaba para producir la energía eléctrica de medio país, así que la gente no tuvo chance de mucho y, sin siquiera haberles comprado predios, comenzó la inundación. Solo entre 1978 y 1979 los campesinos fueron reubicados en otro casco urbano, prefabricado e impersonal: el nuevo Peñol. Al viejo lo desmontaron como un set de televisión y lo inundaron. Lentamente, el agua tapó hasta las cúpulas de la iglesia. A la vista de todos. Un drama.


Su interés por la infancia como tema fotográfico fue notable, pero solo retrataba niños campesinos o de la calle.
Foto: Alberto Aguirre.



Aguirre hizo el registro fotográfico e, incluso, filmó con una cámara de cine de 8mm. Las secuencias de fotos se encuentra bien guardadas en por lo menos dos cajas de papel Agfa. Pueden sumar unas 500 imágenes y el espectáculo visual que ofrecen es a la vez dantesco y paradójico. “Él se interesó como abogado, como fotógrafo y como columnista por la cantidad de injusticias que había allí”, dice María Clara Calle. En efecto esas fotos permiten entender de qué madera estaba hecho: ir a fotografiar un drama de montañeros mientras la burguesía medellinense esperaba ansiosa a que el agua se embalsara para aprender a esquiar. Su sensibilidad emanaba de un profundo sentido de la justicia.

Alrededor de la figura de Alberto Aguirre se ha construido una leyenda de hombre amargo, áspero y rabioso. Y bien pudo serlo: basta leer su prosa en prensa. Pero al observar su trabajo fotográfico puede concluirse que bajo el polemista terrible de periódico habitó siempre un hombre muy sensible. Además, era tímido. Para el número 79 de la revista SoHo escribió sobre sí mismo, con lírica fina y chistosa: “Donde me puncen me matan, porque yo soy todo corazón”. En ese sentido, sus fotos acopian un mayúsculo sentimiento de solidaridad y piedad hacia quienes, para entonces, eran menos, eran débiles, eran desvalidos. Se ha dicho que fotografió la Antioquia más cruda, veraz y auténtica, pero tal vez todo su trabajo solo fue un retrato de su insondable mundo interior.

Conozca más del trabajo fotográfico de Alberto Aguirre aquí.


Lea también:

Colombia contada por "el fotógrafo del Bogotazo".

El Museo Nacional y el patrimonio fotográfico de Colombia.

Daniel Mordzinski: El fotógrafo de los escritores.


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