El final de la guerra

Arcadia le pidió al comisionado de paz, Sergio Jaramillo, una reflexión sobre el momento que vive Colombia por cuenta de la desmovilización de decenas de frentes, de mujeres y de hombres, de la guerrilla. A pesar de que es un momento histórico como pocos, las ciudades parecen no darse cuenta de las dimensiones de lo ocurrido. ¿Por qué?

2017/02/24

Por Sergio Jaramillo* Bogotá

Durante tres o cuatro décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial, en los periódicos aparecían cada tantos años fotografías de unos hombres muy flacos con pequeñas barbas que salían como náufragos de las selvas de algún archipiélago del Pacífico –de las Filipinas, de las Marianas, de las Islas Salomón–, y que ante el asombro del mundo decían ser soldados del Ejército Imperial. Eran japoneses que no sabían, o no querían saber, que se había acabado la guerra. A Hiro Onoda, el caso más conocido, ni los panfletos del almirante Yamashita que llovieron sobre la isla de Lubang lo pudieron convencer. Simplemente no quería creer.

Algo similar parece ocurrirnos a los colombianos, pero al revés. Esta vez es todo un país el que parece no saber –o parece que no le interesa saber– que terminó el conflicto, que cesaron los combates, que se acabó el sufrimiento. O por lo menos quienes vivimos apaciblemente en los centros urbanos no nos damos cuenta del final de la guerra, alejados como estamos del miedo con el que han convivido toda su vida los habitantes de tantas partes de la Colombia rural.

A buena hora entonces aparecen estas imágenes de los hombres y mujeres de las Farc marchando y navegando por toda la geografía nacional rumbo a las Zonas Veredales Transitorias, para recordarnos la realidad de la paz.

Fueron 36 marchas por montañas, ríos y llanuras, verdaderas travesías por el interior del país. Para llegar, por ejemplo, de Mecaya sobre el río Caquetá a la vereda La Carmelita en Puerto Asís, hubo que navegar 10 horas río arriba en 15 lanchas y 25 canoas motorizadas, que transportaron a 300 guerrilleros de los frentes 32, 48 y 49 hasta Puerto Rosario, un corregimiento de Puerto Guzmán. De ahí bajaron por pésimas carreteras el día siguiente en 10 buses, 6 camiones y 15 camionetas hasta llegar a Puerto Asís, de donde cruzaron en 4 planchones hasta La Carmelita, la Zona Veredal.

Los guerrilleros no viajaban solos. Los acompañaban los delegados de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, del Mecanismo de Monitoreo y Verificación, y de la UNIPEP, la unidad de la Policía Nacional encargada de garantizar la protección. Sobre todo, los acompañaba un zoológico de 40 perros y de toda suerte de animales salvajes. Nutrias, borugos, osos hormigueros y guacamayas de todos los colores –dicen quienes acompañaron el viaje– fueron embarcados como un recuerdo que llevaban los guerrilleros de la vida que dejaban atrás.

Otras marchas no fueron menos difíciles. Para bajar a un grupo de guerrilleros del Alto Naya pensamos en arrendar docenas de mulas, hasta que nos dimos cuenta de que era más fácil, aunque más lento, transportarlos en lanchas por un río y luego sacarlos al mar, para que posteriormente tomaran unos buses en Buenaventura.

Salvo en un caso (el Catatumbo), las marchas avanzaron sin incidentes. Las Farc dieron muestras de disciplina militar, y nuestras Fuerzas Militares y Policía Nacional, de altura y de un profesionalismo singular. Cuando los guerrilleros del Bloque Caribe entraron a la zona de Pondores en el sur de La Guajira, los soldados del Ejército los recibieron con un apretón de manos. El coronel español de Naciones Unidas que estaba presente me dijo después: “He estado en muchas misiones, en los Balcanes, en Timor, en Afganistán. En ninguna parte había visto nada parecido”.

En uno de los últimos movimientos, 463 miembros de los frentes 40, 26 y 53 se desplazaron en 65 vehículos de la vereda El Tigre en el sur del Meta hasta la vereda La Guajira en Mesetas. El viaje duró tres días y no todos llegaron a la zona: seis mujeres embarazadas se quedaron a tener sus hijos en La Uribe. (En total, alrededor de 95 mujeres llegaron embarazadas a las zonas, y 65 más con bebés en sus brazos). A medida que se movía el convoy, los campesinos salían a los caminos a recibirlos con banderas blancas. El párroco de Jardín de Peñas tomó su cámara y salió a filmar entre pitos y vivas a la paz: “Los recibimos con banderas no porque sean guerrilleros, sino porque decidieron dejar las armas”.

Las historias se repiten en todos los territorios por donde pasaron las marchas. En la plaza de Dabeiba, unas profesoras de escuela que vieron parar unas chivas con los miembros el frente 5 de las Farc entre alaridos y llantos tomaban fotos de quienes creían habían sido sus estudiantes diez años atrás. En Ituango, un dueño de una compañía de buses que durante años no podía mover un vehículo sin pagar la correspondiente extorsión, prestó sus buses para transportar al frente 18 de las Farc. No podía creer que había visto en vida el fin del conflicto.

A esos millones de campesinos, colonos, indígenas y afros que durante tres o cuatro décadas han vivido una guerra sin tregua, primero el cese al fuego y ahora las marchas les partieron la vida en dos. Hay preocupaciones, como en toda transición. Pero sobre todo hay esperanza.

Esa es la realidad que se palpa allá, pero no acá. ¿Por qué? Esa es la pregunta, señoras y señores lectores de Arcadia, que hay que contestar. Mientras tanto, alegrémonos del final de la guerra.

*Alto Comisionado para la Paz.

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