Frédéric Martel nació en Châteaurenard, Francia, en 1967.

La curaduría cultural en tiempos de internet

En sus más recientes trabajos, el sociólogo francés Frédéric Martel ha propuesto una nueva forma de curaduría para una época en la que los veredictos culturales parecen oscilar entre las anquilosadas reseñas de expertos y los desangelados algoritmos de los gigantes tecnológicos. ¿Será internet la tumba de los críticos?

2016/01/27

Por Sébastien Longhurst* Bogotá

La vida de Frédéric Martel es un movimiento perpetuo. El pasado 9 de noviembre, llegó a Bogotá por cuarta vez en cinco años luego de pasar unas horas en París animando su programa de radio en France Culture, y de un ciclo de conferencias en 15 ciudades brasileñas. Desde su primer puesto diplomático a los 23 años, encontró el tiempo para completar cuatro maestrías y un doctorado, ser consejero cultural de un primer ministro y de la Embajada de Francia en Estados Unidos, dirigir grupos de investigación, coordinar una plataforma de crítica literaria con 900 contribuidores y, al mismo tiempo, viajar por los cinco continentes para investigar y escribir sus libros, algunos publicados en más de 20 países. Actualmente, está en promedio diez días al mes en París y tiene varios proyectos nuevos en marcha. Martel no para ni parece cansarse, avanza rápido, siempre conectado, siempre alerta, casi ubicuo, cualidades indispensables para observar y analizar las vertiginosas mutaciones de internet.

De la muerte del crítico cultural

Atento testigo de las transformaciones del mundo globalizado e hiperconectado, ha examinado la cultura de masas en Cultura Mainstream y ahora analiza en Smart, su nuevo libro, lo que considera “el talón de Aquiles” de internet: la abundancia. “Hace unos años, era imposible encontrar un producto cultural de limitada distribución. Hoy, en internet, todo se distribuye”, me dice recordando a Eric Schmidt, ex director ejecutivo de Google, quien afirmaba que “cada 48 horas creamos en línea tantos contenidos como los que hemos creado desde el nacimiento de la humanidad hasta 2003”.

Martel describió este maremoto cultural y su impacto sobre la crítica en un largo artículo publicado en septiembre en Slate.fr, homólogo francés del sitio estadounidense, y en octubre en el portal mexicano Horizontal. Allí cuenta cómo hemos pasado de una oferta limitada de “productos culturales” a una profusión de “servicios culturales (…) a veces hasta la indigestión”. Y si bien admite que hay mucha basura, también abundan contenidos tan innovadores como las exitosas series de Netflix, las infinitas novedades musicales disponibles en Spotify o publicaciones del mundo entero en Goodreads o Amazon. Esta plétora nutre la pregunta central de su reflexión: ¿cómo hacer para detectar los contenidos de calidad, sortear, seleccionar y recomendarlos?

Según Martel, los críticos tradicionales no son una alternativa viable: “El regreso al modelo tradicional de la crítica ya no es pertinente. Hecho de seres de carne y hueso, intrínsecamente ligado a la cultura analógica o impresa de manera clásica, este modelo se ha vuelto obsoleto debido a su incapacidad de ‘filtrar’ con eficacia y rapidez la masa de contenidos que están al alcance”. Según los diversos periodistas, críticos y blogueros entrevistados por Martel, la crítica ya no incide en el éxito de una película o de un libro. La mensurabilidad, la posibilidad de conocer exactamente la audiencia de los contenidos publicados en línea, muestra un desinterés por la crítica que está siendo afectada por los rankings de ventas. Los mismos críticos lo reconocen. “El público se rige por la lista de los más vendidos”, admite Luis Fernando Afanador, crítico de literatura de la revista Semana. “Esa tradición ha hecho crisis porque se basaba en un tipo de autoridad relacionada con el acceso privilegiado a la cultura de unas élites”, añade Pedro Adrián Zuluaga, columnista de Arcadia. Para Martel, la situación es tan clara como el título de su artículo en Slate.fr: “El crítico cultural ha muerto”.

Los algoritmos: ¿revolución o engaño?

Frente a este desolador panorama de la crítica tradicional, los grandes actores de internet ven en los algoritmos de recomendación una solución para el futuro. En su artículo, Martel recuerda el histórico hallazgo en enero de 2014 de la revista estadounidense The Atlantic, que reveló los 76.897 géneros definidos por el algoritmo de Netflix para clasificar a sus usuarios, llegando a territorios tan remotos como “Witty Disfunctional-Family TV Animated Comedies” (comedias animadas para televisión sobre familias chistosas y disfuncionales). “Netflix tiene 600 ingenieros de tiempo completo reprogramando constantemente el algoritmo, tomando en cuenta miles de criterios”, agrega.

Los algoritmos rigen hoy nuestros gustos culturales en Internet: Facebook, Amazon, Apple y Google han desarrollado poderosas herramientas para leer nuestras preferencias y guiarnos hacia contenidos relacionados. “El algoritmo de prescripción está también en el corazón de los modelos de servicios culturales ilimitados: Spotify, Deezer y Pandora para la música; Steam y Twitch para los juegos de video y también Scribd y Oyster para los libros”, escribe Martel. Al parecer, no hay escapatoria.

Para el francés, las ventajas de los algoritmos son claras: “Le ofrecen al público contenidos más adaptados a lo que busca y más personalizados porque toman en cuenta el país y la cultura del usuario. Además, son indispensables para identificar productos y contenidos entre la inmensa cantidad disponible”. Pero reconoce también sus debilidades. Basados en cifras y tendencias, los algoritmos son excelentes para recomendar lo más exitoso o reforzar un gusto identificado, pero no funcionan con un usuario de preferencias eclécticas. Peor aún, como son programados por los mismos servicios culturales, son fácilmente manipulables. “Cuando Amazon nos recomienda un libro que nos podría gustar en función de lo que hemos comprado, en realidad lo hace también en función de lo que las editoriales pagan”, cuenta. El crítico literario Alberto de Brigard lo resume muy bien: “Detrás de los artículos de Wikipedia y de las recomendaciones de Amazon hay personas con intereses más o menos confesables y más o menos confesados”.

La curaduría smart: ¿el futuro de la recomendación?

Entre críticos obsoletos y algoritmos imperfectos, ¿estamos condenados a andar sin rumbo en la “biblioteca desordenada” de internet, como lo describe Umberto Eco?

Martel, decididamente optimista, ha observado un fenómeno que bien podría ser el futuro de la cultura y de la crítica en internet. “La curaduría smart ofrece una solución alternativa: se trata de combinar dos modelos, por un lado el algoritmo y por el otro, la curaduría. Un ‘doble filtro’ que permite sumar la potencia del big data con la intervención humana”, propone en el último capítulo de su artículo. Este concepto de curaduría smart, creado por Martel, se inspira del creciente uso de la palabra “curaduría” por fuera de los museos, “y ahora en la cultura digital, que lo está volviendo uno de sus buzz-words”, escribe el sociólogo. Lo combina con la palabra “smart”, o “inteligente”, que a través de conceptos como smart cities, smart grid, o smart TV, se refiere a los aparatos y sistemas conectados en la era de internet 2.0.

La curaduría smart tiene dos aspectos claves. Primero, el curador debe ser un tercero, que no sea ni el productor del contenido, ni el consumidor, sino un intermediario externo. Segundo, escribe Martel, “no se trata de recrear un juicio jerárquico con pretensiones universales (…), sino de favorecer un diálogo que posibilita los intercambios, la pluralidad de los gustos que se elaboran en diferentes ‘esferas de opinión’”.

Si bien el francés considera que la curaduría smart es aún un territorio por explorar e inventar, varias experiencias han abierto el camino. La más famosa es probablemente la de los booktubers, esos jóvenes lectores que se graban hablando de sus lecturas, a menudo con humor, para luego subir sus videos a YouTube. El fenómeno ya tiene sus íconos en América Latina (LasPalabrasDeFa y Daniel Méndez en México, o William Francisco en Colombia), España (Never Be Hopeless) y Estados Unidos (Christine Riccio, Ariel Bissett o The Peruse Project), y cientos de miles de seguidores.

En el ámbito literario se han creado redes sociales de lectores que permiten leer libros en línea, pero también publicar sus escritos para ser leídos, comentados y compartidos en la red. Es lo que ofrece Wattpad, “que cuenta ya con más de 45 millones de miembros y cerca de 100 millones de historias subidas”, describe Martel, o Anobii, que se presenta como una “comunidad creada por lectores para lectores para encontrar, seleccionar, criticar y compartir libros”. Para la música, las nuevas herramientas de “social listening” (escucha social) y de “curated playlists” (listas de reproducción curadas) ofrecidas por Spotify son otra forma de curaduría smart que está llamada a crecer.

Siguiendo este enfoque, nacieron una multitud de portales que combinan algoritmos de recomendación con curaduría y crítica en el sector cultural (Booknode,Perlentaucher o Nonfiction, que dirige Martel), de las ideas (Slate, The Conversation) o de la tecnología (Techmeme).

Para Martel, estas experiencias, lejos de favorecer lo que Zuluaga considera “una cultura conformista, autorreferente y que se reproduce a sí misma”, permiten “desmultiplicar los influenciadores, quienes también tienen opiniones pertinentes, leen, oyen música y son muy especializados en su campo, aunque no sean críticos”.

Nuevos críticos, nuevos lectores

Si bien ha muerto un cierto tipo de crítico, otro está emergiendo, como lo reconoce el crítico de televisión Omar Rincón: “Lo que muere es el crítico que se cree autoridad y moralista para ir repartiendo adjetivos y juicios basados solo en su mundo sin aportar nada a la obra o al espectador”.

La curaduría Smart amplía el campo de la crítica. Como lo subraya Lucas Ospina, columnista de Arcadia, con las nuevas herramientas que ofrece internet “los críticos tienen hoy la posibilidad de entrar en conversaciones con sus públicos”. Una tendencia que confirma Martel en su artículo: “Entramos en una cultura que se caracteriza por ‘conversaciones’ y no por argumentos de autoridad. (…) Estamos frente a la gran disrupción de las jerarquías”. Cada vez más, el crítico abre sus campos de interés, pone sus propios sesgos en juego y se expone a las opiniones divergentes de sus lectores.

Esta mutación podría ser una buena noticia para el país. Según Martel, “lo importante para Colombia es que la recomendación de productos y contenidos no se hará a nivel global, sino en función de la cultura y la actualidad de cada país. Aquí, tanto las herramientas como los contenidos de esta recomendación los harán colombianos para colombianos”, explica. ¿Podría la curaduría smart abrir un nuevo campo para la crítica y la creación cultural en Colombia? ¿Podría contribuir, como lo espera Alberto de Brigard, a “incrementar nuestro bajísimo número de lectores”? Como lo concluye Martel: “En este nuevo territorio, todo está por inventar”.

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