Tres actores de Buenaventura participan en una adaptación de Mis cuentos africanos, de Nelson Mandela.

La otra cara de Buenaventura

Aquejado por decenas de problemas, entre los cuales se incluyen la brutalidad de las bandas, el tráfico de droga y una violencia que campea, el puerto colombiano tiene muchas cosas más que mostrar: el 9 de octubre se estrenó la película 'Manos sucias', cuyos actores principales fueron formados en la licenciatura en Arte Dramático de la Universidad del Valle, en su sede de Buenaventura.

2014/09/23

Por Sebastien Longhurst* Buenaventura

El 28 de marzo de 2002, un grupo de actores del Departamento de Artes Escénicas de la Universidad del Valle de Cali presentó El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina, en el Teatro Colón de Bogotá. Hecho habitual, si no fuera por una novedad sin precedentes: los dos papeles principales de Enrico y Paulo eran encarnados por Manuel Viveros y Néstor Durán, los primeros actores afrodescendientes en pisar las tablas del ilustre teatro capitalino. Dirigido por el maestro Alejandro González Puche, el montaje combinaba los versos del Siglo de Oro español con el ritmo de las décimas del Pacífico colombiano y la marimba de Gualajo. El innato manejo del verso de los actores, egresados de la licenciatura en Arte Dramático de la universidad, deslumbró al público bogotano. “La presencia en Bogotá de actores afro en un clásico español adaptado a la realidad del Pacífico fue muy fuerte, en un medio tan marcado por la discriminación”, cuenta Clarisa Ruiz, entonces directora del Colón. Como lo recuerda González Puche, hoy jefe del Departamento de Artes Escénicas de UniValle, “El condenado fue un encuentro casual a partir del cual descubrimos un universo estético insuficientemente valorado”.

Clarisa Ruiz, impactada por este descubrimiento, impulsó en 2004 desde el Ministerio de Cultura el programa Jóvenes Creadores, destinado a llevar educación artística a varias regiones de Colombia. El programa buscó la colaboración de la Universidad del Valle para realizar, en su sede de Buenaventura, el Taller de Formación de Creadores, un programa de educación no formal de un año basado en el currículo de la licenciatura. Coordinado por Manuel Viveros, el Taller recibió un variopinto grupo de 26 estudiantes de colegio, deportistas, cantantes, actores y hasta vendedores ambulantes, en su mayoría afrocolombianos. Fue tal el éxito que el Ministerio reiteró su apoyo, permitiendo llevar a cabo varias ediciones del Taller, seguidas por montajes de obras por iniciativa propia de la Universidad. Así, en 2010, un montaje de La lección de piano con actores de Buenaventura fue invitado al Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, cerrando con broche de oro más de cinco años de talleres.

El mismo año, la Universidad del Valle decidió abrir su licenciatura en Artes Dramáticas en su sede de Buenaventura por primera vez. Acogió una primera cohorte de doce jóvenes, asumiendo un desafío paradójico: formar estudiantes de teatro en una ciudad sin teatros. Absurdo a primera vista, el reto no carece de sentido. “Esta ciudad necesita más que solamente operadores de logística portuaria. Entendimos que, además de artistas, teníamos que formar ciudadanos que pudieran llegar a las comunidades por medio del teatro”, cuenta Manuel Viveros, quien en 2012 asumió la coordinación de la licenciatura en Buenaventura. Hoy, el programa cuenta con 38 estudiantes, siete profesores, y es el único programa universitario de educación teatral en todo el litoral pacífico colombiano.

Contra viento y marea
En un lugar tan complejo como Buenaventura, parece casi un milagro que la licenciatura ya esté en su quinto año de funcionamiento. Por la ciudad portuaria, metrópolis del Pacífico, transita el 60 % del tráfico marítimo de Colombia. Paradójicamente, sus niveles de violencia, pobreza, desempleo y corrupción se encuentran entre los mayores del país. Para los estudiantes de la licenciatura, en su mayoría habitantes de zonas inmersas en esas realidades, seguir una carrera universitaria es un reto de cada día.

“Estudiar esta carrera ha sido muy duro. Tengo que hacer magia cada día para pagar el semestre, el transporte y aprenderme los textos para el día siguiente –cuenta Juan Carlos Angulo, estudiante de octavo semestre–, pero si no estudiara teatro, estaría preso, muerto o viviendo de ilegal en Canadá o Estados Unidos”. El barrio de Juan Carlos, el Lleras, es uno de los más violentos de Buenaventura. Varios de sus amigos han cedido a la tentación del dinero fácil que ofrece el narcotráfico. A él, el teatro lo cambió, y sabe que puede cambiar a muchos más.

Este poder del teatro como alternativa a la violencia Manuel Viveros lo conoce bien, y lo transmite en sus clases, a pesar de los altos niveles de deserción de la licenciatura. De los doce estudiantes inscritos en la primera cohorte en 2010 quedan solamente tres: “Es un reto permanecer –cuenta Viveros–, pero para muchos las inquietudes estéticas y sociales son mayores que las económicas. Tratamos de llevarlos a observar el entorno, a ser ellos mismos la materia prima de su creación”.


Un nuevo teatro

Este encuentro con la realidad bonaverense ha llevado la licenciatura a pensar en nuevos caminos para enseñar. Los profesores exploraron el patrimonio oral del Pacífico colombiano para encontrar decimeros y cuenteros como Benildo Castillo y Carlos Rodríguez, el Diablo, quienes desde Tumaco cultivan el arte de la décima cimarrona, una forma poética heredada del Siglo de Oro que sigue muy viva en la tradición oral del Pacífico. “Encontramos en Buenaventura mejores profesores de verso que en la misma España, porque para ellos esta tradición está viva. Entienden a Tirso de Molina mejor que muchos”, explica González Puche. Al acoger el patrimonio del Pacífico en el aula, se abrió todo un mundo africano a los estudiantes. Recientemente, la obra Griots: cuentos de África, una adaptación para niños de la antología Mis cuentos africanos, de Nelson Mandela, fue presentada en Cali y Buenaventura con gran éxito. Juan Carlos fue el protagonista, y su actuación despertó en él una nueva vocación. “Quiero rescatar la tradición oral nuestra. Las décimas son una forma de educación muy poderosa, y las quiero difundir”, cuenta con determinación.

Junto a las obras del mundo afrodescendiente, los estudiantes participaron en montajes de clásicos contemporáneos como Los justos, de Albert Camus, o comedias como Ocho mujeres, de Robert Thomas. Invariablemente, las obras se transponen al mundo afro. “Para el papel de Mamy, en Ocho mujeres, mis referentes eran Ella Fitzgerald, Oprah Winfrey y Michelle Obama. Fue un papel muy exigente para mí”, recuerda Yeison Morán, estudiante de sexto semestre, frente al desafío de encarnar a una mujer en una obra proveniente del teatro europeo. De la misma manera, en las representaciones, el público parece tener otra relación con el teatro. Interactuando con la obra, revientan constantemente las convenciones. “¡Aquí la cuarta pared está detrás del público!”, admite Manuel Viveros con una sonrisa.

Rodrigo Vélez, egresado de la licenciatura de Cali, encarnó al personaje de Daniel en El vuelco del cangrejo en 2009. Hoy es uno de los profesores del programa en Buenaventura, y para él y sus colegas, el talento natural de los estudiantes para la actuación fue otra sorpresa a la que la licenciatura se tuvo que adaptar. “En Cali tenemos que trabajar la presencia escénica, la energía, la concentración, la proyección, y juegos para vencer la inhibición. En Buenaventura, en la mayoría de los casos, esto ya está resuelto desde el principio”, reconoce Vélez. Para funcionar en Buenaventura, el programa tuvo que repensar varios aspectos de su metodología. “No les enseñamos realmente a actuar. Les ayudamos a canalizar la energía”, explica Manuel Viveros, quien reconoce aprender permanentemente de este proceso.

El jefe del departamento, Alejandro González Puche, fue formado en la prestigiosa Universidad Rusa de Artes Teatrales (GITIS) de Moscú. Profesor del programa desde finales de los noventa, ha construido la licenciatura alrededor de los preceptos del naturalismo ruso de Stanislavski, que sigue siendo la base teórica de la formación de los estudiantes. Sin embargo, la mística literaria de la escuela rusa sufrió algunas adaptaciones al encontrarse con el universo afrodescendiente de Buenaventura. “La crisis fundamental en la pedagogía sucedió porque los referentes son otros. Aquí el teatro no proviene de la literatura, sino de una necesidad de dramatizar con el lenguaje alegórico que se utiliza a diario”, reconoce el maestro. El programa está operando un verdadero mestizaje teatral, formando un nuevo tipo de actor bajo otro paradigma de educación artística. “Estos jóvenes van a matar el estereotipo del actor negro que solamente podía encarnar un personaje simpático, ingenuo o gozón. Ellos mismos podrán decidir si también quieren ser reflexivos, tristes o melancólicos en el escenario”, concluye González.

Actores para el mundo
Los primeros resultados de esta labor no tardaron en hacerse notar. La mayoría de los participantes de los talleres apoyados por el Ministerio de Cultura trabajan hoy como profesores de Arte en los colegios del litoral pacífico. En la licenciatura, tampoco hay experiencia que se quede mucho tiempo entre las cuatro paredes del salón de clase. Una escena de una obra en montaje, un ejercicio de actuación o de voz escénica es a veces suficiente para que los estudiantes se presenten en los colegios de la ciudad, regando así la onda teatral entre los más jóvenes.

Recientemente, el talento de los estudiantes ha traspasado fronteras. En 2010, el joven director estadounidense Josef Kubota llegó a Buenaventura en busca de historias para contar. Este año, su película Manos sucias se estrenó mundialmente en el festival de Tribeca, en Nueva York, y en Colombia en el Festival de Cine de Cartagena. El próximo 9 de octubre, se estrenará en cines en Colombia. Jarlin Martínez y Cristian Advíncula, egresado de los talleres y estudiante de la licenciatura respectivamente, son los dos actores principales de la película, que cuenta el tortuoso viaje de dos jóvenes de Buenaventura para llevar una carga de cocaína hasta Panamá. Esta ficción, tan cercana a la realidad de los estudiantes, es una de miles de historias que tiene Buenaventura para contar. La de los primeros estudiantes que se graduarán el año entrante, con sus poderosas voces y los pies firmes en su ciudad, dará seguramente mucho de qué hablar.

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