El director Álex Rigola se atrevió llevar la novela 2666 de Roberto Bolaño a las tablas.
  • La obra se desarrolla en Santa Teresa, una ciudad azotada por el crímen.
  • La obra se desarrolla en Santa Teresa, una ciudad azotada por el crímen.
  • La obra se desarrolla en Santa Teresa, una ciudad azotada por el crímen.
  • La obra recrea las cinco partes de la novela, con diferentes lenguajes teatrales.
  • La obra recrea las cinco partes de la novela, con diferentes lenguajes teatrales.
  • La obra recrea las cinco partes de la novela, con diferentes lenguajes teatrales.

La audacia absoluta

Cuando se publicó póstumamente la novela 2666, de Roberto Bolaño, un pequeño cataclismo sacudió al mundo de las letras: el talento del chileno alcanzó una tardía consagración. Pero ¿llevar a las tablas las cinco historias que se en tretejen en las más de 1000 páginas de la novela? Semejante locura la ha llevado a cabo Àlex Rigola.

2010/03/16

Por Marcos Ordóñez

En poco más de una década, Àlex Rigola se ha convertido en uno de los directores de referencia del panorama teatral español. Nacido en Barcelona en 1969 y con la nueva dramaturgia alemana (Ostermeier, Marthaler, Castorf) como referente, comenzó su andadura como actor a finales de los noventa, y pronto reclamó su lugar en el sol con un performance tan jovial como desesperado, que hoy forma parte de la pequeña leyenda: para protestar por la falta de subvenciones y llamar la atención sobre su primer montaje, una adaptación de El proceso de Kafka, en 1997, toda su compañía, con él al frente, compareció desnuda en un encuentro con la prensa. Dos años más tarde desbarató las sospechas de quienes lo consideraban un simple provocador con una brillante puesta de La máquina de agua, de David Mamet, que suplía con imaginación las, de nuevo, extremas carencias presupuestarias. En 2000 obtiene su primer y rotundo triunfo de público y crítica con una energética y “tarantinesca” adaptación de Tito Andrónico, de Shakespeare, que le abre las puertas del Teatre Lliure, uno de los espacios emblemáticos de la escena catalana y española, del que en 2002 se convierte en director artístico, ganándose año tras año la adhesión del público joven y la confianza de los espectadores veteranos gracias a una inteligente programación que alterna títulos clásicos y contemporáneos, abre las puertas a jóvenes autores y directores y acoge las visitas de primeras figuras europeas.

A lo largo de esa década Rigola ha vuelto a montar piezas de Shakespeare (Julio César, Ricardo III) y Mamet (Glengarry Glen Ross) y ha dirigido textos de autores tan diversos como Brecht (Santa Juana de los mataderos), Koltès (La noche justo antes de los bosques) o Peter Morgan (Nixon/Frost) y, en el Teatro de la Abadía de Madrid, Jarry (Ubú Rey) y O’Neill (Largo viaje del día hacia la noche). Ha creado también en el Lliure una gran compañía titular, con la que ha girado por Europa y Sudamérica, y cuyo trabajo ha cristalizado en las dos mejores puestas de su carrera: 2666, adaptación de la novela de Roberto Bolaño, estrenada en 2007, y Rock and Roll (2009), de Tom Stoppard.

Àlex Rigola y el dramaturgo Pablo Ley han logrado lo que parecía un empeño imposible: convertir las cinco densas partes de 2666 en otras tantas horas de vivo, cambiante e intensísimo teatro. El viaje arranca, como la novela, con “La parte de los críticos”: los especialistas Pelletier (Joan Carreras), Morini (Andreu Benito), Espinoza (Julio Manrique) y Norton (Chantal Aimée) rastrean la pista de Archimboldi, enigmático escritor alemán, cuya obra “devora a sus exploradores”. Rigola adopta en esa primera hora el aparente formato de una conferencia académica, pero del extraordinario trabajo actoral emergen los nítidos perfiles de los personajes y el dibujo de sus itinerantes peripecias, sus amores y sus odios, en una fiesta de la interpretación y de la narración dramática. Una de las deslumbrantes bazas del montaje es la continua mutación de sus actores: cuesta creer, por ejemplo, que Andreu Benito pueda encarnar por igual al brutal comisario mexicano Epifanio Galindo y al cultivadísimo editor judío Jacob Bubis. O, desde luego, al profesor Óscar Amalfitano, que en la segunda hora vive (o agoniza) en Santa Teresa, la ciudad maldita de Bolaño, trasunto de Ciudad Juárez, donde las mujeres mueren como moscas y el cielo abre sus fauces como una planta carnívora. Frente a la sobriedad absoluta del primer acto, “La parte de Amalfitano” es una alucinación pintada con los colores hiperrealistas de David Lynch.

El profesor, tan desolado como el cónsul Firmin en Bajo el volcán o el vagabundo Travis de Paris, Texas de Wenders, recibe la visita de muy diversos fantasmas; aparentemente vivos, como el iguanesco decano Guerra (Manuel Carlos Lillo) su turbio hijo Marco Antonio (Ferran Carvajal), o tan muertos como su esposa Lola, que Alicia Pérez interpreta como una flower child tronchada pero invicta, mientras su hija Rosa (Cristina Brondo) vaga por las calles y visita bares poco recomendables, ajena a los peligros que la acechan. Todo se desintegra en Santa Teresa y los personajes de la historia no tardan en contagiarse.

En el tercer acto, “La parte de Fate”, un reportero negro (Julio Manrique) llega para cubrir un combate de boxeo y se abisma en la noche, donde conocerá a los inquietantes compañeros de Rosa. Quizás sea el segmento más endeble del espectáculo: pese a una estupenda idea central (el montacargas que baja al infierno), hay exasperaciones banales, filmaciones innecesarias y buena parte de los personajes no rebasan el estereotipo, incluida la pintoresca decisión de pintar de betún a Manrique y a Pere Arquillué, que encarna a un breve e improbable Black Panther. Destacan en el conjunto los notables trabajos de Chantal Aimée y Manuel Carlos Lillo, en los roles de una periodista de investigación y un ex agente del fbi con el perfil demolido de Warren Oates. El montaje remonta, y a gran altura, con “La parte de los crímenes”, cuya ferocidad avanza acorde a la del texto. Estamos en el desierto de Sonora, donde un grupo policial acaba de encontrar el cadáver de Rosita Méndez (Alba Pujol), que vuelve de la muerte para aullar su dolor (pocas actrices logran romperse así, exponerse así), mientras desfilan en una pantalla los nombres reales de las víctimas de Ciudad Juárez, los gritos atraviesan la Séptima de Beethoven y el escenario se llena de cruces. Impresionante clímax, completado por otro enorme momento de teatro: el monólogo de Klaus Haas (Joan Carreras), presunto falso culpable con el perfil y la envergadura del joven Archimboldi. Carreras, uno de los mejores actores jóvenes de la escena española, encarna al mítico e inapresable escritor en la parte final, que Rigola dirige como lo que es: un relato épico. En una cinta continua, metáfora de su huida imparable, Carreras/Archimboldi atraviesa el siglo xx rodeado por la oscuridad del escenario vacío, cruzándose con los personajes fundamentales de su existencia: su hermana Lotte (Cristina Brondo), la baronesa Von Zumpe (Alicia Pérez), el editor Bubis (Benito) y el nazi Leo Summer (Manuel Carlos Lillo). No hay proyecciones, no hay apenas escenografía: solo un hombre que va de desierto en desierto, acompañado por las palabras fantasmales que retumban en su memoria. Y, como era de prever, se atarán al final los cabos sueltos, se revelarán identidades, se trazarán puentes, pero nunca llegará a desvelarse el misterio último de Archimboldi. El espectador emerge de 2666 con la cabeza ardiente por la laberíntica proliferación de historias y personajes, por el dolor de sus pasajes más lacerantes, pero también exaltado por la riqueza del texto, de las interpretaciones y de una puesta en escena que parece haber tenido como nortes el doble magisterio de Los siete afluentes del río Ota, de Robert Lepage, y Extinción, de Krystian Lupa, sobre la novela de Bernhard. La producción de Rigola es un triunfo del equipo (hay que destacar, igualmente, los imaginativos y cambiantes decorados de Estel Cristià y Max Glaenzel, sus escenógrafos habituales) y, en definitiva, una de esas zambullidas teatrales que dejan honda huella en el recuerdo.

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