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La rosa de Barranquilla

Tardó 34 años en construirse y se inauguró hace 25. Es el lugar emblemático de la cultura en la capital del Atlántico, aunque a veces se lo critica por su deliberado eclecticismo en la programación.

2010/03/15

Por Joaquín Mattos Omar

El teatro Amira de la Rosa de Barranquilla concluirá el próximo mes de junio un año de conmemoración de sus 25 de existencia. Veinticinco años son, desde luego, un lapso significativo, pero lo curioso es que todavía resulta menor que el tiempo que tomó el proceso de gestación y construcción de este escenario cultural, que tardó 34 laboriosos años.

El teatro fue inaugurado el 25 de junio de 1982, pero la iniciativa puesta en marcha para edificarlo se remonta al 23 de marzo de 1948, día en que la Sociedad de Mejoras Públicas de Barranquilla constituyó el Comité Pro Teatro Municipal.

Pese a la insólita demora en la ejecución del proyecto, hay que decir que se trató de un tour de force de un pueblo entero, que, a trechos y parte por parte –desde las obras estructurales hasta el piano de cola Steinway– logró hacer realidad un gran centro cultural cuyo recinto principal es una magnífica sala de teatro.

Porque, si bien es cierto que el teatro Amira de la Rosa no se hubiera levantado nunca sin el músculo (lento, negligente, sí, pero decisivo) de los recursos financieros apropiados por numerosas y sucesivas administraciones de los gobiernos local, departamental y nacional, hay que destacar que en buena medida fue también el resultado de una vasta contribución colectiva, el producto de una entusiasta campaña cívica en la que se involucró toda la sociedad barranquillera, incluidos, por supuesto, sus sectores artísticos.

El Comité Pro Teatro Municipal de la Sociedad de Mejoras Públicas, cuyo presidente perpetuo fue el médico barranquillero Rafael Juliao Sarabia, tenía como propósito llenar el vacío dejado por el antiguo teatro Emiliano, que había sido demolido en 1943, y que desde su apertura en 1895 y hasta más o menos 1935, había sido –con sus óperas, zarzuelas, operetas y variedades– el centro de la vida cultural de la ciudad.

La noche de su inauguración, el nuevo teatro construido para reemplazar al Emiliano, tenía ya 16 años de llamarse, por un acuerdo del Concejo municipal, con el nombre de una notable escritora y dramaturga barranquillera, autora de la letra del himno de la capital del Atlántico, y quien alcanzó cierto éxito en la escena de España: Amira de la Rosa (1895-1974).

Aquella noche, el teatro ofreció al público una presentación de la Compañía de Danzas de Canadá, dirigida por el coreógrafo de origen trinitario Eddy Toussaint. Desde entonces, se calcula que unos 2.500 espectáculos han tenido lugar en su tablado.

Los protagonistas de tales espectáculos comprenden a no pocas grandes figuras y agrupaciones nacionales y extranjeras de las artes interpretativas cultas de nuestra época. Pero el Amira –como lo llaman coloquialmente los barranquilleros– también ha dado amplia cabida a las expresiones de la cultura popular. Solo que al lado de genuinos e indiscutibles creadores como Chucho Valdés, Gonzalo Rubalcaba, Les Luthiers, Mercedes Sosa, Celia Cruz, la Orquesta Van Van de Cuba, Nelson Pinedo, Los Gaiteros de San Jacinto y Petrona Martínez, han actuado asimismo otros cuyo valor cultural algunos críticos han impugnado, como la Nena Jiménez, para citar solo el caso más elocuente.

Para entender este eclecticismo de la oferta cultural del teatro, hay que explicar un asunto. Desde su apertura, este ha sido administrado y operado por el Banco de la República, que lo tomó en comodato por 99 años. Su inversión más alta en el teatro es la que hace en su conservación física, la que, sumada a los gastos de funcionamiento y a la financiación de una agenda cultural propia, asciende a “miles de millones de pesos anuales”, tal como señala su actual directora, Elizabeth Patiño.

Ahora bien, como esta programación propia no agota, desde luego, toda la disponibilidad de uso del teatro, es una política de su dirección ceder sus instalaciones –gratis o en alquiler, y de acuerdo con diferentes tarifas– a terceros, tanto públicos como privados, para que realicen allí sus propios eventos artísticos-culturales, sin ejercer una censura o un control sobre los contenidos de los mismos. Es por ello que se cuelan a veces al escenario espectáculos de dudosa calidad.

De otra parte, algunos se quejan de que el Banco de la República no invierta más en su papel de programador de las actividades culturales que presenta el teatro. La entidad se defiende al respecto con el argumento de que no es su propósito que la única oferta cultural del teatro sea la suya –digamos, la oficial–, sino ser también un facilitador de todas las propuestas que generen los creadores y los gestores culturales de la ciudad, poniendo a su disposición el escenario y los servicios de su planta de personal.

Un ejemplo de ello lo constituyen festivales anuales de excelente calidad, como Barranquijazz, El Caribe cuenta (encuentro internacional de cuentería), la Temporada Internacional de Danza Contemporánea, el Festival de Coros del Caribe y el Carnaval Internacional de las Artes, que se celebran en el Amira de la Rosa, pero que son organizados por otras instituciones culturales.

Bien de Interés Cultural de la Nación (desde agosto de 2006); poseedor de la magnífica obra pictórica Se va el caimán, de Alejandro Obregón, que constituye su telón de boca; asociado a la memoria de dos ilustres intelectuales barranquilleros, Amira de la Rosa y Alfredo Gómez Zurek, este último su primer director por 15 años, el teatro ha contribuido –eso sí está fuera de toda discusión– a enriquecer la vida artística y cultural y, por ende, el desarrollo social de Barranquilla en el curso de este último cuarto de siglo.

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