CALI. Enrique Buenaventura nació en Cali hace 90 años. Murió en la misma ciudad en 2003. Foto: Fernell Franco

Lo viejo es lo más nuevo

En 1969, Enrique Buenaventura independizó el Teatro Experimental de Cali de la Escuela de Bellas Artes. Lo hizo con un grupo que fluctuaba entre 14 y 19 actores que se reunían en la sede de Ciudad Solar a investigar, ensayar y orientar las actividades del teatro de vanguardia más relevante de Colombia, que sigue vivo hoy.

2015/10/23

Por Carlos Granés* Madrid

En un país refractario a las vanguardias artísticas, donde las corrientes europeas de renovación estética solo permearon de manera tímida a Los Nuevos, el grupo de poetas que se reunía en el café Windsor de Bogotá, de pronto, en una esquina del país, se empezaron a oír las risas sardónicas e irreverentes de los jóvenes.

La burguesía inconforme se arrojó a la aventura urbana y barriobajera en busca de radicalidad política y nuevas sensibilidades. Se organizaron festivales de arte de vanguardia. El teatro se convirtió en un espacio de reflexión crítica sobre los problemas del país. La pasión por el cine contagió a una nueva generación de jóvenes y se abrieron espacios que permitieron fantasear con utopías comunitarias.

Todo esto ocurrió en Cali durante los sesenta y los setenta. Aunque tarde, el vitalismo renovador de la vanguardia había llegado a Colombia. Al menos esa es la impresión que dejan los libros Cali, ciudad abierta, de Katia González, y Memoria de una cinefilia, de Sandro Romero Rey, dos testimonios muy bien documentados de lo que ocurrió cuando el azar reunió a poetas, cineastas, dramaturgos, artistas, publicistas y promotores deseosos de corromper a su generación con las malas costumbres de los beatniks, los estudiantes politizados y el cosmopolitismo encarnado en las nuevas manifestaciones culturales para las masas, especialmente el cine y el rock.

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Después de ventilar el olor de los 400.000 muertos de La Violencia y el tufillo acuartelando bajo las sotanas de los curas, los nadaístas de Medellín habían llegado a Cali a deslumbrar a los jóvenes con su desencanto risueño y el mordaz ataque a las tradiciones y a la Iglesia. Desde 1965, en respuesta al Festival de Arte de Cali que se había inventado Fanny Mikey cuatro años antes, organizaron el Festival de Arte de Vanguardia, evento que juntaba en la galería La Nacional a pintores como Pedro Alcántara Herrán, Norman Mejía, Carlos Granada y Augusto Rendón con los poetas Eduardo Escobar, Elmo Valencia, Jotamario Arbeláez o Mario Rivero. Marta Traba y Gonzalo Arango daban conferencias, y Santiago García aparecía por allí al frente de su grupo de actores.

El Club Cultural La Tertulia estaba en trance de convertirse en museo, y un grupo de jóvenes, inspirados en la utopía de Tomás Campanella, Ciudad del sol, abría en el barrio en el centro de Cali una gran casona, Ciudad Solar, que se convirtió en refugio, lugar de tránsito, laboratorio fotográfico y sala de exposición de los jóvenes, beatniks o hippies que empezaban a incubar fantasías de vidas comunitarias, proselitismo político y un arte de sensibilidad obrera. Cali se convirtió en campo de exploraciones y estímulo para la creación artística. Desde el cine, la literatura, la fotografía y la pintura, Carlos Mayolo, Luis Ospina, Andrés Caicedo, Fernell Franco, Éver Astudillo y Phanor León retrataron la ciudad que emergía detrás de las vallas, en los rincones prostibularios y las esquinas oscuras, los mismos lugares marginales que encendieron la imaginación de la generación beat estadounidense.

A toda esta efervescencia se sumaba el movimiento teatral caleño. Su epicentro insoslayable fue la sede del Teatro Experimental de Cali (TEC), inaugurada en 1969, muy cerca de Ciudad Solar, y frecuentada por intelectuales, estudiantes, publicistas iconoclastas de Nicholls Publicidad, gente de barrio y curiosos de las zonas adineradas de la ciudad. El TEC tenía una larga historia a sus espaldas. Había surgido de la Escuela Departamental de Teatro de Cali, un centro de formación teatral fundado en 1955 en el Instituto de Bellas Artes. Como primer director había tenido al español Cayetano Luca de Tena, pero al año ya era Enrique Buenaventura quien había tomado las riendas de la escuela. Buenaventura llegó a Bellas Artes cuando supo que abrirían la Escuela de Teatro, después de viajar durante diez años por el Chocó, Brasil y el Caribe, atraído por la cultura negra y los ritos religiosos afroamericanos, y después de haberse vinculado al Movimiento de Teatro Independiente de Argentina. Desde su regreso a Cali hasta su muerte en 2003, con tan solo una breve interrupción que le sirvió para vivir en París y conocer a su compañera, Jacqueline Vidal, estuvo al frente de la Escuela de la que surgió el TEC de Cali.

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Enrique Buenaventura no tuvo formación como dramaturgo. Aunque había estudiado Filosofía y Artes Plásticas en la Universidad Nacional de Bogotá, su acervo intelectual se lo dieron los viajes. De su paso por el Caribe y de su interés por el folclor y las tradiciones orales extraería la materia prima de su dramaturgia. Hacia 1958 llevó al escenario la primera de las muchas versiones que haría de A la diestra de Dios Padre, el cuento de Tomás Carrasquilla.

Las adaptaciones y las obras de su autoría alternarían con el repertorio clásico y los montajes modernos. Siguiendo el ejemplo de las vanguardias europeas, la Escuela de Teatro de Cali buscó la colaboración de importantes artistas plásticos para el diseño de los carteles, las escenografías y el vestuario de las obras. Nombres memorables que quedaron ligados a sus producciones, entre ellos los de Enrique Grau, David Manzur, Antonio Roda, Pedro Alcántara Herrán y Hernando y Lucy Tejada. Si Cali estaba a punto de volverse un foco de creación y experimentación, la Escuela de Teatro, transformada en 1963 en el TEC, Teatro Escuela de Cali, y en 1969, independizado de Bellas Artes, en el Teatro Experimental de Cali, sería uno de sus lugares emblemáticos.

Una escena de la obra La importancia de estar de acuerdo, de B. Brecht, del TEC, montada en 1969. / Archivo Particular

El traslado del TEC a la casona del centro de Cali y la ruptura con Bellas Artes se debió al intento de cambiar a los directores de la escuela de arte y a la expulsión de Enrique Buenaventura y de otros profesores, acusados de incapacidad administrativa e inmoralidad. Gracias al dinero de varios premios que habían ganado en festivales y a una función-rifa, en la que se repartieron cuadros donados por importantes artistas, consiguieron el dinero para comprar una nueva sede.

Sin apoyo institucional y solo con lo recaudado en taquillas y las obras vendidas, empezaron a rodar de forma autónoma.
Un grupo que fluctuaba entre los 14 y los 19 actores se reunían en la nueva sede a investigar, ensayar y orientar las actividades del tec. Allá almorzaban cada mediodía, y por temporadas sus habitaciones servían de hogar para uno que otro actor de la compañía. Aunque no surgió como un ideal de vida comunitario al estilo de los Diggers de San Francisco o el Living Theatre de Nueva York, en el tec se forjó un grupo sólido de actores que a partir de los setenta se convertirían en una referencia internacional del Método de Creación Colectiva.

Para ese momento ya había una gran complicidad entre el tec y La Casa de la Cultura (luego convertida en el Teatro de La Candelaria). Sus respectivos directores, Enrique Buenaventura y Santiago García, hacían intercambios, dirigiendo uno la compañía del otro y estableciendo un puente entre Cali y Bogotá que fortaleció el nuevo movimiento teatral del país. Siguiendo el espíritu crítico del teatro de vanguardia, tanto La Candelaria como el tec abordaron los problemas de la realidad colombiana, y desarrollaron un teatro politizado que buscó un acercamiento con los sindicatos, las industrias, las universidades, las cárceles, los hospitales y las comunidades campesinas.

En los sesenta, con obras como La trampa o las adaptaciones de Ubu Rey y Tirano Banderas, obras de Alfred Jarry y de Valle-Inclán, Buenaventura realizó críticas a las dictaduras y a los regímenes militares. En otras, como Soldados –basada en un texto de Carlos José Reyes, a partir de fragmentos de La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio–, La denuncia o Los papeles del infierno, se metió de lleno en el tema de la violencia en Colombia. La extravagancia anárquica de Jarry, el esperpento de Valle Inclán y el compromiso épico y revolucionario de Bertolt Brecht serían influencias determinantes en sus textos y puestas en escena. El teatro moderno despertaba en Colombia, y para 1970, además del tec y La Candelaria, se habían fundado el Teatro La Mama, el Teatro Popular de Bogotá, el Teatro Acto Latino, El Alacrán y el Teatro El Local.

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Los jóvenes con vocación literaria llegaban a los escenarios. El camino de la bohemia conducía a la política de izquierdas y al teatro. Fue lo que ocurrió con Andrés Caicedo, precoz dramaturgo que, por sugerencia de Buenaventura, se vinculó al tec en 1970. Allí no solo alcanzó a figurar en tres montajes, dos como actor –uno de ellos fue Seis horas en la vida de Frank Kulak, sobre un excombatiente traumatizado de Vietnam– y otro como asistente de dirección, también fundó su legendario Cine Club. Después de dejar el grupo, Caicedo trasladaría su programación a Ciudad Solar, primero, luego al teatro Alameda y finalmente al San Fernando.

De su paso por el tec –cuenta el libro que publicó sobre su vida Alberto Fuguet– a Caicedo le quedó un enamoramiento trágico y el sabor iniciático de la marihuana. Se alejó de los escenarios para dedicarse a la crítica de cine y a la literatura, mientras el tec iniciaba una de sus etapas más fértiles. A partir de 1971, Buenaventura asimilaría y desarrollaría el Método de la Creación Colectiva, una manera de hacer teatro que había popularizado el Living Theatre en 1968, con su obra Paradise Now, en la que ya no era un director con un libreto quien determinaba cómo se montaría una obra, sino una comunidad de artistas improvisando y experimentando hasta darle forma al gesto y sentido a las acciones.

Divididos en comisiones, los actores investigaban algún tema y luego, sobre el escenario, improvisaban hasta hallar imágenes precisas que anudaran la secuencia dramática. Para La denuncia, por ejemplo, una obra sobre los debates que lanzó Jorge Eliécer Gaitán en el Congreso referentes la matanza de las bananeras, una comisión de actores leyó los periódicos de la época, otra investigó la historia de la United Fruit Company y otra más escarbó en los anales del Congreso. Entre todos recopilaban la información que luego se traducía en acciones sobre el escenario. Buenaventura escribió mucho sobre su método y dio talleres en varias ciudades de Colombia, además de Cuba, España, San Francisco y Nueva York.

Los referentes modernos y cosmopolitas le sirvieron para hablar de la historia de Colombia y de Latinoamérica, replicando en el teatro lo que estaba ocurriendo en la literatura y la pintura.
Heredero de la vanguardia, el tec mostró que lo más viejo también era lo más nuevo, y que para revitalizar el espíritu moderno era necesario empaparse de las leyendas vernáculas. Hasta el día de hoy, con más de 50 años de historia, la compañía sigue trabajando en su céntrica sede de la capital del Valle del Cauca.

(Nota: Agradezco a Carlos José Reyes, a Sandro Romero Rey y a Carlos Bernal la valiosa información que dieron para escribir esta reseña).

*Escritor

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