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El teatro insolente de Rodrigo García

El dramaturgo hispanoargentino ha sido descrito como corrosivo, implacable, simbólico. Hoy es considerado uno de los principales directores experimentales de Occidente, pero su obra sigue igual de potente a cuando lo acogía el anonimato: un grito desgarrado que pretende sacudir conciencias en cada frase e imagen.

2015/09/16

Por Verónica Ramírez Muro* Madrid

Las asociaciones de protección de animales lo tienen en la mira. En los últimos meses, los montajes de Rodrigo García han sido noticia porque introdujo un pez en una licuadora y cuatro hámsters en un acuario. Ningún animal murió, pero esta última escena, de Arrojad mis cenizas sobre Mickey (2006), junto a otra en la que aparecen cuatro ranas impregnadas de barro blanco, tuvieron que ser eliminadas. El Centro Dramático Nacional de España, donde se estrenó la obra en junio pasado, no estaba dispuesto a afrontar la multa que podía ir de 600 a 100.000 euros.

Donde sí muere un animal por exigencias del guion es en la performance de 25 minutos de duración Accidens, Matar para comer (2004). Desde su estreno en Italia ha viajado por Portugal, España, Polonia y Francia, donde este año se llegaron a recolectar más de 20.000 firmas para cancelarla. En Accidens, el protagonista sacrifica un bogavante, lo parte por la mitad y lo cocina a la plancha. “Sois rematadamente tontos”, escribió García en su página web. Quiso decir: no han entendido nada. Su bogavante era el único crustáceo de los cien mil (por decir una cifra) ingeridos al día en el mundo que tuvo la oportunidad de morir por una “causa poética”.

El reclamo pretendía algo más profundo: reflexionar sobre la fragilidad de la vida, la proximidad de la muerte, a raíz de un accidente de auto que casi acaba con la vida del autor hace algunos años. Hay que tener mucha imaginación / y yo no la tengo / para temblar / ante la idea de la muerte / abriendo una lata de albóndigas en salsa / en la cocina de casa. Este es parte del texto que puede leerse en una pantalla gigante mientras el protagonista se come el bogavante recién frito acompañado de una copa de vino blanco.

Madrid, principios de los noventa

En el Madrid de principios de los noventa, las obras de Rodrigo García se estrenaban en las ahora míticas salas Pradillo y Cuarta Pared. Si bien estas salas lograron que artistas de distintas disciplinas se encontraran y lograran estrenar el teatro más experimental del momento, la afluencia de público era escasa y las obras, incomprendidas. Acera derecha (1989), Prometeo (1992) y Notas de cocina (1995) se movían en un circuito off donde el nombre Rodrigo García se pronunciaba bajito, como quien compartía un secreto peligroso. Al salir, quien se quedaba hasta el final de sus obras podía tener la sensación de haber comido una tarántula crujiente o un huevo centenario. No sabía si le gustaba o no, pero la experiencia le había resultado fascinante.

Desde sus primeras obras Rodrigo García se propuso romper el formato teatral. No había llegado a Madrid para ser el director de grandes obras escritas por los grandes dramaturgos de la historia teatral universal. No soñaba con hacer un Hamlet o Muerte de un viajante. Buscaba su propio lenguaje (una “caligrafía propia”, como dijo alguna vez en una entrevista) en textos donde los protagonistas usaban su propio nombre (o ninguno) y ni siquiera dialogaban sino que escupían palabras aparentemente inconexas más propias de la escritura automática surrealista y de la expresión corporal que del teatro, digamos, clásico.

G: Mi nombre es estúpido y yo soy estúpido
C: Tu silencio es estúpido
M: Tu presencia es estúpida
C: Tu cara estúpida por las mañanas
M: La mirada estúpida frente a la taza estúpida
G: La mesa y el gato estúpidos

Así arranca Notas de comida. Las letras G, C y M corresponden a los nombres de los actores porque, según aclara en la recopilación de obras suyas Cenizas escogidas. Obras 1986-2009, “describir un espacio, crear personajes, llenar el texto de acotaciones: algo que nunca debería hacer”.

Rodrigo García formaba parte de un grupo de chicos que hacía cosas raras con dos duros. Para compensar, había que ganarse el pan como creativo en una agencia de publicidad: “Pero el 4x4 y la familia me parecían inaceptables como biografía definitiva”, dijo en otra entrevista. De pronto, el público empezó a sentirse atraído. Que hablen mal o que hablen bien, pero que hablen. En su caso, casi siempre hablaban mal de obras como Protegedme de lo que deseo (1997), que empezaba con un monólogo en el que el actor amenazaba con hablar durante diez horas (“Yo también me siento cansado vapuleado torturado desde por la mañana temprano a primera hora torturado”). O Conocer gente, comer mierda (1999), donde los actores comían patatas fritas y leían el Eclesiastés (“vanidad de vanidades, todo vanidad”). Luego vomitaban al lado del libro sagrado y continuaban la lectura como si nada. En la obra también aparecía una chica que ponía tomates en un tocadiscos (sonaba “Earth”, “Wind and Fire”) y luego los freía en una sartén junto a un oso de peluche que terminaba chamuscado.

Programación
Funciones de "Arrojad mis cenizas sobre Mickey" Lunes 21 de septiembre, Auditorio León de Greiff, 3:00 p.m. y 8:00 p.m. 
 
Conferencia "Poéticas de creación"
Martes 22 de septiembre, 7:00 p.m., Billares Londres
 
Funciones de "Accidens+Flame"
Jueves 24 y Viernes 25 de septiembre, 8:30 p.m., Mapa Teatro

Las cosas no iban tan bien, pero (y esto es algo en que la crítica y el público sostienen de manera unánime) el sentido de la persistencia y coherencia de Rodrigo García, ese grito desgarrado que pretendía sacudir conciencias en cada frase o imagen, nunca decayó aunque las butacas se quedaran vacías.

Fueron precisamente Conocer gente, comer mierda y Aftersun (2001) las dos obras que presentó en Buenos Aires, las obras que cambiaron el rumbo de su historia. Al teatro asistieron cinco espectadores: un amigo, su padre, su madre y Vincent Baudriller, del Festival de Aviñón, y ese monstruo de la danza contemporánea, la alemana Sasha Waltz. Ambos se acercaron al final del espectáculo –el escenario repleto de restos de comida, los actores como si acabaran de correr 42 kilómetros– e invitaron a García a trabajar con ellos en las condiciones soñadas. Es decir, presupuesto para hacer lo que le viniera en gana.

El chico de Yparraguirre


Rodrigo García nació en Argentina en 1964. En 1989 fundó la compañía La Carnicería Teatro. En la página anterior: una escena de la obra Arrojad mis cenizas sobre Mickey (2006).

A Rodrigo García el teatro lo asalta por sorpresa. Nació en Argentina en 1964 y pasó su infancia y adolescencia en el barrio de Yparraguirre de Grand Bourg, donde los chicos aspiraban más a ser vándalos que dramaturgos. Durante el día trabajaba en la verdulería y carnicería de sus padres (probablemente, de ahí el nombre de su compañía: La Carnicería) y con los pocos pesos que ganaba o sustraía de la caja registradora empezó a consumir todo el teatro y el cine posibles. Vio espectáculos deslumbrantes, envidiables, como el Yerma, de Víctor García, y Wielopole, Wielopole, de Tadeusz Kantor, tótems del teatro experimental, y también lo que hacía Eduardo Pavlovsky, entre tantas otras obras que le quedaron grabadas a fuego.

De su etapa de formación le vienen todas esas influencias que repite en entrevistas y que el ojo entrenado o el más diletante de los espectadores podría detectar en sus obras. Samuel Beckett, Heiner Müller, Thomas Bernhard o Luis Buñuel. Borges y Céline. Más tarde artistas plásticos como Bruce Nauman, Jenny Holzer o Paul McCartney. Seducido por el arte contemporáneo, llegó un momento en que García se convirtió en habitual en las ferias, sobre todo de Documenta de Kassel y la Bienal de Venecia. Los artistas conceptuales complementaban su sentido de la expresión. Hasta que, en uno de esos procesos invisibles como la digestión, se dio cuenta de que ya no quería depender tanto de la palabra, de una estructura, de un guion (que por otra parte nunca había escrito de la manera Interior/ Noche habitual). El arte le dio mucha más libertad expresiva, lo mismo que la danza: Jan Fabre, Jan Lauwers, Pina Bausch.

El chico de Yparraguire, que ya no era tan chico, se alimentaba de todo, como se alimentan de todo los protagonistas de sus obras, donde se encuentra una constante crítica al exceso gastronómico. En Compré una pala en ikea para cavar mi tumba (2002) los tres protagonistas se sientan en una mesa y observan una lasaña congelada como quien ausculta un extraterrestre. Se comen el relleno y la masa congelados, luego regurgitan la mezcla, la vuelven a comer, se la tiran en la cara, en la ropa.

Así es Rodrigo García, que desde hace diez años dice trabajar de manera muy intuitiva. Elige a los actores, con quienes desarrolla los temas que le interesan, las cosas que le preocupan. El teatro como acción social. Y así nacen imágenes como las de un actor bailando con dos conejos (Aftersun, 2001) o los actores pateando panes de Gólgota Picnic (2011) que, por cierto, recibió feroces críticas de los cristianos conservadores porque un pianista desnudo interpretaba Siete últimas palabras de Nuestro Salvador en la Cruz, de Haydn. Aunque lo que les causó verdadero enfado es que compararan a Cristo con un perro, un terrorista y alguna otra cosa más.

Rodrigo García es corrosivo, implacable, simbólico, poético, insolente e imparable lanzando dardos y creando imágenes siempre perturbadoras y muchas veces desagradables. Lo hace desde el lugar donde habita la rabia, desde el enfado, desde la crítica a la hipocresía, a la conformidad, al consumismo, al absurdo cotidiano. Ha estrenado en medio mundo, en Francia lo adoran, lo invitan a los mejores festivales de teatro, ha ganado el Premio Europa Nuevas Realidades Teatrales, escriben sobre él, le publican libros. Incluso los críticos, que antes le resultaban esquivos, lo envuelven en argumentos de densa justificación.

Nada de eso debe importarle. En un mundo donde todo puede ser arte, no existe un criterio objetivo para calificar o descalificar su obra. Lo amas o lo odias. Mientras algunos espectadores se retuercen en sus butacas de la incomodidad y otros quedan estupefactos y conmovidos, Rodrigo García seguirá fabricando nuevas imágenes, más chocantes si caben, para romper algo, cualquier cosa. En Daisy, su último montaje, el sonido de muchas cucarachas juntas moviendo sus antenas acompaña otra imagen todavía más desconcertante: una tortuga intentando huir de un tambor convertido en acuario. De momento, ninguna asociación protectora de cucarachas se ha pronunciado al respecto. Quizás lo haga la de las tortugas.

 



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