Lady Mary, la hija mayor de los Crawley, interpretada por Michelle Dockery.

El club de los poderosos

Pedirle a una serie que tome partido por los débiles, o que indague y sea equilibrada con el pasado histórico, parece ser una idea descabellada. Sin embargo, 'Downton Abbey', la serie más vista en la historia reciente de la televisión inglesa, ha desatado una serie de críticas por su débil tratamiento del colonialismo británico.

2015/06/19

Por Andrea Cadelo* Londres

Con las implicaciones que trae el hundimiento del Titanic a la dinastía Crawley, una familia aristocrática inglesa, dueña de Downton, un enorme latifundio en Yorkshire, Inglaterra, comienza la serie de televisión de más alto rating en la última década en el Reino Unido, y una de las series más vistas alrededor del mundo. La serie más nominada en la historia de los Premios Emmy y ganadora en diversas categorías, entre ellas, la de mejor miniserie de televisión, mejor guión y mejor director.

A bordo del Titanic viajaban los dos herederos de la dinastía cuyo título detentaba el Conde de Grantham, Robert Crawley. El conde y su multimillonaria esposa estadounidense, Cora, tenían tres hijas: Mary, Edith y Sybil. De acuerdo con las leyes de primogenitura británicas –vigentes hasta 1925–, las mismas que Charles Darwin hubiera definido en el siglo xix como contrarias a la selección natural, las mujeres no podían heredar ni título, ni tierra; de ahí que la muerte simultánea de los dos varones en línea de sucesión dejara, de repente, a la dinastía sin heredero. Por fuerza, la herencia y la fortuna de la familia pasarían entonces a manos de un primo distante de la familia y futuro marido de Mary.

Poniendo de manifiesto, a través del tema de la herencia, la estructura patriarcal y feudal aún vigente en Gran Bretaña en los albores del siglo xx, comienza esta serie que intenta, por medio de sus numerosas e intrincadas tramas, tematizar el cambio que supone la consolidación de un orden moderno, burgués, capitalista, a expensas de los remanentes de un sistema aristocrático feudal. Recreando el impacto que diversos hechos históricos ocurridos entre 1912 y 1924 tienen sobre la vida de los Crawley y sus sirvientes –Primera Guerra Mundial, Gripa española, Guerra de Independencia Irlandesa y formación del Estado Libre de Irlanda, Masacre de Amristar, inicio del sufragio femenino, consolidación del Partido Laborista como fuerza política, Putsch de Múnich, el inicio de la radio como fenómeno social y cultural, entre otros–, la serie sugiere que a la par de los desafíos económicos que se presentarían para latifundios como Downton, forzados a adaptarse a las leyes del mercado o a desaparecer, se iría dibujando un nuevo orden social. Frente a la tradicional estructura patriarcal, en cuyo funcionamiento la castidad femenina jugaba un papel central, y en la que cada quien ocupaba un lugar predeterminado por el nacimiento, se iría configurando un tejido social, teóricamente asentado en la meritocracia. Así mismo, el valor de la mujer se extendería más allá del útero y del ámbito doméstico, al ámbito político.

Si la serie explora los cambios de la transición entre un antiguo régimen, regulado por los valores de la aristocracia, y uno moderno, regulado por los de la burguesía, la trama se encarga de mostrar cómo ambos órdenes están profundamente imbricados. Más que dos clases contrapuestas, aristocracia y burguesía aparecen como un único grupo social, formado a través de alianzas matrimoniales en las que se funden el capital simbólico de la primera y el capital económico de la segunda. Precisamente este era el caso de la dinastía de los Crawley, expresión en sí misma del hecho de que los grandes latifundios, como el de Downton, habrían ya colapsado, de no ser por el capital que el nuevo orden burgués capitalista les inyectaba. Gracias al matrimonio del Conde con Cora, cuya fortuna su padre la había forjado a pulso, Downton se había salvado de desaparecer a finales del siglo xix. Igualmente, de ese nuevo orden burgués provendría el dinero que, tras la Primera Guerra Mundial, salvaría a la hacienda por segunda vez. Así como en el lecho nupcial de los Crawley aristocracia y burguesía convivían, se enlazaban también las dos naciones que, en la serie, representan por excelencia el pasado y el futuro, el viejo orden y el nuevo: Inglaterra y Estados Unidos. La familia Crawley es entonces una metáfora del mensaje central de Downton Abbey: que la relación entre el viejo y nuevo orden, y entre sus representantes por excelencia, Inglaterra –o de manera más amplia el Reino Unido– y Estados Unidos, es no solo íntima como la de un marido con su mujer, sino indisoluble como la de una madre con sus hijas. En la sociedad, como en la familia Crawley, la interdependencia del viejo y nuevo mundo, del viejo y nuevo orden, posibilita el futuro. Así pues, más que el ocaso del viejo orden, se trata de la configuración de uno en el que la tradición y la modernidad llegarán a nuevos acuerdos; como la Condesa viuda acertadamente sostuviera: “la aristocracia ha sobrevivido no precisamente por su intransigencia”.

En la serie, ambos órdenes son representados de manera positiva, y la élite concebida no solo como el motor fundamental de la historia, sino como un actor bien intencionado, cuyos actos repercuten en el bienestar de toda la sociedad. La relación entre patronos y siervos, central en el orden aristocrático feudal, aparece idealizada al interior del castillo de Downton. Los Crawley, desde los más conservadores hasta los más rupturistas, no podrían haber sido señores más compasivos y preocupados por el bienestar de sus sirvientes; éstos, a su vez, trabajaban a gusto y estaban unidos a ellos por vínculos de afecto. Pese a estar ampliamente documentada la opresión en la que la servidumbre doméstica vivía en la época y las burlas y abusos que recibía, la serie la invisibiliza, además tiende a representar como tramposos y desleales a los siervos insatisfechos con su condición. Esta serie endulza también la resistencia, de ahí que, el siervo más disidente, el chofer irlandés, socialista y partidario de la independencia irlandesa, termine casándose con la hija menor de los condes, incorporándose a la familia, y afirmando que, si bien no es uno de ellos, “los quiere mucho”.

A su vez, los señores son representados como el motor fundamental de las transformaciones sociales y políticas. Son ellos, y no los subalternos, los proclives a subvertir las jerarquías y a alentar la movilidad social. El camino hacia la consecución de los derechos políticos de la mujer no es labrado de manera colectiva, sino gracias al coraje de las mujeres de clase alta, como Edith, quien alza su voz para escribir en un periódico local a favor del voto femenino. En últimas, la suegra de Mary, sin duda el personaje más crítico de la serie, lo dice claramente: “todo el mundo sabe que los siervos son más reaccionarios que los señores”. Y, en efecto, en la serie no hay un personaje más reaccionario que el mayordomo. Adicionalmente, en este nuevo orden que empieza a configurarse, la serie es clara en sugerir que el futuro de los subalternos sería promisorio: les aparecen herencias, pueden hacer inversiones; si estudian y quieren, ascienden, como el criado que de servir en la mesa de los Condes pasa a trabajar en la cocina del Ritz.

En definitiva, construyendo una visión idílica de la historia, esta serie solo puede contribuir, en el presente, al mantenimiento de un orden establecido, cuya inequidad salta a la vista incluso del más desprevenido observador. A la inmovilidad en el presente contribuye también el hecho de que su discurso sea completamente cómplice del colonialismo: un tema, no solo central e insoslayable para cualquier abordaje histórico que del Reino Unido pretenda hacerse, sino crucial para el período en cuestión en la serie, en el que el Imperio británico aún se explayaba a todo el planeta. No obstante, el tema queda reducido a menciones esporádicas sobre la India, a la formulación de una pregunta en una cena y a la condena de la masacre de Amristar, ocurrida en la entonces India británica, en uno de los tantos eventos sociales que tienen lugar en la serie. La condena, sin embargo, no pasa de resaltar el hecho como un caso aislado de violencia. Reconstruir adecuadamente la recepción de la masacre suponía, como sostiene el historiador Mo Moulton, el haber sacado a relucir lo que otros actores sociales contemporáneos estaban pensando: Mahatma Gandhi y el político laborista británico Ben Spoor. Tanto Gandhi, que entonces emergía como líder del nacionalismo indio, como Spoor, afirmaron que la masacre, lejos de ser un hecho aislado, era expresiva de la violencia sistemática que subyacía al imperialismo británico en la perla de su corona. Teniendo en mente lo que plantea Antoinette Burton, exponente de la llamada “nueva historia imperial”, no sorprende en absoluto que Julian Fellowes, creador de Downton Abbey, no recogiera esa tercera posición o que, por ejemplo, tampoco estableciera conexión alguna entre la riqueza material de la dinastía Crawley y los negocios coloniales.

Como acertadamente Burton esboza, la historia imperial no se produce desde un ‘no lugar’, porque una posición política está ya implicada en la mirada. Precisamente, “desde dónde la veamos, es la cuestión. Desde dónde la veamos, moldea eso que visibilizamos”. Downton Abbey está lejos de ser inofensiva, tal como críticos de medios, entre ellos Polly Toynbee y Viv Griskop, o académicos, como Hamid Dabashi y Gail Dines, han señalado. El problema reside en que lecturas como las de Fellowes, imposibilitan tematizar la desigualdad como algo que va más allá de la pereza individual. Igualmente, la movilización a escala global de lecturas como la suya, dificultan el surgimiento de una reflexión seria en torno a la responsabilidad de las viejas metrópolis, de emprender políticas de reparación por su pasado colonial. Considerando que Downton explora el pasado desde el presente, tampoco resulta baladí que en el nupcial de los Crawley participaran, precisamente, Inglaterra y Estados Unidos, y que se fundieran justo cuando la primera fuera el centro del imperio más grande del mundo y el segundo estuviera en ciernes de convertirse en el más poderoso imperio de todos los tiempos. Teniendo en cuenta que cada uno de los órdenes –el viejo y el nuevo– son concebidos de manera tan positiva, no cabe duda de que el lecho nupcial de los Crawley es sintomático de la posición que deben jugar en la historia, a juicio de Fellowes, por un lado, las élites y, por el otro, las metrópolis.

Mientras tanto, en el corazón de un imperio en el que no se ponía el sol, como en la modernidad temprana tampoco se había puesto en el español, los compasivos señores de la dinastía Crawley y sus agradecidos siervos celebran la llegada de la radio al castillo, escuchando juntos al rey Jorge V inaugurar la Exhibición del Imperio Británico, el 23 de abril de 1924.



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