Daniel Samper Pizano

La curiosa historia de Dejémonos de vainas

Las cosas surgen a veces de la manera más extraña.

2015/06/18

Por Daniel Samper Pizano

A mediados de 1970, cuando era yo un cachorro de periodista en El Tiempo, recibí la misión de escribir todos los días una breve nota sobre problemas de Bogotá para las páginas editoriales. Era difícil pensar en ese momento que, además de inaugurar una columna de prensa –Reloj–, se estaba sembrando la semilla de Dejémonos de vainas, comedia que constituyó parte esencial de la televisión colombiana durante buen tramo de los años ochenta y noventa. El que menos podía sospecharlo era yo, que nunca fui televidente fiel –salvo de partidos de fútbol– y que estaba destinado a vivir fuera del país durante 12 de los 14 años y siete meses que se transmitió DDV.

La transformación de una columna editorial en comedia costumbrista, y de su autor en argumentista de televisión, ocurrió cuando Reloj completaba casi quince años en su diario encuentro con los lectores. Para entonces, la sección no solo se ocupaba de asuntos locales, sino que comentaba temas ecológicos y políticos, chapoteaba en la agenda internacional, había sido premiada por sus trabajos de investigación y publicaba una o dos columnas semanales salpimentadas con humor. Muchas de estas relataban las peripecias cotidianas de una familia de clase media –la mía–donde revoloteaban tres hijos.

De allí se prendió Bernardo Romero Pereiro, inolvidable libretista, para proponerme el que parecía ser el mejor negocio del mundo: él recogería algunas de las anécdotas que yo inventaba en mi columna a partir de la vida real y las convertiría en libretos para crear una telecomedia familiar que llevaría el título de un libro mío. A cambio, me entregaría todos los meses un cheque más gordo que el de mi sueldo. “Sin hacer nada más”, dijo Romero con el mismo tono tentador con que le venden al bobo el falso billete de lotería premiado.

Firmé sin vacilar. Era el sueño de todo mortal: ganar plata honradamente y sin trabajar.

El sueño duró poco. Al cabo de cinco meses Bernardo me buscó. Los índices de sintonía revelaban que DDV era uno de los programas favoritos de la audiencia. La familia Vargas –Juan Ramón, Renata y sus hijos– formaba ya parte del folclor popular urbano, como los personajes de Yo y tú y de Don Chinche. Pero se habían acabado los temas de la columna. La alternativa era simple: o me ponía a escribir cada ocho días una historia divertida de la familia Vargas, o se acababa la serie

Pudo más la responsabilidad social con el público colombiano que la comodidad ociosa, y nací con fórceps como argumentista de televisión. Al alimón con Romero, escribí historias para la TV hasta septiembre de 1998, cuando se crecieron definitivamente los niños y nos dejamos de vainas. Fueron 738 episodios y 14.700 páginas de libretos que se nutrían de lo que veía, leía, recordaba, me contaban o inventaba.

Lo hice casi siempre desde España, lo que me permitió entender que no es preciso dormir en la cocina para ser cocinero. O, como dijo Serrat, “de lejos dicen que se ve más claro”. Hasta en la tele.


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