Ru Paul's Drag Race

El resto es drag

Con el programa RuPaul’s Drag Race, del canal Logo, la escena drag queen ha dejado de ser exclusiva de los bares gay. Ahora es un fenómeno naciente de la cultura pop estadounidense. ¿Qué se gana y qué se pierde con este paso de lo underground a lo mainstream?

2014/06/20

Por Giuseppe Caputo*

Nueva York, 1987: en un bar recóndito de Harlem, una veintena de drag queens se re-úne para organizar un ball –una competencia, según explican los entrevistados del ahora clásico documental Paris is Burning, en la cual puedes ser todo lo que quieres ser–: “Como si entraras al País de las Maravillas”, dice uno, Pepper LaBeija, “y pudie-ras sentirte enteramente con-tento de ser gay. Es algo que no ocurre en el mundo”.

Este documental muestra cómo, a pesar del ambiente competitivo, los balls propician la formación de familias alternativas: las drag queens pueden volverse, entre sí, hermanas, hijas o madres. “He visto que muchos niños se quedan sin padres cuando salen del clóset”, dice LaBeija. “Los echan de la casa y a mí me buscan para que llene ese vacío. Me vuelvo su madre. Una familia drag es como una pandilla, pero gay. Mientras que la pandilla gana prestigio en peleas callejeras, la familia drag lo gana en los balls”.

 

Durante estas competencias, las drag queens desfilan, bailan, cantan. Simulan que cantan, con una pista en el fondo –esto, en inglés, se llama lip-sync, por la sincronización de los labios con la canción que está sonando– y posan. Posan como modelos de Vogue, integrando estas poses a un movimiento corporal, a veces angular, a veces rígido. “Lo que para el resto de la sociedad es el fútbol, los deportes”, dice LaBeija, “para nosotros son los balls. Es lo más cerca que estaremos de los Óscar, de las luces y de la fama”.

Los Ángeles, 2014: RuPaul Charles está a punto de coronar a una nueva super-estrella drag en The Ace Theater, en pleno centro de la ciudad: asisten al evento casi dos mil personas; lo verán en diferido –por televisión, apps y el sitio web de Logo TV– millones. Antes de salir al escenario, se oye una voz que dice: “Damas y caballeros, y demás 54 opciones de género que ofrece Facebook, demos la bienvenida al gran y al único RuPaul”. Aparece, entonces, la drag queen más famosa de los Estados Unidos –del mundo, acaso– y recibe una ovación. Al rato dice a los concursantes de la sexta temporada de su programa, RuPaul’s Drag Race: “Caballeros, enciendan sus motores. Y que gane la mejor mujer”.

Este reality empezó en el 2008 y es el programa de mayor rating del canal. La drag race –la carrera o competencia entre drag queens– sigue la tradición de Paris is Burning (el documental, de hecho, es mencionado por RuPaul permanentemente) y consiste en encontrar, temporada a temporada, a la nueva superestrella drag de los Estados Unidos. Para ello, RuPaul –podemos decirle él o ella, le da igual– hace las veces de presen-tador, mentora y madre de los concursantes. Y los concursantes, a su vez, tienen que superar pruebas cada semana, que van desde la imitación de celebridades a la confección de vestidos de alta costura, pasando por la preparación de rutinas de comedia y de musicales.

Un episodio típico de RuPaul’s Drag Race tiene, más o menos, la siguiente estructura: los concursantes entran al estudio –los vemos en camiseta, bermuda, jeans– y reciben un mensaje de RuPaul, que anuncia el reto de la semana. Enseguida aparece él –en este momento lo vemos en pantalones y chaqueta, enseñando su calva–, saluda a los concursantes, les explica en detalle lo que tienen que hacer. Todos se ponen a trabajar. A medida que el programa avanza, vemos el proceso de su transformación. Después, en la pasarela, aparecen todos –tanto RuPaul como los concursantes– mostrando cómo quedaron, “la magia”, como suelen decir. Los jueces evalúan el maquillaje los vestidos, para terminar escogiendo tanto a la mejor drag queen de la semana como a las dos peores, quienes compiten en una batalla de lip-sync para quedarse, al menos, un episodio más. Al final, RuPaul repite su ya clásica frase: “Y recuerda esto: si no puedes amarte, ¿cómo diablos quieres que te ame otra persona?”.

Cada programa es prácticamente una lección de lo que es ser una drag queen. En palabras de RuPaul: “Una drag queen puede ser una mujer barbada. Una sirena. Una chica de bar o una comediante. Política y políticamente incorrecta. Underground y excéntrica. Punk y mainstream. Y puede iniciar una revolución. Ser una drag queen es ir por la vida sin pedir disculpas”. Cada programa, también, contiene interesantes debates de género. En medio de declaraciones polémicas de las concursantes –“Esto es una competencia entre drag queens”, dice, por ejemplo, Bianca Del Río. “Lo único peor es la cárcel”– y comentarios divertidos –“Entre más grande el peinado”, dice Alexis Mateo, “más cerca estaré de Dios”– escuchamos a otras, como Courtney Act, criticar cualquier pensamiento normalizante relativo al género: “El mundo tiende a polarizarlo todo, a pensar en términos binarios: es blanco o es negro, es hombre o mujer. Y todo está siempre en un terreno medio. Amo el drag porque se niega a ser encasillado. El drag es todo y nada”.

Así mismo, y a partir de la expresa voluntad de una gran mayoría de concursantes de querer parecer “princesitas”, surgen preguntas desde el feminismo: ¿en qué tipo de mujer se transforman estos hombres? ¿Es o no contradictorio que lleven a cabo semejante metamorfosis para terminar cayendo en el mismo género binario, para terminar pareciendo unas Miss Universo? Sea cual sea la respuesta, no son pocos los académicos que consideran que un episodio de RuPaul’s Drag Race puede explicar mejor que nadie el argumento de Judith Butler en El género en disputa: que el género y el sexo son el resultado de actos performativos. O como dice RuPaul: “Nacemos desnudos, el resto es drag”.

En veinte años, la escena drag de los Estados Unidos se movió del margen al centro: impresiona el poco tiempo que ha pasado entre el rodaje de Paris is Burning y la primera temporada del programa de RuPaul: escasos veinte años entre la resignación y la desesperanza de los primeros, y la visibilidad y el poder de los segundos. ¿Están dejando de ser los drag queens sinónimo de disi-dencia y otredad? Difícilmente: un hombre que se esconde el sexo entre las nalgas, se maquilla y se pone tacones y pelucas sigue siendo un disidente, entre hombres y mujeres heterosexuales, e incluso entre los mismos gays, que con tanta frecuencia desprecian “lo femenino” y rechazan “las plumas”.

 

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