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0. Acerca del valor de ciertas revelaciones infantiles

2010/03/30

Por Javier Moreno

Hay que empezar en cualquier lugar. Hay que permitir que las historias sean orgánicas, así dicen, y se inicien no en el principio sino en el lugar donde quieran iniciarse. Hay unos mejores inicios que otros, más correctos, más seguros, más comprensibles para todos. Pero si nos interesara la corrección no estaríamos donde estamos. Si nos preocupara la corrección estaríamos en algún punto impreciso entre A y B avanzando tediosamente sin interés alguno en lo que nos espera. Estaríamos convencidos de que las decisiones previas (en particular esa que determinó que camináramos de A a B) nos condenan. Por eso es que las historias no van de A a B y casi que odiamos cuando es así. Nos sentimos insultados en nuestra inteligencia. Decimos, ofendidos, que la vida no funciona de esa manera.

La vida es complicada.

(Aquí usted —sí, usted— se encoge de hombros, me mira y hace cara de "yo sólo estoy aquí", así que sigo.)

En la vida, entremos en materia, los niños no son tan felices como nos gustaría que fueran. En la vida los niños se ponen tristes por pequeñas pero afiladas crueldades escolares, por miedos irracionales a lo desconocido, y por encontrones serios con las preocupaciones del mundo adulto que en ese momento lucen como amenazas inmensas a la aparente inmortalidad diaria. Pienso en peleas, conflictos, muertes, enfermedades, salvaciones y separaciones, cosas así. Los niños quieren entenderlo todo. Están programados para hacerlo. El cerebro se lo exige. Pero entender es difícil. Entender que no todo es entendible es más difícil todavía. Esa es una gran fuente de tristeza. Alguna se transforma en rabia física. Hay gritos o llanto o destrucción. Otra se enquista y simplemente no se va. O uno cree que no se va porque el tiempo en el mundo de los niños es largo. Todo dura eternidades. Especialmente las cosas malas. Y uno no puede evitar que esas cosas pasen de vez en cuando. Ni siquiera debe.

Actualmente, hay un esfuerzo social grande (y en mi opinión inútil) por exiliar la tristeza de la vida de los niños.

Primero vinieron por nuestras defensas y a punta de prohibiciones (no coma tierra, no corra, no salga, no respire, no meta la cabeza, no juegue con ese animal) nos convirtieron en diligentes fábricas de alergias. Ahora quieren destruir nuestro colchón emocional. Luego vendrán por nuestra voluntad.

Por eso es que cada vez las historias diseñadas para niños son más idiotas. Más condescendientes. Más preocupadas por fragilidades y susceptibilidades que por crear narraciones poderosas que los envuelvan.

Cualquier día de estos, no se sorprendan, nos vamos a despertar en un mundo de adolescentes frágiles, imbéciles y autodestructivos que adoptan tristezas sobreexageradas como estética.

A lo que iba, y sabrán disculpar la obviedad, es a que esos breves lapsos de tristeza infantil sirven a un propósito. Encontrarse de frente con ciertas injusticias y realidades incómodas cuando uno tiene siete años no está del todo mal. El quiste que uno cree que es eterno tarde que temprano se disuelve. De esos golpes nacen impulsos de escapar (o de explorarse por dentro, que es lo mismo) que luego se consolidan en independencias, resoluciones y resistencias. Nadie quiere frustraciones pero la felicidad, y aquí parafraseo a un monstruo come niños así que tomen lo que digo con algo de escepticismo (si no desconfianza), no es siempre la mejor manera de ser feliz. A la larga se necesita más.

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