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1. La preeminencia del azar y sus aplicaciones en el arte del (des)encuentro cotidiano

2010/04/16

Por Javier Moreno

Creo, y este es mi principio teológico número tres, que el azar nos hace cosas. El azar nos controla y guía. El azar decide (¿sabe?) lo que seremos (o lo que deberíamos ser) antes de que siquiera lo sospechemos. El azar crea ventanas de oportunidad para reformar el destino. Cruzar o no la ventana es nuestra elección. Nunca es claro qué hay detrás. El azar implica riesgos. El azar crea una conversación en un tren y luego, de esa conversación, de su ímpetu, nacen escenarios: una ciudad desconocida de calles empedradas y galerías que se materializan y desvanecen al ritmo de lentas caminatas aleatorias; breves momentos imposibles condensados en unas cuantas horas; concordancias y contrastes; la súbita y perturbadora conciencia de que esto tenía que pasar. Qué poco tiempo tienen. Cuánto por hacer, cuánto por preguntar, cuánto por decirse, cuánto por confesarse. La vida es finita y todo se aleja demasiado rápido. Los espacios se vacían. ¡La vida es finita! A veces hay que cerrar los ojos y saltar. Otras veces es suficiente hablar.

Hablar, hablar y hablar hasta que el sueño se termine.

(¿No está todo lo que hacemos en la vida destinado a que nos quieran un poco más?)

Y el tiempo pasa. Nada se detiene. Las horas se agotan y cada segundo es valioso. Cada segundo es uno que se pierde o se gana. Equilibrismo de palabras y silencios. La apuesta es alta, siempre lo es. No hay tiempo de entender. El juego exige en ocasiones cierta urgencia que no deja espacio para análisis ni estrategias más allá de evitar el arrepentimiento de no hacer. Una urgencia que desemboca en ansia primaria de intercambiar, decir y tocar; de saber ante qué están y por qué los afecta así, por qué los trastorna de esta manera. ¿A dónde los lleva el azar? ¿Cómo saber?

No hay modo.

Pero la incertidumbre jamás debería ser una excusa.

(¿Para qué las promesas?)

El tiempo pasa. Cada vez más rápido. El tiempo los aleja, los arrolla y los pierde. Las probabilidades se acumulan y cada vez un desvío es más improbable. Cada vez ellos (que somos todos, no lo olvidemos) parecen más resignados a ser lo que ya son. El futuro se transforma en algo parecido a una constante. El tiempo pasa y el momento del azar queda atrás. O eso parece. Pero la intensidad del encuentro nocturno aleatorio en la ciudad doblemente aleatoria sobrevive. Es un rumor lleno de preguntas que pueden resonar hasta hacerse insoportables. Qué hubiera pasado de haber hecho lo que no hicieron. Qué sería de ellos si hubieran creído de verdad en lo que sentían. Cuál sería la historia, cuál, si no hubieran renunciado sin tratar. Siempre, desde entonces y hasta hoy, se preguntan qué harían, a dónde serían capaces de llegar, qué estarían dispuestos a sacrificar, si tuvieran otra oportunidad.




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