RevistaArcadia.com

Destruyendo a La Marsellesa

2010/03/30

Por Andrés Gualdrón




Hace poco en clase de “Cine y Política” vi un pequeño corto titulado Eût-elle été criminelle... o Even if she had been a Criminal, del director Jean-Gabriel Péirot. Estrenado en el 2006 en varios festivales internacionales, el pequeño documental, al parecer, se hizo a una suma importante de galardones por su impactante mirada a un hecho particular sucedido en París tras el fin de la Segunda Guerra Mundial: varias mujeres acusadas de ser informantes o amantes de los militares del Reich durante la ocupación Alemana son sometidas al escarnio en la plaza pública ante la mirada gozosa del pueblo, pletórico en furor nacionalista por la reciente liberación de la ciudad.

¿Qué tiene esto que ver con música? Bueno. Sentado en el salón de clases, a oscuras, empezaron a sucederse las imágenes mientras sonaba, muy apropiadamente, una versión de La Marsellesa, himno nacional de Francia. La aceleración de las imágenes de archivo que muestra el corto -en las que se muestran fragmentos visuales de las fuerzas armadas de distintas naciones desplegando su poder- coincide con un gesto musical impresionante que me golpeó de inmediato: las reverberaciones y los diferentes procesos de distorsión y enmascaramiento del himno terminan por generar un continuo sonoro, una masa musical estática de casi 3 minutos de duración en la que el tiempo, al menos el tiempo musical, casi que literalmente se detiene.

Me sentí como alguien que asiste a una nueva modalidad de ordenamiento del sonido y las imágenes y que por esto mismo descubre nuevos horizontes en las posibilidades de percepción de las que él mismo es capaz. Empecé a escuchar como quien mira a un objeto enterrado en el fondo de un lago o rodeado por una niebla muy fuerte; los contornos de la música se distorsionaron hasta hacerse enormemente difíciles de identificar. De la colisión entre el frenesí de lo visual y el rumor confuso de la música no quedó sino el desconcierto. Me sentí en medio de un gran paréntesis.

El corto trae consigo una crítica profunda de un evento político que se articula a través de los juegos visuales y sonoros que lo habitan. Al estar las imágenes cruentas acompañadas por el fervor exagerado de La Marsellesa se pone en tela de juicio cuán ética y justa es la nueva Francia liberada del yugo Nacionalsocialista y qué rezagos de la inhumanidad de la guerra sufre, de todas maneras, en aquél momento. Esto se aprecia particularmente en la segunda versión del himno que aparece en el corto, donde una mujer la interpreta con un fervor tan exagerado que resulta paradójico e incómodo de escuchar, toda vez que ambienta el martirio que se le infringe a las condenadas.

Lo revolucionario del film, sin embargo, no se da únicamente a nivel ideológico: parte de la ruptura que plantea se da en la manera en la que el material musical es distorsionado, cortado, procesado y corrompido. El himno como símbolo ha sido violentado y de él solo queda materia, sonido puro, tiempo detenido durante esos largos minutos de quietud extrema que bajo la máscara de las resonancias logra minar las asociaciones naturales a la política y la historia que de él haríamos. La Marsellesa se ha convertido en un ruido que logra apelar directamente a nuestra memoria, a nuestro inconsciente, a una parte de nuestro pensamiento al que no accedemos regularmente y al que nos acercamos únicamente cuando se genera una ruptura en nuestros esquemas tradicionales de percepción. El film y su música se preocupan no únicamente por plantear un mensaje político disidente. Generan también una nueva forma de articular el discurso audiovisual y con ello levantan una revolución al interior de nosotros mismos; nos abren nuevos caminos para pensar y ver.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.