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Fischer-Dieskau y Johnny Rotten: sus cuerpos al desnudo.

2010/04/14

Por Andrés Gualdrón

En su libro Diary of a Bad Year, el Nóbel Surafricano J.M Coetzee hace una interesante descripción de las características que separan al canto propio del Lied romántico (género por excelencia de la canción en la tradición musical germana) del canto de hoy, en una novela qué, curiosamente, poco tiene que ver con estos asuntos:

"Las cantantes del siglo XIX estaban entrenadas para cantar desde las profundidades de su tórax (desde sus pulmones, desde su corazón), llevando la cabeza en alto, emitiendo un sonido largo y redondo de los que saben conmover. Se trata de una forma de cantar hecha para expresar nobleza moral. En las presentaciones (...) aquellos presentes veían frente a ellos el contraste entre el cuerpo físico y la voz que lo trasciende, emergiendo de él, levantándose sobre él y dejándolo atrás."

El Lied, afirma, nace desde el cuerpo como una representación del alma. Nace como la expresión de una interioridad que a través del lenguaje de la música lograr manifestar las zonas más profundas del espíritu. Toda la descripción que hace Coetzee se ve finamente representada en el ejemplo que pondremos a continuación, aún cuando se trata de un cantante masculino: observamos la nobleza de carácter, la rectitud del cuerpo que contrasta con el vuelo lejano de la voz, la emisión desde la caja toráxica – o sea, la emisión desde adentro–. Las entrañas se vuelven el centro del espíritu, el centro desde el cual opera el alma. Cantar desde adentro no es únicamente una metáfora: es corporalmente lo que en efecto sucede.

El canto de Fiescher-Dieskau, el barítono de música erudita más importante de su generación, es un canto que reconoce una suerte de dualidad entre cuerpo y alma y busca el despliegue de la segunda en, o quizás a través de, la primera. Intenta, a la manera del sentir romántico, acercarse al absoluto, a un suerte de más allá donde el espíritu se ha transformado, donde ha crecido y está cerca de emanciparse de la vida material. Hay en ello una conciencia de las potencias redentoras de lo bello y lo subjetivo frente a lo racional, frente a la vida mundana.

Esta, naturalmente, es tan solo una manera de cantar. Representando otra aproximación completamente diferente tenemos a un tal John Lydon, o Johny Rotten, quién con su banda Sex Pistols se convirtió en el agitador más importante de su generación. Como su apellido artístico lo indica, su manera de cantar no inspira exactamente sentimientos cercanos a lo bello:




La actitud al cantar ha dejado de ser estática. La voz no resuena desde adentro, no crece portentosa por encima del cuerpo. Está atada ineludiblemente al aparato que la produce, a la personalidad del sujeto que la emite y que la vuelve un vehículo no para el despliegue del espíritu sino para la transmisión de un mensaje específico relacionado con la vida real, con el aquí y el ahora. La voz ya no busca resonar en el alma de quien la escucha, puesto que, de plano, no reconoce la existencia de tal cosa. Al negar la melodía, el canto abandona también la idea de llegar a conmovernos o ensoñarnos; busca, por el contrario, violentarnos, despertarnos, hacernos sentir un llamado urgente, hacernos caer en cuenta de nuestra existencia material. No hay en esta voz ni en esta música el mas mínimo asomo de idealismo. En el mundo de la posguerra y de los suburbios ya no hay espacio para las motivaciones humanas ni para las prácticas del cuerpo que de allí se derivan para soñar con el más allá: la pérdida de la inocencia nos ha dejado únicamente la vida real, la crasa materia, la plenitud de cada momento. La técnica vocal es una sola de tantas imposiciones invisibles que nos ha sido legada por una herencia remota, y el experimento del punk implica negar estas y otras tantas convenciones sociales desde la raíz.

El desconocimiento de la tradición del canto y de la melodía implica también el desconocimiento de valores como la técnica y la virtud: habitar el mundo no requiere replegarse respetuosamente a una serie de imposiciones, sino descubrir de ceros cuáles son los propios potenciales, cuál es la propia manera de cantar, cuál es la actitud individual que el cuerpo debe asumir al emitir un sonido. Al decidir ignorar la técnica, el cantante decide quizás hacerse daño; decide rasgar su voz y gritar: actúa en consecuencia con una política de vida en la que el cuerpo no es tratado como un templo. Se sumerge en una liberación de toda regla que, sin embargo, y de antemano lo sabe, puede acabar siendo su propia condena.

El decidir cantar de cierta manera no es distinto del decidir vestirse de cierta manera, bailar de cierta manera o poner en práctica la sexualidad de cierta manera. El canto es una expresión de la cultura en relación con el cuerpo, es un momento extraordinario de unión entre cuerpo, arte y vida. La forma de cantar no da cuenta únicamente de ciertas decisiones alrededor del estilo, de las habilidades o de las capacidades técnicas: da cuenta del denso entramado de condiciones políticas e ideológicas que configuran las diferentes formas de asumir tanto la música como la corporalidad. Un cuerpo estático, contemplativo, que usa todos sus recursos técnicos y tiene plena conciencia de la capacidad de conmover de su instrumento se contrapone a un cuerpo en movimiento, salvaje, donde en la manera primitiva y no educada de emitir la voz pone en evidencia la urgencia y la sinceridad de los mensajes expresados. Sin poner los Sex Pistols por encima de Franz Schubert o viceversa, vemos como en el ejercicio del canto, la relación entre cuerpo y cultura se hace indisoluble y profundamente rica. De haber nacido en otra época, quizás Dietrich Fischer-Dieskau podría haber sido el primer Punk.


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