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Las cartas de Klim

2010/04/20

Por Catalina Holguín





Querido Alejandro:

Repetí este fin de semana la sesión de lectura en voz alta de las columnas y cartas de Klim en compañía de unos amigos, lo mismo que hicimos aquella vez en su casa de campo con la esplendorosa C. y el leal A. En honor suyo y al regalo, leí para mis compañeros nuestra pieza favorita, “Don Alegrías, un verdadero clubman”, carcajeándonos con los improperios de este viejo borracho y asiduo visitante del Jockey. En respuesta a ésta, nuestro amigo S. contestó leyendo una carta del joven Lukas a su papá el General cuando estaba recluido en un internado en Suiza: “Esta mañana, mientras me bañaba, tuve la viril satisfacción de comprobar que en la mitad del pecho me había salido un cabello de doce milímetros. Te lo cuento para que con tu grande experiencia de la vida comprendas la necesidad de tomarme en serio y les comuniques a mis hermanos que de hoy en adelante soy acreedor a su respeto. En primer lugar, por el cabello pectoral; y en segundo término, porque yo conozco grandes ciudades, al paso que ellos no han salido de Bogotá y en materia de agua siguen anclados en el lago de Chapinero”.

No hubiera esperado menor regalo de un aficionado a las letras y a la política como usted mismo lo es, y me place poder tener ahora un as bajo la manga cada vez que alguien, enterándose de que trabajo en el Ministerio, me pregunte por las obras de Eduardo Caballero Calderón. Deseoso de que no olvidemos las glorias literarias nacionales, el Ministerio está rindiendo homenaje a Eduardo Caballero, que en aras de la diversidad no es afro descendiente como Obeso ni paisa como Carrasquilla. Pero al menos a Carrasquilla lo había leído. Ahora podré siempre contestar que Eduardo es fantástico pero que su hermano Lucas es una joya, un verdadero diamante en bruto, y que lástima que no lo homenajeen a él para poder conseguir sus libros y las antologías de sus columnas que publicaba El Áncora hace ya varias décadas. Así, hablando de Don Alegrías de Figueredo y Arbolín podría hacer olvidar a mi interlocutor que no he leído Siervo sin tierra y que las primeras diez hojas de El buen salvaje se parecen tanto tantísimo al “Epistolario de un joven pobre”.

Si algún día se encuentra en aprietos económicos cuando esté en Francia o visitando su alma mater en Oxford, tome nota del estilo de Lukas para persuadir a su padre (de seguro cauteloso con el dinero como todos los padres de familia preocupados por no corromper a sus hijos con dádivas) a que abra su billetera y gire más plata. Es más, casi que yo giraría plata si recibiera unas cartas tan divertidas.

Lo dejo pues con unas frases encontradas en las mismas cartas del Epistolario, para que arranque su día alegremente:

“El ocio es tener aptitud económica para ejercitar a todas horas la pereza”.

“En Bogotá los jóvenes no pueden divertirse; si mucho, atentar contra la estética”.

“Las cartas, por su carácter íntimo, son el vestido de baño de la personalidad”.

“Los franceses dicen: ¡partir c’est mourir un peu! Los bogotanos podemos corregir: llegar es morirse del todo”

¿Se imagina los comienzos de mañana de los fieles lectores de las columnas de Klim entre el 6 de febrero de 1936 hasta el 13 de julio de 1981? Creo que ya empiezo a entender el sentido de humor de mi abuelo.

Esta lectora, más alegre esta mañana que las anteriores, se despide con un fuerte abrazo.
Hasta pronto,

Catalina


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