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Un café con Murid Barguti

2010/04/13

Por Catalina Gómez Ángel



El Escritor Murid Barguti en Granada, España




El mundo de los escritores y poetas árabes es tan desconocido para Occidente como misterioso. Reconozco que cada día me apasiona por conocer a los escritores de esta zona del mundo a quienes se les rinde un homenaje esta semana con la celebración de Beirut39, una iniciativa del Hay Festival que retoma la iniciativa realizada en Bogotá hace tres años, donde se reunirán los mejores 39 escritores menores de 40 años del mundo árabe sobre los que les hablaré la próxima semana. Como preámbulo de este evento les quiero compartir una entrevista con el escritor Palestino Murid Barguti que le hice Granada, España, durante una de las ediciones del Hay Festival. Debido a la tiranía del papel la entrevista nunca fue publicada pero me parece interesante que lo conozcan.



Murid Barguti suele decir que es cuatro años más viejo que el estado de Israel que este año cumplió 62, pero que seguro morirá antes de que las fuerzas de ocupación abandonen su país. Y también suele decir que la muerte lo sorprenderá en un lugar diferente a su patria, como lo han sorprendido la mayoría de eventos importantes de su vida, empezando por la guerra de los seis días en 1967 que lo encontró en Egipto y que lo desterró por siempre de su tierra, Ramala, en Palestina.
De esa tierra donde él dice que creció junto a niños cristianos y musulmanes sin nunca llegar a inquietarse por la religión de los otros. Donde su madre lo esperaba ese fatídico verano del 67 en un apartamento recién remodelado con la esperanza de colgar en el lugar más privilegiado el diploma en Literatura Inglesa que le iban a dar en la Universidad del Cairo. Por aquellos tiempos lo más importante que podía pasarle a una familia palestina era tener un hijo con título universitario. Donde la música, las historias trasmitidas oralmente, el ruido del mercado terminaron por colarse tan profundamente en su alma que no le dejaron otra opción que escribir. Que escribir poesía.
“La poesía que empecé a escribir desde joven fue la manera de lidiar con el problema al exilio, fue mi salvación”, dice Barguti sonriente en la terraza de un restaurante de Granada, España. “En aquel entonces era muy mal poeta, pero necesitaba escribir”. La guerra para Barguti fue como la caída de un avión en donde no se muere pero donde no queda nada con vida alrededor. “En aquel momento sentí furia, no tristeza”.
Su primer libro publicado en 1972 fue el resultado de destruir muchos poemas que había escrito los primeros cinco años de exilio. Sólo hasta el quinto libro, dice, empezó a hacerle honor a la poesía árabe. Hoy tiene 12 publicados y es uno de los poetas más importantes de esta parte mundo. “Odio el sentimentalismo, es una emoción falsa”. No le gusta, dice acentuando las palabras, la gente que mira sus problemas y no tiene una mirada colectiva. “ Eso te hace olvidar que hay gente que la está pasando peor que tu. Aprendí que un verdadero sentimiento pasa en comunidad y que todo lo que nos pasa hay que ponerlo en contexto”.
Barguti es alto, flaco, lleva unas gafas grandes y su pelo prácticamente blanco contrasta con el dorado de su piel. “Soy adicto al café”, dice apenas el mesero le sirve su café con leche. Y apenas sabe que esta entrevista era para Colombia no tiene problema en interrumpir para contar que una vez descubrió El Cairo junto a su mujer, la escritora egipcia Radwa Ashour, un café instantáneo cien por cien colombiano que era producido por la Federación Colombiana de Cafeteros. “Era la competencia perfecta para ese Nescafé que todo el mundo toma en Oriente Medio y que nosotros nos negamos a comprar como resistencia”. Les gustó tanto que una semana después volvieron a la tienda para comprar muchos frascos más, pero ya no había. El dueño les dijo que la presión de la multinacional había hecho que ya no volvieran a tener ese café que se estaba vendiendo tan bien. “Luego lo hemos buscado por todas partes a donde viajamos pero ya nunca más lo volvimos a encontrar. Así pasa en este mundo donde las multinacionales matan a la competencia”.

Un evento que cambió la vida

Acabada la anécdota Barguti sigue hablando de su vida. Era un joven de 22 años cuando en la mañana del cinco de junio se vio obligado a abandonar el salón de clases sin terminar uno de sus exámenes finales debido al gran revuelo que empezó a sentir a las afueras de la universidad. Cuando salió a la calle se encontró con una amiga suya que le contó que Israel, Egipto, Siria y Jordania habían comenzado una guerra que al final tendría con consecuencia que la ciudad donde había crecido, donde vivía su familia, había quedado bajo el control de los israelíes. Muchos de los palestinos que se encontraban en aquel momento por fuera del país hicieron todo lo posible por regresar. Pero había que correr muchos riesgos y su madre siempre le pidió que no lo hiciera.
Empezó entonces una época que llama de ‘teléfono’. “Los palestinos somos una nación condenada la teléfono. Los miembros de una familia están repartidos por todo el mundo y la manera de celebrar nuestros acontecimientos es a través de este aparato".
Pero su exilio nunca fue, o nunca ha sido tranquilo. Primero vivió en Kuwait donde fue profesor universitario. Y cuando regresó a Egipto para quedarse definitivamente tuvo la mala suerte de que el líder egipcio Anouar El Sadat viajó a Tel Aviv. Entonces fue expulsado del país. Tuvo que buscar otra patria prestada. Esta vez fue Budapest donde ocupó el cargo de representante de la Organización para la Liberación de Palestina. Tuvieron que pasar 17 años para que Barguti y su mujer pudieran volver a vivir de nuevo juntos en El Cairo.
“En mi poesía hablo de estas cosas pero nunca le pido al lector que se ponga de mi lado, o le impongo que sienta de una manera determinada. Sólo abro una ventana y lo invito a mirar por ella”. Después de la guerra de 1967, dice, todos los poemas que se escribían era heroicos. Pero él los detesta. Dice que se olvidan rápido. Así que con el tiempo decidió escribir poemas sencillos y suaves. Quería ser efectivo. “Me centré en momentos de nuestra condición humana, me refería a la muerte, a la separación de nuestras familias”.
Barguti dice, sin dejar de sonreír, que el poeta malo ordena qué sentir. En cambio, dice, él trata de dejar al lector libre para que decida que pensar. “Quiero democracia en la poesía, quiero entablar una conversación y no quiero hablar con una pared”. Un ejemplo de esto es que en su libro más famoso ‘He vuelto a Ramala”, con el que ganó el premio Naguib Mahfuz de literatura en 1997, no se cree con la responsabilidad de Juzgar. “ La escritura de Barguti es increíblemente libre de odio o de recriminación, él nunca censura o insulta a los israelíes por lo que han hecho y tampoco critica a los líderes palestino por los acuerdos bizarros a los que han llegado”, escribió en el prólogo del libro el escritor palestino Edward Said, que falleció hace algunos años.
Barguti regresó a su patria en 1996 después de que los acuerdos de oslo de 1993 dieran la oportunidad a algunos refugiados palestinos de visitar su país. En ‘He vuelto a Ramala’, Barguti describe desde el momento que cruza la frontera cómo fue el redescubrimiento del lugar donde pasó infancia. La experiencia de encontrarse con un lugar totalmente diferente al que creció queda recogida en estas páginas de las que prepara una segunda versión.
“Palestina se encuentra en una situación crítica debido a que nuestro enemigo es cada vez está más fuerte y nosotros más débiles. A esto suma la política de los estadounidenses, la hipocresía europea y la cantidad de errores que hemos cometido. Nosotros tenemos que cambiar la manera como hemos venido haciendo las cosas para llegar a una solución, de otra manera no hay salida. Soy muy crítico”.
















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