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Cuando los libros van al barrio

Un nuevo proyecto de modernización para trescientas treinta bibliotecas escolares de Bogotá se está llevando a cabo. ¿Cómo recibe un colegio una dotación como ésa? Crónica.

2010/03/15

Por Sergio Zapata León

El colegio Veintiún Ángeles huele a nuevo. Se encuentra emplazado en la falda de una de las colinas de la localidad de Suba y a las 8:40 de la mañana de un viernes soleado de noviembre recibe la bendición de un párroco. “Para dar perspicacia a los incautos”, está diciendo del sacerdote mientras varios cientos de estudiantes esperan por un concierto del Doctor Krápula.

El concierto y la biblioteca, además de los actos protocolarios, fueron ese día el único tema. Ésta es la tercera donación de una biblioteca en lo que va del año, desde que se presentó el proyecto “Bibliotecas escolares para Bogotá”, en convenio entre la Secretaría de Educación del Distrito y Panamericana, en abril de 2006. El proyecto busca beneficiar a cerca de un millón de habitantes del distrito capital.

La Secretaría de Educación del Distrito, que ha entrado en un proceso de modernización de las 337 bibliotecas de las instituciones educativas que administra, ha logrado fortalecer hasta el momento 46 bibliotecas escolares, aparte de las bibliotecas de colegios nuevos. Cada una requiere de una inversión de 190 millones de pesos, entre la adecuación de la planta física y la compra de colecciones.

Con las donaciones voluntarias de los clientes que compran en la cadena de papelerías, se constituye un fondo que al llegar a cuarenta y cinco millones de pesos, se convierte en una colección de cerca de dos mil quinientos libros, que son entregados a la biblioteca de otro colegio.

Para la localidad de Suba, la número once de Bogotá, Veintiún Ángeles representa un paso en la cobertura de su población escolar. Sólo en 2004, Suba agrupaba al 11,2% del total de la población en edad escolar de Bogotá (182.144 estudiantes), que asciende a 1.607.601 entre niños y jóvenes.

En la década de 1960, Suba vivió la intensificación de un fenómeno migratorio en el que muchas familias bogotanas se trasladaron hacia allí buscando un lugar tranquilo en medio de la naturaleza pero cercano a la ciudad. Hoy esa paz se ha ido. La alta densidad de la población, que en 2006 ha alcanzado los ochocientos mil habitantes, terminó por encerrar esas casas y por reducir el verde de las colinas. El concierto de ese viernes 24 de noviembre, a las 9:30 de la mañana, dentro de la jornada inaugural del colegio, lo demuestra. Sobre la misma vía también podían verse dos buses del Colegio Agustiniano Norte. Por esa cuesta suben curiosos, maestros retrasados y estudiantes.

De las veinte localidades que integran a Bogotá, cinco se reparten el 55% de la población en edad de estudiar. Suba, Kennedy, Engativá, Ciudad Bolívar y San Cristóbal concentran más de quinientos mil estudiantes. Además de Suba, este año se han fortalecido las bibliotecas del colegio Leonardo Posada Pedraza, en Bosa, y la del Eduardo Umaña, en Usme, que cubren a cerca de nueve mil estudiantes.

Veintiún Ángeles, con su construcción en cemento y rampas de concreto, sigue el diseño por terrazas que obliga el terreno inclinado y beneficiará a 2.440 alumnos durante 2007. Entre 1998 y 2004, Bogotá pasó de tener 673 establecimientos educativos oficiales a 337, luego de un proceso de fusión administrativa impulsado en 2002 (Ley 715). La cobertura durante el 2004, según estadísticas de la Secretaría de Educación del Distrito, fue de 98,5% respecto al total de la población en edad escolar de la ciudad. De ellos, 902.513 estudiantes fueron atendidos con recursos del distrito, mientras que la población cubierta por los establecimientos privados fue de 680.453 estudiantes.

Los escolares parecen ignorar todo esto. Lejos de la tarima, incómodos por las sillas recién estrenadas por los padres de familia y maestros que escucharon sobre ellas las palabras del alcalde, del párroco y del conductor del acto, intentan ganar espacio para acercarse a ella. Alguien dice desde arriba que debe agradecerse a Alicia Carrillo, perdida entre la multitud, su lucha por lograr esta inauguración. Sobre el templete cuatro torres de altoparlantes de gran poder amplifican las notas desacompasadas de un grupo estudiantil que toca salsa. Algunos encargados circulan con canastas de plástico llenas de refrigerios para los presentes. Es una inauguración en toda ley, tras la que la biblioteca cerrará las puertas y será desocupada para que los obreros terminen su adecuación.

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