Guillermo Cano en la redacción de 'El Espectador'. Foto cortesía Semana.

'Las llaves del periódico': 130 años de El Espectador

El periódico colombiano celebra más de un siglo de existencia el 22 de marzo. Compartimos un capítulo del libro, publicado por EAFIT, de Carlos Mario Correa, periodista de la publicación en Medellín, que narra los días del narcotráfico, la persecución de Pablo Escobar y la vida diaria en la redacción.

2017/03/22

Por Carlos Mario Correa

2. La casa tomada

Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

-Julio Cortázar

Entré a trabajar a El Espectador en agosto de 1988. Encontré una redacción pequeña con un solo periodista, un experimentado cronista judicial que tenía el cargo de jefe de redacción. Trabajaban con él una secretaria y un reportero gráfico bastante experto. A cargo de la oficina estaban la gerente Marta Luz López y el jefe de circulación Miguel Enrique Soler Leal. Encontré una dirección atenta, pausada, con la intención de orientarnos sin necesidad del grito, que supo brindar un gran apoyo, una confianza enorme a los nuevos periodistas como yo. A pesar de las dificultades para ejercer el periodismo y de la rivalidad que hay en los ambientes laborales de los medios, sentí el generoso acompañamiento de mis colegas.

Mi sentimiento fue el de haber llegado al mejo periódico de Colombia; o “al mejor periódico del mundo” como lo decían sus reporteros en los años 50, cuando García Márquez trabajaba en El Espectador. El otro periódico capitalino, El Tiempo, tenía mayor circulación en el país, pero para un gran número de los lectores, El Espectador definitivamente era el mejor. Gozaba de reconocimiento por ser un periódico de gran trayectoria histórica, con unas características editoriales contundentes y de una definitiva influencia en la opinión nacional. Pese a todas esas características, la labor que allí se hacía era muy silenciosa, casi clandestina. Ese fue realmente mi primer impacto. Me encontraba, por fin, haciendo parte del equipo de un periódico; experimentaba la sensación de estar en ese ambiente, pero mayor fue mi sorpresa porque, en vez de esa atmósfera idealizada sobre la labor interna de un periódico, percibí la intimidación reinante. El director Guillermo Cano Isaza había sido asesinado dos años antes en Bogotá por orden del cartel de la droga. Desde entonces el peligro se extendió a todas las sedes, especialmente a la sucursal en Medellín.

El jefe de redacción tenía mucho miedo, y me contagió de ese temor. Me sugirió tomar medidas, normas para salir de la oficina y llegar a ella: “Es mejor que ni salgamos ni vengamos a trabajar juntos, usted se va por esta cuadra, yo me voy por esta otra”. Instrucciones así se repetían a la hora del mediodía y en la noche; poco a poco me fui enterando del historial de amenazas contra El Espectador y de la presión a la que estaban sometidos todos los que laboraban en el periódico. La vacante que entré a ocupar se dio por la salida urgente de un periodista que debió trasladarse a Bogotá por seguridad. De entrada yo pasé a ser objeto de esas amenazas; no lo sabía, ni me lo advirtieron, pero entré a reemplazar a un amenazado de muerte. En poco tiempo, empecé a sentir la tensión con la cual se trabajaba, el constante nerviosismo de mi jefe, sobre el cual pesaban todo tipo de advertencias. Con solo contestar el teléfono, uno recibía el insulto: “Cuándo se van a ir de Medellín hijueputas. El ‘Doctor’ quiere que ustedes se vayan, no quiere saber para nada de ese pasquín. Ustedes son enemigos de la patria. Los Cano no son unos santos, son los que están propiciando la guerra en este país”. Incluso reiteradamente llamaba un personaje que se presentaba como el “poeta” y quien en un tono “cantadito” nos declamaba sus versos chuecos ordenados por Pablo Escobar. Recuerdo unos que decían así: “Obedézcanle a Don Pablo/ él ya les dijo que se fueran/ pero si se ponen tercos como el diablo/ no les extrañe que se mueran”. Y agregaba luego: “Don Pablo es el rey/ y lo que dice es la ley. /El Espectador es un pasquín y se debe morir”.

Era una casa medio clandestina, porque ya no tenía ese aviso tan grande que hizo famoso a El Espectador, se trataba más bien de un adhesivo muy pequeño pegado en un rinconcito de la ventana de vidrio, como para que nadie lo viera. Uno se sentía trabajando en la boca del lobo, pensando en el peligro del afuera, en ese alguien que seguía nuestros pasos, en el sicario que nos esperaba para matarnos. En general todos tenían ese sentimiento de persecución tanto para entrar, como para salir de la casa. Empecé a sentir lo mismo.

Con los días se extremaron las medidas de seguridad. Para mí fue difícil acogerlas, pues cuando menos pensé estaba atiborrado de tareas asignadas por el jefe de redacción, no sé si porque me consideraba muy eficiente, o porque él era presa de su inmodificable horario de almuerzo entre la una y las tres de la tarde, o porque en la noche su deseo era el de escaparse. En fin, por lo que fuera, el jefe de redacción a eso de las siete dejaba el trabajo, sin importar si tenía algo ya empezado, y me lo entregaba para que lo terminara. Me tocó asumir esa responsabilidad de terminar y organizar el material informativo en la redacción. A eso de las ocho o nueve de la noche terminaba mi labor, agobiado no solo con el peso de esas responsabilidades, sino por el temor a las amenazas casi diarias contra nuestras vidas. Era, en ese entonces, el empleado al que le tocaba cerrar la sede todas las noches. En esas condiciones trabajé durante año y medio.

Estaba a punto de cumplir los tres meses de vinculación a El Espectador cuando ocurrió la masacre del 11 de noviembre de 1988 en Segovia. El periódico mostraba gran interés por la investigación, por la profundidad de las noticias, y estaba empeñado en que se hiciera una buena reportería de ese acontecimiento. No se ahorraban esfuerzos para designar al periodista como enviado especial a cualquier parte, al lugar de los hechos. En ese momento tenía energía, vitalidad, deseo incontrolado de hacer periodismo a costa de lo que fuera, además había un apoyo decidido del medio y de los colegas. En eso uno sentía que estaba trabajando en el barro, haciendo periodismo de campo, ¡ese trabajo de calle que lo hace tan bello! Esto me dio pie para pensar que ya podía hacer el ejercicio literario de ver el mundo y contarlo, oportunidad que escasamente tiene un periodista nuevo, pues los reducen a percibir la realidad a través de un teléfono y de las ventanas de una redacción. Poco se sale hoy en día, en la prensa se ha perdido esa posibilidad de ver el mundo, de sentirlo y de contarlo.

Me enviaron a Segovia, al día siguiente, a cubrir los hechos. Era este mi primer trabajo fuera de la oficina, por un lado me libraría de la tensión de la casa amenazada, por el otro debía enfrentarme a la imagen de una muerte colectiva. Llevaba gran expectativa, pensamientos encontrados pasaban por mi mente: el impacto de ver tantos muertos juntos, el eco de las voces que nos amenazaban en el periódico, la oportunidad de enfrentarme y a la vez de superar muchos miedos, especialmente el de las ideas ante lo que alguna vez había preconcebido cuando me tocara un caso como el que debía cubrir.

Lo más impresionante era esa sensación de coger un avión para ir a cubrir una noticia de repercusión nacional; me sentía como un periodista de verdad. Conmigo iban reporteros de radio, camarógrafos, fotógrafos, todos a cumplir una misión; yo guardaba silencio, me sentía tímido ante ellos porque poseían una buena experiencia y yo no tenía aún suficiente cancha, me asaltaban muchas dudas por el compromiso que tenía, y por los pensamientos a priori que me había formado. Me iba a encontrar con un acontecimiento siniestro, con un pueblo ensangrentado, con la muerte regada por las calles.

Segovia es un poblado polvoriento, de muchas casas de zinc, como el que alguna vez descubrí en Tomás Carrasquilla: fantasmal, árido, metido en las leyendas de la brujería. Desde el avión se ve el brillo reverberante del sol contra el zinc de los techos; pensé en los pueblos de Juan Rulfo, donde sopla el viento incesantemente, con calles empedradas y descuidadas, casas mal pintadas, y el miedo rondando por doquier. La música de las cantinas se oye siempre como en un eterno domingo, hasta en la misa se escuchan invasoras esas canciones de despecho y desgracia.

Cuando me bajé se me pegó inmediatamente el calor sofocante de Segovia, sentí a la vez el silencio, y luego, en la plaza, el rumor de los corrillos. Ni siquiera guardé la maleta. Con la avidez del novato, llegué de una a trabajar, a sorprenderme, a dejarme llevar por mi precipitada curiosidad para tratar de saber qué había pasado. Fue perturbador oír el llanto de los niños, de las señoras; ir al hospital a ver a los heridos, y luego asomarme a las casas y encontrar los muertos descomponiéndose. Doce horas después de la masacre, cuando los familiares hacían su duelo –aún no habían autorizado la hora del entierro– el calor estaba haciendo de las suyas.

Veía el movimiento con los ataúdes, veía a los mineros del pueblo con sus botas de trabajo, veía a los campesinos con sus bultos al hombro. Iba a la carrera apuntando todo desaforadamente en mi libreta, encartado con mi maletín y sin saber qué hacer con la grabadora; como un periodista inexperto trataba de coger cada detalle, de captar el ambiente, mis sentidos iban a cien por minuto, pensando en la imagen literaria de todo aquello, pues ese era el estilo que me había trazado como periodista. Así estaba en medio de la ebullición del pueblo, sudando, impregnado de todo eso, con un nudo en la garganta, sin saber cómo contar aquel horror, ni por dónde empezar. Sobre la calle, pude ver muchas manchas de sangre, con las moscas pegadas en ellas y sentir un olor a mortecina que se extendía por todo el pueblo.

Esa impresión no se me borrará jamás. Sentía gran dificultad para asimilar todo aquello que veía por primera vez y me preguntaba cómo hablar de ello. Uno está a favor del que sufre, del que llora, de los niños que reclaman al papá, de las mujeres que claman “¿por qué a mí?, ¿por qué a mí?” Sentía esa misma angustia de aquellos que llaman a Dios y Dios no les contesta...

Después toca oír a la policía, porque ella reclama nuestra presencia y quiere hacerse sentir siempre frente al periodista: “Vengan les damos datos: esto fue así y asá”. A uno las versiones oficiales le entran al oído o al corazón como con rabia, con pereza, con aburrimiento; sus declaraciones siempre toman una misma dirección y destrozan la realidad que hay detrás de la historia. Esa es parte de la ética del periodista: oírlos a todos, por lo tanto es un compromiso escuchar al que está investido de autoridad. Aunque con el tiempo me di cuenta de que ese lenguaje es el que menos aporta para contar lo ocurrido; incluso, cuando algo horrible ocurre, la respuesta es la misma en Segovia o en cualquier parte, como si tras las palabras estuviera el ánimo de aplacar la búsqueda de la verdad, de anteponer una versión de los hechos. En lo que dice el coronel del ejército, en lo que explica el comandante de la policía o el alcalde del pueblo, se encuentra lo mismo: el juicio apresurado: “A lo mejor tenían antecedentes”, “se está averiguando en qué estaban implicados”, “el ejército ya está ahí y no hay nada que temer”. Pero no es así, las palabras no bastan, la gente está desesperada, temerosa; la calma no es otra cosa que una forma del miedo. En aquellas personas tocadas por la tragedia está todo el drama del sufrimiento del ser humano, el destrozo en las almas de los familiares y allegados, y en el pueblo en general los nervios alterados. Cualquier ruido crea un caos impresionante, de carrera, de pavor. En las casas está el dolor en carne viva, y por supuesto uno se deja llevar por el sentimiento de los que no tienen voz, y por un impulso para contar lo ocurrido desde un punto de vista humano.

La gente se sentía intimidada. La información que pude obtener fue muy poca, apenas si algunas descripciones generales acerca de un grupo de hombres con prendas militares, con los rostros tiznados, dirigidos por un hombre negro, alto, con acento costeño. Llegaron a las siete de la noche en dos camiones, entraron por la calle La Reina y abrieron fuego indiscriminadamente contra la gente que se encontraba en algunos negocios. Todo esto ocurrió muy cerca a la iglesia, en la plaza principal. El crimen no se esclareció, las investigaciones quedaron inconclusas, apenas un sargento fue enjuiciado por incumplimiento del deber: se le acusó de negligencia porque él y sus hombres permanecieron encerrados a poca distancia de donde ocurrió la tragedia. El ejército, que también estaba cerca, no se movilizó. Esa cobardía, esa omisión cómplice, le dolió y aún le duele mucho a la gente de Segovia.

Al día siguiente me tocó asistir al sepelio. ¡Aterrador ver tantos ataúdes, uno detrás del otro! El pueblo se había congregado alrededor del funeral de las 43 víctimas. De pronto se oyó un estallido, los policías se tiraron al suelo y apuntaron con las armas. La gente huyó despavorida y muchos gritaban: “¡Volvieron, volvieron!”, los ataúdes cayeron al suelo, varios de los cadáveres se salieron y comenzaron a sangrar de nuevo. Después, cuando pasó la alarma –una llanta había estallado en un taller de mecánica– recogieron cuerpos y ataúdes. La sangre manchó las camisas de quienes los cargaban. Eso es lo más impresionante que yo he visto, soñé muchas veces con la escena: los cajones quebrados, los vidrios rotos, los muertos en el piso.

Los primeros encuentros con la violencia terminan metiéndose en el propio sueño, uno padece la desgracia de los otros, es una pesadilla que no deja de visitarte; uno se siente dentro de la masacre, que está siendo herido y recogido como cadáver; que está viendo a su padre y a sus hermanos allá; cuesta mucho librarse del horror visto, esa idea está fija, es difícil borrarla de la mente y del sentimiento propio.

Al regresar de aquel escenario, volví con la amargura de haber estado en un ambiente cruel, que me sacó de la atmósfera de tensión que se vivía en El Espectador, para enfrentarme a aquel horror. Salí por dos días del infierno amenazado para entrar a una realidad infernal desconocida. Del infierno futuro imaginado, al infierno vivido en el presente.

Ahora era mi deber desprenderme del temor de mi propia situación para encarar la tragedia de los demás. Me tocaba escribir la historia.

Todo fue distinto a como pensaba que iba a ocurrir. En el viaje a Segovia reflexionaba en ello, en cómo estarían las víctimas, en qué partes de su cuerpo tendrían las heridas; si eran negros, blancos, niños o mujeres; si eran mineros. Me imaginaba el dolor, los velorios, tenía mucho miedo. Llegué y vi todo aquello. Me angustió no solo lo que vi, sino cómo iba a escribirlo. No comí nada, tenía el “embuchado” de lo terrible, la indigestión de la información, además ese era mi primer trabajo importante como enviado especial de El Espectador. No sabía cómo empezar, era la primera crónica y estaba convencido que debía ser la mejor del mundo. La sensación de impotencia me obnubiló todo intento de escribir, eso me enfermó; no pude dormir, pasé la noche pensando en cómo podían ser los primeros párrafos, cuál debería ser el título; hice muchas elaboraciones mentales para responder a aquella misión en la cual yo me iniciaba como periodista... Pero al fin lo hice y así quedó:

“Cuando alzaron los ataúdes, estos estaban destrozados como los muertos que llevaban por dentro, que habían sido ‘matados’ por segunda vez, a causa del susto de la población al sonar un estruendo en Segovia, Antioquia, donde ayer, fueron sepultadas las 43 víctimas de la masacre del viernes”.

A pesar de la tragedia me resguardé en el sentimiento del deber cumplido. La realidad del hecho se pierde de alguna manera cuando se ve el artículo. Lo que yo viví era una noticia, y no solo eso, era mi primer encargo importante en El Espectador, mi primera crónica en ese periódico, era pues mi obra. Un escrito elaborado con el dolor de 43 masacrados y con el de todas esas familias, y con el de los amigos y desconocidos y con la maldad de quienes habían perpetrado la masacre. Cada quien a lo suyo. Ante la página impresa pensé que era en realidad un buen artículo, con él tuve ese bautizo que nos caracteriza a muchos periodistas: en unas cuantas horas dejé el espanto de la tragedia y apartándome de la desgracia, pero sin olvidar la voz de los dolientes, saqué adelante mi trabajo. Ahí está precisamente la individualidad, la indolencia ante los demás que se va apoderando en el ejercicio periodístico. Esta actitud se reflejaba en ese sentimiento de orgullo que tuve por haber escrito bien, por haberlo hecho con el peso del dolor entre las palabras; ese día yo escribí con color, con sonido, con el impacto de las muertes.

La labor periodística en El Espectador nos obligaba a estar temprano en la oficina para hacerle frente a un horario incierto marcado siempre por el ritmo de las noticias. Teníamos un computador –esos modelos de PC enormes– cuya principal función, en esa época, era reemplazar a las máquinas de escribir; también nos servíamos de una radio grabadora y de un televisor en blanco y negro. El cuarto oscuro para revelar las fotos estaba ubicado en el sótano.

El tema número uno era el de judiciales. Vivíamos una época de gran confrontación en la ciudad, de ajustes de cuentas entre las bandas, de muertes en las esquinas a manos de grupos anónimos. Estaban los problemas en Urabá con el exterminio de los partidarios de la Unión Patriótica, U.P; estaban el fenómeno del secuestro, el robo de carros y, en general, el homicidio por todos lados. Se hacía una selección de hechos judiciales desde lo más grande hasta lo menos trascendental y de esa forma abordábamos la información. Luego estaba el cubrimiento de los frentes económico, político, y deportivo. Los columnistas de opinión y otros colaboradores, en temas como deportes y cultura en Medellín, eran por lo general personas que pasaban por la sede en una visita afanada. En realidad no estaban involucrados en las amenazas, el hecho de ser externos, de no estar en el ojo de los asesinos, les daba cierta confianza, no se

sentían amedrentados.

Ocupaban también el escenario de las noticias el enfrentamiento entre los carteles de narcotraficantes de Medellín, de Cali, y la lucha por o contra la extradición. Sobre el país se cernía la persecución ardua en contra de Pablo Escobar y sus hombres, el gobierno había puesto precio a sus cabezas. Fue un año duro, con una presión muy fuerte en el trabajo, atribulados por las sentencias a muerte que escuchábamos por teléfono y a la espera de la bomba de cada día.

La sala de redacción quedaba en una de las habitaciones que daba hacia la calle. Un mes después de mi ingreso nos tocó abandonar la primera pieza y nos corrimos a un cuarto interior, pensando que si ponían la bomba, el peligro era menor adentro de la casa. Por esos días nadie llevaba carro a la sede, era menos arriesgado llegar a pie o en taxi. Acosados por la incertidumbre decidimos pasarnos para otro cuarto un poco más adentro, porque no solo eran cada vez más persistentes las amenazas, sino que en la ciudad eran una realidad casi diaria. La suma de nuestros temores nos fue arrinconando y, finalmente, debido a los numerosos atentados en Medellín y a la información de la policía sobre una inminente bomba a la sede de El Espectador nos metimos tres piezas más al fondo, hasta terminar en la cocina. Allí acomodamos de la mejor manera posible todas las oficinas de El Espectador. Esto era demasiado incómodo pero estábamos de acuerdo en que en caso de la tan anunciada bomba el efecto sería menor en lo más interno de la casa.

Yo la llamaba la casa tomada, como en el cuento de Julio Cortázar, pues todo lo que nos estaba ocurriendo era bastante similar: unas fuerzas invisibles, extrañas, se iban apoderando de los cuartos hasta desplazar a sus dos habitantes; lo mismo nos pasó a nosotros, esas personas que nos llamaban fueron invadiendo la casa a través del miedo que teníamos, era como si estuvieran en los cuartos que abandonábamos y que con su presencia invisible nos acechaban desde la oscuridad. Al final nos resignamos a hacer toda nuestra actividad en la cocina y en el sótano. En medio de ese asedio terminamos por acostumbrarnos al acorralamiento e incluso a hacernos bromas para darle un toque de humor a aquella tragedia que vivíamos día a día. Al salir expresábamos cosas como esta: “El último que salga apaga la bomba”.

La bomba no estalló en Medellín, la pusieron en la sede de El Espectador en Bogotá el 2 de septiembre de 1989. ¡Fue terrible! La bomba tenía más de cien kilos, como para borrar del mapa a todo el edificio y fue puesta en una gasolinera cercana al periódico. Esto podrá sonar cruel e insolidario, pero mientras en Bogotá entre los escombros intentaban realizar la edición de emergencia, en Medellín, de alguna manera, descansamos, ya que ese atentado no había sido contra nosotros.

La debacle de El Espectador en Medellín ocurrió un mes y pocos días más tarde, el 10 de octubre de 1989. Marta Luz López, administradora de la sede y jefe de publicidad, y Miguel Arturo Soler, jefe de circulación, fueron asesinados ese mediodía en distintos sectores de la ciudad. Ella cuando se disponía a guardar su carro en el sector de Patio Bonito en El Poblado, y él en el barrio Simón Bolívar a punto de entrar a su casa. Fue un día aciago porque inmediatamente después de aquellos crímenes, recibimos varias llamadas anunciando que la cosa continuaría con nosotros. Estuvimos encerrados casi todo el día, protegidos por la policía y rodeados de periodistas, hasta que se organizó el dispositivo que garantizaba el traslado a nuestros domicilios.

En una patrulla de la policía, custodiado por diez agentes, tomamos rumbo al sur, hacia el municipio de Caldas, lugar de mi residencia. El tramo, tanto por la distancia como por la tensión, fue más que largo; todo el viaje lo pasé tirado en el piso, porque esa fue la recomendación que más me recalcaron. Fueron minutos de mucha angustia, pues los hombres de Pablo Escobar eran gente sin hígados, nada raro que le tiraran a la patrulla. Si el carro se detenía yo pensaba para mí: “aquí fue”, “aquí fue”. Sentí alivio cuando empezaron las curvas que llevan a La Tablaza, me sentía en casa, aunque no libre de peligro. La llegada fue toda una escena, en mi casa la preocupación los tenía con los pelos de punta, la gente del barrio se había aglomerado alrededor y todos esperaban que yo llegara sano y salvo; cuando arribó la patrulla se armó la gritería, la entrada estaba completamente congestionada y fui recibido como el que regresa de una guerra. Fue estremecedor.

Ese era el principio de un largo período de ires y venires, pues nunca me sentí libre de peligro. Mis padres y mis hermanos sintieron que la amenaza era contra toda la familia, que a la casa le iban a poner una bomba. El teléfono sonaba anónimamente, yo me sentía vigilado por miles de ojos, tuve que abandonar el hogar e irme secretamente para la residencia de un pariente cercano, donde me escondí por varias semanas. Era tanto el temor que empecé a dormir debajo de la cama.

Desde ese día la sede en Medellín de El Espectador se cerró y ese cierre duró casi un año. Primero me dieron dos períodos de vacaciones remunerados. Los directivos empezaron a tantear con los empleados que aún quedaban, la posibilidad de volver a abrir esa sede. Tuvimos varias reuniones en Bogotá, llevamos el cassette con la amenaza perentoria del Cartel de Medellín, realizamos varias sesiones con los dueños y escuchamos varias opciones para seguir trabajando, pero no se llegaba a ninguna decisión. Durante dos meses esperamos la posibilidad de volver al trabajo, pero con lo que ocurrió después, quedó claro que no era prudente hacerlo: aunque se insistía mucho en reabrir la oficina, era prácticamente imposible, pues las amenazas se repitieron tanto que ya nadie fue capaz de volver: al periodista que se encargaba de los comentarios deportivos le hicieron llegar, con su hija, un sufragio donde le amenazaban diciéndole que si escribía una nota más, él seguía en la lista de muertos de colaboradores del periódico. El jefe de redacción no aguantó las presiones y renunció; a la secretaria la llamaron y le preguntaron qué era lo que más apreciaba en este mundo, si El Espectador, o la vida de su hijo y de su esposo. Y así, hasta el más humilde distribuidor y vendedor del periódico fue llamado e intimidado. Hernando Tavera, funcionario de circulación que llegó enviado desde Bogotá para encargarse de esta labor en Medellín, fue asesinado a balazos el 20 de abril de 1990 en el sector de la Catedral Metropolitana.

Los directivos del periódico decidieron hacer las liquidaciones contractuales de quienes trabajábamos en Medellín, pero no hicieron difusión del cierre de las

instalaciones; dejar saber eso era conceder un espacio a los violentos, darles un territorio del país no vigilado por esa misión periodística que encarnaba El Espectador. Sin embargo este hecho se filtró por una agencia de noticias: uno de nuestros compañeros amenazado y quien se había refugiado en un país vecino informó sobre la situación que afectaba al periódico en Colombia y así el mundo conoció la noticia. El Espectador había cerrado la sucursal de Medellín, su circulación era restringida y no existía ningún periodista trabajando para él. Sus puertas se cerraron desde noviembre de 1989 hasta octubre de 1990.

Recibí numerosas llamadas telefónicas anónimas que pretendían saber si aún tenía algún vínculo con el periódico. Durante sesenta días me quedé esperando a ver cómo se resolvía la situación, los directivos de El Espectador se negaban a reconocer su destierro de Medellín, y en ese tiempo ocurrió lo más grave para mí: un domingo, cuando reclamaba El Espectador en la agencia de distribución de los diarios en mi pueblo, fui asaltado por dos sicarios que entraron abruptamente con su moto hasta el local, me encañonaron y me tumbaron al suelo; aturdido por el miedo, negué toda relación con el periódico.

El día de los asesinatos de Marta Luz López y de Miguel Arturo Soler, me tocó, como lo hacía a diario, cerrar con llave la casa de Prado Centro. A los dos meses volví a la sede que permanecía cerrada. Una funcionaria de El Espectador me pidió que le colaborara con el trasteo de los muebles de oficina, archivos, cuadros y otros materiales que debían enviarse a Bogotá. Habían decidido no reabrir esa oficina. Con mucho miedo fui con dos repartidores de prensa y una empleada que se encargaron de coordinar esta diligencia para sacar todas las pertenencias de El Espectador.

Cerré la puerta por segunda vez y quedé con la misión de entregarle todas las llaves al emisario de la agencia de arrendamientos que la requirió para poner la casa de nuevo en alquiler. El agente de la inmobiliaria nos contó que tenían un cliente muy interesado en ella.

No entregué todas las llaves, tampoco las tiré a la alcantarilla; guardé para mí un par de copias.

A mediados de 1990, me enteré de la obsesión de Pablo Escobar, de su probada habilidad, de su marcado y macabro interés por borrar la memoria de El Espectador en Medellín, o más bien de burlarse y manchar la historia del periódico en la ciudad. La noticia no tuvo mucho despliegue en los medios, sin embargo yo sí le di mucha trascendencia: en la antigua casa de Prado Centro donde funcionaba El Espectador, fue descubierto un laboratorio para procesar cocaína; la policía encontró treinta kilos de pasta de coca, equipos y químicos para su elaboración. Entre otras cosas, es bien curioso que no hubieran detenido a nadie en el allanamiento.

No solo se había pagado con creces la muerte del director, destruido la sede en Bogotá, asesinado a dos de sus directivos y a un distribuidor en Medellín, desterrado a 18 trabajadores, sino que también se empeñó en mancillar la imagen del periódico con el cinismo de montar uno de sus laboratorios allí donde había funcionado El Espectador.

La casa, finalmente, fue tomada por las oscuras fuerzas que siempre la asediaron.

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