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23 años de vacío

EL poeta argentino recibirá dentro de dos meses el Premio Cervantes, el más prestigioso de las letras hispanoamericanas. Marcado por la tragedia personal, se niega a vivir en el pasado. Acaba de publicar su más reciente libro de poesía bajo el título de Mundar.

2010/03/15

Por Francesc Relea

El 23 de abril, el poeta argentino Juan Gelman (Buenos Aires, 1930) recogerá en Alcalá de Henares el Premio Cervantes. Exiliado durante la dictadura militar (1976-1983), regresó a su país en 1988 después de 13 años de proscripción y persecución judicial. Su vuelta a Argentina fue breve, tras lo cual el poeta cambió la condición de exiliado por la de ‘trasterrado’ en México, su siguiente destino, donde reside desde hace más de 19 años. Los militares nunca pudieron capturar a Gelman, militante del movimiento guerrillero Montoneros, y se cebaron en su hijo Marcelo, de 20 años, y su nuera María Claudia Iruretagoyena, de 19, secuestrados poco después de casarse. Nunca más supo de aquella joven pareja, que engrosó la larga lista de detenidos-desaparecidos de la dictadura argentina. La muchacha estaba embarazada de ocho meses, condición que la convirtió en botín para los secuestradores. Los militares arrebataron al bebé a los dos meses de nacer y asesinaron a la madre. Durante 23 años, Juan Gelman buscó y rebuscó a su nieta, que vivió en el engaño de una identidad suplantada por una familia que no era la suya. Una y otra vez chocó contra un muro de silencio. Hasta que en el año 2000 una voz anónima le permitió encontrar e identificar a su nieta, a la que nunca conoció tras la desaparición y asesinato de su hijo y su nuera.

El pasado, la memoria, la lucha contra el olvido están presentes en la poesía de Gelman. Un pasado del que trata de distanciarse en sus últimos libros, quién sabe si para sobrevivir al pesimismo y la desesperación. ‘Hay momentos en que la vida es una bruma que no se puede navegar’, escribió en Valer la pena (2001). El próximo mes de febrero se publicará en España su último libro, Mundar (Visor), que recoge poemas escritos entre 2005 y 2007. El poeta sigue escribiendo, impulsado por ‘la obsesión y la necesidad de expresarse’. ‘Qué le voy a hacer. A estas alturas de la vida, escribir me parece más vicio que vocación’, dice Juan Gelman en su apartamento en la colonia Condesa, en la Ciudad de México, repleto de libros de poesía, filosofía y psicoanálisis.

¿Por qué Mundar?

El título es lo último que llega. Puede significar ‘estoy en este mundo’, o que el mundo me acosa, no sé. Puede explicar lo que usted quiera. Que el lector decida.

Le gusta inventar palabras y jugar con ellas.

Sí. Me gustan mucho los títulos anfibios, que pueden tener dos o tres significados. Para el que lee. Por eso títulos como Valer la pena, que puede decir dos cosas, o País que fue será. Es una especie de ambigüedad que es propia de la poesía. Es algo que está en la tradición del Siglo de Oro. Hay cosas de Góngora, Quevedo... Lope de Vega tiene un soneto que dice ‘siempre mañana, pero nunca mañanamos’. Alguna gente empezó a decir en España hace algunos años que no hay que lastimar el idioma. Pero resulta que el idioma lo están lastimando todos los pueblos del mundo. Yo ahora estoy más calmado, porque antes sentía la necesidad de romper barreras en el idioma.

Me llamó la atención un comentario del crítico literario Evodio Escalante al referirse al lenguaje de Juan Gelman como ‘lengua descuartizada, agramaticalidad, sintaxis retorcida, trastocación de los pronombres’. ¿Hay para tanto?

Respeto todas las opiniones, tanto es así que no las leo. Ésta sí la leí porque está en el prefacio de una antología que publicó la UNAM.

El pasado, ¿sigue siendo una obsesión?

Lo que pasa es que todos tenemos un pasado. Y el pasado nos constituye, forma parte de nosotros. De esto me estoy alejando en los últimos libros. El mío ha sido un pasado muy marcado por ciertas tragedias, el exilio, la desaparición de mi hijo... que dejan una marca muy fuerte. Me interesa saber qué pasó. Indagarlo, no como nostalgia, sino como pregunta. No es una actitud pasiva, creo yo. Intento no quedarme en el pasado. Estoy viviendo hoy. Tal vez por eso haya en mis poemas tantas preguntas.

¿Hasta qué punto el pasado condiciona su obra literaria?La poesía no es una cuestión de voluntad. Personalmente he rehecho mi vida, me he vuelto a casar, estoy en México. Pero la poesía no es un acto voluntario. Lo que viene es impensado, no es algo que uno se propone escribir. Es la señora que viene y dicta. A veces uno no la escucha bien, otras veces dicta mal, pero bueno (risas). Cuando viene hay que recibirla muy bien, con mucha atención. En realidad uno a veces se siente escrito. No es una construcción pensada, como puede ser la estructura de una novela o una obra de teatro. He pasado años sin escribir.

¿Cómo afronta la escritura de un poema?

No sé lo que voy a decir. Sí preexisten formas de expresión que a lo largo de los años se encuentran. Uno escribe sobre pocas cosas. Es la expresión la que cambia. Cada vez que viene una nueva expresión, los instrumentos expresivos ya adquiridos molestan. Hay que decirlo de otro modo. Los primeros poemas no suelen ser muy buenos, son medio atropellados. Lo explicaba muy bien Cesare Pavese.

¿Existe la inspiración?

Es un nombre que se le puede dar. Por qué no. Hay cosas que inspiran. Me siento a escribir cuando ya no puedo más. Escribo a máquina.

¿Rompe muchas cuartillas?

No muchas. Corrijo poco. Supongo que es un defecto. Cuando el poema no está, lo tiro. Siento que corregir mucho para un escritor es como traicionar el momento de escribirlo.

Advierte usted contra el olvido, cuando escribe “se hinchan los ojos con las cobardías de este tiempo, sentadas en sillas de su olvido”. De nuevo el pasado.

Más bien la memoria.

¿Se le han hinchado mucho los ojos de llorar?

Todavía lloro, hay momentos en que no puedo evitarlo, desoyendo el consejo del tango ‘un hombre no debe llorar’. Creo que aquel que no puede llegar a llorar está algo mutilado. Eso tampoco se puede dictar cuándo sucede.

Habla de las mordeduras de la época, las guerras, la pobreza, los malos poetas. ¿La poesía puede calmar el dolor de esas mordeduras?
La lectura de los poetas, eso es lo que realmente me transporta a otro lugar, de los grandes maestros de la poesía en castellano. Escribir en sí mismo es un acto que no tiene nada que ver con el dolor. No creo que el dolor sea una fuente de poesía, me refiero en la expresión. Es como el amor, desde Safo a la fecha se han escrito millones de poemas sobre el amor.

El exilio lo alejó de su país. ¿Cómo siente la lejanía de Argentina y de su Buenos Aires?
Estoy en México por voluntad propia. Estoy trasterrado, no exiliado. El exilio me llevó a Italia, España, Francia, Nicaragua... Esto era una situación obligada por la dictadura militar, ahora hay gobiernos civiles y nada me impediría vivir en Argentina. Es una decisión mía la de vivir en México. Creo que todos sabemos cómo sentimos lejanía. Puede ser concreta, indefinible, inefable. Hay lejanías con respecto a una vida justa para mucha gente, hay lejanías de hecho, por la pérdida de un ser amado. La intensidad de cada uno depende de cada uno.

¿Por qué no se quedó en Argentina después de su exilio?

Es lo que Mario Benedetti llamó el desexilio. A mí me parece imposible el desexilio. Yo estuve 14 años exiliado, ahí se crea un vínculo muy notable. Cuando estaba exiliado en Roma llegaban compañeros, amigos, también exiliados y algunos que no deshacían las valijas pensando que regresarían la semana siguiente. Nunca tuve esta sensación. Salí con la idea de que iba para largo. Traté de aprovechar al máximo esas diferencias culturales y de entenderlas. Uno llega a la conclusión de que lo mejor es mundar. Hay frases fáciles, como ‘soy ciudadano del mundo’ y otras tonterías. Eso no es verdad.

¿Cómo llegó a México?

Regresé a Argentina y conocí a mi actual esposa, que se había exiliado en México años atrás. Terminó las vacaciones y volvió a México. Decidí acompañarla para ver cómo vivía. Todavía lo estoy averiguando. La vuelta a Argentina fue extraña. Volví al periodismo, a Página 12 por unos meses. Un día entré en un bar de comida rápida. Delante de mí había un señor con aspecto de policía muy notable. Me puse a pensar: ¿no será ése el hijo de puta que mató a mi hijo? Me di cuenta de que en Argentina me quedaban pocas alternativas de vida. O vivir amargado, o agarrar la metra y matar a algunos, o acomodarme a la situación. Conclusión: me fui.

¿Se siente en paz consigo mismo después de haber encontrado a su nieta?

Claro que sí. La encontré gracias a mi mujer, que no es la madre de mis hijos. Investigamos durante tres años. Teníamos el cuadro bastante claro. Fue un regalo de los militares argentinos a los uruguayos porque estaba embarazada. Pasó lo que siempre pensamos que pasaría. Algún vecino de la pareja que sospechaba. Me llamó una vecina y me contó que un día dejaron junto a la puerta una canastita con un bebé. Coincidía todo. Era la pieza que faltaba en el rompecabezas. Estuvimos con ella. Es muy difícil para todos. Se ha cambiado de apellido. Ahora se llama Gelman García, como su padre. Tenemos una excelente relación, el año pasado vino a México y pasamos juntos el fin de año en Buenos Aires. Pero hay un hecho, son 23 años de vacío, en que no vi cómo empezó a caminar, nunca me dijo abelo, porque ya es mayor y me dice abuelo. Es difícil en este sentido, para ella mucho más que para mí, a los 23 años. Pero estamos logrando reconstruir la relación a partir del encuentro, mirar hacia delante. La veo bien.

Usted no ha tirado la toalla y continúa la lucha para saber qué pasó con su nuera y para que los responsables sean juzgados.

Algunos ya están presos, en Uruguay y en Argentina. Dos o tres coroneles, un capitán de policía que estuvieron directamente implicados en el asesinato de mi nuera y en la entrega de la niña. Los van a juzgar primero en Uruguay. En la investigación nos ayudaron manos anónimas. Un día nos hicieron llegar un documento revelador contra el general Cabanillas, que aspiraba a ser jefe del Ejército. Empecé una campaña de cartas contra este general. Fue apartado del Ejército, por su torpeza. Quiero recuperar los restos de mi nuera para tener un lugar de recuerdo donde llevar flores.

Hablemos de la relación con su madre. El exilio la separó de ella.

Yo estaba en Managua trabajando como jefe de redacción de la Agencia Nueva Nicaragua (ANN) en 1982. Toda la correspondencia que iba a Nicaragua pasaba por Estados Unidos. Las cartas llegaban tardísimo. En un mismo día recibí tres cartas, una de mi madre, una de mi consuegra desde Argentina, en la que me decía que había visto a mi mamá activa, a pesar de haber tenido dos recaídas del cáncer, y una de mi hermana, que me daba la noticia fatal de su muerte. Mi madre llegó a Buenos Aires en 1928 desde la Unión Soviética hablando ruso. Era una mujer enérgica, culta, que descendía de una familia de rabinos de un gueto de Ucrania. Yo solía pedirle que me contara cosas de la revolución rusa y demás. Cuando abandoné la carrera de Química y le dije que quería ser poeta, me dijo: ‘Con eso no vas a ganar un peso en la vida’.

Y escribió Carta a mi madre, que se publicó en 1989 en Buenos Aires.

Por las últimas cartas que había recibido de mi madre me daba cuenta de que estaba mal. Traté de conseguir un pasaporte falso para entrar en Argentina y estar con ella. No lo logré a tiempo. Tardé dos años en escribir el libro. Vivía en Ginebra, donde trabajaba en el Palais des Nations. Una noche no pude más y escribí la carta, que quedó perdida en un cajón hasta que la publiqué años después.

El libro comienza así:

Recibí tu carta 20 días después de

 tu muerte y

cinco minutos después de saber que

 habías muerto /

una carta que el cansancio, decías, te

interrumpió / te habían visto bien

 por entonces /

aguda como siempre / activa a los 

 85 de edad

pese a las tres operaciones contra el

 cáncer

que finalmente te llevó’.

Decía Paul Valéry que el primer verso lo otorgan los dioses y luego el poeta se las arregla como puede. ¿Es su caso con el primer verso de Carta a mi madre?

Sí, sí. Creo que sí. El primer verso es muy importante. Apollinaire decía que cuando uno escribe y no le sale tiene que seguir hasta dar con ello.

Su libro Miradas recoge 77 crónicas que publicó originalmente en el diario Página 12. Literatura y periodismo. ¿Dónde está la frontera?

La frontera es el tipo de género, pero siempre digo que el periodismo es literatura. Como en todas las cosas artísticas se pueden escribir buenos y malos poemas, buenos y malos artículos. En el periodismo es algo distinto porque el tipo de exigencia es diferente. Después de trabajar en muchas cosas distintas aproveché una oportunidad para entrar en el periodismo, porque me pareció que era lo más afín. Soy periodista. Tengo una curiosidad que no se apagó. Escribo una columna todas las semanas en los diarios Página 12 y Milenio.

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