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“A Lara lo matamos todos”

Lara, la nueva novela del escritor colombiano ganador del Premio Nacional de Novela, se sumerge en la historia del asesinato del Ministro de Justicia en 1984, utilizando nombres y fechas exactos. “Es todo inventado pero todo es verdad”, reza el epígrafe de una polémica novela que subvierte los límites de la ficción.

2010/03/15

Por Juan David Correa Ulloa

Uno sabe que al hombre lo van a matar. Y lo sabe, aunque esta solo fuera una historia de ficción y no una que pertenece a nuestro panteón nacional de magnicidios. Uno sabe cómo se resolverá la historia. Al final, aparecerá la moto, la desolación del cadáver sobre la mesa metálica, el ruego de un niño sicario de quince años que pide, como en un cuento de Rulfo: “Diles que no me maten”. O la contracara del hijo de Lara en la clínica Shaio aferrado a un botiquín ante el cadáver de su padre. Y aunque uno lo sabe, las páginas de Lara, la segunda novela del escritor barranqueño Nahum Montt, se suceden con una velocidad pasmosa en la que el lector siente que no está siendo testigo de un crimen que conmocionó al país en 1984, sino las últimas horas de un hombre acosado, acorralado, casi vencido.

Rodrigo Lara Bonilla fue asesinado el 30 de abril de 1984 en la calle 127 con autopista, en Bogotá, a las 7:30 de la noche. Había salido de su despacho presumiendo lo peor. Dice Montt que no quiso plasmar toda la dosis de paranoia de la cual fue presa en esos últimos días: sabía que lo iban a matar.

Esta no es una novela que incumpla promesas: nadie que la lea deberá perseguir datos ocultos, verdades veladas o nombres que jamás aparecieron en reseñas posteriores de prensa o en libros de periodismo, en los cuales se basó Montt para escribir el relato. Y sin embargo, hay algo que se advierte cuando, como un soplo, ese hombre, Ministro de Justicia del gobierno de Belisario Betancur, comienza a quedarse solo. Porque si algo queda claro después de seguir por corredores a Lara, vestido de gris, aprentando los labios, soportando los montajes de Pablo Escobar y Alberto Santofimio, es que padeció, al final de sus días, una soledad demasiado ruidosa.

Nahum Montt llegó a la novela después de pensar en escribir una biografía de Lara. Su esposa era amiga de Nancy, la viuda del Ministro, y durante años se reunieron cada miércoles en la noche para recuperar la memoria de quien fue la principal voz en contra del Cartel de Medellín. Un día de 2004, cuando se cumplían los veinte años del magnicidio, decidió que no escribiría una apología y escogió la ficción.

¿Por qué eligió la literatura y no el periodismo para contar esta historia?

Siento que la novela es una historia privada de este país. Privada porque está mediada por mi subjetividad. Yo hice una gran investigación antes de comenzar. Y luego comencé a elegir qué me interesaba de esa información. Luego está algo de lo que no me puedo escapar y es de las perspectivas y las argucias narrativas. Creo que la función de un escritor es ver lo que otros no ven, e intentar contarlo. En el caso de Lara fue rastrear decenas de fuentes, ir a Neiva, leer archivos y luego sí seleccionar, desde mi punto de vista, lo que yo consideraba le servía a la historia. Cuando comencé el proceso de la biografía en 2002, y recabé en archivos, las preguntas me asaltaron. Cada vez que leía una nueva información me interrogaba: ¿y si no hubiera pasado esto sino aquello que podría encajar perfectamente? A partir de esos vacíos, de esas lagunas, por fin me decidí y desde ahí comencé a escribir la novela. La literatura, en fin, llena de sentido los vacíos que deja la historia.

¿Desde cuándo lo obsesionó Lara?

Cuando mataron a Lara yo tenía 17 años y vivía en Medellín. Lara era para mí una noticia diaria. Salía en la prensa y en los noticieros atacando a los mafiosos. Cuando aparece el famoso montaje que le hace Pablo Escobar con Santofimio, cuando Evaristo Porras se presenta en su despacho y le ofrece información y Lara, ingenuo, le da su teléfono de la ferretería familiar de Neiva a Porras, y luego se divulga la noticia de que Lara había recibido un millón de pesos por una compra en esa ferretería. Y después aparece su voz en un casete en el que da las gracias, yo creo que mucha gente dudaba pero también, mucha gente del común, le creía a Lara. Lara era un zancudo que zumbaba en el oído. Era un tipo incómodo. Yo, de todos modos, no tenía clara la dimensión de lo que él estaba diciendo en ese momento. La tuve cuando ese 30 de abril, como muchos colombianos, vi la imagen del Mercedes blanco en el que iba Lara. Esa imagen no me la pude quitar de la cabeza.

Es la imagen de un hombre solo... uno al que le tocó durante meses pelear contra un montaje y a quien hasta su compañero en el Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán le abrió una investigación ética...

Sí, estaba solo. Pero tenía detrás a los otros dos personajes de la novela: Guillermo Cano, director de El Espectador, y el coronel Ramírez, que lo apoyó siempre. Y a los dos los mataron, por supuesto, dos años después, con un mes de diferencia. La actitud de Galán es cuestionable. Cuando estalla el escándalo del cheque, Galán dice que solo lo conoce hace dos años y le abre una investigación desde el seno del Nuevo Liberalismo.

¿Cómo hacer una novela con personas que existieron de verdad? Fíjese que entramos y salimos de la ficción... Usted y yo estamos aquí hablando de personajes que fueron hombres de carne y hueso...

Lara ha pasado a lo largo de estos años como un mártir de la democracia. Sacarlo de ese encierro de amor puro fue complicado. Comenzar a volverlo humano, a que tuviera deseos, fue un trabajo muy duro. Yo quería construir un personaje verosímil. Por ello deseché?hace un año la primera versión de esta novela: no me creía al Lara que estaba allí. Era una apología. Después tomé distancia y deliberadamente elegí ciertos rasgos y gestos que me interesaban, y deseché otros. Un ejemplo claro es que Lara tenía un gran sentido del humor. A mí me salió un personaje adusto, serio, porque en las circunstancias en las cuales se hallaba, el humor hubiera sido un hoyo negro sin desarrollo posible. Por lo tanto, el personaje de ficción nace de la memoria, de la memoria mediática, de lo que significaba Lara para su familia. Necesitaba los nombres propios porque no quiero entrar en el cuento del olvido. En la medida en que avancé descubrí muchas tergiversaciones que me justificaban el hecho de conservar los nombres propios. En charlas de coctel, por ejemplo, el establecimiento sigue diciendo que Lara fue un temerario y un suicida. ¿Suicida es tener principios y defenderlos? Si es así, los suicidas en este país pueden contarse por miles: desde Guillermo Cano, el coronel Ramírez, los más de doscientos jueces asesinados hasta Luis Carlos Galán.

¿Cómo fue trabajar con Nancy, la viuda de Lara?

Yo al comienzo sacaba la grabadora y de repente, en su discurso aparecía el Lara más institucional. Hasta que decidí apagarla. entonces apareció el personaje familiar, la dimensión humana. Y sí, fue duro, pero ella incluso me prestó su archivo de Lara después de asesinado. Fue muy duro, además, descubrir que ella sigue enamorada de él, que jamás se volvió a casar. Cuando le dije que iba a escribir una novela, ella me dijo que aceptaba, aunque siempre guardó algunas reservas que jamás discutimos. De hecho, cuando leyó la novela hace dos semanas, lo primero que me preguntó era por la veracidad de ciertos hechos: en un momento, el coronel Ramírez da con un informante gracias a una jirafa recién nacida que encuentran en el Cartucho. Ese episodio ocurrió pero no correspondía a esta historia. Sin embargo, como Escobar tenía la hacienda Nápoles, fue una buena excusa para armar la trama conspirativa desde la cual terminan matándolo. El informante era pagado por la mafia, y tanto Ramírez como Lara creyeron en un hombre a ciegas. Así que las fronteras entre verdad y mentira allí se pierden.

¿Y luego qué otras pistas consiguió?

Después tomé distancia y me metí en la investigación de medios. Conseguí todo lo que pude, desde sus discursos en audio hasta imágenes sin editar de televisión como el allanamiento a Tranquilandia, pasando por detalles como los libros que Lara llevaba el día que lo mataron. A lo único que nunca pude tener acceso fue al expediente que ahora apareció presumiblemente y que le escondieron a Rodrigo Lara, el hijo mayor de Lara, motivo por el cual renunció a su cargo como Zar anticorrupción.

Mucha gente va a comprar su libro por morbo...

No quiero caer en la trampa del maniqueísmo del relato escandaloso que está tan de moda. Yo creo que la novela trasciende ese morbo.

Y si le preguntaran, ¿aquí está la respuesta de quién mató a Rodrigo Lara?

Contestaría que a Rodrigo Lara lo matamos todos. Es una paradoja, lo matamos, pero sin embargo sigue vivo, ese es el verdadero intento de la novela. Más allá del morbo, se trata de mostrar a un personaje a través de la literatura que aunque suena pretencioso a veces ayuda a inmortalizar. Se trata de romper los lugares comunes de la historia. En el relato se descubre que la imagen de Lara que se ha ido construyendo es muy distinta a la que aparece en la novela. La historia reciente del país es un relato policiaco que se debe contar.

De ahí la importancia de los otros personajes como Guillermo Cano...

Claro, es que todos son hechos rigurosamente ciertos pero tienen una dimensión literaria. El caso de Cano es paradigmático: gracias a una memoria fotográfica excepcional fue que se descubrieron los antecedentes de Pablo Escobar. Cuando todo estaba en contra de Lara, a Cano se le viene a la memoria una pequeña foto publicada en una breve en el año 1976, y esa foto es la de la primera captura de Escobar en Medellín. Al otro día sale El Espectador con la foto a cinco columnas del Robin Hood colombiano con una ficha del das. Pero para responderle la pregunta, lo que sí le puedo decir es que ni en el caso de Cano, ni en el de los otros personajes, me permití contaminarme con testimonios: los creé con base en archivos de prensa, radio, televisión y libros que se han escrito sobre el tema. Es mi versión de ellos, o la versión de la novela.

Ese es un logro de la novela, la verosimilitud de los otros personajes.

Mi gran hallazgo, como ya lo dije, fue Cano. Ese hombre representó durante décadas lo que era sobreponerse a la crisis y dar la pelea: le entregan un periódico quebrado y quemado apenas pasado el Bogotazo. Lo cierran en la dictadura. Luego, en el gobierno de Turbay denuncia el estatuto de seguridad y sus torturas; además después lo ahorcan económicamente por sus denuncias sobre los autopréstamos del grupo Gran Colombiano y, como si fuera poco, señala a los narcos. Y terminan asesinándolo. Y dos años después dinamitan el periódico. Así que pensé: este es un personaje que ilustra algo de lo que también somos: no solo somos un país de mafiosos. Lo de Escobar fue más complicado: yo no quería nombrarlo, pero me di cuenta de que la novela flaqueaba si no aparecía quien ordenó matarlo. A otros, como Édgar Artunduaga, me di el gusto de no nombrarlos en la novela. Artunduaga era el director de El Espacio y le dijo a Lara que la haría una entrevista en off. Y lo grabó. Lara se soltó pero le advirtió que si llegaba a publicar algo era inminente su caída. Ahí vino el puño a la mandíbula: El Espacio publicó palabra por palabra las declaraciones de Lara con una fotos horribles.

¿No le preocupó dar una imagen tan positiva de su personaje, sin defectos, como si fuera un superhéroe?

Fue mi apuesta. Es una novela moral, de alguna manera. Pero es una novela de hechos, no de reflexiones.

¿Qué defectos dejó por fuera de la novela?

De Lara, su profunda ingenuidad. Cayó en muchas trampas. Desde la del cheque hasta la de Artunduaga.

¿Y algo relevante que se le haya pasado?

Cuando entregué la novela me di cuenta de que tenía unas fotocopias de un informe de balística al que nadie le paró bolas, que decía que a Lara lo acribillaron por los dos flancos del carro. Es decir, la versión de que lo mataron los dos sicarios de Escobar, entre ellos Byron de Jesús Velásquez, se cae. Parece que la bala de gracia se la dio otro sicario llamado Yuca, que dos años después fue asesinado por Pablo Escobar.

Finalmente, usted cree que la sociedad colombiana crea héroes como Lara para paliar la culpa?

Lara fue alguien que previó lo que se venía, fue un profeta y los profetas son profundamente desdichados.

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