Rosario Caicedo, hermana de Andrés Caicedo.

Abrir la celda del hermano

“Mi única expresión es la represión. Lo que no me dejaron ser, mi cobardía”, escribió el caleño en una de las cartas que componen Mi cuerpo es una celda. Treinta y cuatro años después de su muerte, su hermana Rosario lamenta que la sexualidad del autor continúe evadiéndose. “No estoy de acuerdo con la censura”, dice. Arcadia habló con ella.

2011/06/23

Por Giuseppe Caputo

Cuando en octubre del 2008 fue publicada Mi cuerpo es una celda, la compilación que hizo Alberto Fuguet de los escritos autobiográficos de Andrés Caicedo, su hermana Rosario —“para mí la más querida”, decía el caleño— aseguró haber disfrutado “con mucha alegría las cartas románticas que Andrés le escribió a hombres y mujeres porque revelan que en esa vida de angustia visceral y terror siempre presente, hubo momentos en los que él se sintió amado y deseado y en los que correspondió a esos deseos”.

 

¿Cómo fue la decisión de publicar las cartas en las que Caicedo habla de sus relaciones homosexuales?

Mis dos hermanas y yo siempre estuvimos de acuerdo con publicar el libro. Lo problemático fue acordar qué iba y qué no, porque cada una tiene su forma de ver a Andrés. Mi padre aún vivía y creo que para ambas era importante protegerlo no publicando lo que consideraban sería doloroso para él. Pero como suelo decir: frente a la obra inédita de su hijo muerto, mi padre organizó con disciplina antropológica todo lo que encontró en el apartamento donde Andrés se quitó la vida y fue fiel a la manera en que él aborrecía la censura. Mi hermano experimentó la censura y no estoy de acuerdo con que continúe.

 

¿A qué se refiere?

Andrés representaba en nuestra casa la figura del único hijo hombre que sobrevivió. Imagine el peso que eso significa. Había hacia él la típica expectativa de la familia colombiana de clase media alta. Pero Andrés hizo todo lo que se suponía que no debía hacer y desde el comienzo fue todo lo que no tenía que ser: el niño sensible, el niño distinto que no respondía al molde. Mis padres admiraban su intelecto pero no querían la carrera de escritor para su único hijo varón. Andrés se sintió —y lo tenemos que aceptar— reprimido, inadecuado. Entiendo a mis papás: ellos fueron el producto de su medio e hicieron lo que se esperaba en esa época.

 

¿Qué opina de la idea de hacer una relectura de la obra de Andrés Caicedo desde la sexualidad?

Me parece fabuloso. Me parece que esa lectura permite ver a un Andrés más total. Y me parece importante que se haga: en el momento en que él vivió no había un lenguaje para hablar de las sexualidades alternativas. No había un sentimiento de identidad ni de orgullo. Pienso que en la medida en que más se conozca a un escritor mejor se entiende su obra.

 

¿Cree que ha habido una resistencia a leerlo desde ese ángulo?

Sí. En casi treinta y cuatro años no se ha hablado abiertamente de la sexualidad de Andrés. Es un tema que se ha mantenido en el clóset. Todo el mundo lo sabe pero nadie lo habla abiertamente. Estoy pensando que cuando Andrés le escribió a Patricia (Restrepo) en esa última carta “Yo no soy homosexual”, ahí se ve la angustia de no querer añadirle a su ser distinto otro rótulo más. En un punto utilizó la palabra anormal para referirse a su sexualidad. Tuvo una vergüenza continua hacia su identidad sexual pero también muchas relaciones gays a lo largo de su vida. Él cruzó esa frontera. Especulo que sus relaciones homosexuales no fueron solo experimentación.

 

Pasando a otro tema: Caicedo confiesa tener “un amorío terrible con una familia de niños” y se refería a este como “un auténtico proceso de corrupción de mayores”. ¿Cómo entiende la relación de Andrés con los niños?

Pienso que los años con los hermanos Guillermo y Clarisol Lemos afectaron emocionalmente a Andrés de forma negativa. Su relación con ellos seguramente lo llenó de vergüenza. La influencia de la droga era evidente. Emocionalmente fue un periodo destructivo aunque en el aspecto intelectual, muy productivo, valga decir: durante esos años terminó ¡Que viva la música!, fue un gestor del cine club de Cali y realizó gran parte de su trabajo epistolar y crítico. Es una de las grandes contradicciones que la vida nos da.

 

“He soñado que muchas mujeres me asedian, que quieren bajarme los pantalones y yo nunca me dejo, aterrado ante la idea de que encuentren, allí donde esperan vigor, tiesura, un pedazo de músculo flácido”, escribió Caicedo. ¿Cuál cree pudo ser el origen de ese pánico a las mujeres?

Pienso que se sentía absolutamente inseguro en ese rol heterosexual. Su intimidad emocional e intelectual siempre fue con hombres. Me he preguntado si la relación con Patricia fue una forma de mostrarle a la familia que era una persona “normal”, con novia. En todos sus escritos hay un deseo de unión —digamos, a la Henry James— con la mente masculina. Él estaba interesado en otros hombres: la sexualidad también implica una comunicación íntima en todos los niveles. Me duele que esa parte gay de Andrés le provocara tanta vergüenza.

 

Caicedo tuvo una relación íntima con el escritor Jaime Manrique. Sorprende que Mi cuerpo es una celda solo incluya una carta entre ambos…

 

Conozco una bella carta en la que mi hermano le habla a Jaime de su encuentro en un festival en Cartagena, cuando se sintieron atraídos el uno por el otro. Al leer esa carta es muy claro lo importante que fue para Andrés sentirse deseado y querido por Jaime. La vida de Andrés estuvo tan llena de angustias que es un alivio saber que vivió momentos en los que su tristeza disminuyó.

 

¿Diría que Andrés era gay?

 

Lo que queda es especular cómo se hubiera identificado sexualmente, si hubiera vivido más tiempo. Insisto: en esa época no había en Colombia un lenguaje no peyorativo hacia las sexualidades alternativas. Me atrevo a decir que en 1977 la palabra gay aún no se usaba en el país. Como Andrés mismo dice en la contraportada de El atravesado: “Su trágica defenestración y descorazonamiento dejan sin respuesta la cantidad de preguntas que teníamos para hacerle”.

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