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¿Acoso sexual?

El pasado mes, varios medios ventilaron la polémica en la que se vio envuelto el premio Nobel de Literatura Derek Walcott, al ser acusado de acoso sexual para impedir que fuera catedrático de poesía de Oxford. Historia de un complot orquestado por su colega Ruth Padel, digno de una novela.

2010/06/29

Por Catalina Holguín Jaramillo* Bogotá

A dos horas en tren de Londres, la prestigiosa universidad de Oxford pareciera la única razón de ser del pueblo que lleva el mismo nombre. Las tabernas, que datan de la época de Shakespeare, están llenas de estudiantes y profesores, lo más selecto de la élite intelectual británica y de ultramar. La arquitectura inspira reverencia, los jardines silenciosos evocan la sutil actividad mental de humanistas, y gárgolas medievales se ríen en las alturas de los académicos que van y vienen llenos de libros y hondos pensamientos. Fue ahí, en los sacros recintos de la añeja universidad, donde se aireó un escándalo digno de una novela (y novelas de escándalos universitarios hay muchas), que reveló no solo la mezquindad en el corazón de las artes, sino el arte de ser mezquino, sigiloso y oportunista.

En 1982, el periódico de la universidad de Harvard ventiló una denuncia por acoso sexual contra el premio Nobel de Literatura Derek Walcott. Ocho años después, Billie Wright y Linda Weiner recogieron este y otros casos en el libro The Lecherous Professor [El profesor lascivo]. El caso de Walcott incluye la reconstrucción (desde el punto de vista de la estudiante acosada) de la conversación que desató la denuncia. El fragmento más jugoso dice:

Walcott: No hables de poesía. No quiero hablar sobre poesía.

Estudiante: Escribí un poema sobre un tipo con el que estuve el viernes pasado.

W: ¿Qué hiciste con este tipo?

E: ¿A qué te refieres? … Hicimos el amor.

W: ¿Cómo lo hicieron?

E: ¿Por qué habría de decirte? No es asunto tuyo.

W: Imagíname haciendo el amor contigo. ¿Qué te haría?

E: ¿Perdón? Creo que lo harías despacio y con mucho cuidado.

Fotocopias de esta conversación y de los detalles del escándalo llegaron, 27 años después, a los buzones de cerca de 200 profesores y estudiantes de Oxford. ¿El motivo? Walcott estaba compitiendo por la cátedra de poesía de Oxford, la única otorgada por votación pública. El puesto, cuyo prestigio es netamente simbólico pues la remuneración económica es nimia, se iba a otorgar al ganador de una votación realizada entre profesores y estudiantes de postgrado de Oxford el 16 de mayo de este año. Además de Walcott,

estaban en la puja la poeta inglesa Ruth Padel y el poeta indio

Arvind Mehrotra. Ganara quien ganara, el puesto iba a ser asignado por primera vez en su ilustre historia de 300 años a alguien distinto a un hombre blanco europeo.

Una semana antes de la elección, comenzó a circular por el campus de Oxford un paquetito de fotocopias de una selección de The Lecherous Professor, recordándoles a los futuros votantes que el hombre que repuntaba en las encuestas cargaba a cuestas no uno sino dos escándalos de acoso sexual. El 12 de mayo, cuatro días antes de la elección, Walcott se retiró del concurso en protesta por la campaña difamatoria. El puesto le quedó a Ruth Padel. Al aceptar el nombramiento, Padel declaró al periódico inglés The Guardian que lamentaba que su victoria estuviera “envenenada con actos cobardes que condeno y con los cuales no tuve nada que ver. Esas acciones le hacen un gran daño a la gente y a la poesía”.

Durante nueve días Padel, tataranieta de Charles Darwin, gozó del prestigio otorgado por el nombramiento. Era la primera mujer que ocupaba el lugar que antes había sido otorgado a figuras canónicas como Matthew Arnold, W.H. Auden y Seamus Heaney. Pero durante esos nueve días, empezó a correr otro rumor igualmente podrido: que Padel había estado involucrada en la campaña secreta contra Walcott.

El 25 de mayo, Padel renunció, aceptando que ella había mandado dos correos electrónicos a dos periodistas mencionando los alegatos de acoso sexual contra Walcott.

Uno de los correos, enviado el 9 de abril a Olivia Cole del periódico The London Evening Standard, incluye la siguiente perla: “Al parecer hay un libro titulado The Lecherous Professor que tiene seis páginas sobre dos casos de acoso sexual contra Derek Walcott, el cual podría mostrar lo que Oxford busca en sus profesores”.

Un día después de su renuncia, durante una rueda de prensa en pleno Hay Festival en Gales (rueda a la que entró rodeada de guardaespaldas), la poeta aceptó haber enviado los correos, lamentó su falta de tacto y su ingenuidad, pero negó rotundamente haber orquestado el envío de las fotocopias difamatorias. Afirmó además que la campaña era un “plan para desacreditarla”. El puesto, por lo pronto, quedará vacío hasta que se propongan nuevos candidatos y una nueva elección.

El escándalo parece sacado de una novela quizá porque tantas novelas anglosajonas tratan sobre líos (usualmente de faldas) en los corredores y jardines de la universidad. Abundan tanto, que se habla incluso de un subgénero, el de la novela académica o la Professorroman. Sobre la belleza, de la talentosa escritora británica Zadie Smith, tiene por protagonista a un profesor estudioso de Rembrandt que, además de cachondear a su mujer con una profesora, vive enfrentado con la nueva superestrella de la facultad, un tal Monty Kipps (que hasta se parece a Walcott). En Las correcciones, del norteamericano Jonathan Franzen, que es la saga de una familia norteamericana, presenciamos la aparatosa y muy divertida caída del profesor Chip Lambert cuando se mete con una estudiante. Están también Ruido blanco de Don DeLillo, Desgracia del premio Nobel J.M. Coetzee, Moo de Jane Smiley, Nemesis de Joyce Carol Oates… La lista es larga y su más reciente adición apareció en el último número de la revista de poesía de Oxford. “Smear”, enviado anónimamente a la revista, digiere poéticamente el escándalo Walcott vs. Padel.

Dada la profesionalización de

la escritura creativa y el aislamiento geográfico de muchas universidades norteamericanas y británicas que conlleva a la concentración de la vida social y académica, no es extraño que las novelas reflejen este microcosmos con todas sus tragedias y dramas. La aclamada crítica nor-

teamericana Elaine Showalter elabora sobre este tipo de novelas en Faculty Towers: the Academic Novel and its Discontents [Torres académicas: la novela académica y sus descontentos]. “Como el suburbio —explica Showalter—, el campus universitario puede ser un lugar pastoral, o fértil para la fantasía pastoral, el refugio, la torre de marfil. Pero, al igual que en los suburbios, es un lugar de […] descontento, conflicto, desperdicio, tristeza, miedo”.

Una de tantas Professorroman es La mancha humana del norteamericano Philip Roth, que cuenta la precipitosa caída del respetado profesor Coleman Silk tras hacer un comentario aparentemente racista y meterse con una mujer del personal de aseo. Roth enmarca el escándalo de Coleman en el año que a Bill Clinton le ventilan sus indelicadezas sexuales con Mónica Lewinsky. Aquella época, afirma Roth, “fue el verano cuando la náusea volvió a Norteamérica, […] cuando la mezquindad de la gente era simplemente aplastante, cuando algún tipo de demonio había sido desatado sobre la nación y, en ambos bandos, la gente se preguntaba ‘¿Por qué estamos tan locos?’, cuando hombres y mujeres por igual, al levantarse en la mañana, descubrían que en la noche, en un estado más allá de la envidia y el odio, habían soñado con la inescrupulosidad de Bill Clinton. Yo mismo soñé con un cartel monumental, envuelto al estilo dadá como un paquete de Christo, enganchado de un extremo al otro de la Casa Blanca, que tenía el siguiente letrero: un ser humano vive acá”.

Porque a eso precisamente se reduce el escándalo de Oxford que tantos titulares ha generado a lado y lado del océano. Al derecho a la privacidad y a ser juzgado públicamente únicamente por aquello que atañe al público. En el caso de Clinton, por su labor presidencial. Y en el de Walcott y la misma Padel, por su poesía. El escándalo, iniciado por anónimos puritanos, degeneró en un lanzamiento de lodo internacional que nada tuvo que ver ni con los versos de Walcott ni con los de Padel. Bien lo dijo el tercer contrincante, el poeta indio Mehrotra del que nadie habló y al que nadie le preguntó mucho: “Espero que alguna lección quede de este episodio, al menos, que la vida privada de los poetas debe, ocasionalmente, ser privada”.

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