Ramos nació en 1966. Foto: Camilo Rozo

Una botella de ginebra llena de Gatorade

El escritor argentino Pablo Ramos retrata su viaje al infierno de alcoholismo y adicción 'Hasta que puedas quererte solo' una mezcla de testimonio y reflexión sobre el dolor pero también la amistad, la ayuda y el camino hacia la recuperación. El libro ya está disponible en librerías colombianas.

2017/07/24

Por Pablo Ramos

“Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano la naturaleza exacta de nuestras faltas.”

Admitir, de esto se trata.

Este paso nos dice que es hora de librar la batalla psicológica más dura, la batalla contra la negación. Lo que se necesita para salir de este laberinto del consumo de drogas y alcohol es una revolución total: derrocar una idea de vida, una escala de valores edificada en torno al Yo, que si bien nos ha servido para llegar vivos hasta este punto, es ahora una enfermedad, un virus, una anarquía viciosa y destructiva. Y la negación es la defensa más sólida que tiene esta enfermedad.

Admitir es un punto de giro, que convierte la tenue flama de los primeros pasos en el principio de una hoguera. ¿Pero admitir ante quién? ¿Ante nosotros mismos? Suena redundante. ¿Ante Dios? Suena peor, suena estúpido, da vergüenza. Hacerlo ante otro ser humano es lo único que en principio suena admisible.

Sin embargo, hay que tener bien presente el hecho de que esta enfermedad tiene, además de un aspecto físico y un aspecto psicológico (que son la compulsión y la obsesión respectivamente), un aspecto espiritual: el egocentrismo. Y entonces se hace imperativo tener, fabricar o suponer la idea de un Ser superior, la idea de algo que es el centro del Universo y es a la vez nuestra única posibilidad de misericordia. Si suponemos un Dios bondadoso que quiere lo mejor para nosotros y para los nuestros, quedamos librados de tener que ocuparnos nosotros mismos del futuro. Sencillamente hacemos lo que hay que hacer y dejamos en manos de ese Dios los resultados. Sean los que fueren estará bien, porque excede a nuestras posibilidades reales el hecho de modificarlos.

Conocí muchos compañeros ateos en Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos, pero todos ellos habían concebido una idea de poder superior. Algunos, por ejemplo, le oraban a unas pequeñas figuras que representaban a sus seres queridos, vivos o muertos. Como los antiguos romanos, consagraban las figuras en un altar y hacían de eso un orbe sagrado sobre el cual se podían soltar las preocupaciones y los deseos, los miedos y los renuncios, las disculpas y los perdones, y cargar de sentido la existencia.

Si admitimos nuestras faltas ante Dios, ante aquello a lo que no le vamos a mentir, luego podremos ser sinceros con nosotros mismos. Y luego de ser sinceros con nosotros mismos habremos adquirido la suficiente autoridad moral para admitir nuestras faltas frente a otro ser humano.

Muchos compañeros piensan que leerle el inventario moral que pide el cuarto paso a un compañero del grupo de autoayuda basta para cumplir. Pero esa admisión resulta incompleta, porque se da dentro de los grupos, no escapa al ámbito de “nosotros mismos”, ya que cualquier integrante está muy acostumbrado a escuchar sin horror y sin juicio estas confesiones, por más duras que sean. Y sería un acto a medias, un parlamento de secta, un consuelo más que una confesión. Por eso se piden dos confesiones más, ante Dios y ante otro ser humano, considerándose implícito que sea alguien de fuera de los grupos.

Las crónicas que siguen hablan, respectivamente, del peligro de negar y el alivio de admitir. De dos momentos de mi vida, cuando negué la evidencia de lo irremediable y cuando pude aflojarme y admitir mi impotencia.

Admitir es exhalar el espíritu tóxico que encierran las palabras no dichas, esas que no admiten sinónimos, esas que entendieron mal el valor del silencio y lo usaron de tapa, de losa sepulcral, y lejos de hacernos dueños de algo valioso nos hacen esclavos de lo no dicho, esclavos del dolor, devotos inconscientes de un dios impiadoso e implacable: el dios que disfrazó de amor propio y de elegante pudor lo que a la vista de todos es la más fétida y repugnante cloaca.

Autosuicidarse

Yo estaba en un bar, el bar al que iba siempre, el bar de Pelle, mi gran amigo, en la esquina de Moreno y Urquiza. Un bar al que tanto me aquerencié que al final terminaría siendo también mío. Pero más adelante, tema para otra historia.

Esperaba a una mujer que apenas conocía para darle una clase de AutoCAD. Las daba con una notebook en el mismo bar, ya que tenía un sótano que yo había acondicionado para mi uso personal y al que le decía “la oficina”. No tenía ganas de que esta mujer viniera porque al darle la cita me había olvidado de que a la misma hora jugaba Argentina contra España. Pensé que, por más que fuera un amistoso, el partido me daba una razón válida para suspender la clase. La llamé y se lo dije. Bueno, en realidad le dejé un mensaje en el contestador del teléfono celular.

Miré por la ventana hacia la canchita de fútbol 5 de la esquina de enfrente: los muchachos que jugaban todos los miércoles a las seis de la tarde no habían hecho lo mismo que yo, o sea: no habían suspendido su actividad semanal para ver a Argentina-España.

Qué fanáticos, pensé.

A mí me gustaba mirar todos los partidos: los del equipo de enfrente y los televisados. Esta vez iba a ser complicado estar en los dos lugares; y, por supuesto, opté por el de Argentina. Pasé por detrás de la barra y me preparé yo mismo un café. Luego busqué una mesa frente al televisor y esperé hasta que empezó el partido. A los eternos veinte minutos del primer tiempo del bodrio, me crucé a ver el de enfrente. Era siempre el mismo, un clásico entre técnicos y oficinistas de una empresa de computadoras. Y no había nadie que jugara bien; es más, eran horribles. Es raro, pero eso me enganchó desde la primera vez: nunca en la vida vi jugar al fútbol como a aquellos tipos, era como si no hubieran entendido ni siquiera de qué se trata el juego. O que hubieran entendido sólo lo más básico, unos patean para acá, los otros para allá y, fuera del arquero, no vale tocarla con la mano. Pero, a diferencia de la selección argentina, le metían ganas.

Yo era fanático de los oficinistas. Y mi fanatismo por ellos comenzó el día en que uno del equipo de técnicos le dijo al arquero del que todavía no era mi equipo: “Callate la boca, Gordo, si vos lo único que atajás son botellas”. Vi la cara de tristeza del gordito, pero también la expresión de quien se iba a ir seguro a las manos para lavar la ofensa cuando, supongo, su intelecto de oficinista lo detuvo. Claro: irse a las manos habría sido aceptar la condición de gordo y de borracho, o sea, de inepto para otro puesto que no sea el arco e incalificable para el que en la oficina seguramente venía luchando por mantener.

El gordito tenía cincuenta y dos años, me lo dijo una tarde en el bar. Nos hicimos amigos desde una vez en que yo le grité: “¡Bien, Gordo!” cuando sacó, de puro reflejo, un puntinazo destinado a reventarle la cara. Estaba de espaldas a mí. La cancha es a lo largo, y él defendía el arco que da a la calle, justo delante de donde yo me paro siempre. De donde siempre nos parábamos con mi padre cuando me llevaba a ver a Independiente: detrás de Santoro. Obviando las diferencias, ahí estaba el gordito oficinista, seguro y atento, podía escucharlo resoplar cada vez que se movía hacia los costados, duro, como un arquero de metegol. Verlo, a veces, me angustiaba un poco. Era más que gordito: un lechón. Vendado como si hubiera salido del Instituto del Quemado, con más protecciones que un arquero de hockey. “Parecés una de Las Leonas, Gordo”, le dijo una vez uno de los oficinistas, y le palmeó la espalda.

Lo cierto es que atajaba bien, muy bien. Volaba y todo. En realidad se dejaba caer, hacia un lado o hacia el otro (le resultaba más fácil el derecho) y casi siempre, si era pelota de sacar, la sacaba. Le costaba bastante levantarse rápido. Lo hacía en tres o cuatro movimientos, resoplando como un búfalo; pero, una vez arriba, tenía cierta agilidad. La diferencia sería la misma que la de una foca fuera o dentro del agua. De pie era otro animal el gordito, en el piso se ve que no estaba en su elemento.

Fuera de la cancha era muy rígido también, como si tuviera algunos huesos soldados. Sobre todo los fémures a la cadera, porque caminaba balanceándose, como un muñeco barato a quien moviera, desde el cielo, una especie de torpe Niño Dios.

Nos hicimos amigos mirando un partido por la tele. Un robo de un referí en un partido del Nacional B. Los dos estábamos indignados, yo porque le robaban a Arsenal, mi equipo, y él de puro justiciero. Y porque al cuarto litro de Quilmes se ponía fácilmente indignable. La cosa fue que entre idas y venidas terminamos sentados a la misma mesa, tomando cerveza y comiendo una picada. Una cosa que luego se fue haciendo costumbre. Una costumbre sin una frecuencia exacta, pero lo cierto es que al menos dos o tres veces al mes, mientras mirábamos algún partido, nos mandábamos la picadita.

Me contó cosas de su vida, que el escabio le había costado un matrimonio, el odio de su hija mayor, y que le traía problemas en el trabajo. Muchos, aunque ya no tomaba bebidas fuertes, sólo cerveza.

También me confesó que ese mismo año pensaba pedir el retiro voluntario para ponerse un kiosquito en un local que había visto en La Paternal, en la avenida San Martín y Dickman.

—A dos cuadras de mi casa —le dije.

—Coincidencias fatales —fue la respuesta del Gordo, con una sonrisa y el vaso en alto, listo para chocar.

Recuerdo haberme quedado pensando en esas palabras durante varias semanas. Y de no haber llegado a dar con el sentido exacto con que el Gordo las dijo. En realidad, se me pasó completamente de largo el mensaje literal que el inconsciente del Gordo me estaba dando. Un año más tarde iba a comprobarlo.

Volviendo al día de los dos partidos, recuerdo que miré un rato el de técnicos contra oficinistas y tras un gol que se le metió en el ángulo inferior izquierdo al Gordo, me crucé de nuevo al bar. Argentina perdía uno a cero. Tomé otro café y me fui sumiendo en el sopor de un partido que de tan amistoso daba asco. Vino el empate y en el entretiempo crucé a la canchita y le pregunté al Gordo cómo iban. Me contestó de espaldas, sin darse vuelta.

—Nos están rompiendo el culo. ¿Y Argentina?

—Empata.

Le dije que cuando terminara se cruzara, que invitaba yo. Las cervezas con picada, todo.

—¿Te sacaste la lotería, papá?

—Venite, Gordo, que me fían —dije.

Era fin de mes y yo sabía que el Gordo no debía tener un cobre partido al medio. Cuando iba a cruzar la calle sonó la sirena anunciando que la hora de cancha se había terminado. Lo esperé. Se cambió rápido, seguro que sin ducharse. Cruzamos justo para ver el penal de España. Dos a uno, con gol de Villa, quién iba a pensarlo.

El Gordo se tomó dos Quilmes de litro en quince minutos y se comió la picada prácticamente solo, tanto que insistió en pagarla él. Le dije que no.

—Cuando un hombre invita se respeta —le dije.

Y el Gordo respetó, era de respetar, más vale.

Terminó el partido y se quedó unos segundos mirando la tele, negaba con la cabeza. Era evidente que no podía resignarse a la derrota, aunque yo no supiera a cuál de las dos.

—Casi no vengo a jugar por este partido —dijo.

—No sé qué hubiera sido peor —le contesté, y en ese momento entró mi clienta.

—Recién recibo el mensaje —dijo—, ¿no hay problema, no?

Le dije que no y le pedí que se sentara y me esperase unos minutos. El Gordo me miraba. Picó el último salame montado a un queso y se lo llevó a la boca. Ya no quedaba cerveza.

—Nunca me dijiste tu nombre —me dijo.

—Pablo.

—Pablo. Yo soy Caputo, Leo Caputo. Pero me dicen el Gordo.

—¿Otra? —pregunté señalando la cerveza vacía.

Sacudió la cabeza para decir que no. Se levantó, yo me levanté detrás de él, lentamente y con bastante dificultad, como si me dolieran los golpes de un partido viejo y olvidado, de todos los partidos perdidos de mi vida. El Gordo me palmeó la espalda, se llevó el índice a la sien y movió el pulgar como si fuera un gatillo.

—Es para autosuicidarse, ¿no? —me dijo.

Le contesté que no exagerara y que ojalá se diera lo del kiosquito en La Paternal. Me dijo que era un hecho, y que pasara a verlo, que nunca antes le había podido hablar a alguien de sus problemas con la botella. Quedamos en eso.

Pasaron unas semanas y dejé de ir al bar. Había ganado un premio por mis cuentos y había viajado a recibirlo. Cuando volví mi vida cambió radicalmente. Me puse a escribir todos los días, dejé los otros trabajos, compré parte del bar y puse un espacio cultural en el sótano. Ahí empecé a dar talleres, a escribir, a ensayar otra vez con una banda. A hacer, en definitiva, las únicas cosas que me gustan.

Del Gordo no tuve noticias hasta que una noche bajé del 24 en avenida San Martín y lo vi cerrando el kiosquito. Levanté la mano para saludarlo, entre sorprendido y asustado de que me invitara a un trago, ya que yo llevaba unos meses de sobriedad. Y el Gordo, un poco más flaco a decir verdad, se llevó el índice a la sien, gatilló con el pulgar y murmuró lo que hoy estoy seguro fue: “Autosuicidarse”.

Desde ese día hice un enorme rodeo para no pasar, cada vez que iba a buscar un taxi a la avenida, por el kiosquito de Dickman. Hasta que una vez, movido por la culpa, directamente fui. El kiosco estaba cerrado, con mercadería aún en los estantes, pero cerrado a plena luz del día.

Le pregunté al diariero y se sorprendió de que no supiera nada de lo que había pasado.

—¿No te enteraste, pibe? —me dijo.

—No, no paso muy seguido por acá.

—Se pegó un tiro, se arrancó medio hueso de la frente, pero no se murió. Está en el hospital, vivito y coleando. Pero me parece que de ahí lo mandan al manicomio.

—Pero ¿cómo, así, de la nada?

—Así de la nada no, le daba mucho al escabio. Acá dejó un tendal de botellas —dijo el diariero, y señaló con la cabeza el local de La Corona, la pizzería que había sido bar y que recién habían reformado a costa del hígado de todos los borrachos del barrio, incluyéndome.

Volví a mi casa aterrado. No quise pensar en la frase que se me venía a la cabeza. Pero me vino igual: “Lo sabías, Pablo, vos lo sabías”. La frase me rebotó en la cabeza como aquella pelota de puntín en los puños del Gordo. “Lo sabías, Pablo, vos lo sabías”.

Y es que lo supe, aunque negué esa sapiencia y rodeé mil veces la manzana para no hacerme cargo de la confesión que podría haber salvado a una persona de ese trance. Sé que el Gordo salió del hospital y salió del manicomio, que por algún lado anda. Que está flaco y que ya no bebe una gota de alcohol. Lo sé porque encontré una vez, en el grupo Santa Cruz de Alcohólicos Anónimos, a uno de los oficinistas. Él me contó que el Gordo es compañero y tiene dos años de sobriedad. Que puso una consultora no sé de qué cosa y que le va muy bien. Que los que se fueron de la oficina aún se juntan a jugar frente al que fue mi bar, y el Gordo, ahora el Flaco Caputo, se ataja todo.

—Tiene un porrón de ginebra atrás del arco —me dijo el oficinista.

—No entiendo.

—Lleno de Gatorade.

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