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¡Adiós, lunes deprimente!

Un hombre que aprendió que el dolor puede siempre ser compensado con el humor negro. Autor de catorce novelas, entre las que no pueden pasarse por alto Matadero 5, Desayuno de campeones y Las sirenas de Titán.

2010/03/15

Por Jorge Iván Salazar

Kurt Vonnegut contaba una anécdota sobre su hermano Bernard: en una ocasión entró al laboratorio de Bernard un hombre, que se sorprendió ante el nivel de caos y confusión que reinaba en el recinto. Reprendió severamente al científico. Bernard le replicó: si usted cree que esto es caos, debería ver como están las cosas en mi mente. Vonnegut dijo que, con variantes, la anécdota era aplicable a él.

El pasado 11 de abril murió Kurt Vonnegut, uno de los grandes “distopistas” de la actualidad. Un hombre que quiso que sobre su tumba se colocara una lápida que dijera: Lo intentó. Vonnegut había nacido en Indianápolis en 1922, pero procedía de una familia de raíces alemanas. Su infancia estuvo marcada por La Gran Depresión. Durante la Segunda Guerra Mundial fue testigo, en calidad de prisionero, del bombardeo aliado sobre Dresde. Esta experiencia se tradujo en una de sus novelas más reconocidas e inquietantes: Matadero 5, una lúcida reflexión sobre la guerra y la condición humana. Pues si hay alguna palabra que califique el trabajo y la postura de Vonnegut, debería ser lucidez. Y quien dice lucidez, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, dice también ironía.

Es ya célebre la pregunta por el camino que debieron tomar las artes después de la guerra y el holocausto. El problema, en el fondo, fue preguntarse si después de tanta barbarie quedaba algún espacio para la estética. Con su obra, Vonnegut responde afirmativamente a esta pregunta –al menos para el caso de la literatura- y señala un rumbo posible. Ese nuevo rumbo está marcado por el desencanto; desencanto ante los pobres resultados del proyecto de la modernidad, desencanto acerca del ser humano en general, de su capacidad moral, de su papel en el mundo, de su posibilidad misma de supervivencia.

No obstante, en la obra de Vonnegut, el desencanto es templado por el humor. Sus obras son hilarantes, su técnica narrativa es precisa, económica y tiene el efecto cortante de los aforismos. El estilo de Vonnegut es muy peculiar, al punto de resultar fácilmente identificable. A pesar de lo anterior, nunca resulta tedioso porque sus novelas suelen incluir innovaciones formales, igualmente gratas a sus lectores. Novelas como Payasadas o El desayuno de los campeones recurren a dibujos del propio Vonnegut, tan hilarantes como la obra que se está leyendo. También es célebre el recurso a un álter ego, el escritor de incontables libros futuristas Kilgore Trout, cuyos argumentos rayan con el absurdo: un astronauta descubre un planeta tan minado por la contaminación que sus habitantes deben alimentarse con carbón; un planeta poblado de artistas, en el que el gobierno decide el precio de las obras jugando a la ruleta rusa. No en vano, Vonnegut ha dicho que su intención era traer a la literatura algo de la comicidad excéntrica de Laurel y Hardy.

Durante el renacimiento florecieron los libros de utopías. Sus autores planteaban la posibilidad de un mundo futuro mejor, gracias a los adelantos de la técnica y la ciencia. Con el paso del tiempo, las ilusiones utopistas desaparecieron y comenzaron a publicarse novelas amargas como Los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. El siglo XX vio crecer ese nuevo tipo de novelas, en las que se mira con escepticismo el futuro. Algunos llamaron a estos textos “distopías”. La obra de Vonnegut, partiendo de hechos contemporáneos muy concretos, tales como las guerras mundiales, el bombardeo sobre Dresde, la ejecución de Sacco y Vanzetti y la teoría darwiniana, deja ver un futuro sombrío y caótico pero, a diferencia de otras distopías, enormemente divertido. De Vonnegut se podría decir lo mismo que él dice de uno de sus personajes: que escribe para librarse de toda la basura que tiene en el cerebro. No obstante, en la más autobiográfica de sus obras, Payasadas, hay algo parecido a una profesión de fe: uno debe transigir de buena fe con su propio destino. Estamos rodeados de ideas y sentimientos humanos grandiosos, de proyectos grandiosos, que suelen terminar en devastación y holocausto. Vonnegut reclama a la humanidad algo más modesto que grandes ideales, grandes odios y grandes amores: nos pide simplemente un poco de decencia.

Si los argumentos de Trout resultan surrealistas, los de su autor, Vonnegut, no se quedan atrás: un presidente de Estados Unidos vagamente mongoloide, que debe hacer frente a una invasión de chinos en miniatura; hombres del futuro convertidos en animales parecidos a las focas; mares solidificados por obra de una extraña fórmula. De los argumentos de Vonnegut podría decirse lo mismo que dijo Verne de H. G. Wells: ¡está inventando! Es cierto, Vonnegut inventa mundos tan extravagantes que difícilmente se admitirán como posibles. Pero al igual que en el caso de Swift y Wells, los mundos de Vonnegut sólo son dementes en apariencia. Detrás del tinglado yace una reflexión profunda y escéptica acerca de lo que somos y seremos. Por eso el buen lector de Kurt Vonnegut será aquel que se debate entre la risa y el llanto.

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