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“Mis padres me obligaron a ser un artista”

Afonso Cruz, uno de los escritores más importantes de Portugal, habló con Arcadia sobre su obra ‘Los libros que devoraron a mi padre’, recién publicada por la editorial de Panamericana en el país.

2015/09/18

Por Christopher Tibble

Vivaldo Bonfim vive en el distrito 70 de una ciudad cualquiera. Sus días transcurren en una oficina gris, en un cubículo copado de papeles, archivos y declaraciones de renta. La monotonía atraganta su existencia, y por eso empieza a esconder novelas entre las montañas de pliegos burocráticos. Lee y lee libros, a escondidas, cuando nadie lo mira. Hasta que un día ya nadie lo encuentra: una tarde se desliza en el mundo de la literatura y se pierde en el futuro imaginado de distintas ficciones, junto a personajes como Raskólnikov y Mr. Hyde. Su hijo entonces emprende un viaje para encontrarlo, desde las estepas de Siberia hasta las calles de Londres. No quiere perderlo.

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Así comienza Los libros que devoraron a mi padre (2010), la novela corta del portugués Afonso Cruz que recién publicó la editorial de Panamericana. Así, la obra se une a otros títulos del luso que se consiguen en Colombia, como La contradicción humana (2010) y Enciclopedia de Historia Universal (2013). Durante su paso por el país, adonde asistió a la Fiesta del Libro de Medellín y al festival Visiones de México del Fondo de Cultura Económica, Cruz visitó la redacción de Arcadia para hablar de Los libros que devoraron a mi padre, apenas una de sus obras premiadas por la crítica internacional.

¿Cómo surgió la idea de escribir Los libros que devoraron a mi padre?

Es difícil. Para encontrar la razón tengo que hacer arqueología. Volver atrás y atrás. Creo que la primera idea que tuve fue escribir un libro con finales alternativos para clásicos. Pero después pensé que eso era algo muy fragmentado. Entonces quise imaginar una historia que pudiera envolver todo y así tener algo que generara simpatía con los lectores. Fue así como surgió la idea del papá del protagonista, un hombre que trabajaba como un contador público en una oficina del gobierno.

El de contador es un oficio que no me dice mucho y pensé:  si fuera uno, lo que haría es esconder mis libros debajo de las declaraciones de renta y leer. Imaginé un hombre que fuese devorado por libros porque nosotros generalmente devoramos libros.Cuando estamos tan inmersos en una lectura no oímos nada alrededor de nosotros. Y nos perdemos, solo que en este libro es literal: el personaje es devorado y pasa a vivir dentro de los libros.

Ahorita usted habló de la idea de jugar con el final de los clásicos, ¿por qué le interesa eso?

Siento que algunos casi me pedían eso como lector. Cuando los leía pensaba que los libros podían continuar, que podían hablar más de los personajes. En muchos de ellos además sentí que había conexiones, como por ejemplo Dr. Jekyll y Mr. Hyde y La isla del doctor Moreau. Cuando se acaba este último hay una sensación muy extraña: que Wells nos deja con la idea de que algo va a pasar con el protagonista. Él estaba en una isla que humanizaba animales y yo pensé, podría haber una versión nueva de eso, en un escenario urbano, que podría incluir a un personaje como Mr. Hyde.

Los principales libros que atraviesan esta obra son Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson; La isla del doctor Moreau, de H.G. Wells; Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoyevski; y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. ¿Cómo los eligió?

Al principió tenía muchos más libros pero cuando decidí que si quería hacer una historia, tenía que tener libros que se pudieran conectar. Quité algunos y mantuve otros que tenían que ver con mi historia.

El comportamiento de los personajes de Los libros que devoraron a mi padre parece corroborar la idea de Roland Barthes que los libros dejan de ser del autor cuando se publican. Los personajes son de todos y cualquier cosa puede pasar.

Claro, así sucede en Los libros que devoraron a mi padre. Y conmigo pasa lo mismo. Cuando voy a una feria y se me acerca un lector a hablarme de mis libros a veces él tiene unas ideas e interpretaciones que yo jamás hubiera pensado. Claro: tiene que ver con la vida de ese lector, con cosas que le han pasado. Cada lector es un universo y se va a concentrar en partes que otro quizá no considere importante. Nosotros, los autores, aprendemos mucho de nuestros libros hablando con los lectores. Y a veces tienen frases tan interesantes que luego las usamos nosotros.

En el libro también se encuentra presente la filosofía. Por ejemplo, cuando se habla de las distintas formas en que se puede percibir e interpretar la utilidad de un sillón. ¿La filosofía es importante para usted?

Sí, es muy importante. Yo soy ilustrador y toda la vida pensé que sería un ilustrador de comics. Me gustaba dibujar mucho, así pasaba mi tiempo de ocio. Cuando tenía 15 años empecé a sentir que la ilustración ya iba a ser definitivamente lo mío y entonces empecé a sentir que se trataba de una maldición. Quise cambiar a estudiar filosofía. Me gustaba mucho pero mis padres no me dejaron. Querían que fuera un artista. Eso es muy raro porque eso no pasaba con mis amigos. Si ellos decían que querían ser artistas, los padres los convencían de estudiar arquitectura. Y ahora tengo muchos amigos arquitectos desempleados.

¿Qué filósofos le llaman la atención?

Sobre todo Platón, sus seguidores y George Berkeley. Aunque también me gustan los filósofos orientales, como Lao-Tse y el taoísmo. No me gusta por ejemplo Confucio, así como no me gusta Aristóteles. A mí me gustan más los idealistas. Todos mis libros tienen algo de filosófico, siempre con una perspectiva oriental, porque en el oriente se enseña la filosofía usando anécdotas y eso es muy chistoso porque para nosotros es más fácil memorizar una historia y después sacarle un significado.

En la literatura funciona más la filosofía oriental porque es lúdica y también porque te permite más interpretaciones, no es muy objetivo y no tiene un lenguaje especial. No es para académicos. La sabiduría no tiene que ver con la erudición: es muy común encontrar a un anciano sabio que no estudió nada y encontrar a un académico que estudió muchísimo pero no es sabio.

Da la impresión de que Los libros que devoraron a mi padre no tiene un público fijo y que lo pueden disfrutar tanto portugueses como colombianos. ¿Así lo pensó?

Sí. Porque yo también soy un poco sin país. Me creo ciudadano del mundo. Me agrada la idea del cosmopolitismo y en una aventura en la que le dedicaba seis meses al año a viajar a solas con mi mochila conocí cerca de 60 países. Y claro, tengo una idea del mundo un poco global y no me fascinan tanto los problemas locales. De manera general, busco historias universales, sin una geografía propia, porque creo que hoy en día, con toda la información que tenemos, ya no solo tenemos que pensar en nuestros muertos, sino en los del mundo entero.

El libro es universal pero al mismo tiempo es muy local en cuanto a las experiencias del niño: se esconde en el ático de su padre a leer libros y su mamá lo regaña porque llega tarde a cenar. ¿Esas situaciones fueron de su infancia?

Sí, claro. Nosotros no nos podemos apartar de nuestro pasado cuando escribimos. Cuando un hombre hace un trazo, tiene toda su vida ahí. Hay una historia de un artista que hace un trazo y pide 30 mil dólares por el cuadro. Entonces una persona le pregunta: “¿por qué cuesta tanto si es apenas un trazo?” Y el artista le responde: “sí, pero para hacer ese trazo primero tuve que vivir todo lo que he vivido”.

En Los libros que se devoraron a mi padre hay elementos que hacen parte de mi infancia. Una de ellas es el ático, donde mi padre tenía sus libros. Cuando yo pasaba mis veranos donde mi abuela me la pasaba leyendo los libros de mi padre. Así inicié mi lectura de libros que no eran para niños o jóvenes. Mi primer libro para adultos fue El sueño de un hombre ridículo, de Dostoyevski. Creo que todavía no lo comprendo del todo. En el libro la otra conexión con mi vida fue Bombo, un niño que sufrió de bullying y que solo supe que era diabético después de ser amigos un año. Y yo era su único amigo.

¿Esta obra está pensada para un público específico? ¿Para cierta edad?

Yo nunca pienso en el público. Muchas veces lo que me pasa es que estoy escribiendo un libro para jóvenes y luego mi editor me dice, este es un libro para adultos. Entonces muchas veces no sé para quien estoy escribiendo. Yo tengo un libro llamado La contradicción humana y pensaba que era para niños, pero más tarde con mis dos hijos me di cuenta que los niños pequeños entienden opuestos, pero no contradicciones. Para eso necesitas un raciocinio lógico.

El protagonista del libro comete un error fatal al final. Me llamó la atención porque los gestores culturales siempre hablan de que los libros y el acto de leer nos hacen mejores personas. Y a pesar de las cantidades copiosas de libros que lee el protagonista, al final sigue siendo un niño, humano, caprichoso.

Eso era importante que fuera así. Porque nosotros con mucha facilidad, si se dan las circunstancias, podemos convertirnos en monstros. Y para mí era muy importante que fuera así porque a través de la vida vamos haciendo cosas muy malas. Todos nosotros. Ni siquiera los santos son impolutos. El final también tiene que ver con la idea central de Crimen y Castigo, de la culpa. Y como tenemos que seguir viviendo con esas cosas malas que hacemos y saber lidiar con ellas. El arrepentimiento en griego antiguo era metanoia, y quiere decir literalmente ‘mudar nuestra mente’. Cuando hacemos algo malo, no se trata de desear que no la hubiéramos hecho, sino de cambiar a partir de ahora.

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