Andrés Hoyos nació en Bogotá en 1953. Foto: Carlos Julio Martínez

"Un buen escritor es un cirujano plástico audaz, no un carnicero"

Andrés Hoyos, columnista del diario El Espectador y fundador de la revista El Malpensante, incursiona de nuevo en la ficción. 'Los hijos de la fiesta', su quinta novela, fue publicada a finales de abril. 885 páginas en las que Hoyos procura hacer un fresco de su ciudad y de su generación.

2016/05/24

Por Ángel Castaño Guzmán

En Los hijos de la fiesta Bogotá ocupa un lugar de privilegio. ¿Cuál ha sido su relación con la ciudad? ¿Que esconde ella que novelas como Los parientes de Esther, Sin remedioLos hijos de la fiesta quieran incluirla en sus discursos narrativos?

Yo, como la mayoría de los bogotanos, soy de origen provinciano. Mis antepasados venían del Viejo Caldas. Nací en 1953, lo que me hace, además, un bogotano veterano. Viví, pues, casi toda la segunda mitad del siglo XX en la ciudad, con un par de salidas que, en total, suman seis años, una bicoca. La verdad es que en algún momento, que yo situaría por ahí entre 1984 y 1996, casi llegué a odiar la ciudad, por indolente, por insolidaria, por brusca, por injusta, por resignada. Nunca me dejó de sorprender, eso sí, su sentido del humor, que al final de todas las cuentas delata una reserva moral poco accesible. De ahí que en mis anteriores novelas Bogotá haya entrado por la puerta de atrás, si es que entraba. No se me escapa que una ciudad de ocho millones de habitantes tiene también cualquier cantidad de recovecos, laberintos, historias, personas y episodios con un alto potencial narrativo. Así que en una de esas me liberé de mis prevenciones y me puse a escribir una novela en la que Bogotá fuera un personaje de primer orden. Lo que salió fue Los hijos de la fiesta. Al igual que otros personajes, la idea fue pintar a Bogotá con luces y sombras, con su lirismo y sus aberraciones, con sus esperanzas y su hastío.

Cita usted otro par de novelas en las que Bogotá está presente. La verdad, sin embargo, es que Bogotá ha sufrido toda la vida de una notable anemia novelística, sobre todo si se la compara con otras grandes capitales del mundo.

En la novela hay mucho diálogo. ¿Por qué decidió privilegiar esa herramienta narrativa? ¿Qué posibilidades literarias le brindó?

Para un novelista que se tome en serio su oficio, los personajes son un enigma. La solución fácil, y usualmente catastrófica, es usarlos como títeres, es decir, darles órdenes inapelables. Puede que las obedezcan, pero lo más normal es que se echen a morir. Y, bueno, para escribir una novela exitosa con personajes muertos uno tiene que llamarse Juan Rulfo.

Así, el novelista debe encontrar la manera de conocer a sus personajes sin maltratarlos y sin dejarse maltratar por ellos, porque los hay muy mandones. Mi forma de conocerlos bien es ponerlos a hablar. De ahí la preponderancia de los diálogos en Los hijos de la fiesta.

Una de las cosas que más rápido cambia es el habla de la gente. ¿Cómo hizo para captar el habla de los bogotanos de 1957 y 1995?

La mejor manera de guiarse en esa materia es mezclando la memoria –al fin y al cabo yo viví las épocas relatadas– con la documentación: archivos propios, libros, revistas viejas y archivos de internet. Igual, uno sabe cuáles son las palabras recientes. Más investigación requiere, en cambio, establecer las que estaban en boga en 1975.

Contó usted que en la escritura de la novela invirtió nueve años. ¿Qué tanto cambió el libro en el camino? ¿Qué tanto esta novela le cambió su forma de escribir ficción? ¿Cómo fue el proceso de depuración? al fin y al cabo usted dice que es más corrector que escritor.

La esencia de escribir un libro es irlo cambiando hasta que el propio libro grita: ¡no va más! Y vaya que al abordar una novela ambiciosa uno tiene que revisar a fondo sus nociones de lo que significa escribir ficción, al tiempo que diseña un espacio narrativo que ojalá funcione. Sobra decir que yo tengo las manías necesarias, sin las cuales un escritor de mi edad sería una ruina humana. Esas manías lo sacan a uno de apuros. Una de las principales es imaginar escenas y escribir esas escenas sin saber del todo en qué lugar van a casar luego, si es que casan. Claro, me quedaron algunas huérfanas por ahí, que andan divagando por el éter de la memoria cibernética. Otra manía útil es comprar unas tijeras grandes para hacer la edición final y aplicarlas sin agüeros. Aclaremos que un buen escritor es un cirujano plástico audaz, no un carnicero.

Usted retrata las dos variantes de la burguesía bogotana: el sector conservador tradicional y sector liberal. ¿Hoy siguen vigentes estos grupos de poder? ¿Qué tanto la clase dominante de Bogotá ha estado a la altura de los desafíos del país?

La burguesía bogotana, que antes solía dividirse entre godos y liberales, sigue siendo la clase dominante del país, así Uribe y otros mandamases de provincia hayan terciado por épocas. Loco estaría yo si dijera que esta burguesía ha resuelto los problemas del país, así en este momento un cachacazo llamado Juan Manuel Santos ande enfrascado en un proyecto crucial: la paz. Dicho esto, las novelas no dependen de las virtudes de sus protagonistas y menos de las virtudes de la clase social a la que pertenecen. Parafraseando a Tolstoi, los países felices son seguramente aburridos en materia novelística.

Inevitable preguntarle por El Malpensante. ¿Cuál es su balance del trabajo de la revista? ¿Cuáles son los planes para el futuro?

El Malpensante es una institución indispensable en Colombia y, por ende, los planes son perpetuarlo consiguiéndole por el camino una fuente estable de financiación. En esas estamos.

Para terminar, ¿qué papel, en su opinión, deberá jugar la cultura en los tiempos que se avecinan: los del postconflicto?

La palabra “cultura” sufre por lo demasiado ancha e incierta. Prefiero, entonces, hablar de las artes, que son fundamentales en el posconflicto, pues son otra forma de vivir en conflicto, aclarando que no prosperan tanto donde hay tiroteos. Terminada la Segunda Guerra Mundial, los nazis de carne y hueso fueron derrotados y desaparecieron como movimiento de masas. Casi en simultánea aparecieron los nazis de la ficción, del cine, del ensayo, que perduran e interesan hasta hoy.

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