Andrés Ospina / Foto por: Margarita Mejía

“Chapinero es una novela intimista”

La editorial independiente Lagua Libros publicó en abril 'Chapinero', la segunda novela del bogotano Andrés Ospina, quien relató a través de cinco personajes la historia de su barrio. Entrevista.

2015/04/23

Por María Camila Pérez B.

Muchos de sus trabajos, tanto narrativos como periodísticos, se relacionan directamente con Bogotá,  ¿en qué lugares de la ciudad pasa la mayor parte de su tiempo?
Como todo bogotano yo tengo el problema del confinamiento al sector propio. Yo vivo en la localidad de Chapinero. Entonces mi rango de acción tiene unos límites que no me gusta tener, pero que tengo que tener porque moverse en Bogotá es insoportable. Mi vida normal transcurre entre la Plaza de Bolívar y la calle 100, y la avenida Circunvalar y la 30. Obviamente voy al sur, a veces voy al occidente, y muy raramente voy al norte. Para mí moverme más allá de la 100 es irme a otra ciudad.


¿Cómo surgió la idea de escribir Chapinero?

Hubo varias coincidencias en mi vida. Yo hago una columna semanal para un periódico de distribución gratuita que se llama Publimetro. Y muchas veces me dieron las seis o siete de la mañana pensando en un tema para escribir porque estaba “destemado”. Entonces acudí a mi memoria remota y me dio por hacer una columna que llamé “Al viejo Chapinero”, y lo que hice fue hacer reminiscencias. Entonces a mí se me cruzaron dos cosas. Cuando hice esa columna sentí que había desperdiciado mucho material que habría podido meter, pero que no me cabían en una columna de 500 palabras. Y también me quedó la sensación de que debería existir un libro que se llame “Chapinero”, que no fuera un directorio telefónico o las páginas amarillas del sector. A partir de eso comencé a escarbar en mi propia memoria de Chapinero, a construir unos personajes que salieran de eso y a ponerles un escenario y unos momentos.


¿Por qué elegir Chapinero, entre tantos lugares, como escenario principal del relato?

Porque es el barrio del mundo que menos desconozco y porque para mí Chapinero es una metáfora de lo que ha sido el desarrollo del planeta tierra. Cuando uno piensa en las cosas de una manera muy global puede llegar a ser muy pretencioso, pero si piensas en tu aldea te vas a encontrar con que los modelos que ves tan únicos de tu entorno se replican en todo el mundo. La historia de Chapinero no es otra cosa que la historia de Adán y Eva, por ejemplo, que empiezan a poblar un sitio y luego se empieza a llenar, a colonizar, a sobrepoblar y luego se convierte en un lugar infecto. Entonces yo quería hacer una secuencia alrededor de las emociones humanas, a partir de ese barrio que conozco, en el que nací y que quiero tanto.


La novela se compone de cinco historias de épocas y personajes distintos y cada relato funciona como una fotografía íntima de esas vidas ¿cuál fue el proceso para elegir a estos personajes y contar sus historias?
Cada personaje tuvo un proceso diferente. Hay unos personajes que evidentemente existían y que estaban perfilados por la historia o por la leyenda misma y que están en la sabiduría popular del mundo bogotano.

Lo que le cuenta a uno la leyenda es que hubo un personaje que se llamó Antonero, que vivía en la calle 59 con carrera 7. Se supone que ahí vivía y que estaba casado con la hija de un rico hacendado que era un indígena de Usaquén. Hay contradicciones con respecto a su historia: dicen que vino con los ejércitos de Gonzalo Jiménez de Quesada, pero uno ve los registros de los nombres de esa expedición y él no aparece. No hay ningún registro de propiedad a nombre de él. Algunos dicen que es del siglo XVII, otros dicen que es del siglo XVI. Ni siquiera se sabe si Antonero existió, aunque yo quiero pensar que sí. Pueden haberse ido algunos errores o anacronismos, pero el propósito era que nadie pudiera desmentirlo.

Con otro personaje, Higinio, tenía que atar el siglo XVI con el siglo XX. Y también quería contar la historia del desarrollo de Chapinero, que es cuando deja de ser ese villorrio donde viven artesanos y gente muy pobre, y comienza a ser un sitio apetecido. Entonces empecé a buscar cosas y me fui a la Biblioteca Nacional a ver qué encontraba del barrio. Encontré un cartel que decía “A las armas. Se arrienda hermoso lote…” y al final decía “Acuda a la encuadernación de Manuel J. González”. Lo que se cita en la novela, con excepción de las cartas familiares, son documentos reales. Entonces Higinio sale de ese cartel y de documentos que encuentro sobre la Bogotá de ese entonces.

Después aparece Salvador, que en realidad viene de unas historias de familia muy exageradas, porque no son así como las estoy contando, pero son historias familiares que se apoyan en la prensa de los años treinta. En un periódico, por ejemplo, aparece la historia de Juan Máximo Gris. El diario decía que este personaje había llegado a Chapinero. Entonces empecé a leer, lo até con una cosa que estaba en otro libro y me inventé una historia alrededor de eso.

Luego viene Tania que es un homenaje a la mujer de los sesenta. Y finalmente viene Lorenzo, que es la contemporaneidad. Es un poco el estereotipo del artista incomprendido, pero me parece que no es un tipo malo. Lorenzo es inspirado un poco en temores que uno tiene, en cosas que uno no quisiera experimentar. Por ejemplo, es un tipo que se quedó muy solo y sin familia desde muy pronto.

 
La portada de la novela, publicada por la editorial Laguna Libros.


Su primera novela, Ximénez, también toma lugar en Bogotá y es una “biografía novelada” de la vida del periodista bogotano José Joaquín Jiménez. ¿Por qué seguir utilizando a Bogotá como escenario para contar sus historias y a sus habitantes como protagonistas?

No puedo decir que tengo un pacto declarado con Bogotá, pero hasta este punto de mi vida me ha perseguido mucho el tema. Tal vez tenía que resolver muchas cosas con mi ciudad y por eso he escrito sobre ella, pero no me considero alguien que escribe sobre Bogotá, ni mucho menos un cronista de la ciudad. Tal vez me he vendido así, pero esa no es la idea. Muy probablemente lo próximo que escriba no sea sobre Bogotá.


Teniendo en cuenta los elementos de Chapinero anclados en la realidad, ¿cómo fue el proceso investigativo antes de su escritura?

El pacto era construir verosimilitud. Entonces el proceso era generar todo un telón de fondo y empezar a ponerle capas. Yo sabía qué quería que ocurriera y tenía la historia en mi cabeza, pero tenía que ponerle un barrio de fondo y, además, tenía que mostrar la imagen de ese barrio. La construcción estaba basada en saber que unos personajes tenían que llegar de un punto a otro y que eso tenía que ocurrir en un determinado lugar. Chapinero no es una novela histórica, es una novela intimista.


¿Siempre hace este tipo de investigaciones antes de comenzar a escribir?
Cada libro es diferente. La experiencia de Ximénez fue un ejercicio distinto porque giraba en torno a la fascinación por un personaje y por una ciudad, pero en realidad no era más que atar una serie de gags humorísticos y de historias alrededor de este personaje. Era una operación más cercana a la crónica que a la novela y me quedó la idea de que quería hacer algo que pudiera ser catalogado como una novela en el sentido purista de la expresión. Entonces el proceso fue diferente, porque Ximénez fue el fruto de contar una buena cantidad de verdades y de mentiras, sobre todo para narrar la trayectoria vital de un personaje que en efecto existió.

Con Chapinero yo quería explorar más con la intimidad y esto implica otras cosas. Implicó meterme más en cómo podría sentir alguien del siglo XVII, o me metí en el enredo de hacer verosímil que un zapatero supiera escribir y leer y hablar con ilustración. Me puse también en el problema de hablar como una mujer, que no es fácil. Entonces eso implicó hablar con muchas mujeres, entregarles el manuscrito y sentarme con ellas a ver si tenía algo de verosimilitud. Por eso la investigación fue diferente. Además, el proceso de creación fue diferente y mucho más doloroso, porque era explorar en cosas más personales.


En una frase, ¿cómo describiría a la novela?
Chapinero es un viaje en el espacio y en el tiempo por la intimidad de los sentimientos humanos.

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