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Ángel y demonio

Nunca fue un escritor que se sintiera cómodo en el mundo. Ninguneado por García Márquez, celebrado por la crítica internacional, Espinosa fue, sin duda, uno de los escritores capitales de la literatura colombiana de las últimas cuatro décadas.

2010/03/15

Por Luz Mary Giraldo

Evocar a Germán Espinosa (1938-2007) es relacionarlo con la literatura y con Josefina Torres, su compañera de vida por más de cuarenta años, inspiradora de la admirada Genoveva Alcocer y de Aitana, personaje con que rinde homenaje a su memoria. Si por un lado era un amanuense en el estricto sentido de la palabra, erudito en muchos temas, amante del jazz, de los clásicos y de Van Gogh, respetuoso de las doctrinas esotéricas y del demonismo, y de pocos amigos, por otro era soberbio y de difícil acceso, dispuesto a exigir reconocimiento y a protestar contra quien consideraba su opositor, como lo dejó escrito en La verdad sea dicha y algunas de sus ficciones.

Recuerdo cuando convaleciente de un cáncer, manifestó su desconsuelo al enterarse de la grave enfermedad de R. H. Moreno-Durán, quien falleció un mes después de Josefina. Para Espinosa, no solo era una injusticia cometida por la muerte contra ese escritor e intelectual que empezaba a recoger su cosecha, sino, sobre todo, la pérdida de un entrañable contertulio. Perdidos la esposa y el amigo, sus dos últimos años transcurrieron entre la depresión y la nostalgia, mientras la enfermedad lo amenazaba. Solo la compañía de sus hijos, de los amigos cercanos y, en el último tiempo, de la escritura le permitió refugio.

Cartagenero de nacimiento y bogotano por adopción, universalizó ese lugar del Caribe que ambientó en la Colonia y cotejó con otras ciudades de Latinoamérica, España o Europa en Los cortejos del diablo y La tejedora de coronas. Reveló distintas facetas de Bogotá en novelas que hilvanan el siglo XIX o la contemporaneidad. Fue el primero en recrear el truculento caso de Campo Elías Delgado, excombatiente de la Guerra de Vietnam que causó la masacre en el restaurante Pozzeto, y lo hizo con un novela negra, La tragedia de Belinda Elsner, en la que mostró que no solo era maestro en la ficción sobre la historia y la escritura castiza, sino que además lo era en la intriga y en el afán de mostrar las perversiones humanas y la realidad colombiana.

No escatimó burlas a las expresiones que desde la truculencia se hacen subalternas del cine o de los medios, y cuestionó a los autores que pactan con editoriales y lectores para estar en las listas de moda. Con la claridad de quien sabe lo que quiere decir, y de quien cultiva el idioma como un tesoro, persiguió la creación de una obra que propiciara, según sus palabras, “un enfrentamiento del ser latinoamericano con el universo, una especie de lucha con el ángel”, con el fin de revelar la “identidad última” y reconocer “nuestro destino intelectual e histórico”. Ética y estética que defendió desde los quince años con su primer poemario, y que sostuvo en su inicial libro de cuentos, La noche de la trapa (1965) y que conservó en su obra, incluidos sus ensayos.

Entre que los que llamaron la atención sobre sus ficciones estaba Hugo González, destacado librero colombiano de los últimos tiempos, quien lo consideraba de la misma altura de Gabriel García Márquez, reconociendo Los cortejos del diablo y La tejedora de coronas como obras que permanecerían y nada tenían que envidiarle a otras de autores latinoamericanos o extranjeros. Vale recordar que Los cortejos…, publicada inicialmente en Uruguay y Venezuela en 1970, fue recibida con gran entusiasmo por la crítica de estos países, mientras en España se prohibía en épocas de Franco. También, que cuando circuló por primera vez en Colombia El nombre de la rosa de Umberto Eco, hubo quienes la compararon con La tejedora… Uno de los primeros comentarios a esta novela, de Alfonso López Michelsen, la destaca y relaciona con Jorge Luis Borges. Muchos nos preguntamos por el silencio de Mutis o del Nobel, especialmente cuando este último afirmó alguna vez que no fue capaz de pasar de sus primeras páginas, comentario que no olvidó nunca Espinosa.

Destacado por críticos, poetas y narradores, estudiado en espacios universitarios, elogiado como cronista, el autor no gozó los reconocimientos que debiera de parte de instituciones del Estado y mucho menos de las academias. Como no se cuenta con apoyo a los creadores –como en otros países–, fuera de algún viajecito o una que otra medalla o pergamino en algún encuentro o congreso internacional aprovechado por determinado ministerio o institución, estuvo a la espera de estímulos significativos, situación de la que siempre se resintió, mucho más cuando veía el ir y venir de aplausos a obras poco promisorias. Talvez, además de la distinción de la UNESCO a La tejedora de coronas como patrimonio cultural de la humanidad, reconoció en su experiencia diplomática un estímulo que le permitía no solo vivir en el extranjero y conocer otras culturas, sino saber “que el hombre es idéntico en todas partes”.

La muerte, esa amiga que por regla general “no sabe golpear a tiempo”, se lo llevó, quizá donde Josefina, con quien entre whiskies y cigarrillos compartió el amor como “máxima expresión de la libertad”. Queda su vacío, el recuerdo del bastón que golpeaba contra el piso acompañando la altanería de sus palabras cuando algo le molestaba. Pero sobre todo, queda su obra.

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