Fernando Savater nació en San Sebastián, España, en 1947. Foto: León Darío Peláez.

“Este es mi último libro”

La más reciente obra de Fernando Savater, sobre las guaridas de 8 grandes escritores, coincidió con la muerte de su esposa, Sara Torres. Ahora publicada, el filósofo español confiesa que sin ella no tiene motivos para seguir escribiendo libros. Hablamos con él en Bogotá sobre literatura, autores y ética.

2016/09/01

Por Christopher Tibble

Por estos días, Fernando Savater no es el protagonista de sus entrevistas. El personaje principal, del que habla con voz queda, con inmenso cariño, es Sara Torres, su esposa, quien falleció en marzo del año pasado. La invoca cada tanto, a menudo. “Sara era una fotógrafa magnífica -dice frente a la entrada del Hotel Dann Carlton, en el norte de Bogotá, donde se encuentra hospedado antes de salir a una conferencia sobre ética y medicina en Cali-. Pero a ella no le gustaba que le tomaran fotos. Es una pena. Tengo muy pocas de ella y, a esta edad, me servirían de consuelo”.

Savater está de paso en Bogotá promocionando su más reciente libro, Aquí viven leones. La obra, un recorrido por las ciudades y los pueblos que marcaron a ocho grandes escritores (Zweig, Christie, Poe, Reyes, Flaubert, Leopardi, Shakespeare, Valle-Inclán) la firmó en conjunto con Sara, quien durante 35 años no solo fue su esposa, sino también su primer lector. “En este libro figura por primera vez su nombre junto al mío como autora, y así debería haber sido en tantos otros de los que he firmado en solitario, porque sin sus ideas, sin su vigilancia crítica, sin su imperioso estímulo no habrían sido escritos”, escribe el filósofo en el prólogo.

De todas formas, a pesar de la muerte de Sara, Savater continúa con un aire de melancolía alegre. En medio de sendas carcajadas, habló con nosotros sobre literatura, autores y ética.

No debió ser fácil elegir a estos ocho autores. ¿Cómo los escogió?

No fue fácil. En un comienzo Sara y yo elegimos muchos más pero al final, por razones de fuera mayor, se quedaron reducidos a estos ocho. Nosotros elegimos autores que, primero, no estuvieran incluidos en la primera serie que hicimos, Lugares con genio, para la televisión. Ahí ya habíamos elegido la Buenos Aires de Borges, el Santiago de Pablo Neruda, el México de Octavio Paz, el París de Camus, en fin, ya teníamos una serie de autores quemados. Y luego, quería que fueran autores de lugares y de épocas diferentes para escribir algo que fuera entretenido, y para que cada uno se prestara a reflexiones distintas. Al comienzo, pensamos en 15, pero lo que pasa es que, bueno, Sara murió y yo acabé como pude, pero ya no tenía el ánimo para hacer 6 o 7 autores más.

¿Es verdad que este es su último libro?

Mi idea es esa, sí. Y es esa porque los otros libros los he escrito siempre en colaboración con Sara, y sobre todo pensando que ella los iba a leer. Más que el público, o de la opinión de terceros, me importaba que ella los leyera. Me gusta que los libros se vendan, pues uno vive de eso, pero las opiniones importantes eran las de ella. Y ya sin eso, la verdad es que no tengo estímulo para seguir escribiendo. Me gustaría con los años, y si tengo tiempo, hacer algo sobre la relación que tuvimos, pero ni sé si eso será del interés de los demás. A lo mejor puede ser uno de esos libros que se escriben para uno mismo y no para los otros. Igual, prefiero pensar que este es el último.

Cuando uno abre el libro, y de manera sorprendente, se encuentra con un prólogo muy conmovedor, que usted le dedica a Sara. ¿Cómo cambió o influenció su muerte este libro?

Ese episodio fue decisivo porque, claro, el libro comenzó como una aventura alegre, pasándola muy bien, era en verdad un pretexto para viajar juntos, para ir a lugares bonitos, a Normandía, a Italia. Y la verdad es que la pasamos estupendamente. Sentíamos que saliera lo que saliera, el libro ya estaba justificado (risas). Y, claro, a partir de ahí se convirtió un poco en lo contrario: en una situación para mí muy amarga, en un recuerdo permanente y muy difícil. Pero bueno, por eso quería hacer un prólogo en el que explicara qué era lo que queríamos hacer, y luego contar que el libro había continuado tras la muerte de Sara. También quería mencionar algunos de los autores que a Sara le gustaban, como Emily Dickinson, alguien que me atraía mucho porque, claro, habíamos hecho la vida de autores que viajaron mucho, pero ella nunca salió de casa. Salvo su jardincito, ¡jamás salió de su casa! El reto era: ¿cómo contar la vida de una viajera interior?

¿Cómo cambia una ciudad cuando se lee a través de un autor?

Yo soy de los que me encanta, cuando voy a un sitio, llevarme un libro que trate de ese lugar. Es verdad que, quizá, eso hacen todos los enfermos de literatura. Pues cuando voy a un lugar que no conozco, procuro ver qué novelista es de allá y llevarme una obra suya que me arrope y acompañe. Y es verdad que cuando tú conoces un autor la ciudad cambia. Dublín nunca puede ser la misma después de leer el Ulises de Joyce. Una vez estaba en Estocolmo con una amiga, eran unos días excelentes, que en Suecia no es fácil (risas), y había un grupo de personas variadas que iban parándose frente a los edificios, y mi amiga me explicó que eran los que van siguiendo las novelas de Stieg Larsson. Así se crean nuevas formas de recorrer ciudades.

¿Y ha leído por medio de algún escritor a Colombia, a Bogotá, a Cartagena?

Claro, por supuesto. Todos hemos leído lugares a través del Gabo. Afortunadamente vengo a Colombia desde hace muchos años y conozco a otros autores, como Héctor Abad y Juan Gabriel Vásquez que, de alguna manera, me han dado otras nociones de la ciudad. Fíjate que, y es un poco cruel decirlo, nosotros íbamos a incluir al Gabo en la lista pero no pudimos porque en ese momento no se había muerto (risas), y pues tenían que ser autores que se hubieran muerto.


Foto: León Darío Peláez.

Después de leer, investigar y visitar los lugares donde vivieron estos genios de la literatura, ¿existe algún rasgo que compartan estos personajes?

Bueno, comparten el hecho de que, de un modo u otro, todos buscaron la literatura como sentido de la vida. Flaubert, un escritor absolutamente puro, decía abiertamente que vivir era una tontería pero que gracias a eso podemos escribir, que es lo importante. Él fue un escritor cuya vida no servía más que para dar funcionamiento a las formas de escribir. Luego hay escritores que también hacían otras cosas. Por lo poco que conocemos de un personaje como Shakespeare, sabemos que era un tipo que se pasaba la vida comprando casas, haciendo negocios, organizando jaleos en juergas con la compañía de teatro (risas). Pero todos, en el fondo, comparten que el rasgo fundamental de sus vidas es la literatura.

Hay quienes aseguran que si a uno le gusta un autor, es mejor no conocerlo, pues siempre lo va a decepcionar. ¿Después de escribir este libro, qué opina al respecto?

Es verdad. Y yo puedo darte testimonio de eso. Hay autores que uno dice, ‘hombre, con lo que me gustaba, qué lástima. Ya no puedo leerlo de la misma manera’ (risas). Pero bueno, de todas maneras, es imposible que todos los autores sean simpáticos. Con estos autores muertos no se trataba de decir qué bien vivían. Hay autores extraordinarios que eran malísimas personas, poco recomendables. Todos quisiéramos que los grandes artistas fueran estupendos padres de familia, pero de hecho casi nunca es así. Y en eso también hay un mérito pues, a pesar de eso, lograron ser grandes artistas. Es decir, si tú eres un ángel que escribe como un ángel, no tiene mérito, pero si tú eres un demonio y escribes como un ángel, tiene cierta gracia (risas).  

Siguiendo por esa línea, y entrando un poco en el territorio de la filosofía, ¿cuál es su opinión sobre el texto de Roland Barthes, La muerte del autor, y la idea de que los libros pertenecen más a los lectores que a los escritores?

Eso también creo que es verdad. Muchas veces los libros que uno les ha puesto mucho trabajo pasan absolutamente desapercibidos, desgraciadamente recibidos, y en cambio algunos libros que has hecho por dar gusto a alguien, que no te han constado absolutamente nada, se convierten en un éxito mundial. Los latinos decían que cada libro tiene su destino. Que más allá de los que el escritor quiera, cada uno tiene un camino. El Quijote, en su momento, era considerado una obra menor, porque era una obra de risas, y Lope de Vega escribía contra Cervantes diciendo que era un bufón, que hacía reír a la gente, y ahora lo hemos convertido en un libro que leemos con la misma reverencia que la biblia.

Eso me recuerda al rival de Shakespeare que menciona en el libro, que lo tildaba como un ladrón.

Claro, a él lo veían como un bicho malo, peligroso, que fue hundiendo a todos sus rivales para hacerse al final con el éxito. Y, efectivamente, había quienes decían que ese tipo no hacía más que robar ideas de otros, pero, claro, ¡él las robaba pero las hacía mejor! (risas).


Foto: León Darío Peláez.

En Colombia, los índices de lectura son muy bajos. En promedio el colombiano lee entre 1.8 y 2.1 libros al año. Y la gente que busca estimular la lectura muchas veces se rasca la cabeza porque no saben cómo hacerlo. Para usted, ¿cuál es el valor de leer literatura?

Yo creo que todas las cosas que se convierten en obligaciones se vuelven odiosas. Es decir, los padres que se con buena intención están viendo televisión y mandan al niño al cuarto a leer, el niño coge un odio a la lectura mortal. Daniel Pennac, un profesor que ha escrito mucho sobre la lectura, dice que el verbo leer no admite la voz imperativa: ‘¡lee!’ no se puede decir. Hay que sugerir, hay que seducir a la lectura, contagiar el gusto. Muchos de los que hemos sido lectores desde muy jóvenes, nadie nos dice que leyésemos. Al contrario, en mi época mi madre me decía, ‘niño, no leas, ¡estudia!’. Y así dentro de los libros de gramática escondía novelas (risas). Pero ahora en cambio cree que la lectura es un estudio, pero no, la lectura tiene que ser un placer ante todo, y una multiplicación del alma.

En una conferencia que dictó el académico Antoine Compagnon, dice que la literatura ‘libera al individuo de su sometimiento a las autoridades y en particular es un remedio contra el oscurantismo religioso’. ¿La lectura tiene algún valor ético?

Me encantaría poder decir que uno leyendo se convierte en una persona estupenda, tolerante, ilustrada, pero eso no es una verdad. Hay personas muy cultas que son unas verdaderas canallas. Pero sí creo que para quien quiere mejorar su vida, no hará mal en leer. E incluso, en último término, pensando en esa especie de paraíso que se puede encontrar, recuerdo una carta de Virginia Woolf a una amiga en la que le dice, ‘pienso que cuando nos muramos y nos vayamos al juicio final, y ahí estará el señor sentado con San Pedro, dándonos a cada uno el paraíso que merezca, llegaremos tu y yo con nuestro libro debajo del brazo, y el señor dirá: a esas déjalas, no necesitan paraíso, les gusta leer’ (risas).

Pensando en ese valor ético de la literatura, hay profesores que dicen que las parábolas o los mensajes son nocivos. ¿Está de acuerdo?

Los mensajes han estropeado muchas buenas historias. En eso creo que hay que ser como Chesterfield, que fue a ver el estreno en Londres de alguna de las versiones de Otelo y, al salir, le preguntaron, ‘¿Milord, cuál es la moraleja de esta obra?’. Y él respondió: ‘que las mujeres tienen que tener cuidado con sus pañuelos’ (risas).

Tengo entendido que hoy usted prefiere releer que leer. ¿Cuáles son los autores a los que regresa?

Creo que muchos de los que hemos sido lectores desde jóvenes hemos leído demasiado pronto obras que exigen de cierta madurez. No porque sean complicadas de leer. Madam Bovary entiendes perfectamente lo que ocurre desde la primera hasta la última línea, pero con 14 años no puedes entender el mundo de pasiones, de frustraciones, etcétera. Y ahora siento ganas de volver a ellos. Este verano, por ejemplo, he releído dos novelas americanas. Una que me gustó mucho más ahora que cuando la leí, y otra que me pareció una idiotez. La primera es Fiesta de Hemingway y la segunda, El guardián entre el centeno, que me parece la novela más idiota que he leído en mi vida. ¡Y es con la que se empeñan los americanos a leer a los niños en el colegio! Y pues claro, así terminan adorando a Donald Trump (risas).

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