"Una biblioteca es un lugar donde usted pueder perder su inocencia", Germain Greer.
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Una biblioteca: "un lugar donde perder la inocencia, sin perder la virginidad"

La escritora Piedad Bonnett clausuró el Foro sobre Bibliotecas Públicas con este conmovedor ensayo sobre estos espacios donde los libros abren un mundo de posibilidades infinitas.

2013/10/17

Por Piedad Bonnett

Aprendí a leer a los cuatro años, de mano de mi madre, una maestra de escuela,  y desde esa edad me envicié a la lectura, impulsada tal vez por el ejemplo de mi padre, que leía, como Cervantes, hasta los papeles rotos de las calles. A pesar de la  pasión por las palabras que se respiraba en mi casa, la biblioteca de mis padres en ese remoto pueblo que era entonces Amalfi, el lugar donde nací, era bastante exigua. Sin embargo,  contaba ella con el Tesoro de  la Juventud, esa enciclopedia infantil de la que se nutrieron tantos escritores de mi generación, donde se podía leer desde un cuento de Andersen hasta una explicación sobre los misterios del calor y el frío, pasando por un poema sobre Pentesilea escrito por Teodoro de Banville, el literato francés de mediados del XIX. En esos libros cuyas páginas tenían – y siguen teniendo hoy – un olor único, irrepetible, tan cargado de emoción en mi  memoria como en la de Proust el del gusto de las magdalenas, yo aprendí que existe una realidad alterna que nace de las palabras y que permite interrogar la otra realidad, la de todos los días, la que a menudo nos parece chata y aburrida, o irresistible u odiosa. Y no sólo interrogarla: a veces, y entre muchas otras cosas,  también huir de ella, o comprenderla mejor, o desacomodar nuestras creencias y prejuicios, o repensar lo ya pensado.  

Alberto Mangel, en ese libro maravilloso que es Una historia de la lectura, nos habla de esa extraña capacidad del hombre, la de leer, que no es otra cosa que el arte de “descifrar y traducir signos”. Signos, que, por otra parte, son creación del hombre mismo, aunque tendamos a pensar que el alfabeto es invención de dioses. Borges, ineludible a la hora de hablar de las bibliotecas, nos recuerda la naturaleza del milagro: que gracias a las posibles  combinaciones  de los  veintitantos símbolos ortográficos es posible expresar todo lo que es dable expresar sobre el universo, en todos los idiomas. “Todo –nos dice, con extraordinaria ironía- la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de su muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió), sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito”.

Gracias a la combinación del punto, la coma, esos veintitantos signos ortográficos, y algunos espacios yo descubrí a los seis años que los bosques estaban llenos de hadas y gnomos, que hay cíclopes y que el más conocido se llamaba Polifemo, que en un sitio llamado Montevideo un hombre llamado Artigas batalló en la reconquista de Buenos Aires y que los huevos podridos flotan mientras los frescos se van al fondo. Y sin saberlo, comencé a hacer un camino donde los libros fueron modelando mi yo: porque un hombre que lee es en gran medida la suma de sus lecturas, y así como no hay dos libros iguales no hay dos lectores cuya experiencia sea idéntica.

Ya a los seis años El Tesoro de la Juventud había despertado en mí la curiosidad por el objeto llamado libro y la fascinación por las ilustraciones. Las de color,  frente a las cuales yo me detenía, alelada, eran escasísimas, no más de dos por volumen: el precio de imprimir con varias tintas debía ser altísimo, así que el paisaje sobre el que brillaba el arco iris o la ronda de enanos con gorros multicolores eran recompensas que los editores daban a los niños muy de vez en cuando, casi como se brinda un helado o un caramelo al que ha hecho un esfuerzo que necesita estímulo. Fue entonces que mi madre decidió llevarme a un sitio que iba a ampliar el espectro de mis emociones de lectora: a una biblioteca, la primera que conocí en mi vida. No se trataba, no, de una biblioteca pública. Ignoro si ese tipo de lugar existía en mi pueblo. Me dicen que un cura letrado intentó poner una pero que los lectores locales se resistían a leer en un sitio que no fuera el parque o la sala de su casa. La biblioteca de la que hablo era un cuarto pequeño donde una mujer sencilla, a la que le decían Marucha, tenía clasificados, por iniciativa suya y sin ningún apoyo oficial,  varias docenas de libros que prestaba a los usuarios locales a cambio de unos pocos centavos. El ejemplar que alquilé la primera vez se titulaba El jardín de Lilolá  y estaba lleno de láminas coloridas. A partir de aquel día, una vez por semana mi mamá y yo atravesábamos la plaza del pueblo para ir donde Marucha a devolver el libro ya leído y a alquilar algún otro, que yo escogía, plena de emoción y excitada por lo que prometían su portada y su  título. Mi madre firmaba, pagaba, y yo me iba de su mano, radiante, a lo que en mi casa también llamábamos la biblioteca, un cuarto de techos muy altos con una pequeña estantería colmada de libros, y una cama grande donde me acostaba bocabajo, apoyada la cara entre las manos, a pasar unas horas felices en algún reino lejano.

Como la Enciclopedia, la Biblioteca, en principio,  aspira a abarcar el saber humano. Todavía nos asombra  leer sobre los métodos que usaron los Tolomeos para hacer de la Biblioteca de Alejandría la más completa de su tiempo: aunque la mayoría de sus manuscritos eran comprados y donados, como los bibliotecarios tenían como misión conseguir todos los libros existentes, de todas las culturas, todo  buque que atracaba en Alejandría era revisado y sus libros confiscados y llevados a la biblioteca. En algunas ocasiones se indemnizaba a los dueños por la pérdida, y en otras ocasiones los originales eran copiados y luego devueltos a sus propietarios. Se presume que por la época de Tolomeo III ya había cerca de medio millón de rollos en la biblioteca central, y cuarenta mil en otra más pequeña. Para aquellos emperadores el tamaño de la biblioteca era, ante todo,  un signo de poder, pero  también una declaración de principios: un pueblo es mejor que otro cuando conoce mejor su pasado, cuando la memoria de su cultura es fijada a través de la lengua escrita.

Es siempre muy interesante conocer la forma de clasificación de una biblioteca: cualquier bibliófilo que se respete tendrá muy clara la forma en que ordena sus libros: por orden alfabético, por género, por idiomas, por origen geográfico…Ya con la biblioteca de Alejandría aparece un personaje muy interesante, y con él una ciencia: el nuevo bibliotecario, y, aunque de forma incipiente, la bibliotecología. La catalogación es un arte que ha ido refinándose con el tiempo, a medida que el libro se multiplica y en él caben las disciplinas más variadas y las temáticas más exóticas. Porque la humanidad tiende a escribir sobre todo. Así, el bibliotecario tendrá que poder saber clasificar Mop Men, de Alan Emmins, que describe el oficio de los limpiadores de espacios donde han sucedido crímenes o suicidios (él fue uno de ellos antes de hacerse popular con su libro), o El papel de los hongos en el arte cristiano, de John Rush, o la Guía de los calcetines de Estonia de Aino Praakli, y deberá poder facilitar que el lector encuentre tanto Secado de flores con un microondas como La vida de los doce césares de Suetonio. Pues el bibliotecario cataloga para que el lector encuentre. Porque todo lector es, en rigor, un buscador. A veces una pregunta  encamina la búsqueda de un libro, pero, más generalmente, son los libros los que desatan las preguntas que llevarán a otros libros. Y es así como,  de pregunta en pregunta, de inquietud en inquietud, el creyente en el libro va saltando de uno a otro, tejiendo una red de relaciones secretas que, en últimas, lo constituyen. Porque la historia personal de un lector es, en buena parte, la historia de sus lecturas, que, por lo demás,  es siempre una historia secreta y misteriosa. En primer lugar, porque es irrecuperable. ¿O qué lector verdadero puede recordar realmente cuántos libros ha leído y cuándo? Tendría que ser un maniático, como dicen que era Víctor Hugo, el escritor francés,  un sexo adicto que llevaba en un cuaderno la cuenta de sus amantes, con nombre, edad  y nivel de satisfacción proporcionado. Para qué podría servirle esa lista a Victor Hugo, se pregunta uno. Para lo mismo, sin duda, para lo que le serviría a un lector hacer la lista de sus lecturas, por infinitas que estas sean. Para nada, pues la acumulación de lecturas no implica necesariamente saber. Lo que en verdad  tal vez nos serviría o lo que querríamos conocer  es cómo incidió en nosotros cada una de estas lecturas, qué cambios definitivos se dieron en nuestras vidas a raíz de ellas. Pero esto también es imposible de reconstruir a cabalidad. Podemos tener claro que  leer a Vallejo cambió nuestra percepción de la poesía, o jurar que la lectura de las obras de Shakespeare, o de El Capital o de la Biblia significaron una vuelta de tuerca en sus vidas. Pero, ¿y ese poema ridículo que amábamos a los trece años y que nos llevó a escribir poesía? ¿Y esa novelita policiaca mediocre gracias a la cual nos hicimos lectores empedernidos? ¿O el ensayo de Habermas que nos impusieron en clase y  nos abrió un camino de lecturas que hoy todavía se renueva? ¿O el libro maravilloso cuyo título, sin embargo olvidamos? Todos estos textos son encrucijadas, grandes o pequeñas, relevantes o irrelevantes, en medio del jardín de senderos que se bifurcan por el que transitamos, para volver a usar las palabras de Borges. Pequeñas elecciones, sencillas o complejas, conscientes o aleatorias que marcan un rumbo que en últimas es un destino: el que nos forjamos como lectores.  

Y como la biblioteca infinita, la biblioteca total, esa que no podríamos abarcar aunque tuviéramos cien vidas, nos invita a elegir, nuestra existencia de lectores está marcada también por las omisiones. Por los libros que pensamos que deberíamos leer y a los que nunca llegamos, y por aquellos que habríamos tenido que leer y que nunca conocimos. En eso pienso a menudo cuando miro mi biblioteca, la que he ido haciendo con pasión y persistencia durante años: ¿qué poemas reveladores no he leído aún o no leeré ya nunca? ¿Qué frase definitiva – la que podría engendrar un poema o una novela o quizá esclarecer un enigma- no ha pasado todavía frente a mis ojos? Y es que sólo soy un momento en el tiempo del lector platónico, una partícula del eterno lector que puede leerlo todo, un individuo que se alegra de lo mucho que ha recibido de los libros y que siente una gran frustración de saber que hay tanto que quisiera abarcar y se le escapa. Porque una biblioteca contiene, sobre todo, tiempo: es un compendio del pasado, una posibilidad de futuro y un presente pleno, que comprende el ayer y el mañana. Una biblioteca es también un gran ojo, como aquel con el que representan a Dios, o como el de las moscas, lleno de ocelos, o el de los camaleones, que pueden ver al mismo tiempo adelante y atrás. Es la mirada que resulta de la suma de todas las miradas, que ve a la vez lo grande y lo pequeño, los infinitos matices del universo. El resultado de ver a través del gran ojo de la biblioteca es que jamás nada se verá, de forma empobrecida, en blanco y negro. Porque el alma de la biblioteca está llena de la riqueza de lo ambiguo. No hay verdades en una biblioteca: hay visiones de la verdad, que es otra cosa. Infinitas voces que se dirigen a un solo sujeto, el rey de este recinto: el lector.

Quien entra a una biblioteca no debe hacerlo, pues, como si llegara a un templo. Aunque mucho se ha hablado del carácter sagrado del libro, aunque algunos nos sigan invitando a la reverencia, la única forma de disfrutar de la biblioteca es entrar a ella con la cabeza destapada, con los ojos y los oídos muy abiertos. Dispuestos a rendirnos a la música de las palabras, sí, y al encantamiento de las historias, y a la contundencia de los postulados científicos, y a la belleza, que nos rodeará por todas partes. Pero dispuestos también  a que esos mismos libros que nos embriagan de fascinación nos vuelvan rebeldes contra ellos mismos, porque a medida que leemos el pensamiento  se hace más crítico,  el gusto más severo y el criterio se afina y nos vuelve implacables. Thomas Bernhard, siempre extremado, tiene un planteamiento muy original en un libro magnífico titulado Maestros antiguos. Allí cuenta cómo Reger, un hombre culto, musicólogo de The Times, acude hace treinta y seis años, todas las semanas, a la sala Bordone del Museo de historia del Arte de Viena, que tiene una temperatura excelente,  y se sienta a meditar frente a “El hombre de la barba blanca” de Tintoreto. Tantos años de observación de esa pintura, que él consideraba perfecta, le van revelando  que, tarde o temprano todo termina por mostrar sus fisuras, algún defecto, que por supuesto también tiene la obra del maestro italiano. Es un propuesta hipérbolica y por tanto puede chocarnos;  pero lo que nos dice el novelista austriaco es claro: mientras más hondo es el conocimiento  mayor es la conciencia crítica del que conoce. Un pensamiento equivalente salió de labios de Menandro en el siglo IV antes de Cristo: “Quienes saben leer ven dos veces mejor”. LO cual puede querer decir también lo contrario que Bernhard: que la contemplación persistente del arte y la lectura continua nos pueden hacer, también, más humanos y tolerantes, porque nos hacen comprender las fragilidades de la existencia humana.

A partir del surgimiento de la burguesía, en el siglo XVI,  las bibliotecas dejan de ser patrimonio del clero y la nobleza. Más tarde, y a raíz de la revolución francesa y de la propagación de principios democráticos que incluyen la idea de que la cultura y la educación son derecho de todos, enormes tesoros bibliográficos pasan a ser patrimonio de los Estados o de la Iglesia.  Pero es en el siglo XIX, con la aparición de la biblioteca pública en el mundo anglosajón que estas se democratizan verdaderamente. Los libros pueden llegar a través de ellas a cualquier ciudadano, multiplicando la posibilidad de lectura de una sociedad, lo que equivale a darle dos armas críticas liberadoras: pensamiento e imaginación.

Fui educada en colegios de monjas. En ellos, las bibliotecas, cuando existían, eran lugares cerrados, donde la mayor parte de los libros eran aburridos o habían sido escritos para adoctrinar y moralizar y donde una bibliotecaria de cara amarga se comportaba como un  cancerbero. Así y todo yo lograba descubrir allí una que otra cosa interesante y amena, pero  me digo que mi vida habría sido más feliz y plena  en mi adolescencia si hubiera tenido a mano una biblioteca verdadera, rica en opciones, donde el bibliotecario no fuera un guarda armado sino un adulto amigo, dispuesto a orientar y a descubrirnos buenas lecturas. Pero siempre hay gente que tiene miedo de los libros y de la libertad que ellos engendran: libertad sexual, política, religiosa. Son los fanáticos, los dictadores, los autoritarios y los mojigatos.  Mangel nos cuenta que se aficionó a la lectura leyendo en la Enciclopedia Espasa Calpe artículos encabezados por palabras como “masturbación”, “pene”, “vagina”, “sífilis”. Creo que yo hacía lo mismo. “Una biblioteca es un lugar donde se aprende lo que los profesores tenían miedo a enseñar”, escribió el abogado Alan Dershowitz. Y, con humor, Germain Greer, una feminista australiana, afirmó que “una biblioteca es un lugar donde usted puede perder su inocencia sin perder su virginidad”.  Por fortuna, desde hace muchos años la biblioteca abarca, como concepto, mucho más que un edificio lleno de libros al que llega el lector ya formado, y se propone como un espacio vivo que convoca a la comunidad y va hacia ella, poniendo el libro al alcance de todos, llevándolo al barrio, a la casa, a la escuela. En las bibliotecas suceden cosas: hay charlas, exposiciones, lugares donde los niños aprenden a leer jugando. Y ayudas tecnológicas de todo tipo. Una buena  biblioteca acoge e integra, innova, enseña, descubre, y para hacerlo se vale de personas que conocen y aman los libros, como los promotores de lectura.

Hoy otras bibliotecas comienzan a crecer y a fortalecerse: las bibliotecas virtuales. Hablar sobre ellas excede hoy mis posibilidades, pero yo les auguro un gran futuro, por su poder de penetración. Pueden ser un magnífico complemento, una variante poderosa de las otras, de las que hoy me he ocupado. Léase como se lea, en papel o en kindle, el libro es el libro: un espacio que, en sus mejores expresiones, está habitado por la interrogación y la complejidad,  que puede divertir pero también incomodar,  y que está destinado a cambiar las mentalidades y a movilizar fuerzas enormes en los individuos. El pensamiento, la creatividad, la imaginación y el poder de la poesía siempre serán salvavidas en países como el nuestro, cansados de violencia y muerte, pobres en oportunidades y agobiados por la desesperanza. Y al respecto las bibliotecas están haciendo mucho, pero  tienen mucho más por hacer.

Piedad Bonnett

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