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¿Boom en Venezuela?

En años recientes el nombre de Venezuela parece gozar de buena salud literaria. Premios y publicaciones se están sucediendo con cierta frecuencia. Pero no todos creen que se vive una época dorada... Para algunos, ¡Chávez tiene la culpa del boom!

2010/03/16

Por Daniel Centeno M.

Desde la terraza del hotel Francés de Guadalajara se ve gran parte de la catedral y del centro de la ciudad. Pero no se ve del todo lo que está pasando con las letras venezolanas. Esta impresión vino en plena madrugada del viernes 2 de diciembre, en los últimos días que le quedaban a la Feria Internacional del Libro (FIL) de la capital tapatía.

En una reunión informal salpicada por el tequila de Jalisco, Rodrigo Blanco Calderón, Willy McKey y Adriana Romero discutieron sobre el camino de la literatura de su país. Blanco Calderón, profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, autor de dos libros de cuentos y miembro vitalicio del grupo Bogotá 39, juraba que todo el fenómeno de publicación se debía a las erráticas políticas gubernamentales del presidente Hugo Chávez, decantadas en la figura del control cambiario. McKey, enfant terrible de la revista de poesía El Salmón, no desdecía del todo a su amigo, mientras Romero, en su papel de jefa de comunicaciones de la editorial Alfaguara en Venezuela, les refutaba a gritos que ésa no era la única razón de peso. El encuentro no hubiese pasado de otra reunión de camaradas en el extranjero, de no ser por algunas razones: los tres contertulios no pasaban de veintitantos años, los tres contertulios representaban el ambiente literario de su país sin necesidad de ser unos académicos en edad de retiro, los tres contertulios orientaban su cháchara hacia un tema que no se suele tocar en estas situaciones.

Desconocer en este dato el viraje de la salud de la literatura venezolana sería una necedad. Blanco Calderón mismo es un ejemplo viviente: es una de las voces más respetadas del ambiente intelectual de su país, con un libro en camino por el sello Random House de España y miembro de la mesa temática ¿Qué está pasando en Venezuela? Un panorama de la nueva narrativa de esta reciente feria de Guadalajara. Sin embargo, éste no fue el único evento relacionado con la patria de Simón Bolívar en los recintos de la Expo: el poeta Rafael Cadenas fue el ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de esta edición; Juan Villoro fue el presentador del libro Crímenes (Anagrama), del escritor Alberto Barrera Tyszka; Jorge Volpi hizo otro tanto con el título finalista del Premio Debate-Casa de América, La herencia de la tribu. Del mito de la independencia a la Revolución Bolivariana (Alfadil), de Ana Teresa Torres, mientras que autores como Manuel Caballero, Gustavo Guerrero, Luis Enrique Belmonte, Lucas García y algunos de los ya nombrados formaron parte de encuentros nacionales de cuentistas o de mesas redondas sobre caudillos carismáticos.

¿Boom?, ¿cuál boom?

?Para muchos escritores venezolanos hablar de un boom literario es una inexactitud. Oscar Marcano, ganador del Premio Internacional Jorge Luis Borges 1999 por su volumen de cuentos Lo que François Villon no dijo cuando bebía (rebautizado por el sello Seix Barral como Sólo quiero que amanezca), es enfático en sus apreciaciones:

“La interrogante sobre esta discusión se produce por ese carácter exaltado que nos estigmatiza –comenta Marcano antes de retomar: por ese tono esnob y adolescente que no dejamos de observar los venezolanos frente a la vida, frente a la historia, frente a lo que nos ocurre. Hay, de hecho, en nuestro patio, un auge del libro y de las obras venezolanas en particular. ¿Pero es esto un boom? ¿Qué es un boom? ¿Cuándo se produce un boom?”

Para él, al igual que para Barrera Tyszka y Blanco Calderón, la razón primordial del auge se encuentra en la devaluación de la moneda y en el rígido control cambiario impuesto por el Gobierno bolivariano. Esto hace más costoso el libro importado, y las trabas producen el efecto de buscar en la edición de los autores nacionales la única solución viable para el mercado. No obstante, quienes trabajan dentro de la industria no piensan igual que los escritores, y prefieren agarrar esta hipótesis con pinzas.

 “Especular de esta forma demuestra un poco de candidez por parte de nuestros intelectuales –comenta un editor venezolano que pidió no ser identificado. La gente cuando quiere un libro es capaz de pagar lo que sea por tenerlo. Ahí está el caso de Stephenie Meyer con la saga de Crepúsculo. Cada entrega es más cara que la otra y aun así vuelan de las librerías. Por otro lado, los tirajes de nuestros escritores son tímidos. Las editoriales los hacen para labrarse una reputación, a veces, casi que con un espíritu de responsabilidad social. Salvo contadísimas excepciones, no existe un autor serio de literatura venezolana al que se le haga una gran impresión. Si llegan a 3.000 ejemplares, es mucho”.

Más allá de la frontera

Lo cierto es que los datos no mienten. Hace poco más de una década la edición venezolana descansó casi en exclusiva en el aparato del Estado. Libros del sello Monte Ávila fueron punta de lanza y carta de presentación de sus escritores patrios. El mexicano Juan Villoro en alguna ocasión confesó que buena parte de su preparación intelectual se la debía a estas ediciones. Ahora las cosas han cambiado. Más de tres cuartas partes de la producción literaria actual está respaldada por iniciativas privadas, independientes e institucionales, mientras el Gobierno publica a mansalva libros laudatorios, cuando no enormes impresiones de clásicos universales que luego son repartidos en actos públicos.

“A veces veo libros de grandes tiradas. Me pregunto quién los comprará, quién los leerá –dice la escritora Victoria De Stéfano-. Y cuando hablan de textos regalados, como ha ocurrido, quisiera saber si eso tiene sentido. Para que el pueblo lea, no basta con que le obsequien los libros; el pan se come, pero los libros requieren de una relación, una preparación, una disposición, un proceso más complejo. No basta tenerlos en la mano para abrirlos y leerlos”.

De Stéfano es una de las firmas más personales del panorama venezolano. Libros como El lugar del escritor (Siglo Veintiuno Editores) y Lluvia (Candaya) fueron publicados fuera de su país y la convirtieron al instante en referencia obligada de escritores como Sergio Pitol, Enrique Vila-Matas y Sergio Chejfec. Su visión del fenómeno sobre las letras de su nación es carente de sobresaltos. Con una vida digna de un cartujo que escribe sin esperar nada a cambio, el tema de la internacionalización no le parece el gran indicador de la buena salud literaria de Venezuela.

“El hecho de que algunos escritores sean publicados fuera del país significa algo, pero no hay que hacerse muchas ilusiones de que estemos viviendo una edad de oro nunca antes vista -explica. En su tiempo, Rafael María Baralt, Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Teresa de la Parra, Guillermo Meneses, Salvador Garmendia y Adriano González León fueron editados en el extranjero, cosa que sucede ahora con Rafael Cadenas, Eugenio Montejo y José Balza. El ser publicados dentro o fuera del país no nos hace mejores ni peores escritores. A veces es cuestión de suerte o de oportunidades”.

Las medallas de oro

Al tema de los premios también se le podría aplicár la lógica de De Stéfano. Con la entrega del Herralde de novela 2006 a La enfermedad de Alberto Barrera Tyszka, Caracas y sus alrededores entraron en conmoción. Las comparaciones con el Biblioteca Breve que consiguió Adriano González León con País Portátil en 1968 fueron obligadas.

Sin embargo, había algo que no cerraba del todo.

“Hay reconocimientos a los cuales se les ha prestado poca atención, especialmente en el espacio de la poesía –dice McKey. El Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2004 a Eugenio Montejo, el Gran Premio Internacional de Poesía de la Bienal de Lieja 2001 a Alfredo Silva Estrada, y éste que se acaba de ganar Rafael Cadenas en la FIL no son galardones menores. Incluso Luis Enrique Belmonte, con 27 años, se alzó con el Premio Adonáis de 1998, y se dio el lujo de darle un plantón al rey Juan Carlos de Borbón porque no quiso ponerse un fraq para recogerlo”.

Según algunos poetas venezolanos, el fallo en la percepción estriba en que siempre se espera que se distinga a esa bendita gran novela que está por venir, en un empeño de mostrarle al continente que en Venezuela también hay narradores. Lo que ha hecho que el Anagrama de Ensayo de Gustavo Guerrero de 2008 por Historia de un encargo: ‘La catira’ de Camilo José Cela. Literatura, ideología y diplomacia en tiempos de la Hispanidad, parezca un premio de consolación.

Quizás hay algo de cierto en todo esto, aunque las razones sean otras. Jorge Herralde, editor catalán y dueño del sello Anagrama, resumió su punto de vista sin mucho pensarlo: “Editar a un autor venezolano es algo casi demencial. Ahora mismo tengo a Gustavo Guerrero y a Barrera Tyszka con dos títulos premiados que no tienen distribución en sus países de origen. De hecho, Crímenes se consigue en Colombia, pero no en Venezuela, por todas las restricciones que nos han puesto para la importación. Así es muy difícil apostarle a la literatura venezolana”.

Otros autores, como Norberto José Olivar, Rodrigo Blanco Calderón y Rafael Castillo Zapata, ignorantes de las palabras de Herralde, ven el asunto de los premios de una manera menos apocalíptica. Para ellos el mayor obstáculo para no ganárselos radicaba en la negación del literato venezolano a participar en cotejos internacionales.

“Supongo que no queríamos ser escritores, que nos asumíamos como fracasados –sostiene el novelista e historiador Olivar-. Ahora creo que hay un cierto optimismo entre nosotros, aunque sea probamos suerte. Y eso ya es bastante.”

La otra historia

En un país en donde, a juicio de Fedosy Santaella, Willy McKey y Roberto Echeto, los escritores hacían esfuerzos sobrehumanos para no ser leídos por nadie que no fuera su amigo del alma, llama la atención que ahora el consumo de obras de ficción esté arropado por títulos de novela histórica. “Esto pasa porque la historia da una suerte de ancla, de sentimiento de que hay algo a lo que aferrarse –sostiene la autora Ana Teresa Torres-. La pura ficción interesa menos. Por otro lado, los venezolanos tienen una pasión por el poder político, y ese es un tema que aparece más en la novela histórica o en los ensayos”.

Es probable que esa sea la razón por la que Federico Vegas, después del éxito de Falke (Jorale y Mondadori), ahora esté inmerso en la redacción de un voluminoso libro sobre el asesinato del ex presidente venezolano Carlos Delgado Chalbaud. Algo parecido sucedió el año pasado con Francisco Suniaga, al presentar en sociedad su novela El pasajero de Truman (Mondadori). El texto, calificado como un libro de tesis política, que narraba el fracaso y la demencia de un candidato presidencial en 1946, fue el más vendido y levantó pasiones encontradas.

“Ocurre que muchas personas ven en la novela histórica una vía de aprendizaje académico –dice Santaella-. Es decir, creen que están leyendo grandes verdades en estos libros. Olvidan que los escritores mienten y que no saben nada de historia ni de filosofía ni de política. También creo que los autores que siguen este camino sin plantearse retos sobre lo preestablecido apuntan a lectores que ya existen, probados, que están ahí, hambrientos de las galletitas con el mismo sabor. Eso fue lo que pasó con el libro de Suniaga. Es más arriesgado buscar nuevos lectores, con otros gustos, y que también podrían estar en el mercado”.

Para otros intelectuales el problema de la baja calidad literaria es más ubicable, no tiene tanto que ver con la novela histórica y aparece sin necesidad de mayores tanteos: todo el drama se encuentra en el empeño que tienen muchos historiadores y periodistas en acercarse a la ficción.

A muchos metros del apartheid literario, y ajenos a toda polémica, Rafael Cadenas y Gustavo Guerrero caminaban por la feria del libro. Parecían estar inmersos en otro mundo. Nadie sabía de qué tanto hablaban por los pasillos del recinto, aunque la enésima pregunta sobre la naturaleza de este reportaje pudo sacarlos de su diálogo.

“Yo no sé si hay tal boom de la literatura venezolana –comentó Guerrero, ya no como el consejero para la lengua española de la editorial francesa Gallimard, sino como un tipo que podía permitirse una broma entre tanta candela: Pero no estaría demás correr la bola, para ver si así nos publican más”. A lo que Cadenas esbozó una de sus poquísimas sonrisas conocidas.

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