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Bye, bye Amazon

Aunque aún es prematuro afirmarlo, las librerías virtuales colombianas están comenzando a afianzarse en el mercado nacional e internacional. Internet parece ser una buena fórmula para un país en el que no abundan las librerías en ciudades intermedias y para crear una verdadera red de distribución de novedades latinoamericanas.

2010/03/15

Por Santiago Villa Chiappe

Un futuro en el que los libros se compren tan solo por medios electrónicos, una vez las librerías sean reemplazadas por páginas de internet, ciertamente recuerda a los infiernos imaginados por la ciencia ficción. En Colombia la costumbre de comprar libros por internet es reciente, pues hasta hace pocos años en el país no había portales que vendieran libros. A pesar de su juventud, ya se pueden escuchar las voces de protesta y la repetición de los lugares comunes de rigor. Uno de los grandes temores que despierta la aparición de las librerías virtuales es que perdamos aquellos espacios donde los libros se amontonan sobre los anaqueles y el comprador tiene contacto directo con la página impresa. Para el solaz de nuestro romanticismo, sin embargo, las librerías virtuales no son la razón para que se haya cerrado ninguna tienda de libros. Hoy muchos consideran que las librerías virtuales amenazan la supervivencia de las de carne y hueso. Una mirada más detallada a las librerías virtuales disipa más de un estereotipo y aclara las razones reales para los bajos índices de lectura y compra de libros en Colombia.

El mercado nacional ofrece pocas librerías electrónicas de alta calidad, aunque el número de ellas se encuentra en aumento, y algunas que ya existían serán actualizadas en los próximos meses. Entre ellas la página de la librería Lerner, que tan solo permite la posibilidad de descargar en archivos de excel el catálogo de la librería. El pedido debe hacerse vía e-mail y no existe la posibilidad del pago electrónico. “Una de nuestras prioridades para los próximos meses es actualizar la página de la librería –dice Alba Inés Arias–. Vamos a mejorar la información, el diseño y la facilidad de acceso”. Otros portales, como el de Norma (www.norma.com) y la Librería de la U (www.lalibreriadelau.com) ofrecen la posibilidad de buscar en un catálogo electrónico donde es fácil ubicar el producto, elegir los libros que se desean adquirir y cancelar su costo. Finalmente, los libros son enviados a cualquier lugar del mundo por correo.

La manera más eficiente de comprar un libro es mediante una librería virtual. Si una persona conoce el título que busca, la operación no tiene por qué tardar más de quince minutos. Aunque es necesario esperar un día y en algunos casos hasta tres para recibir los libros, el servicio de compra a distancia ha mejorado sustancialmente en la última década gracias a la introducción de servicios de correo privados. La columna vertebral del comercio virtual es un buen sistema de correos.

¿Estas facilidades que ofrecen las librerías virtuales son razón suficiente para preferirlas sobre las tradicionales? Depende. Si se quiere adquirir un libro desde el exterior o no desea salir de su casa, son la mejor opción.

Todos los años la revista Time elige a un “personaje del año”, y en tan solo dos ocasiones este personaje no ha sido un ser humano. El personaje de 1982 fue el computador personal, y el del 2006, los espacios de internet donde el contenido es construido por el usuario (blogs, wikis, MySpace, YouTube, etcétera). La revista afirma que internet se ha convertido también en una herramienta para generar comunidades y para hacer significativas las pequeñas contribuciones de millones de personas. La diferencia que separa a los portales colombianos de amazon.com y Barnes and Noble es precisamente esa. Además de que estos espacios permiten la posibilidad de leer los comentarios que otros usuarios hacen de ciertos libros y calificarlos –servicio que Norma ya ofrece, aunque pocas personas comentan–, estas librerías virtuales presentan opciones como la de compartir listas de libros recomendados por ciertos usuarios. Así, la consulta de un libro arroja de inmediato la posibilidad de ver qué otros libros nos recomiendan los lectores de aquel que estamos revisando.

La forma más sencilla de hacer recomendaciones de libros en estas páginas es a partir de afinidades temáticas. Sin embargo, cuando la lista no la elabora un programa, sino otro lector, internet se aprovecha como un medio de comunicación entre individuos con intereses afines y las librerías virtuales se convierten en espacios de discusión e intercambio de lecturas. Aunque todo esto puede realizarse en una librería común y corriente, no es usual que, si estamos buscando un libro sobre medicina renacentista, nos encontremos a un especialista del tema que recomienda varios títulos, todos disponibles en los estantes del local. Iván Darío Agreda, gerente de producto internacional de Norma, reconoce la importancia de estas características: “Estamos haciendo un cambio tecnológico total para actualizar la página. La nueva versión, que estará lista en octubre, será más ágil y habrá espacio para blogs de autores, para que los lectores puedan interactuar con ellos”.

Otros portales, como la Librería de la U, ya integran elementos multimedia para aportar al cliente información detallada sobre los productos que ofrece la librería. Además de ofrecer un resumen de los títulos, en el caso de algunos han añadido videos en los que el autor mismo presenta su obra. “El diseño actual de la Librería de la U ha sido el resultado de un largo desarrollo –dice Jaime Iván Hurtado, director del portal–. Hemos integrado foros para publicaciones, un sistema de encuesta, videos de autores hablando sobre sus libros y enviamos newsletters personalizados sobre nuestros productos, por ejemplo”. Este portal no se limita a ofrecer servicios de compra de libros a distancia, sino que introduce nuevas posibilidades.

La librería virtual promete además solucionar una vieja barrera. El mercado abierto del libro entre distintos países de América Latina no existe. El mayor obstáculo para crear este mercado es el costo que las editoriales y las distribuidoras deben asumir para hacer llegar sus productos a otros países. Los efectos de esto son graves, pues genera un desconocimiento mutuo de la producción cultural realizada en países incluso vecinos. “El portal libreria norma.com está enfocando toda su campaña en el objetivo de convertirse en una librería virtual que abarque a toda América Latina –afirma Agreda–. A través de Librería Norma.com se podrá acceder a los títulos locales de distintos países latinoamericanos. Esto ofrece tanto a los escritores como a las editoriales la posibilidad de que los autores se internacionalicen sin tener que asumir los costos de transportar inventarios grandes a otros países”.

Hoy resulta más fácil acceder, en traducción, a las novedades editoriales de Europa o de Estados Unidos que a las chilenas. Si las librerías virtuales logran poner fin al desconocimiento histórico del grueso de la actividad intelectual en otros países latinoamericanos, jugarían un importante papel en la integración cultural de esta región. La Librería de la U también se ha propuesto la meta de superar esta dificultad en algunos años. Hurtado describe una página que, así como hoy muestra los catálogos de dieciséis editoriales universitarias colombianas, mañana integre a su lista a las de universidades mexicanas, argentinas, peruanas, nicaragüenses, etcétera. “Más que entrar a competir por el mismo mercado de las librerías se están buscando nuevos espacios de mercado”, afirma Hurtado.

En efecto, una de las características más sorprendentes de las librerías virtuales es que no entran en competencia con las librerías tradicionales. El 70% de los clientes de la Librería de la U se encuentran en las ciudades intermedias: Duitama, Cúcuta, Envigado, Ibagué y Manizales, donde el acceso a librerías es limitado. Durante este mes las tres ciudades a las que más libros se despacharon fueron Armenia, Barrancabermeja y Barranquilla. Allí la compra de libros por internet ha suplido la escasez de oferta en tiendas físicas. Por otro lado, el mayor número de consultas a la Librería de la U se produjo, en mayo del 2007, desde Estados Unidos. Si este portal logra sus objetivos sentaría un importante precedente: que es posible generar un espacio comercial virtual del libro que integre a los lectores internacionales y a los habitantes de sus ciudades intermedias, donde el acceso a una oferta variada es más difícil que en urbes grandes. Alba Inés Arias, de Lerner, también reconoce la importancia de que los colombianos en las provincias puedan acceder a títulos que se encuentran en librerías bogotanas: “Lo más importante de la librería virtual de Lerner es poder acceder a los compradores de libros en las provincias. Además de obtener los títulos que se venden en Bogotá, cuando visiten esta ciudad querrán visitar la librería física”.

Adriana Laganis, propietaria de la librería Arteletra, comenta que en las provincias los clientes recurren a los portales de internet porque no hay pequeñas librerías. Desde su perspectiva, aunque los portales ayudan a aliviar la situación, el problema sigue existiendo, pues la ausencia de espacios donde se vendan libros de calidad dificulta la familiarización de la gente con ellos. Para Laganis el problema es de hábitos: “La tarea es crear la cultura de la compra del libro. Crear cotidianidad con el libro. Bogotá, con las bibliotecas públicas, ha hecho un trabajo importante. La siguiente tarea es la cultura de comprar el libro. Todos los barrios de la ciudad deberían tener un puesto de venta de libros”. Es cierto que el primer paso para aumentar la cantidad de lectores es generar familiaridad con el libro. Una persona que compra un libro por internet es una persona que se detiene en un lugar como Arteletra para ojear sus estanterías. Una vez se disipa el malentendido que hacía de las librerías virtuales una amenaza para las tradicionales, es posible hallar en los medios electrónicos estrategias para acercar a los colombianos a la lectura.

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